Bruja Piruja. Capitulo 5. Domina Mantehia


Desde tiempos antiguos, el mundo ha susurrado un mismo rumor: las brujas vuelan.
Nadie sabe en qué noche exacta comenzó la historia, pero todos recuerdan el signo: una silueta recortada contra la luna, un objeto cotidiano convertido en vehículo de lo imposible.
Fue la escoba, humilde y doméstica, la que se convirtió en su emblema.

La escoba no era un arma, sino un umbral.
Servía para limpiar la casa, para expulsar la suciedad, para trazar con sus cerdas un límite entre lo seguro y lo profano. Pero cuando las mujeres de los pueblos, en los días de siembra, la montaban en los campos y saltaban como si volaran, buscando fertilidad para la tierra, el gesto se volvió otra cosa.
Ya en los siglos XIV y XV, cuando Europa se poblaba de hambres, pestes y guerras, el salto ritual con la escoba empezó a ser visto con recelo. Lo que antes era costumbre campesina, los jueces lo escribieron como herejía.
Lo que era juego o rito se convirtió en sospecha. Y de la sospecha nació la leyenda.

Se decía que, untadas de ungüentos prohibidos, las brujas se deslizaban por los aires. No eran viajes de carne y hueso, sino de visión: la mente arrancada de su cuerpo, galopando sobre un palo o una escoba hacia el aquelarre. En esas reuniones invisibles buscaban lo que siempre han buscado: poder sobre lo que los demás no controlan. La lluvia, la cosecha, la enfermedad, la suerte.

Por eso, para las brujas, moverse era esencial.
No podían quedarse quietas. Viajaban de aldea en aldea, de casa en casa, porque su arte no estaba en un lugar fijo, sino en los márgenes: la noche, la frontera, la encrucijada. Buscaban romper las distancias que atan a los mortales.

Con el tiempo, esas prácticas fueron distorsionadas. Los jueces y los escribas del Santo Oficio anotaban acusaciones fantásticas: pactos con el diablo, robos de almas, vuelos infernales. Falsedades que, repetidas una y otra vez, se transformaron en verdad oficial.
Bajo órdenes del Vaticano, algunos monjes recopilaron esas acusaciones en libros prohibidos. Pero cuanto más escribían, más se hundían en el mismo abismo que habían inventado. No copiaban conocimiento real, sino un espejo deformado… y sin embargo, al sumergirse en él, muchos quedaron atrapados en esas sombras. Algunos terminaron siendo acusados de herejía y expulsados de la propia Iglesia.


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Las brujas no buscaban alimentarse de niños ni deleitarse en el abuso de sus poderes.
Ellas perseguían los hilos invisibles del mundo, esos que no se ven pero atan el destino de todas las cosas.

Buscaban el vacío entre dos palabras, el instante suspendido entre la inspiración y la expiración, la verdad escondida entre la treta y la certeza.
Perseguían el mundo físico en su nivel más sutil, allí donde la materia todavía no se decide, donde todo permanece como posibilidad.

Las antiguas lamias lo llamaban: Metaxý Gnôsis (el saber liminal).

Y para viajar entre lo que existe y lo que no, se precisaba un conocimiento certero, una verdad no aprendida en libros, y la rara habilidad de transformar lo real desde lo invisible.

Ese era el saber común de las auténticas, el que las distinguía de las farsantes o de las aprendices imprudentes que la Inquisición atrapaba.
Durante la Edad Moderna —siglos XV al XVII— la maquinaria inquisitorial convirtió sospechas en hogueras. El Santo Oficio recopiló procesos, confesiones arrancadas y fantasías demonológicas, y con ello fabricó la imagen oficial de la bruja.

Sin embargo, el verdadero saber liminal nunca fue extinguido. Perseguido, sí. Censurado, tal vez. Pero jamás conocido por el Vaticano ni por la Santa Inquisición.
Los tribunales atrapaban a novatas, farsantes, mujeres enemistadas con sus vecinos o simplemente desafortunadas. Las auténticas jamás fueron tocadas: ellas sabían ocultarse en lo invisible, allí donde ninguna mano podía alcanzarlas.

Y aún más: la acusación de servir al Diablo era, para ellas, el mayor insulto. Las Strix no pactaban con demonios, ni adoraban al mal. Su misión era exactamente la contraria: luchar contra la oscuridad primitiva, aquella que se oculta en los bosques, en las tormentas, en las enfermedades sin remedio. Eran guardianas invisibles, guerreras de la luz secreta, enfrentadas a lo salvaje y lo caótico.
Que la Iglesia las marcara con el símbolo del diablo fue una inversión cruel de su verdad: porque al asociarlas con el mal, las arrancó de su auténtico lugar como protectoras.

