Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV. Asharim Tala. parte 12. Drujyah. ( parte 2)Thimias-Mong


Drujyah. Parte 2

Thimias-Mong 


Nemoshyne:

Dicen que hubo un tiempo
en que los dioses aún sangraban,
y que la sombra del mal
no era un monstruo,
sino un pensamiento errante.

Ninguna prisión se crea sin un precio.
Ningún dios puede torcer el orden del mundo
sin pagar con algo que ama.
Ningún encierro de sombras
nace de un gesto limpio.
Y para poder someter a la oscuridad, Ada tubo que morir en Asharim Tala, y abandonar toda condición de amor hacia los demás y convertirse en el cazador de titanes.
Pero un cazador, precisa de un contenedor. 
Uno poderoso. Mágico. Un recipiente capaz de soportar un hambre aterradora que si escapase no solo devoraría el mundo, sino que arrasaría con todo el universo creado por un kairos-Theum.

Para crear dicha vasija, Hades necesitaba a uno de los mejores forjadores de los dioses: a Hefestos. Pero este estaba ocupado creando una caja mágica para Gea. Así que no tubo más remedio que visitar a uno de los discípulos de Hefestos: Darak Shak, el gigante del bosque de Timhias-Mong 

***

El Canto de Gathah-ed-Bedunyat 
(el canto del Sin-Destino)



Tierra firme que devoras mis manos,
que las muerdes con rabia,
como si tú también supieras
que he sido destronado.

Siento en mi pesar
la razón de mi castigo:
lo que fue un vergel,
ahora es un Sin-Destino.

Me miento a mí mismo,
porque en mis ojos aún veo el recuerdo,
fantasmas del pasado
que una vez fueron,
que una vez interpretaron mi mundo
y luego se desvanecieron.

Te recuerdo como siempre:
con tus dudas,
con tu oscuridad,
con tu brillo de estrella,
con tu yo incorruptible.

Como una sirena de tierra
que con afecto y respeto
me llenó de sabiduría plena.

Fui esclavo de Afrodita en tu mirada,
lleno de vida,
reavivado por tu alma perturbada
como los ríos cristalinos al alba,
momentos que no se pueden borrar,
sin culpa, sin rabia;
como el Edén
y sus bosques frondosos
que un día colmaron mis dominios.

Una verdad tan cierta como el día y la noche.
Y una mentira amarga…
precisamente por ser verdad.

Y mi pecho se rompe
en miles de fragmentos,
como los granos de arena
que ahora gobiernan
lo que alguna vez fue mío.

¡Fuera! ¡Atrás!
Pesadilla hermosa,
que aun sin existir
me devoras,
igual que el espejismo devora
al sediento
en el mar del silencio.

Me atraviesas de nuevo,
como el reo castigado por los dioses
a arrastrar eternamente
lo más hermoso que alguna vez tuvo.
Oscuridad y luz.
Luz y oscuridad.

Todo por el bien.
Todo por respeto.
Todo por amar sin contar el precio.
Todo por honrar
al dios sin corazón.

Con buena razón
entregué cada estilla,
cada tronco,
a las musas engañosas del fuego,
esas bailarinas de brasa
que chispean y prometen
solo para someter
el hierro y el escudo.

Y al final,
cuando la vasija se alzó,
la ola del destino quebró la belleza
como un soplo cruel
rompe el rostro
de una dama flameante:
sometida,
encarcelada,
despojada,
marcada para siempre
por la codicia
de un maldito eterno
y sin destino.

***
Durante nueve días y nueve noches,
la forja ardió con un calor que nunca más
ha sido visto en ningún mundo.
Los metales cantaron.
Los espíritus menores lloraron.
El aire se volvió un espejo roto.

Y al final…el crisol explotó liberando una mierda destructora.
Una ola de luz negra atravesó el desierto, como si fuera una tormenta de arena y su nombre fuera “ maldición".
Todo lo que era un vergel desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Las montañas se agrietaron. El horizonte se inclinó sumiso ante la presencia del regente del día, esa rreverencia que tras el gesto la cosa o el ser se vuelve parte de la arena. 

Cuando la luz cedió, no había nada.
El gigante cayó de rodillas y agarró la arena con fuerza y rabia. 

Así nació el Tártaro:
Con la unión de 7 metales, en la forja de la casa de Darak Shak, y el sacrificio entero de sus dominios, el bosque verde de Thimias-Mong convertido ahora en un desierto maldito Rig-e Azhadahâ 

Pero en pie, quedó un sello que duraría eras..
Solo una roca perforada por el impacto 
una inmensa herida en el paisaje,
un umbral que no conducía a ningún lugar seguro.

