📕 Habitación 333 .Día 5 ( parte 1)



España, Cataluña. Institución Psiquiátrica San Rafael, Martorell. Año 2020. Pandemia mundial de COVID-19.

Uno. Dos. Tres.

Chasquido.

Leo abrió los ojos.

La luz tenue del despacho la cegó por un instante. Parpadeó varias veces antes de distinguir el entorno. Estaba sentada en un sillón de cuero negro, frente a un escritorio de madera antigua, con una lámpara de luz cálida encendida. Las paredes estaban cubiertas de libros encuadernados en cuero, y el ambiente olía a papel viejo y café.

Un hombre la observaba desde el otro lado del escritorio. Tendría unos cuarenta y cinco años. Su cabello castaño empezaba a mostrar algunas canas en las sienes, peinado hacia atrás con pulcritud. Su rostro era sereno, de facciones marcadas y ojos azules penetrantes que la examinaban con calma. Tenía la elegancia de alguien que había visto demasiado en la vida y había aprendido a no sorprenderse por nada.

Con voz grave y pausada, el doctor habló:

—Bienvenida de vuelta, Leo.

Leo sintió un leve mareo.

—¿Dónde… dónde estoy?

El psiquiatra sonrió, pero no con burla, sino con paciencia.

—¿No lo recuerdas?

Leo frunció el ceño, tratando de ordenar sus pensamientos.

—Recuerdo estar en el hospital. Me encontraba mal, pero… después… después no recuerdo nada.

El doctor asintió lentamente.

—Interesante.

Leo sintió una presión en el pecho.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

El psiquiatra se acomodó en su silla y entrelazó los dedos sobre el escritorio.

—Estás en la Clínica Psiquiátrica San Rafael, aquí en Martorell.

Leo se quedó en silencio por un momento.

—¿Una clínica psiquiátrica? ¿Por qué?

El doctor la observó con atención antes de responder.

—Te ingresaron ayer. Fue un episodio muy difícil, Leo. Te encontrabas fuera de ti.

Leo tragó saliva.

—No lo entiendo.

El doctor tomó aire y se inclinó un poco hacia adelante.

—Cuando recibiste la noticia sobre tu marido…

El mundo se detuvo un instante.

Leo sintió un vacío en el estómago.

—No… —susurró—. No, eso no puede ser cierto.

El psiquiatra no apartó la mirada.

—Lo siento.

Leo sintió su corazón acelerarse.

—¿Cómo… cómo pasó?

—COVID. No pudo resistirlo.

La garganta de Leo se cerró.

El doctor la dejó procesarlo. No dijo nada, solo la observó con la misma paciencia.

Después de un momento, Leo apartó la mirada, respiró hondo y murmuró:

—¿Qué hice?

El doctor cruzó las piernas con calma.

—Tuviste una crisis. Fue una reacción comprensible, aunque... extremadamente violenta.

—¿Violenta? —susurró Leo.

El psiquiatra la miró con firmeza, pero sin juicio.

—Rompiste varios objetos de la habitación. Cuando los enfermeros entraron, los atacaste. Uno de ellos salió despedido contra la pared. El otro sufrió una fractura triple en el brazo. Hubo que sedarte. No fue fácil contenerte.

Y entonces, la imagen se presentó en su mente.

Flashback.
Los gritos de los sanitarios.
El monitor pitando de forma irregular.
Ella, de pie sobre la cama, con los ojos abiertos como platos.
Un enfermero se le acercó y ella lo empujó con una fuerza sobrenatural. Su cuerpo salió volando y se estrelló contra el armario.
El segundo intentó sujetarla por detrás, pero Leo giró bruscamente, le torció el brazo y un crujido seco resonó en la habitación.
Sangre.
Alaridos.
Y después, la oscuridad.

Fin del flashback.

Leo parpadeó, con las manos temblorosas.

—Yo… no lo recuerdo.

—Es normal. A veces la mente bloquea los momentos más duros.

Leo respiró hondo, tratando de absorber la información.

El psiquiatra esperó un instante antes de hablar de nuevo.

—Leo… dime, ¿cómo te sientes ahora?

Leo se quedó en silencio.

No sabía qué responder.

Se sentía… vacía.

—No lo sé.

—¿Tienes miedo?

—No lo sé.

El doctor inclinó la cabeza ligeramente.

—Cuéntame… ¿qué querías hacer antes de todo esto? ¿Cuáles eran tus planes?