Por eso, el conocimiento liminal continuó fluyendo en círculos cerrados, transmitido de boca en boca, de maestra a discípula. Si una niña nacía con el don —con esa sensibilidad para oír lo que los demás callaban— era reconocida de inmediato y apartada del mundo común. Algunas desaparecían sin dejar rastro en las aldeas, y las gentes murmuraban historias de secuestros o castigos divinos. La verdad era más sencilla y más terrible: las brujas la reclamaban como una de las suyas.

A esas elegidas se las llamaba Strix: casi siempre niñas con un don sobrenatural, capaces de dominar el tiempo y el silencio. La castidad era la norma, pues en ella residía la fuerza del poder liminal. No estaba prohibido casarse o engendrar, pero se creía que al dar a luz, todo el poder se transfería al hijo o a la hija. Y entonces la madre debía ser sacrificada: porque al haber perdido su don, ya no podía permanecer en el círculo. Si regresaba a la aldea, corría el riesgo de revelar la verdad. Así se protegía el secreto de que las brujas verdaderas eran las Strix.

Pero los susurros más antiguos —los que venían de Grecia, de las lamias y las sibilas— hablaban de un nivel superior de conocimiento. Uno al que no se llegaba con hierbas ni con conjuros, sino mediante una transformación espiritual. Una leyenda, un cuento oscuro, sobre aquellas que no eran elegidas por los dioses primitivos, sino que se alzaban por sí mismas.

El nombre resonaba ya en los ecos de la Grecia arcaica, mucho antes de que Roma escribiera su imperio y mucho antes de que la Iglesia alzara sus cruces.
Las más viejas lo nombraban con temor: “Domina Mantheia”
(La Suprema de todas las brujas)

Se decía que la Domina Mantheia poseía un poder que desafiaba la esencia misma de las Strix. No solo podía invocar la luz a su voluntad, sino que también sabía abrirse paso en las honduras de la oscuridad. La unía y la contenía dentro de sí, como si ambas fueran fibras del mismo hilo.
Para las Strix, aquello era una herejía, una contradicción insoportable. Ellas habían nacido para combatir la oscuridad, no para abrazarla. 

Por eso, la leyenda de la Suprema se transmitía apenas en susurros, contada solo a unas pocas elegidas, como advertencia de no sobrepasar los límites del conocimiento.

Era el mito que ninguna maestra quería repetir, pero que todas guardaban como cautela: una historia para recordar que romper las normas podía costar el alma.


***
Clara Fernández

Desde aquel último verano en Montserrat Parc, en 1992, su vida dio un vuelco radical. Pasó de pesar 86 kilos a apenas 50. El shock de aquella noche —cuando uno de sus amigos desapareció en la maldita casa— se grabó en su cuerpo como una condena silenciosa.

Ingresó durante meses en la Institución de Vallcarca, en plena Ciudad Condal. Allí, entre pastillas y un estricto tratamiento psicológico, consiguió poco a poco superar el trauma. Al menos en apariencia.

***


La pancarta colgaba sobre la entrada del antiguo edificio de oficinas reconvertido en sala de casting:

✨ “Esta es tu oportunidad. Se buscan nuevos rostros para la moda internacional.” ✨

Clara Fernández se sentó en una de las sillas de plástico del pasillo, cruzando las piernas con aplomo. Cinco años habían pasado desde aquella noche en Montserrat Park, y cinco años habían bastado para transformar a la chica frágil y traumatizada en una mujer decidida. De los 86 kilos que pesaba en su adolescencia, apenas quedaban recuerdos; ahora su cuerpo firme y seguro hablaba de disciplina, de un carácter endurecido. Su mirada no era la de una joven cualquiera: había vivido demasiado.

Alrededor, otras candidatas cuchicheaban, repasaban taconeos imaginarios en el suelo, se arreglaban el maquillaje frente a espejitos. Clara observaba en silencio.

Entonces alguien chilló.

Una araña de patas largas se había deslizado por el cristal de una de las ventanas. Un insecto torpe, delgado, pero suficiente para que el grupo de chicas se agitara en un coro de gritos y aspavientos.

Clara se levantó despacio.