Darashgat.
un lugar donde moran los malditos. La puerta hacia el desierto de Rig-e Azhdahâ,
la Arena de la Gran Serpiente, la dirección donde se halla Asharim-Tala,
la lágrima que contiene en el tesoro más valioso jamás existido 

***

Alandur. Parte 2 


La cabaña temblaba con una luz tenue, casi líquida.
No era llama, ni era sombra.
Era el último latido de un ritual antiguo,
casi olvidado por quienes habían nacido demasiado tarde.

Namtara retiró sus manos de las muñecas de ambos jóvenes.
Sus dedos, nudosos y ágiles, habían trazado líneas de ceniza,
nudos de hilo sagrado,
y un círculo de respiración que aún flotaba en el aire,
como un eco que tardaba en irse.

—Ya está… —murmuró—.
La unión está sellada.

Sarimeh no dijo nada.
Solo sintió que algo dentro de ella —no su alma, no su piel, sino un punto entre ambas—
se apretaba como si se hubiera cerrado una puerta invisible.

Alandur, mientras tanto, seguía quieto.
Con esa quietud extraña que había tenido desde que la sombra lo tocó.

Hasta que, de repente, respiró.

No una respiración automática.
No la copia de lo que ella hacía.
No ese eco vacío que había sido durante horas.

Respiró como un hombre que vuelve del fondo de un río.

Abrió los ojos.

Miró la cabaña.
Miró a Sarimeh.
Miró sus manos, unidas todavía por el hilo ceremonial.
Y entonces retrocedió, como si hubiese visto una serpiente morder su propio cuello.

—¿Qué… qué es esto? —jadeó—.
¿Qué…? ¿Dónde…?
¡Sarimeh! ¿Qué te han hecho?
¡¿Qué me han hecho?!

Intentó arrancarse el hilo, pero este no cedió.
Un brillo tenue, claro como el alba, lo mantenía cerrado,
como si fuera un nudo hecho por la luz misma.

—Alandur, por favor… —susurró Sarimeh, con el corazón asustado.

Él se llevó las manos a la cabeza.

—Yo… yo tengo esposa…
Tengo hijos…
¿¡Cómo… cómo puede estar pasando esto!?
¿Qué clase de… de rito… de burla…?

Namtara dio un paso adelante sin miedo.
Sus pies descalzos apenas sonaron sobre la tierra.

—No es una burla —dijo con voz firme—.
Es lo único que podía salvarte.
A ti… y a ella.

Alandur la desafió con los ojos encendidos.

—¿Salvarnos? ¡¿De qué?!
¿¡Qué has hecho, anciana?!
¿¡Qué has hecho conmigo!?

Namtara lo sostuvo con una paciencia dura,
como si hubiera hablado con hombres desesperados cientos de veces antes.

—Has perdido tu sombra, Alandur del Sur.
Y ella te ha encontrado.
La sombra que te atrapó, la que casi devora tu alma,
no debía saber que te estábamos devolviendo a tu cuerpo.
Si te hubiera visto despertar…
habría tirado de ti hasta romperte por dentro.

Él tembló.
Muy despacio.
Como un caballo que siente el aliento de un depredador en la nuca.

—Entonces… —dijo con voz baja—
¿qué es esto que… nos une?

Namtara señaló el hilo luminoso.

—Un acto sagrado.
Un pacto antiguo.
Una unión que engaña al Drujyah:
lo hace creer que ya sois uno.
Lo mantiene lejos…
buscando en la oscuridad un alma que ya no puede reclamar.

Alandur abrió la boca para protestar, pero la anciana levantó un dedo.

—Escúchame bien —continuó—.
No estás atado a ella por deseo.
No estás atado por carne, ni por cama.
Este lazo no es matrimonio de los hombres.
Es una unión de supervivencia.
Un modo de anclar tu alma a un cuerpo que estaba a punto de perderse.
Si no lo hacía…
tus hijos, tu esposa, tu aldea entera…
habrían sido devorados por la misma oscuridad que te eligió a ti.

Alandur sintió que el aire le fallaba.
Su rostro cambió.
Ya no era ira.
Era algo más antiguo.
Más humano.

Era miedo.

Sarimeh dio un paso hacia él, sin pensarlo.
No para abrazarlo.
No para disculparse.
Solo para estar cerca.
Había algo en su mirada que decía:
yo tampoco pedí esto, pero lo estamos viviendo juntos.

Namtara se colocó entre ambos y tocó el hilo.

—Este lazo —dijo— se soltará con el tiempo.
Cuando tu alma vuelva a tu sitio.
Cuando la sombra deje de perseguirte.
Cuando los antiguos entiendan que ya no pueden romperos.

Se giró hacia Sarimeh.

—Hasta entonces… deberéis caminar juntos.
No como esposos.
No como amantes.
Como guardianes uno del otro.
Él es tu reflejo por un tiempo.
Tú eres su luz por un tiempo.
Juntos… sobreviviréis.
Separados…
Drujyah os arrancará uno a uno.

El silencio que siguió fue profundo.

Alandur bajó la mirada hacia el hilo que los unía.
Sus dedos temblaban.
No de rechazo…
sino de una cosa más triste y más noble:

Responsabilidad.

