Bruja Piruja. Capitulo 4. Inspector Lluís Fonts
Renato apartó las ramas húmedas que habían invadido el camino. El sendero estaba casi tragado por la maleza, como si la montaña quisiera borrar lo que allí había sucedido.
Al final del recorrido apareció la finca Bonesvalls.
La casa estaba hundida en un silencio antinatural, como congelada en el tiempo. Las paredes, ennegrecidas por la humedad, se alzaban a duras penas. Los cristales rotos eran ojos vacíos, abiertos hacia la montaña. Y en la entrada, justo en el último escalón antes del porche, seguía allí la pelota.
La esfera roja, con el logotipo de Expediente X apenas visible bajo las grietas de cuero reseco, mantenía el equilibrio perfecto sobre la arista del peldaño. Cinco años había permanecido así, inmóvil. Ni el viento, ni la lluvia, ni los animales se habían atrevido a moverla.
Renato se detuvo, conteniendo el aliento.
—Cinco años… —murmuró.
Alzó la vista. Más allá del porche, la puerta principal mostraba una cinta amarillenta, deshilachada, con letras apenas legibles: Mossos d’Esquadra – Policía. El letrero de Prohibido Pasar colgaba torcido, oxidado en los clavos, como si también hubiera estado allí demasiado tiempo.
La ubicación no ayudaba a disipar la inquietud. La finca Bonesvalls se erguía justo antes de la intersección donde los caminos se dividían hacia Manresa, el monasterio de Montserrat y El Bruc. Un cuarto sendero, mucho más estrecho, se perdía entre los árboles: un viejo camino de excursionistas, borrado de los mapas oficiales.
Renato tragó saliva.
Sabía la historia: el doctor Bonesvalls había comprado esas tierras en 1916, buscando un retiro familiar junto a la montaña sagrada. Pero la casa nunca fue un hogar. Entre muertes, desapariciones y tragedias, acabó abandonada, como una herida abierta a la entrada de Montserrat.
La brisa levantó un leve murmullo en las ramas.
Por un instante, Renato tuvo la certeza de que no era él quien observaba la casa. Era la casa quien lo observaba a él.
***
Renato subió los escalones lentamente, cuidando de no rozar la pelota. El simple hecho de verla allí, firme como un guardián invisible, le erizaba la piel. Alargó la mano hacia la cinta policial y la apartó con un leve chasquido: el plástico viejo se deshizo en sus dedos como telaraña seca.
La puerta cedió con un gemido largo y húmedo. Dentro, el aire estaba denso, cargado de polvo y madera podrida. El olor era penetrante, como si la casa hubiera tragado siglos de humedad y no los quisiera soltar.
El vestíbulo se abre con un suelo de mosaico hidráulico, geométrico, en tonos apagados por el tiempo. Los dibujos todavía se adivinan entre la costra gris de polvo: cenefas florales, espirales verdes y ocres. Las paredes, antaño pintadas de un blanco limpio, están ahora amarillentas y agrietadas.
Un perchero de hierro forjado permanece inclinado en una esquina, con un viejo sombrero hongo olvidado en su gancho. La escalera principal, de madera oscura, asciende con barandilla torneada; cada peldaño está cubierto por una alfombra raída que alguna vez debió ser de tonos granates.
En el salón, los muebles se adivinan bajo sábanas grisáceas. Un sofá de terciopelo, que seguramente fue verde botella, está ahora hundido y cubierto de motas que flotan en el aire con cada paso. Un aparador de nogal luce todavía sus vidrieras emplomadas, detrás de las cuales se alinean copas de cristal tallado. Todo está mate, sin brillo, como si la casa hubiese sido sumergida en ceniza.
El comedor conserva la mesa ovalada de caoba, pesada, rodeada por sillas de respaldo alto con tapizado de damasco. El mantel, amarillento y endurecido, todavía cubre la superficie, con restos petrificados de cera de velas en los extremos.
En las habitaciones, las camas de hierro forjado permanecen hechas, con colchas bordadas ahora carcomidas por la polilla. Los armarios, enormes y de espejo ovalado, reflejan apenas un espectro de luz. Una muñeca de porcelana, rota, yace junto a una cómoda, con los ojos vidriosos fijos en el techo.
El aire está impregnado de polvo y humedad. Cada mueble parece conservar el eco de otra época: el gusto por lo solemne, por lo duradero, por lo burgués. Pero todo, absolutamente todo, está cubierto de un mismo velo gris, como si el tiempo hubiera decidido detenerse la misma noche en que la casa fue abandonada.