—No pasa nada —dijo con voz firme. Se acercó al cristal, extendió la mano y atrapó con delicadeza a la criatura. La sostuvo en el aire, mostrándola como si fuera una lección de biología.
—Esta es una Pholcus phalangioides. Sí, tiene veneno, pero sus colmillos son tan finos que no pueden atravesar la piel humana. A los humanos no puede hacernos nada.

El pasillo quedó en silencio. Algunas chicas aún temblaban. Clara abrió la ventana y dejó que la araña se perdiera en el exterior. Cerró el marco con un clic tranquilo y se volvió hacia las demás.

—Ya está. Sigamos.

Lo que no sabía era que alguien la había estado observando.

Isabel Monfort, directora de la agencia, había entrado justo a tiempo para presenciar la escena. No dijo nada; apenas hizo un gesto seco a su asistente para que tomara nota del nombre de Clara.

***

 La entrevista

La sala estaba bañada por la luz oblicua de la tarde. Un gran ventanal dejaba entrar un resplandor dorado que se quebraba contra las superficies metálicas. Isabel Monfort estaba sentada tras una mesa impecable, un cigarrillo apagado entre los dedos. No necesitaba fumar: lo sostenía como parte de su gesto, como si fuera un cetro.

—Todas las chicas que pasan por aquí saben desfilar —dijo con un tono que no admitía réplica—. Todas saben posar. Eso no me interesa.

Sus ojos, fríos, se clavaron en Clara como bisturís.

—Lo que me interesa es lo que hiciste ahí fuera. No perdiste los nervios. Actuaste cuando las demás chillaban. Eso es lo que marca la diferencia entre una cara bonita y una mujer que puede trabajar con las mejores.

Clara sostuvo la mirada, sin pestañear.
—¿Y qué es lo que busca entonces? —preguntó, casi desafiante.

Isabel sonrió apenas, como si disfrutara del descaro.
—El mundo de la moda no es solo glamour y focos. Es presión constante. Ensayos interminables. Competencia feroz. El fotógrafo que no se conforma hasta que repites treinta veces la misma pose. Y, sobre todo, la mirada de miles esperando que no falles ni un segundo.

Se inclinó hacia adelante, bajando la voz:
—La mayoría no lo soporta. Se quiebran. Y cuando eso pasa… pierden su oportunidad.

(Isabel se levantó de su silla de piel negra, con un movimiento elegante. Caminó despacio alrededor de la mesa de cristal, acercándose a Clara.)

—Sé lo que piensas. Yo también comencé así. Una entrevista absurda: ¿Qué estudiaste? ¿Cuáles son tus motivos? ¿Por qué modelo? —chasqueó la lengua, aburrida—. Todo eso me cansa.

(Se apoyó en la encimera, inclinándose hacia Clara).
—Hoy han pasado treinta y cinco candidatas. No voy a mentirte: todas ellas, mejores que tú… al menos en papel. Hijas de familias influyentes en la moda, en la política. Mujeres con nombres que abren puertas. Y, sin embargo… —se enderezó, caminando hacia la ventana—, necesito algo diferente.

Volvió sobre sus pasos, y su sonrisa se curvó apenas.
—Alguien responsable. Sin miedo a los imprevistos. Con total dedicación. ¿Eres esa persona? —hizo una pausa, midiendo su reacción—. No, no lo eres… ni por asomo.

De pronto giró sobre sus tacones, sus ojos brillando como cuchillas.
—Pero tienes algo. Lo sé. Esa energía que quiere devorar el mundo. Tu esencia. Tu inteligencia. Tu corazón. Esos atributos refutan a todas las demás entrevistadas.

El aire en la sala se volvió denso. Isabel, sin levantar la voz, dictó la sentencia final:
—Como anfitriona de este espectáculo, debo obligarte a una prueba. De lo que escojas ahora dependerá tu destino. Podrías formar parte de una de las empresas más reconocidas del mundo, desde París, Berlín y Madrid, hasta Seúl, Bombay, Shanghái y Hollywood.

Hizo una pausa, y con un gesto de su mano señaló detrás de Clara.
—Si fallas… ahí tienes la puerta.

Un silencio sepulcral lo envolvió todo.

Isabel, firme, concluyó:
—Detrás de ti hay un armario. Escoge un vestido.


El vestido

Isabel se levantó y abrió un armario empotrado al fondo de la sala. Una fila de vestidos rojos colgaba allí, todos perfectos, impecables, como brasas encendidas bajo fundas translúcidas.

