Habitación 333.📕 Día 5 (parte 2)




Cafetería en el Barrio Gótico de Barcelona

(El aroma a café impregnaba el aire, y las luces cálidas de la pequeña cafetería contrastaban con el frío de la noche en Barcelona. Esteban y el Dr. Salvatore Di Luca se acomodaron en una mesa junto a la ventana, mientras la ciudad parecía latir en la penumbra).

Un diálogo entre colegas

—Siempre he pensado que los psiquiatras sois como confesores modernos —comentó Esteban, girando la cuchara en su café—. Escucháis pecados, miedos, deseos… y al final ofrecéis algo parecido a la absolución, pero con fármacos en vez de penitencias.

(El Dr. Di Luca sonrió con calma, tomando su taza con elegancia).

—Y yo siempre he pensado que los médicos de urgencias sois dioses a medias. Tenéis el poder de devolver la vida… o de verla desvanecerse entre los dedos sin poder hacer nada.

(Esteban rió suavemente).

—Cuando lo pones así, suena bastante dramático.

(Di Luca inclinó la cabeza con aire pensativo).

—Toda la existencia humana lo es. Desde que nacemos, todo es una carrera entre el cuerpo que se desgasta y la mente que trata de encontrarle sentido a ese desgaste.

(Esteban bebió un sorbo de café y lo observó con interés).

—Te vi en la ponencia. Me gustó, pero me dejó inquieto. Sobre todo esa parte en la que hablabas de la percepción y los filtros cognitivos.

(Di Luca se acomodó en su silla, como si esperara aquella pregunta).

—Déjame hacerte una pregunta, Esteban. ¿Qué ocurre en la mente de una persona cuando reza?

(Esteban frunció el ceño, pensativo).

—Supongo que… encuentra paz. Siente que alguien la escucha, que no está sola.

(El psiquiatra asintió).

—Cierto. Pero a nivel neurológico ocurre algo fascinante. Cuando una persona reza o medita, ciertas regiones del cerebro se activan de una manera que los científicos aún no comprenden del todo. Se ha demostrado que la actividad en el lóbulo parietal disminuye, lo que provoca una alteración en la percepción del ‘yo’. Es decir, el individuo deja de sentirse como una entidad separada del mundo y experimenta una sensación de unión con algo más grande.

(Esteban arqueó una ceja).

—¿Te refieres a que su cerebro le ‘engaña’ haciéndole sentir que está en contacto con Dios o con el universo?

(Di Luca agitó un dedo en el aire, negando suavemente).

—Ahí está el dilema. Para los neurocientíficos, sí, es un mecanismo del cerebro que altera la percepción del individuo. Pero para los místicos, los religiosos e incluso algunos físicos cuánticos… es la evidencia de que la conciencia puede trascender más allá del cuerpo físico.

(Esteban dejó su taza en la mesa, intrigado).

—Es decir, que cuando alguien entra en un estado de oración profunda o en una meditación avanzada, su cerebro ‘abre’ un canal que le hace percibir cosas que normalmente no vería.

(El psiquiatra entrelazó los dedos sobre la mesa, con una expresión calculada).

—Exacto. Hay registros de monjes tibetanos que han alcanzado estados de trance tan profundos que han sido capaces de controlar su temperatura corporal, su ritmo cardíaco e incluso suspender temporalmente su percepción del dolor. Místicos cristianos, sufíes islámicos y chamanes en Sudamérica han descrito lo mismo desde hace siglos.

(Esteban exhaló lentamente).

—Entonces, según tu teoría… la oración, la meditación o incluso el trauma pueden hacer que alguien ‘rompa’ esa barrera del filtro cognitivo y perciba… algo más.

(El Dr. Di Luca sonrió levemente y bebió un sorbo de café. Pero su mirada tenía un matiz más serio).

—Sí… pero no siempre es necesario un estado de meditación o de fe profunda para que esto ocurra.

(Esteban levantó la vista, interesado).

—¿Cómo dices?

(Di Luca se acomodó en su asiento, entrelazando las manos).

—Normalmente, asociamos estas experiencias a un contexto espiritual o religioso. Pero hay casos en los que personas sin ninguna creencia ni entrenamiento mental han tenido visiones, han percibido cosas… han visto ‘algo’.