***
Renato (murmurando para sí, con un suspiro):
—Vaja pèrdua de temps… sembla que tot estigui al seu lloc.
(Un pitido agudo corta el aire. Es su busca. El sonido metálico resuena con eco en la casa silenciosa, como si no perteneciera a ese lugar. Renato se sobresalta, se palpa el bolsillo del pantalón y lo apaga con torpeza, respirando hondo.)
Decide no bajar aún. Cruza el pasillo del piso superior y se acerca a la gran ventana que da al exterior. Los cristales Tiffany, cubiertos de polvo y telarañas, filtran la poca luz que queda en el horizonte. Afuera, la tarde agoniza; las sombras se alargan sobre los campos secos, y la montaña de Montserrat empieza a oscurecerse contra un cielo violeta.
Apoya la mano en el cristal frío. Por un instante, la transparencia le devuelve su propio reflejo, distorsionado entre las manchas del vidrio. Casi parece que alguien más lo observe desde el otro lado.
El silencio se espesa. Desde abajo, en algún rincón de la casa, se escucha un crujido. No de madera vencida, sino de algo que parece desplazarse muy despacio.
Renato aprieta la mandíbula. Con el busca aún en la mano, se queda inmóvil, mirando hacia el exterior como si buscar en el cielo una excusa para no girarse todavía.
***
Todas las sillas estaban alineadas al pie de la escalera, en filas torcidas, carcomidas por el tiempo. Parecían haber sido colocadas allí a propósito, como si esperaran un espectáculo que estaba a punto de comenzar.
Renato se aferró al pasamanos. El polvo que cubría la madera le manchó los dedos, pero no se movió. El silencio era absoluto, tan denso que podía escuchar el crujir de sus propios huesos al tensarse.
Una de las sillas se movió. Apenas un chirrido, un roce contra la tarima. Renato entrecerró los ojos: no había nadie sentado. Sin embargo, la madera crujía como si un peso invisible la hubiese ocupado.
De pronto, todas las butacas comenzaron a girar lentamente hacia él. Una a una, como engranajes de un reloj siniestro, hasta que las filas completas apuntaban a la escalera. Al hombre que estaba de pie arriba.
***
Renato sudaba. Fue bajando escalón por escalón, uno a uno. Todo era silencio. Donde antes estaba la puerta de salida ahora estaba en el lado contrario. Cuando vio que se iba acercando más y más su corazón le iba a mil por horas. Sentía el peso del miedo en su corriente sanguíneo, temía desmayarse antes de lograr salir. Paso a paso, sin mirar aquello que estaba detrás de él . Avanzaba, y cuando sintió el aire en su cara comenzó a correr.
Se dirije al camino, se tropieza y cae. Se vuelve a levantar….y cuando llega al coche y quiere habrir la puerta…. Se da cuenta que está intentando abrir la puerta del copiloto y no la del conductor.
Se mira en el cristal y la montaña de Montserrat está cambiada al lado contrario.
Se gira. …
Y al acerlo se encuentra delante de la cristalera de Tiffany. Como si no se hubiera movido.
No puede creerlo.
¿Como es posible?
Mientras camina hacia atrás…. resbala y se cae por las escaleras hasta el recibidor modernista. Allí el polvo comienza a moverse y a cubrirle primero por la pierna, luego el brazo, hasta llegar a la cabeza. Mientras gritaba de agonía.
El polvo lo envolvía como un sudario vivo. No era polvo común: eran motas pesadas, densas, que parecían tener voluntad propia. Se pegaban a su piel, se metían en su boca abierta, sofocando sus gritos hasta volverlos un gemido ahogado.
Renato arañaba el suelo, dejando marcas torcidas sobre la madera ennegrecida, pero sus movimientos se volvían cada vez más lentos, como si estuviera siendo tragado por la misma casa.
De pronto, las paredes empezaron a latir. Un pulso seco, acompasado, como un corazón gigantesco enterrado bajo los cimientos. Con cada latido, el polvo sobre Renato vibraba, cerrándose más, endureciéndose como una costra.
En su último intento de respirar, giró el cuello hacia un rincón del recibidor. Allí, en el aire espeso, flotaba la pelota. La misma de 1992. Giraba lentamente sobre sí misma, como si fuera el péndulo de un reloj.