—Escoge uno —ordenó, sin necesidad de mirarla.

Clara se acercó despacio. Pasó la mano sobre las fundas, sintiendo el roce de las telas finísimas bajo la protección. Todos eran espléndidos, todos parecían destinados a la gloria de una pasarela… pero uno la detuvo. Al apartar la funda, el rojo vibró como fuego líquido bajo la luz. Clara lo sostuvo contra sí, con firmeza, como si lo hubiera estado esperando desde siempre.

Isabel la observó unos segundos, con los labios apenas curvados en una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—El vestido no se escoge, Clara. El vestido te escoge a ti.

Hizo una pausa y añadió, con voz baja y cortante:
—El Arachné Rouge, de Marc Delacroix. Seda tejida por arañas Nephila clavipes. Más fuerte que el acero, más ligera que el aire. Solo existe uno.

Se inclinó levemente, susurrando con ironía:
—¿Te das cuenta? De entre todos, has escogido el más caro.

Isabel regresó a su mesa, presionó un botón del interfono y dijo con tono neutro:
—Querida, llama a un taxi. Que lleve a la señorita Fernández a la Casa Montpellier, en la calle Provença, número 281. Será para una sesión de fotos.

Luego volvió a mirar a Clara, como un juez que dicta la última prueba.
—No pienses que estás contratada. Quiero ver cómo te manejas con un vestido de un millón de euros en una sesión con Yasmín Pulbont. Gerard está abajo, esperándote. No te preocupes: sabrá reconocerte. Y sabrá que saldrás por la parte trasera.

De un armario lateral sacó una funda rígida de transporte: negra, con bordes metálicos, del tamaño de una maleta plana. Introdujo el vestido en ella con un cuidado reverencial, cerró los cierres plateados y la entregó en silencio.

—Cuídalo como oro. Y sal por la puerta trasera. No quiero que las demás te vean.

El silencio se extendió unos segundos, pesado como una advertencia. Clara sujetó la maleta con ambas manos y asintió, con el corazón golpeándole las costillas.

***

El callejón

Clara asintió, con el corazón acelerado. Tomó la maleta rígida con el vestido y cruzó el pasillo hasta la salida de servicio. La puerta era de metal pintado en verde oscuro, con un pomo de seguridad de esos que solo se abren empujando hacia afuera en caso de emergencia. Empujó con fuerza y la hoja se abrió con un chirrido metálico.

El aire fresco de la tarde le golpeó el rostro. El sol ya estaba cayendo y el cielo se teñía de naranja y púrpura. Frente a ella se extendía la Carrer de Pau Claris, en uno de esos tramos más discretos y menos transitados, donde los contenedores de basura se alineaban contra las paredes y el eco del tráfico del Passeig de Gràcia llegaba amortiguado.

Clara bajó los dos escalones que daban al callejón y soltó una risa nerviosa, girando sobre sí misma. Levantó la maleta como si fuera un trofeo. No podía creerlo: estaba eufórica. Por primera vez en cinco años, sentía que su vida, al fin, estaba cambiando.

Fue entonces cuando lo oyó: un golpe seco contra el suelo.
Algo rodaba por el asfalto.

Una pelota. Vieja, cubierta de manchas de grasa y polvo, como si hubiese sobrevivido a mil lluvias y al paso de los coches. El dibujo estaba casi borrado, pero aún se distinguían unas letras en inglés: The truth is out there.

Rodó hasta chocar contra sus pies y se quedó inmóvil.

Clara la contempló sin moverse. Algo en aquella frase le punzó la memoria, como si hubiese estado allí antes, en otro tiempo, en otro lugar. No podía precisar dónde.

La farola sobre su cabeza titiló dos veces. La luz vacilante alargó las sombras contra la pared del callejón. Pero esta vez las formas no se extendieron de manera natural: se retorcieron, estirándose demasiado, como si tiraran hacia abajo, creando la ilusión de un abismo abierto bajo sus pies. Clara sintió que el suelo cedía, que las sombras la estaban arrastrando hacia otro lugar.

El corazón le dio un vuelco. Apretó la maleta contra el pecho, paralizada.

—¡Señorita Fernández! —la voz de un hombre rompió el hechizo.

Clara parpadeó. El callejón volvió a ser un callejón. Las sombras se recogieron en su sitio como si nada hubiese ocurrido. Frente a ella, un joven trajeado levantaba la mano para llamar su atención.