Leo cerró los ojos un instante.

—Quería ser madre.

El psiquiatra no reaccionó de inmediato.

—¿Era un deseo o un plan concreto?

Leo respiró hondo.

—Un deseo. No… no estaba segura de cuándo. Pero lo pensaba.

—¿Tu marido también lo quería?

Leo asintió lentamente.

—Sí. Hablábamos de ello. Pero siempre esperábamos el momento adecuado.

El psiquiatra mantuvo el silencio por un momento.

—Es curioso cómo la vida nos cambia los planes sin preguntarnos.

Leo sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué estoy aquí?

El doctor se apoyó en los reposabrazos de su sillón.

—Porque necesitas tiempo. Tiempo para procesar todo. Para sanar.

Leo sintió una punzada de confusión.

—Pero… yo no estoy loca.

El doctor la miró con serenidad.

—Nadie aquí está loco, Leo. Solo heridos de una forma en la que no se ve a simple vista.

Leo bajó la mirada.

El silencio se instaló en la habitación.

Después de un momento, el doctor habló con voz tranquila:

—No tienes que responder ahora, pero quiero que pienses en esto: ¿quién era Leo antes de todo esto? ¿Y quién quiere ser ahora?

Leo no contestó.

Se sentía perdida.

El doctor observó su expresión y, con un tono pausado, dijo:

—Hablaremos de ello en nuestra próxima sesión.

Se levantó lentamente de su silla y caminó hacia la puerta.

—Por ahora, descansa.

Leo sintió un vacío en el pecho.

Y cuando el doctor salió del despacho, la puerta se cerró con un sonido demasiado metálico.

Leo sintió un escalofrío.

Algo no estaba bien.

Algo en este lugar… no estaba bien.

***

      Día 5 - Por la tarde, 19:45 h

Afuera llovía un poco.

Ponencia del Dr. Salvatore Di Luca en la Universidad de Barcelona

“Fracturas de la Percepción: La Distorsión del Filtro Cognitivo”

(El auditorio estaba en silencio. Más de doscientas personas —entre estudiantes, profesores y profesionales de la psicología y la neurociencia— esperaban expectantes mientras el Dr. Salvatore Di Luca se acomodaba detrás del atril. Su voz, pausada pero firme, resonó en la sala con la gravedad de quien estaba a punto de compartir algo que no todos estaban preparados para escuchar).

"Señoras y señores, nuestra realidad es una construcción. Y, como toda construcción, tiene grietas. Pequeñas fisuras imperceptibles que, en ocasiones, se ensanchan lo suficiente como para que alguien se asome al otro lado. A este fenómeno lo llamo ‘Fracturas de la Percepción’."

(El doctor hizo una pausa, dejando que el concepto se asentara en la mente de su audiencia antes de continuar).

"El cerebro humano no es un registrador de la realidad objetiva. Es un filtro. Un intérprete. No vemos el mundo tal como es; lo vemos tal como necesitamos verlo para sobrevivir. Nuestros sentidos no captan la totalidad del espectro electromagnético ni la totalidad de las ondas sonoras. Nuestra mente desecha gran parte de la información que nos rodea para evitar el colapso cognitivo."

(Hizo una pausa y caminó lentamente por el escenario).

"Pero, ¿qué ocurre cuando ese filtro se altera? ¿Qué sucede cuando el sistema que nos mantiene anclados a una realidad manejable comienza a fallar?"

(En la pantalla detrás de él apareció una imagen: un estudio neurológico mostrando las áreas del cerebro activadas en estados de percepción alterada).

"Las fracturas de la percepción ocurren cuando, por un motivo u otro, el filtro cognitivo se debilita. Y cuando eso sucede, la persona experimenta lo que comúnmente llamamos ‘fenómenos paranormales’, ‘déjà vus intensos’, ‘presencias inexplicables’ o incluso ‘alucinaciones colectivas’. Sin embargo, ¿y si estos eventos no fueran fallos del cerebro, sino breves aperturas a una realidad más amplia?"

(El auditorio estaba en absoluto silencio. Nadie tomaba notas. Nadie se atrevía a interrumpir).

"Durante años, la psiquiatría ha clasificado ciertos síntomas como evidencia de trastornos mentales graves. Pacientes que aseguran ver sombras en los rincones, que escuchan sus nombres susurrados cuando están solos, que repiten haber visto la misma cifra en distintos lugares de manera obsesiva. Nuestro diagnóstico estándar es esquizofrenia, psicosis o estrés postraumático. Pero déjenme hacerles una pregunta: si cien personas, sin conexión entre ellas, describen la misma experiencia… ¿sigue siendo una alucinación?"