Renato quiso extender la mano hacia ella, pero ya no podía mover los brazos. El polvo le cubrió la cara, dejando al descubierto solo sus ojos, abiertos como platos.
Entonces, entre el crujir de la madera y el zumbido de la linterna caída, se escuchó un murmullo. Primero lejano, luego claro, como un coro de voces que imitaban la suya propia:
—Tranquil, Renato… tranquil…
La oscuridad lo engulló.
***
1997 – Finca Bonesvalls, Montserrat
Habían pasado tres meses desde la desaparición de Renato. Tres meses sin rastro, sin cuerpo, sin una sola pista más allá de rumores y miedo en el pueblo. El caso había quedado frío… hasta aquella tarde.
Varias furgonetas de los Mossos de Escuadra rodeaban la masía abandonada. Focos portátiles iluminaban el porche carcomido y las paredes manchadas de humedad. Los técnicos de criminalística entraban y salían, embolsando pequeños restos, tomando fotografías, midiendo con precisión quirúrgica cada rincón.
En el primer peldaño de la escalera que subía al porche, un forense recogía una pelota. Estaba quieta en el borde, a punto de caer, pero milagrosamente estable, como si el tiempo la hubiera congelado en equilibrio. El dibujo impreso, ya casi borrado, aún mostraba el logo de Expediente X.
El inspector Lluís Fonts observaba en silencio. Giraba un cigarrillo sin encender entre los dedos. De pronto, estiró la mano y le quitó un chicle a la técnica Ramírez.
Ramírez (arqueando la ceja, seca):
—Algún día se pensará que me está cogiendo un caramelo… y acabará mascando una pastilla antibaby.
Fonts (se lo mete en la boca, mascando tranquilo):
—No me jodas, Ramírez. Todavía sé distinguir un caramelo de una pastilla.
En ese momento, un agente salió de la casa. Llevaba la linterna apagada y un gesto serio.
Agente:
—Inspector… nada. No hay nada dentro. Sin huellas, sin fibras, sin polvo removido. Como si nadie hubiera puesto un pie aquí en décadas.
Fonts no respondió. Mascaba despacio, la mirada fija en la pelota embolsada.
Fonts (en voz baja, casi para sí):
—Tres meses, y la única puta cosa que sigue en su sitio… es una pelota de crío.
El viento sacudió las cintas policiales, desgastadas, que golpeaban contra los barrotes oxidados del porche. Fonts siguió mirando el peldaño vacío donde había estado la pelota, como si en ese hueco quedara algo invisible que todavía no habían sabido recoger.
***
Fonts se apartó del barullo de linternas y voces. Caminó unos metros hasta la carretera embarrada, cogio un cigarrillo que nunca prendió, y lo giró entre los dedos como si fuera parte de un ritual. Desde allí, con la calma que los demás no tenían, observó la casa en silencio.
Una masía de 1916, llena de polvo, muebles viejos, ventanas selladas por telarañas. Ni una huella, ni una pisada, ni una fibra. Todo encajaba demasiado bien. Demasiado muerto.
Fonts (en un murmullo, para sí):
—Una casa sin huellas… sin vida… y lo único que no encaja es una jodida pelota.
Giró la cabeza justo a tiempo para ver a un técnico cerrar la bolsa con la pelota de Expediente X y meterla en la furgoneta. Fonts entornó los ojos, como si algo le tirara de dentro.
Dejó el cigarro en la oreja y regresó hacia el porche. Subió los escalones hasta el primer peldaño, se quedó un instante quieto, mirándolo. Como si aún pudiera ver la pelota allí, perfectamente equilibrada, burlándose de todos.
Ramírez apareció por un lateral, anotando algo en una libreta. Fonts se inclinó hacia ella y, sin pedir permiso, le sacó otra bolsita de pruebas del maletín.
Ramírez (bufando):
—¡Inspector, por Dios!
Fonts (con media sonrisa):
—Tranquila, Ramírez. No me voy a comer esto.
Sacó un cuchillo plegable del bolsillo, lo abrió con un clic seco y se arrodilló junto al peldaño. Con cuidado, empezó a rascar la madera donde había descansado la pelota. Pequeños fragmentos, apenas polvo adherido, caían en la hoja. Los recogió con precisión, como si fueran oro, y los metió en la bolsita.
Ramírez (arqueando una ceja, mientras lo observa):
—Cada día estás más loco, Fonts. ¿De verdad crees que ahí vas a encontrar algo?