—Soy Esteban. Isabel me ha enviado a recogerla. El taxi nos espera.

Clara respiró hondo, tratando de recuperar la calma. Echó una última mirada a la pelota inmóvil junto a sus pies. Luego la esquivó con cuidado y caminó hacia Esteban.

***

El trayecto

Clara se acomodó en el asiento trasero del coche, con la maleta apoyada sobre sus rodillas. Esteban cerró la puerta suavemente, dio la vuelta y ocupó el asiento del copiloto. El conductor, un hombre robusto con traje oscuro, arrancó el motor con un ronroneo grave.

—Póngase el cinturón, señorita Fernández —indicó Esteban, sin mirarla demasiado.

Clara obedeció. No tenía ánimos de conversación. Se limitó a observar cómo el coche avanzaba por la Carrer de Pau Claris, girando hacia la Gran Via y luego enfilando el acceso al cinturón litoral. El tráfico a esa hora era denso, pero fluido; los neones comenzaban a encenderse, reflejándose en las ventanillas como manchas líquidas de colores.

La ciudad fue quedando atrás poco a poco. Pasaron junto a las torres gemelas de la Vila Olímpica, luego la curva larga del litoral y más allá los desvíos que llevaban hacia Badalona. El conductor tomó la salida hacia la C-58, y el paisaje empezó a transformarse: menos edificios, más árboles, montañas recortándose en la distancia.

—¿Dónde vamos exactamente? —preguntó Clara al fin.

—A Sant Cugat del Vallès —respondió Esteban sin apartar los ojos de la carretera—. La casa Montpellier.

Clara arqueó una ceja. El nombre le sonaba a otro siglo.

***
La mansión

Tras media hora de trayecto, el coche se adentró en una zona de urbanizaciones dispersas, entre pinares y encinas. La carretera se estrechó hasta convertirse en un camino de asfalto rugoso. Finalmente, los faros iluminaron una verja de hierro forjado con un blasón oxidado en el centro: una flor de lis casi borrada por el tiempo.

La verja se abrió lentamente, como si le costara recordar su función. El coche avanzó por un camino flanqueado de cipreses hasta que la mansión apareció en lo alto de una loma.

Era un edificio de piedra clara, tres plantas, con torres cuadradas en los extremos y tejados de pizarra. Las paredes mostraban cicatrices de humedad, ventanas altas con contraventanas verdes despintadas. Había sido hermosa, pero ahora respiraba una melancolía inevitable, como si cada piedra guardara un secreto.

El coche se detuvo frente a la escalinata principal.

—La casa Montpellier fue construida en 1878 por una familia de industriales textiles franceses —explicó Esteban, casi como si recitara un dato aprendido de memoria—. Durante décadas fue lugar de reuniones de artistas y mecenas. En la Guerra Civil fue confiscada y usada como hospital improvisado. Después, cayó en abandono hasta que Monfort la adquirió hace unos años.

Clara contempló la mansión con la maleta entre las manos. El viento agitaba las copas de los árboles, y por un instante, le pareció escuchar voces lejanas que se confundían con el susurro del bosque.

Esteban giró la cabeza hacia ella.
—Hemos llegado.

***
La llegada al interior

La puerta principal se abrió con un chirrido leve y Clara cruzó el umbral, todavía abrazada a la maleta negra. El interior de la mansión era todo menos silencioso: un hervidero de actividad la golpeó de inmediato.

En el vestíbulo modernista, coronado por una lámpara de araña de cristal cuyas lágrimas tintineaban con cada movimiento, decenas de personas se movían de un lado a otro. Técnicos arrastraban focos y reflectores, un asistente comprobaba cables de sonido, un estilista sujetaba perchas con vestidos vaporosos que se mecían al pasar.

En una esquina, dos maquilladores trabajaban sobre sendas modelos, pinceles veloces sobre pómulos tensos. En otra estancia, apenas entrevió una sesión en marcha: flashes intermitentes, un fotógrafo gritando indicaciones en francés, una modelo arqueada sobre un diván como si su cuerpo fuese un objeto de museo.

Todo era bullicio, profesional, calculado. Pero también caótico, como un enjambre que se ordena sobre la marcha.

Esteban caminaba delante de ella con seguridad, apartando a la gente con un simple gesto de la mano. Clara lo siguió, sintiéndose de pronto diminuta y, a la vez, parte de algo mucho más grande de lo que había imaginado.