(Esteban se inclinó levemente hacia adelante).

—¿A qué te refieres exactamente?

(El psiquiatra hizo una pausa, como si escogiera sus palabras con cuidado).

—Algunos pacientes describen haber visto figuras, sombras o entidades sin que haya mediado oración, meditación ni consumo de sustancias psicotrópicas. Se trata de episodios espontáneos que desafían cualquier explicación convencional.

(Esteban frunció el ceño).

—Pero eso podría explicarse con alucinaciones, trastornos neurológicos, estrés postraumático…

(Di Luca asintió lentamente).

—Podría. Y en muchos casos, es así. Pero hay otros… otros que no encajan.

(El psiquiatra bajó la voz, como si lo que iba a decir no debiera ser escuchado por otros).

—Hay momentos en los que el cerebro… no actúa solo.

(Esteban sintió un escalofrío).

—¿Qué insinúas?

(Di Luca apoyó los codos sobre la mesa y lo miró fijamente).

—Que a veces no es la mente la que genera la visión. A veces es la visión la que encuentra la mente adecuada para manifestarse.

(Esteban sintió que el aire en la cafetería se volvía más denso).

—Eso suena a que crees en lo paranormal, Salvatore.

(El psiquiatra sonrió con un gesto enigmático y dio un último sorbo a su café).

—Yo no creo en nada. Pero sí observo. Y cuando ves suficientes patrones en suficientes personas… empiezas a preguntarte si lo inexplicable no es, en realidad, simplemente algo que aún no sabemos explicar.

(Un silencio se instaló entre ambos. Esteban no respondió de inmediato. Afuera, la noche de Barcelona se volvía más oscura.
El murmullo de la cafetería parecía desvanecerse a su alrededor. Di Luca tomó un sorbo de café, dejó la taza con un gesto medido y cruzó los dedos sobre la mesa. Sus ojos, afilados como bisturís, se posaron en Esteban con la misma paciencia de un profesor esperando que su alumno procesara una idea difícil).

—¿Sabes, Esteban? —dijo con voz pausada—. En Europa, durante los siglos XVI y XVII, la gente creía firmemente en la existencia del limbo.

(Esteban frunció el ceño, sin entender a dónde quería llegar).

—¿El limbo… te refieres al estado intermedio entre la salvación y la condena?

(Di Luca asintió lentamente).

—Exacto. Según la doctrina de la época, aquellos que se suicidaban no podían entrar en el paraíso. Se condenaban a una existencia atrapada entre dos mundos, un estado de no-ser. Pero… había un atajo.

(Se inclinó levemente hacia adelante. Su voz bajó un tono, como si revelara un secreto prohibido).

—Algunas personas, desesperadas por garantizar su salvación, optaban por cometer asesinatos. Pero no cualquier asesinato… elegían víctimas inocentes, a menudo niños.

(Esteban sintió un escalofrío recorrer su espalda).

—¿Por qué harían algo así?

(Di Luca esbozó una leve sonrisa, pero sus ojos no reflejaban humor).

—Porque, según su lógica, si asesinaban a alguien y luego se confesaban, la Iglesia les concedía la extremaunción antes de ser ejecutados. La confesión los purificaba; la extremaunción aseguraba su entrada al cielo. Para ellos, matar a un niño no era un crimen imperdonable… era un sacrificio necesario para garantizar su propia salvación.

(Esteban sintió un nudo en el estómago. La idea le resultaba monstruosa, pero no podía ignorar su lógica retorcida).

—Entonces… en su percepción, estaban haciendo lo correcto.

(Di Luca asintió, sosteniendo su mirada).

—Exacto. Su realidad era completamente distinta a la nuestra. Y aquí es donde te hago la pregunta, Esteban… ¿Qué es realmente la realidad?

(El silencio se extendió entre ellos. Esteban intentó responder, pero todas sus respuestas sonaban insuficientes).

(Di Luca continuó, su tono ahora más grave, más profundo).

—La realidad, tal como la percibimos, no es absoluta. Es un constructo moldeado por nuestra cultura, nuestras creencias, nuestras experiencias. Pero cuando el cerebro se desajusta… cuando una idea se filtra en los rincones más profundos de la mente… entonces esa idea se convierte en realidad para quien la cree.

