Belleflur. Capitulo 21. El jardín Octario Parte 3:


Año 1750

En los oscuros y recónditos caminos de la corte francesa, el Rey Luis XV mantenía en secreto un amor prohibido. Mientras su mujer, la reina María Leszczyńska, ocupaba su lugar en la corte y en las apariencias públicas, el corazón del rey estaba dividido. Su amante, Isabelle de la Tour, era una joven noble de inigualable belleza, de cabellos negros como la medianoche y ojos verdes que capturaban la atención de todos los que osaban mirarla. Para el Rey, Isabelle era un refugio, una pasión que no podía ser compartida ni conocida.

Pero el riesgo era grande. La corte estaba plagada de intrigas, y los rumores comenzaban a surgir. Luis XV sabía que debía alejarla, esconderla en algún lugar donde ni la Reina ni los curiosos pudieran encontrarla. Así, decidió enviarla lejos de París, a un lugar apartado, un lugar tan discreto y oscuro que ni los más astutos cortesanos se atreverían a buscar: la Mansión Bellefleur, cerca del pueblo de Levallon.

Para asegurarse de que Isabelle estaría bien cuidada, el rey confió en su viejo amigo, Sebastián de Ávila, un embajador español de la nobleza castellana. Sebastián había sido un fiel confidente desde que eran niños, y el rey confiaba en él plenamente. Además, debido a un accidente de juventud que lo había dejado impotente, Sebastián había sido transformado en un eunuco, lo que, en la mente del rey, lo hacía la elección perfecta para acompañar y proteger a Isabelle sin riesgo alguno de complicaciones sentimentales.

La confianza era total. Sebastián, aunque marcado por su tragedia personal, era noble y leal, y nunca había traicionado la confianza del rey. Con su linaje castellano y su posición en la corte española, se mantenía al margen de las habladurías y tenía acceso a los círculos más exclusivos de Europa. Sin embargo, lo que Luis XV no sabía era que, aunque Sebastián era incapaz de procrear, sus sentimientos por Isabelle no eran tan fríos como él creía.

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Cuando llegaron a la Mansión Bellefleur, Isabelle sintió una mezcla de alivio y desconcierto. El lugar, rodeado de frondosos bosques y con sus muros de piedra oscura, parecía sacado de un cuento antiguo. Era imponente y silenciosa, con la promesa de aislamiento y paz. Sin embargo, algo en su atmósfera la inquietaba desde el primer momento en que cruzó sus puertas. Bellefleur no era simplemente un refugio; había algo en la casa, una presencia oculta entre sus paredes y pasillos.

Los primeros días transcurrieron en relativa calma. Sebastián y Isabelle mantenían una relación cortés y distante, pero poco a poco, la soledad de la mansión y la tranquilidad de los jardines comenzaron a forjar un lazo más íntimo entre ellos. Paseaban juntos, hablaban de la corte, de sus miedos y deseos. Sebastián, con su suave voz y su porte distinguido, fue ganándose la confianza de Isabelle. La tragedia de su accidente lo hacía parecer vulnerable, pero en su compañía, Isabelle sentía una calidez que jamás había experimentado en la corte.

No pasó mucho tiempo antes de que la atracción entre ambos se hiciera evidente. Aunque ninguno se atrevía a dar el primer paso, había miradas largas y silencios cargados de sentimientos no expresados. Sin embargo, una sombra oscura comenzaba a crecer en los corazones de ambos.

Cada noche, Isabelle no podía conciliar el sueño. Sentía una presencia en la mansión, algo que la vigilaba mientras intentaba descansar. Al principio, pensó que era su imaginación, pero con el paso de los días, la sensación de ser observada se hizo cada vez más fuerte. En las noches más silenciosas, cuando el viento apenas susurraba entre los árboles, sentía cómo una figura se acercaba a su cama. El aire se volvía frío, y algo invisible rozaba su piel, inquietándola profundamente. Lo más perturbador de todo era que esa presencia parecía tener una forma humana, pero Isabelle nunca podía verlo con claridad.

Una madrugada, tras una noche particularmente inquietante, Isabelle decidió recorrer los pasillos de Bellefleur para encontrar el origen de esa sensación que la atormentaba. Vestida solo con una bata ligera, la joven avanzó por los corredores oscuros, apenas iluminados por las velas que titilaban en las paredes. Fue entonces cuando vio el cuadro.


Colgado en uno de los pasillos del ala oeste, había una pintura imponente que Isabelle no recordaba haber visto antes. Era el retrato de una mujer, pero había algo inquietante en él: la figura, vestida con un elegante traje del siglo anterior, carecía de rostro. El óvalo donde debería haber estado su cara estaba en blanco, como si el pintor no hubiera querido o no hubiera podido terminar su obra.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Isabelle. Algo en ese cuadro la atraía y la repelía al mismo tiempo. La figura sin rostro parecía observarla, aún sin tener ojos. La pintura parecía viva, y cuanto más la miraba, más sentía que la conexión entre la imagen y las noches de terror no era casual.

Esa misma noche, mientras yacía en su cama, la presencia regresó, pero esta vez fue más clara. A pesar del miedo, Isabelle abrió los ojos y la vio: la figura del cuadro, la mujer sin rostro, estaba de pie al borde de su cama, como si hubiera salido del lienzo para acecharla. Isabelle gritó, pero cuando Sebastián corrió a su habitación, la figura ya había desaparecido.

Desesperada, Isabelle confesó sus temores a Sebastián. Le contó sobre las noches de terror y sobre el cuadro de la dama sin rostro. Sebastián, aunque desconcertado, intentó tranquilizarla, pero esa noche, el miedo y la atracción entre ambos los superó. En un momento de pasión y vulnerabilidad, Isabelle y Sebastián se besaron bajo las sombras de Bellefleur, consumando su amor prohibido.

Pero al día siguiente, la mansión parecía más oscura, más opresiva. Durante una caminata por los jardines, Isabelle notó algo extraño en una de las esculturas que adornaban el centro del jardín: era una figura de mármol, de una mujer. Pero lo que la dejó helada fue que aquella escultura no siempre había estado allí.

La escultura, una bella figura femenina, sostenía en sus brazos a un hombre, como si ambos estuvieran eternamente atrapados en un abrazo. Isabelle sintió una conexión instantánea con ella, una sensación que no podía explicar. No obstante, su curiosidad la empujó a acercarse más. Mientras observaba el rostro del hombre esculpido, se dio cuenta de que tenía los mismos rasgos que Sebastián.

Un horror incontrolable se apoderó de ella. Aquella estatua no era simplemente una pieza de mármol; había algo en su perfección que la aterraba. Sin poder resistir la atracción, Isabelle se acercó a la escultura femenina. Sus manos, heladas y temblorosas, rozaron la fría piedra. Y entonces lo sintió: la figura respondía a su toque, como si la estatua estuviera viva.

Sebastián, viendo la angustia de Isabelle, corrió hacia ella para intentar detenerla, pero cuando sus labios finalmente rozaron la fría superficie de la escultura, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una energía antigua y oscura los envolvió, y en un instante de terror y deseo, ambos quedaron atrapados en el mármol. Sus cuerpos se convirtieron en piedra, inmortalizados para siempre en un abrazo eterno, dos amantes condenados por la maldición de Bellefleur.

Desde entonces, la leyenda de la Mansión Bellefleur creció, y quienes se atrevían a pasear por los jardines en noches de luna llena decían que podían escuchar los susurros de los dos amantes, atrapados en la eternidad, mientras la dama sin rostro continuaba acechando las sombras de la mansión.

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