Llegaron a la escalinata principal: una escalera amplia, modernista, con barandillas de hierro forjado en espirales florales y peldaños de mármol veteado. Subieron en silencio, mientras abajo continuaba el zumbido incesante de la producción.

En el primer piso, Esteban abrió una puerta doble de madera oscura y la invitó a entrar.

La habitación

La estancia era amplia, con techos altos y molduras modernistas que se extendían como ramas de árboles. Una alfombra gastada cubría el suelo de madera encerada. Al fondo, una ventana de vidrios emplomados dejaba entrar la luz suave de la tarde, tiñendo las paredes con reflejos verdes y azules.

—Aquí tienes el cuarto de baño —dijo Esteban, señalando una puerta lateral—. Puedes ducharte y arreglarte con calma.

Caminó hacia una mesa pequeña junto a la cama de dosel y apoyó sobre ella un teléfono de baquelita negro.

—Si necesitas algo, solo descuelga este teléfono y pregunta por mí. Yo o alguien del equipo te lo haremos llegar.

Clara asintió, todavía observando cada detalle.

—En unos minutos subirá una persona para maquillarte y ayudarte a prepararte. Y… —consultó el reloj de pulsera— la sesión fotográfica empieza en treinta minutos. ¿Te va bien?

Clara acarició la maleta rígida donde descansaba el vestido. Sintió un cosquilleo recorrerle la espalda.

—Sí —respondió, con un hilo de voz que escondía más nervios de los que quería mostrar.

Esteban le dedicó una sonrisa leve, casi automática, y salió cerrando la puerta tras de sí.

Por primera vez desde que todo había empezado, Clara se quedó sola.

***


Clara ajustó el último broche del vestido frente al espejo del cuarto. Le quedaba como hecho a medida, abrazando su silueta con una perfección imposible. No había costura que tirara, no había pliegue fuera de lugar: el tejido parecía fundirse con su piel. Cuando la maquilladora terminó de retocarle los ojos y alisó un mechón rebelde de su cabello, suspiró con una mezcla de admiración y envidia.

—Con este vestido… casi no necesitas nada más —dijo, apenas rozándole la mejilla con el pincel—. Te aseguro que no he visto nada igual.

Clara sonrió, incómoda, pensando que quizás exageraba.

Abrió la puerta y salió al pasillo. Desde allí, las escaleras de mármol descendían hacia el vestíbulo principal, donde técnicos, maquilladores y modelos iban y venían en un caos ordenado de cables, focos y espejos portátiles.

Pero en cuanto puso un pie en el primer escalón, el murmullo de voces y el repiqueteo de tacones parecieron apagarse.

Un segundo escalón. El aire se volvió más denso, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Un tercero. Varias cabezas se giraron a la vez.

Cuando Clara alcanzó la mitad de la escalera, todo se detuvo. Los pinceles se quedaron suspendidos en el aire, un técnico dejó caer un rollo de cinta aislante sin darse cuenta, un asistente olvidó qué hacía con el reflector entre las manos. Todos, absolutamente todos, estaban mirándola.

Ella lo notó. Lo sintió en la piel, como si decenas de dedos invisibles recorrieran su cuerpo al unísono. Su respiración se aceleró. Bajó los últimos escalones con un porte que no sabía que tenía, como si cada paso suyo marcara el ritmo del lugar.

Frente al vestíbulo, un espejo de cuerpo entero reflejó la escena. Clara se miró… y no se reconoció. La mujer en el espejo no era la chica insegura que había llegado con una maleta rígida; era una figura resplandeciente, etérea, dueña de cada mirada. El vestido rojo parecía brillar por sí mismo, irradiando un magnetismo que no podía explicarse.

Un silencio reverencial envolvía el hall. Y, en ese instante, Clara comprendió la sensación: era como si todos a su alrededor fueran simples abejas, y ella, sin quererlo, se hubiera convertido en la reina del enjambre.

***

La sesión

El salón principal de la mansión estaba transformado en un escenario. Focos colgados de improvisadas estructuras, telas blancas que caían como velos, asistentes que iban y venían cargando cables, reflectores, cajas de maquillaje. En medio de todo ese caos, Clara avanzó con el vestido rojo ceñido a su cuerpo como si hubiera nacido con él.

El murmullo se apagó. Técnicos, maquilladoras, incluso otras modelos dejaron de hablar para mirarla. Había algo magnético en su presencia, un brillo que parecía irradiar desde el vestido y envolverla en una luz distinta.