Fonts (sin mirarla, concentrado):
—¿Loco? Mira alrededor, Ramírez. Una casa cerrada durante años, polvo hasta en el aire que respiramos, y ni una jodida huella. Ni de pies, ni de manos, ni de ratas. Nada.
(Le mete la bolsa en el bolsillo de la bata.)
—Y analiza esto también.
(Se endereza, levanta la vista hacia ella, serio.)
—Y, sin embargo, esta pelota… esta puta pelota ha estado quieta en este escalón cinco años. Como si el tiempo la hubiera protegido.
Ramírez (cruzándose de brazos, con media sonrisa irónica):
—¿Y qué quieres? ¿Que la pelota hable?
Fonts (acercándose, en voz baja):
—Quiero que la analices. Polvo, fibras, lo que sea. Hazle pruebas de ADN si hace falta. No me importa si tengo que leer en un informe que la saliva es de un crío o de un maldito perro callejero.
(Señala el círculo limpio en el peldaño, con el dedo índice.)
—Si hay una pista en toda esta casa, está aquí. Todo lo demás es teatro.
Ramírez lo observa en silencio, a medio camino entre la incredulidad y el respeto. Fonts se lleva el cigarro apagado a la boca, juega con él entre los labios y masculla:
—No creo en fantasmas. Pero entre tú y yo… lo perturbador no es la pelota. Lo que me preocupa es: ¿dónde están las huellas?
***
Psicólogo
La consulta estaba en penumbra. Solo una lámpara de pie iluminaba el escritorio, donde el psicólogo repasaba unas notas. Fonts, como siempre, llegó tarde. Tiró la chaqueta en el perchero sin mirar y se desplomó en el sillón.
La chaqueta mal colgada cae al suelo.
Psicólogo:
—Ha estado ocupado, agente Fonts? Se le nota en la cara….
Fonts (se pasa las manos por la cara, con gesto cansado):
—Ocupado, oh sí. Perdido, jodido, con ganas de fumarme un plastic decor… depende de cómo lo mire.
El psicólogo lo observó en silencio, dándole espacio. Fonts sacó del bolsillo un mechero barato, de esos de gas transparente, y empezó a darle vueltas entre los dedos.
Psicólogo:
—¿Todavía juega con eso?
Fonts (medio sonríe, encendiéndolo y apagándolo, sin cigarro):
—No me jodas. ¿Prefiere que me encienda uno aquí dentro?
El psicólogo se recostó en la silla, cruzando las manos sobre la libreta.
Psicólogo:
—¿Y qué le da el mechero?
Fonts (lo levanta, mirándolo a contraluz):
—Control. Encender, apagar. Ya sabe… “día” (click), “noche”. (click)… Día (click), noche (click)… Decidir cuándo y cómo. Un cigarro me controla a mí. ¿Esto…? lo controlo yo.
El psicólogo anotó algo despacio.
Psicólogo:
—Parece que lo que le cuesta no es dejar de fumar, sino dejar de tener un ritual. Algo que le dé orden.
Fonts (arquea una ceja, medio divertido):
—¡Ah! Comprendo… Tarde (click, click)… Fuera coña. Mire, doctor, yo llevo veinte años persiguiendo muertos y sombras. Si no me fabrico un poco de orden, me pierdo.
Silencio. El mechero chasquea una vez más. Luego Fonts lo guarda en el bolsillo como si se rindiera por hoy.
El psicólogo lo mira fijamente, como quien se prepara para cambiar de terreno.
Psicólogo:
—Bien. Hasta ahora hemos hablado de su trabajo, de su rutina, del tabaco. Pero hoy quiero que hablemos de otra cosa.
(pausa)
Quiero que me cuente lo que pasó cuando tenía catorce años.
Fonts levanta la vista. Su mandíbula se tensa. Durante un segundo parece que va a levantarse y largarse, pero se queda quieto, clavando los ojos en el psicólogo.
Fonts (con voz baja, seca):
—Eso no tiene nada que ver con el tabaco.
Psicólogo (sereno):
—Tal vez tenga que ver con todo lo demás.
El silencio se estira en la consulta. El ruido de la ciudad afuera parece haberse apagado. Fonts inspira hondo, pero no responde.
---
Fonts (tras un largo silencio, se reclina en la silla):
—Tenía catorce. No podía dormir. Bueno… sí dormía, pero me despertaba gritando. Mi madre decía que me oía pelear con alguien que no estaba allí.
