Habitación 333. 📜Los Pergaminos de Z’ihara ( Parte 1) El Tiempo de las Sombras .
Marzo de 2020
Montserrat Park, El Bruc (Cataluña)
La pantalla del ordenador parpadeaba en la penumbra.
Clara, con el rostro iluminado por el tenue resplandor del monitor, tecleaba con rapidez, rodeada de tazas vacías de café y montañas de papeles dispersos.
Llevaba días encerrada en su casa de Montserrat Park.
No le afectaban las restricciones de la pandemia; su vida de hacker ya era un confinamiento voluntario mucho antes de que el mundo se detuviera.
Para Clara, lo importante era el rastro digital que seguía: un rastro inquietante que comenzó dos días atrás, tras el misterioso mensaje 333 que había recibido su amiga Leo en el móvil.
Clara había decidido investigar a fondo.
Escribió en el buscador:
"Últimos hallazgos arqueológicos Egipto siglo XXI".
Saltó de página en página, entre foros de conspiraciones y bases de datos académicas.
De pronto, un anuncio molesto apareció en mitad de la pantalla:
"Versalles CrowEye: El videojuego que cambiará tu percepción del mundo."
-¿Qué coño es esto? -murmuró Clara, frunciendo el ceño mientras lo cerraba de un golpe de ratón.
Cuando el anuncio desapareció, una pestaña nueva captó su atención:
"Los Manuscritos de Z'ihara."
El nombre sonaba antiguo, prohibido. Algo dentro de ella le impulsó a hacer clic.
La página era rudimentaria, mal traducida, pero contenía un fragmento de historia que parecía más una advertencia que un simple relato arqueológico.
Clara se acomodó en su silla, aumentó el brillo de la pantalla y comenzó a leer.
El Tiempo de las Sombras
Se decía que hubo un tiempo en el que Egipto era próspero, donde el sol besaba las piedras doradas de sus templos y el Nilo fluía como la sangre de un dios dormido.
Pero esa paz, como todas, tenía un final escrito en las estrellas.
Primero, fueron los susurros.
Cuerpos que aparecían sin vida al amanecer, con rostros congelados en una expresión de terror insondable.
Luego, las sombras comenzaron a moverse por las casas al caer la noche, deslizándose entre las paredes, invadiendo los sueños de aquellos que aún respiraban.
Los sacerdotes encendieron incienso en los templos, rezaron a los dioses, hicieron sacrificios... pero los dioses guardaron silencio.
La enfermedad que consumía Egipto no era una plaga que el fuego pudiera purificar, ni un enemigo al que una espada pudiera atravesar.
Pero no todos habían perdido la esperanza.
Se hablaba de una niña.
Una niña que nunca dormía.
Que nunca enfermaba.
Que nunca tenía miedo.
Vivía en una montaña, lejos del desierto, donde las estrellas la miraban con una mezcla de reverencia y recelo.
Y cuando alguien se atrevía a buscarla, ella ya sabía que venían.
Sabía por qué.
Sabía su destino.
En aquellos tiempos oscuros, la gente comenzó a preguntarse si ella era la causa...
O la única salvación.
Y entonces llegó él.
Un extranjero.
Un guerrero cubierto de cicatrices y polvo de caminos que nadie había pisado antes.
Tenía los ojos de lapislázuli, tan claros y profundos que parecían ver a través del alma de quien los miraba demasiado tiempo.
No era como los demás.
No temía a las sombras.
Las cazaba.
Portaba un talismán, una vasija sagrada, un contenedor que tenía el poder de absorber y encerrar a las sombras.
No era una arma común: era un artefacto que ningún hombre de este mundo podría comprender.
Los sacerdotes, incapaces de comprender del todo su origen, lo bautizaron como Orión.
El cazador de lo invisible.
Y "Orión" se convirtió en el único capaz de contener la oscuridad y devolver la vida normal a los pueblos.
Un poder que sólo un dios podría poseer.
¿O tal vez... un tirano?
***
No se puede eliminar la oscuridad.
Solo se puede contener.
Así lo sabían los Sacerdotes de Anubis, que en su miedo y desesperación, tramaron un plan.
Le ofrecieron una cena en su honor.
Un banquete digno del salvador del mundo.
Hubo vino, hubo cantos, hubo bendiciones.
Orión, confiado, alzó su copa.
Pero no todos los venenos matan de inmediato.
Al amanecer, Orión no despertó.
Los sacerdotes de Anubis sellaron su cuerpo, atrapándolo en un estado de sueño eterno, donde su mente seguiría soñando, incapaz de luchar o huir.
Pero no bastaba con sellar el cuerpo.
La oscuridad que había contenido era demasiado grande.
Necesitaban algo más poderoso.
Desde tierras lejanas, sabían de la existencia de Tanit'Alna (la Niña de la Montaña hueca), aquella que nunca enfermaba, que nunca dormía, cuyo corazón no conocía la corrupción.
Su alma pura fue utilizada como sello definitivo.
No podían romper la oscuridad.
Pero sí contenerla dentro de un vínculo imposible de quebrantar.
Así, el cuerpo de Orión fue transformado en un cuerpo inerte, sin deterioro, completamente sellado.
Un sello que no debía romperse jamás.
Y así, el mal quedó completamente cerrado y sellado.
***
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