La fotógrafa, Yasmín Pulbont, una mujer de pelo corto teñido de negro, carraspeó para recuperar la compostura.
—Bien… —dijo alzando la cámara—. Vamos a empezar.

El clic del obturador llenó el aire. Una, dos, diez veces. Clara obedecía instintos que ni sabía que tenía. Se giraba con una precisión felina, inclinaba la barbilla en el ángulo exacto, arqueaba el cuerpo como si hubiera ensayado toda su vida. La cámara la adoraba, y Yasmín lo sabía.

—Perfecta… —murmuraba la fotógrafa, cambiando de objetivo sin apartar los ojos de ella—. No te muevas… eso es… gira… sí, así…

Cada cambio de lente era como una reverencia a Clara. Pasó de un teleobjetivo a un 50 mm, luego a una Polaroid instantánea, y en cada formato Clara brillaba distinta, pero igual de imponente. Como si el vestido supiera adaptarse a cada encuadre, a cada luz.

Las demás modelos, agrupadas a un lado del set, se miraban entre sí con una mezcla de fascinación y envidia. Había algo en aquella chica que no se podía fingir. Era una diva en ciernes, una fuerza natural que no pedía permiso para existir.

Los focos comenzaron a calentar el ambiente. El sudor perló la frente de Clara, se deslizó por su cuello y humedeció la tela, que parecía ceñirse aún más a sus formas. Pero ella no aflojaba. Se movía con una intensidad que sorprendía incluso a sí misma. No estaba cansada: disfrutaba. Quería más.

El obturador seguía disparando, hipnótico. Flash tras flash. Hasta que Yasmín bajó la cámara con un gesto brusco.

—¡Joder! —resopló, apartándose un mechón de la cara—. Ni siquiera yo quiero parar, pero, querida, tenemos que descansar.

Clara sonrió, jadeando apenas. Entonces notó el picor. Se llevó la mano a la muñeca y se rascó con disimulo. Una manchita roja brillaba bajo la piel, ardiente como una brasa.

—Necesito una ducha —dijo en voz baja, mirando alrededor—. ¿Dónde puedo ir a ducharme?

Un asistente se adelantó enseguida, como si todos estuvieran pendientes de ella y solo de ella.

***
Judith entra ligera, sonriente, aún con el aire de quien ve a una estrella en ciernes:
—¿Qué pasa, todavía no te lo has quitado? Tranquila, yo te ayudo… Estás fantástica, Clara. —ríe mientras tira suavemente de la cremallera.

Pero la cremallera no se mueve. Judith frunce el ceño, tira más fuerte, nada.
—Qué raro… está como atascado.

Clara, ya rascándose la pierna, luego la muñeca, respira agitada:
—No, de verdad, necesito quitármelo. Me pica, Judith, me estoy volviendo loca… necesito ducharme.

Judith intenta de nuevo, incluso mete los dedos bajo la tela, pero la tela está ceñida como piel viva.
—Es como si no hubiera espacio.

La ansiedad de Clara crece. Se rasca cada vez con más desesperación, dejando marcas rojas.
—Por favor… por favor, quítamelo.

En ese momento, desde el pasillo, se oye el timbre metálico de una campanilla, la señal del estudio. Una voz:
—¡Volvemos al set! ¡Todos atentos, segunda parte de la sesión!

Clara aprieta los ojos, como si quisiera huir de sí misma.
—¿Qué hago?

Judith, incómoda, la mira un instante y se encoge de hombros:
—No lo sé… vuelve al set. Acaba la sesión. Quizás luego…

Clara siente como si la tela ardiera. Y cuando vuelve al salón, los focos de tungsteno se encienden. El calor le cae encima como un muro. La piel le arde, la picazón se vuelve insoportable.

***

El salón principal hervía de actividad. Los focos ardían, lanzando haces de luz blanca que caían sobre Clara, convertida en el centro absoluto del universo. La cámara de Yasmín Pulbont disparaba sin descanso, el obturador martilleando como un reloj desquiciado.

—Perfecto… otra más… —murmuraba la fotógrafa, cambiando de lente sin apartar los ojos de ella.

Clara se recostó en el diván cubierto de terciopelo gris. Sus movimientos eran fluidos, casi instintivos, como si siempre hubiera sabido posar. En el borde del tapizado, una diminuta sombra se deslizó. Una arañita translúcida, con un cuerpo ámbar redondo y patas largas como cabellos, se arrastró con calma entre las costuras. Nadie la vio.