Psicólogo:
—¿Pesadillas?
Fonts (niega con la cabeza, serio):
—Puede… aquellos tiempos fueron malos. No lo recuerdo muy bien…
(Pausa. Fonts aprieta la mandíbula, incómodo. El psicólogo toma nota sin interrumpirlo.)
Fonts:
—¿Usted ha visto la película Poltergeist?
Psicólogo:
—Sí. ¿Qué escena exactamente?
Fonts:
—Esa escena… cuando el payaso se planta delante del chaval…
Psicólogo (asiente, con media sonrisa):
—La conozco. ¿Se sentía así?
Fonts (traga saliva, incómodo):
—Exactamente así. Solo que yo no estaba en el cine. Tenía catorce años. Estaba en mi habitación, en casa de mis padres. Me desperté y… ahí estaba. Una figura. No un payaso, claro… pero la misma sensación. Quieto, paralizado, con la garganta cerrada.
Escuchaba todo lo que pasaba en casa: mis siete hermanos, podía escuchar hasta el ruido de los coches al pasar por la calle. Y aquella cosa mirando. Esperando, observando como un depredador lo hace con su presa antes de atacar.
(Y en pleno clímax de su experiencia, cuando el doctor psicólogo estaba más pendiente que nunca…)
Fonts:
—Vaya… qué pena… ya es la hora. ¿El miércoles a la misma hora?
(El psicólogo, sorprendido por el corte, se queda con la palabra en la boca. Pero antes de que Fonts salga, se le escapa una frase:)
Psicólogo (en voz baja):
—Agente Fonts… ¿y si esa figura nunca se fue?
Fonts no responde. Se limita a abrir la puerta y desaparecer por el pasillo.
***
Fonts salió del despacho del psicólogo y bajó hasta la Unidad de Policía Científica. El olor a café recalentado y productos químicos lo recibió como siempre. Entre mesas con microscopios y archivadores grises estaba la Técnico en Policía Científica Ramírez, hojeando un informe con gesto concentrado.
Fonts:
—¿Quién es la más guapa de Barcelona?
Ramírez, sin girarse, le levanta el dedo corazón.
—Tengo una buena y una mala noticia. ¿Cuál quieres primero?
Fonts se para en la máquina de café de la base de Mossos de Escuadra de Barcelona.
—La buena. Tengo la cabeza que me va a estallar…
Ramírez deja un archivador azul encima de la mesa metálica. Lo abre con gesto teatral y señala con el bolígrafo.
Ramírez:
—Aquí lo tienes. La muestra que recogiste del peldaño: material genético humano. Mujer. Cromosomas XX. Perfil parcial, pero válido.
Fonts arquea una ceja, sorbiendo el café.
—Vale… ¿y eso qué significa? ¿Qué alguien se rascó la rodilla en las escaleras hace cinco años?
Ramírez (se inclina hacia él, bajando la voz):
—Eso pensaba yo. Pero el ADN estaba raro, demasiado fragmentado. No cuadraba con una muestra reciente. Así que… pedí un carbono 14.
Fonts la mira fijo.
—¿Carbono 14? No me jodas, Ramírez. Eso se hace con huesos de neandertal, no con pruebas de homicidio.
Ramírez (encogiéndose de hombros, con media sonrisa irónica):
—Llámalo deformación profesional. Me picaba la curiosidad. Y… salió esto.
Le desliza la hoja con un dedo. Fonts lee despacio:
> Informe de datación complementaria
Muestra: restos biológicos adheridos a superficie de madera.
Método: Carbono 14.
Resultado: Aproximadamente 3.000 años de antigüedad (+/- 200).
Fonts se queda en silencio unos segundos, el papel temblando en sus manos. Sorbe el café con un gesto nervioso, como si el sabor le resultara amargo.
Fonts (irónico, medio sonriendo):
—Y supongo que esta es la mala noticia, ¿no?
Ramírez (asomando la cabeza desde su mesa, con cara de niña molesta a la que le han quitado el juguete):
—No. Esta es peor.
Saca otro papel arrugado de la carpeta.
—El objeto principal, la pelota de Expediente X… se ha extraviado en el almacén. Oficialmente: “objeto desaparecido durante traslado”.
Fonts se queda mirándola con la mandíbula tensa. Luego se pasa la mano por la cara y murmura, casi para sí mismo:
—Tres mil años… y una puta pelota perdida. Qué grande es la justicia.
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
Comentarios
Publicar un comentario