(Hizo una pausa y dejó escapar una leve risa).

—Para un esquizofrénico paranoide, los agentes del gobierno lo están observando. Para alguien en un episodio psicótico, las sombras en la esquina de la habitación le susurran secretos. Para un fanático del siglo XVII, matar a un niño aseguraba su entrada al cielo.

(Esteban tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras).

—¿Quieres decir que… la realidad depende de la percepción?

(Di Luca entrecerró los ojos, inclinando ligeramente la cabeza, como si evaluara la pregunta).

—La realidad no es algo que percibimos. La realidad es algo que construimos.

(Esteban sintió un escalofrío).

(El psiquiatra continuó, con su tono analítico).

—Nuestro cerebro no solo recibe información… la fabrica. Interpreta lo que ve, ajusta los datos a lo que puede comprender y descarta lo que no encaja en su modelo del mundo. Pero… ¿qué sucede cuando alguien percibe algo que el resto no puede ver?

(Hizo una pausa dramática, dejando que la pregunta flotara en el aire).

(Esteban lo miró fijamente).

—Dices que no todos los casos son iguales. Que no siempre hace falta meditar o rezar para que alguien tenga una percepción diferente de la realidad.

(Di Luca asintió con satisfacción, como un profesor aprobando la lógica de su alumno).

—Correcto. La hiperpercepción no siempre es inducida por la espiritualidad o la introspección. A veces, simplemente ocurre.

(Su voz bajó un tono).

—Algunos pacientes aseguran ver patrones que otros no pueden. Aseguran sentir "presencias". Creen que el mundo se superpone con algo más… algo que solo ellos pueden ver.

(Di Luca hizo una pausa, observando la reacción de Esteban).

(Esteban sintió una punzada de inquietud).

—¿Y qué haces con ellos?

(El psiquiatra sonrió con calma y tomó un sorbo de café antes de responder).

—Por eso utilizo Delysium-5.

(Esteban frunció el ceño).

—¿El inhibidor de percepción?

(Di Luca dejó la taza sobre la mesa y asintió).

—Delysium-5 bloquea la capacidad del cerebro de procesar información fuera de su espectro habitual. Anula las conexiones que hacen que una persona "vea demasiado".

(Esteban tamborileó los dedos en la mesa, sintiendo cómo la incomodidad en su pecho crecía).

—¿Y si algunas de esas percepciones fueran reales?

(Di Luca sonrió con una paciencia infinita, como si esa pregunta la hubiera escuchado cientos de veces).

—No es cuestión de si son reales o no. La cuestión es si la mente humana puede soportarlas sin quebrarse.

(Se inclinó hacia adelante, su voz ahora más grave).

—¿Cuántos genios fueron considerados locos en su tiempo? ¿Cuántos esquizofrénicos han descrito visiones que solo siglos después fueron comprendidas? ¿Cuántos "iluminados" fueron quemados en la hoguera por ver más allá de lo que la sociedad permitía?

(Esteban sintió un peso en el pecho. Algo en su interior le decía que esta conversación no era solo teoría. Había algo más profundo en las palabras de Di Luca).

(El psiquiatra terminó su café, miró su reloj y dejó unos billetes sobre la mesa).

—La mente humana no está diseñada para soportar la verdad absoluta, Esteban.

(Se puso de pie, se ajustó el abrigo y, con gesto preciso, se colocó la mascarilla sobre el rostro, asegurándola bien antes de hablar una última vez).

—Nos vemos en el hospital.

(Esteban lo observó levantarse. Luego abrió su mochila, sacó un dosier y lo dejó sobre la mesa. Sus dedos temblaban ligeramente).

—Pero… todavía no hemos hablado de mi amiga. De Leo.

(Di Luca se detuvo. No miró el dosier. Giró levemente la cabeza y respondió con una calma casi quirúrgica).

—Querido amigo, si has prestado atención, durante toda esta conversación te he respondido. Y hemos estado hablando, aunque no te hayas dado cuenta, de tu amiga.

(Hizo una leve pausa, sin mirar atrás).

—No es necesario que vea los informes. Pero no te preocupes… pronto te pasaré mi diagnóstico.

(Y sin más, se marchó, dejando a Esteban solo, frente a su café frío… y al dosier que ya no parecía tan importante como antes).

***


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