—Ahora, siéntate en la mesa, apoya un brazo y mírame de reojo. —ordenó Yasmín.

Clara obedeció, dejando que la seda roja del vestido se expandiera como un río sobre la superficie brillante. En el reflejo lacado, cuatro pequeñas arañitas bajaron en fila, casi invisibles, y desaparecieron en la oscuridad del suelo. El equipo seguía absorto, hipnotizado por su magnetismo.

El calor de los focos hacía sudar a Clara, pero en vez de incomodarla parecía energizarla. Sus gestos eran cada vez más sensuales, más seguros. El vestido la abrazaba, brillando con un fulgor propio.

Judith, la asistente, se acercó con la brocha de maquillaje en la mano.
—Un retoque rápido y seguimos —susurró.

Le apartó un mechón de la frente y entonces lo sintió: un cosquilleo en la mano. Miró de reojo. Una arañita recorría el dorso de su piel, tan ligera que parecía un hilo de humo. Cuerpo redondo, casi cristalino, y unas patas tan largas y finas que relucían con el reflejo del foco.

Judith abrió la boca para decir algo, pero se quedó paralizada. Otra arañita bajaba por la mejilla de Clara, deslizándose hasta perderse en la curva de la mandíbula. Y una más, diminuta, se movía cerca de su oreja, balanceando sus patas como cuerdas.

La asistente soltó la brocha. Cayó con un golpe seco sobre el suelo de madera.
—¡Dios mío…! —gritó Judith, apartando bruscamente la mano.

Las demás cabezas se giraron al instante. Y entonces todos lo vieron. No eran ilusiones, ni motas de polvo. Decenas de pequeñas arañas comenzaban a brotar del vestido: deslizándose por el escote, trepando por la falda, cayendo en cascada al suelo. Corrían veloces por el diván, se perdían en las juntas de la tarima, subían por los trípodes de las luces.

El murmullo de admiración que llenaba el set se quebró de golpe. Primero fue el chillido de Judith, después el caos: gritos, sillas arrastradas, pasos que corrían en todas direcciones.

Y Clara, en medio de todo, seguía de pie bajo la luz ardiente de los focos, sintiendo cómo algo se movía bajo su piel.

Clara estaba asustada.
El caos estalló a su alrededor: asistentes corriendo, modelos gritando, focos cayendo con estrépito. Cientos de diminutas arañas salían de su vestido rojo, trepando por sus piernas, desbordándose como un río oscuro. El set quedó desalojado en cuestión de segundos. Solo quedaban el olor del sudor, el eco de los pasos huyendo y el chisporroteo de los cables en el suelo.

Clara intentaba arrancarse el vestido, pero la tela parecía soldada a su piel. El picor era insoportable; rascaba con furia sus brazos, su cuello, su vientre, mientras nuevas oleadas de arácnidos emergían. Tropezó, se sujetó a un foco y lo derribó al suelo. El metal crujió, saltaron chispas, iluminando la estancia con destellos rojos y azules, como fuegos artificiales de pesadilla.

Entre la penumbra, la vio.
Encima de una mesa donde descansaban varias cámaras, y en una de las patas, una pelota vieja. El polvo la recubría, pero un rayo de luz reveló una frase descolorida en inglés: The truth is out there. Rodó apenas un centímetro por sí sola y se quedó quieta, como observándola.

Clara abrió los ojos de par en par. Su respiración se cortó cuando millones de arañas comenzaron a trepar por la mesa, acumulándose hasta dibujar una silueta femenina. Una mujer de entre 35 y 40 años tomó forma en aquel enjambre: su cabello era un velo de insectos suspendidos, los dedos se movían con un desfase grotesco, y unos ojos negros —profundos, imposibles— mantenían cohesionada la figura.

Entonces, con un movimiento súbito, todas las arañas se lanzaron sobre Clara.
Ella gritó, desgarrando la garganta, mientras el enjambre la cubría por completo, hundiéndose en su piel, penetrando por su boca y sus ojos.

Cuando todo cesó, solo quedó un cadáver seco, arrugado como un pergamino olvidado. La mandíbula desencajada en un rictus de dolor inhumano.

El silencio se apoderó de la sala.
Un foco chisporroteó al morir.
La pelota, inmóvil, como presunto inocente.

Los sanitarios al llegar, chutó la pelota que salió rodando….

***

© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.





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