(Una ligera incomodidad recorrió el público. El doctor hizo una breve pausa y cambió la diapositiva).

"Existen eventos documentados a lo largo de la historia. Registros antiguos de monjes medievales que afirmaban ‘ver’ entidades que los observaban en la oscuridad. Pilotos de la Segunda Guerra Mundial que, en los cielos de Europa, describieron la misma formación de luces moviéndose contra toda lógica. Grupos de científicos en el Ártico que aseguraron sentir ‘algo’ mirándolos en los meses de completa oscuridad."

(En la pantalla, aparecieron tres frases en grandes letras blancas):

Percepción colectiva de lo invisible.

Distorsión del tiempo en momentos de alta concentración.

Presencia de patrones geométricos repetidos en estados alterados de conciencia.

"En todos estos casos, las fracturas de la percepción parecen manifestarse en patrones específicos. Se activan en momentos de vulnerabilidad emocional, fatiga extrema, estados meditativos profundos o, curiosamente, en experiencias cercanas a la muerte."

(El doctor hizo un gesto a la pantalla. Aparecieron imágenes de escáneres cerebrales en estados de meditación y crisis epilépticas. Se parecían demasiado).

"Nuestro cerebro está diseñado para ignorar ciertas cosas. Para protegernos. Pero cuando ese filtro se debilita, lo que se encuentra al otro lado se vuelve visible. Y la pregunta que debemos hacernos no es ‘¿por qué veo esto?’, sino ‘¿por qué se me oculta el resto del tiempo?’"

(Hubo un murmullo en la audiencia. Algunos profesores de neurociencia se veían visiblemente incómodos).

"Durante años, he trabajado con pacientes que han experimentado estas fracturas de la percepción. Ninguno de ellos estaba mentalmente enfermo. Ninguno presentaba un deterioro cognitivo. Pero todos describieron lo mismo: un instante en el que la realidad se desdobló y algo más apareció en el borde de su visión."

(Sus ojos recorrieron la sala).

"Lo más aterrador no es que puedan ver algo más. Lo más aterrador es que lo que está al otro lado… también los ve a ellos."

(La sala quedó en completo silencio).

"¿Qué nos dice esto sobre nuestra realidad? ¿Somos los únicos observadores… o somos también los observados?"

(El doctor se apoyó levemente en el atril).

"Para concluir, les dejo esta pregunta: si nuestro cerebro ha evolucionado para ocultarnos algo… ¿no significa eso que aquello que nos oculta debe ser lo suficientemente importante como para justificar el engaño?"

(Encendió las luces del auditorio. Nadie habló durante varios segundos).

"Muchas gracias."

(Solo entonces, alguien en el público se atrevió a aplaudir. Y, poco a poco, el resto lo siguió).

***

Di Luca salió de la universidad con paso tranquilo. El pavimento, aún mojado por la lluvia reciente, reflejaba la luz fría de las farolas, proyectando sombras largas sobre la acera.
Ajustó su bufanda con gesto meticuloso y alzó la vista.

A unos metros, junto a la escalinata, Esteban lo esperaba con las manos en los bolsillos de su abrigo.

—Vaya, vaya... —sonrió Di Luca al verlo—. Si esto no es una sorpresa.

Esteban le devolvió la sonrisa, pero su rostro tenía la tensión de alguien que no había dormido bien en días.

—Doctor Di Luca... —estrechó su mano con fuerza—. ¿Cómo ha ido la conferencia?

—La misma historia de siempre: gente fascinada, gente escéptica y unos pocos que salieron antes de que terminara —respondió con un deje de ironía en la voz—. Pero no estamos aquí para hablar de eso, ¿verdad?

—No... —Esteban suspiró—. Quería verte. Y preguntarte por mi amiga Leo.

Di Luca inclinó levemente la cabeza.

—Esteban, si lo que buscas es certeza, me temo que en psiquiatría nunca hay tal cosa. Pero hablemos con calma. ¿Qué te parece si nos tomamos un café?

—Me parece perfecto. Hace un frío de mil demonios.

Ambos comenzaron a caminar por la avenida, alejándose de la universidad en dirección a la cafetería más cercana.


***

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