Sarimeh respiró hondo.
Y por primera vez desde la noche de la sombra…
Alandur devolvió una respiración que sí era suya.
No un reflejo.
No un eco.

Un hombre, despertando en un destino que no eligió.

***
Alandur se dejó caer sobre un taburete bajo, hecho de troncos unidos con cuerda vieja.
Parecía que el peso del mundo se le hubiera derrumbado sobre los hombros.
No lloraba.
No temblaba.
Solo… respiraba como alguien que intenta entender una vida que ya no es la suya.

Sarimeh se quedó de pie al principio, sin saber si acercarse o darle espacio.
Luego, muy despacio, se sentó a su lado.
No lo tocó.
Pero su cercanía fue… suficiente.

Namtara, mientras tanto, removía algo sobre el fuego.
Una olla pequeña, de barro negro, desprendía un aroma intenso:
hierbas amargas, pétalos secos, corteza ardida.
Un olor que no pertenecía a ningún hogar feliz.

La curandera sirvió dos cuencos.
Sus manos temblaban ligeramente, pero no por miedo:
por cansancio.
Por los años.
Por haber visto demasiadas veces lo que la sombra deja atrás.

—Bebed —ordenó con voz suave pero firme.

Alandur obedeció.
Sarimeh también.
El líquido era áspero, casi picante,
pero tenía algo que calmaba la garganta…
como si limpiara un rastro invisible dejado por la magia.

Cuando ambos terminaron, Namtara se sentó frente a ellos.
Sus ojos parecían encenderse con un brillo antiguo.

—Antes de que partáis… hay algo que debéis saber.

Alandur levantó la mirada, aún perdida.
Sarimeh entreabrió los labios, temiendo lo que vendría.

Namtara continuó:

—No podéis regresar a vuestras vidas como si nada hubiese ocurrido.
No podéis volver a vuestros hogares,
ni a vuestras familias,
ni a vuestros caminos separados.
Eso…
os destruiría.

Alandur apretó los puños.

—¿Qué quieres decir con destruirnos?

La anciana apoyó las manos sobre sus rodillas, como si sostuviera una historia que pesaba demasiado.

—La sombra no ha terminado con vosotros —dijo despacio—.
Solo ha sido engañada por el ritual.
Cree que estáis unidos.
Que sois uno.
Pero si os separáis…
lo sabrá.
Y vendrá a reclamar lo que ya tocó.

Sarimeh sintió un escalofrío, profundo como si algo oscuro la hubiera rozado por dentro.

—¿Entonces… qué debemos hacer? —preguntó.

Namtara señaló hacia el norte, hacia un punto que solo ella parecía ver.

—Vivir juntos.
Lejos de aquí.
Ocultos.
Protegidos por un lugar donde la sombra no camina con libertad.

Alandur tragó saliva.

—¿Y… dónde está ese lugar?

La curandera sonrió apenas, un gesto triste y cargado de memoria.

—Si salís de esta cabaña y camináis hacia el este,
hallaréis el borde del bosque.
Cruzadlo sin mirar atrás.
Seguid la estrella del cinturón del cazador.
Nunca falla.
Os guiará hasta Thimias-Mong,
el bosque donde los viejos espíritus aún vigilan a los mortales que portan destino.

Sarimeh repitió el nombre en voz baja.

—Thimias-Mong…

—Allí —prosiguió Namtara— construiréis un hogar.
Una casa simple.
Una vida simple.
Y os aposentaréis juntos,
no como marido y esposa de los hombres,
sino como dos almas enlazadas en un mismo destino.

Miró a Alandur directamente.

—Tú eres pastor.
Sabes trabajar la tierra.
Sabes cuidar seres vivos.
Sabes sobrevivir.
No será tan difícil…
aunque nada será igual que antes.

Luego miró a Sarimeh.

—Y tú, niña…
aprenderás lo que significa cuidar y ser cuidada.

Hizo una pausa.
Su voz bajó.

—Porque debéis comportaros como uno solo.

Alandur tensó los hombros.

—Pero… no la conozco…
Ella no me conoce…
¿Cómo vamos a…?

Namtara lo interrumpió con un gesto de la mano.

—Cuando uno enferme, el otro deberá sostenerlo.
Cuando uno tropiece, el otro deberá levantarlo.
Cuando uno dude, el otro deberá ser firme.
No sois libres aún.
La sombra os buscará.
Probará vuestra unión.
Intentará deslizarse entre vosotros
como una daga bajo la costilla.

Su tono se volvió grave, casi profético.

—Si uno de los dos se aleja del otro…
el hilo sagrado se romperá.
Y cuando eso ocurra…
Drujyah no solo os arrancará a vosotros.
Arrasará las vidas de aquellos que formaron parte de vuestro pasado.
Familias.
Hijos.
Padres.
Todo lo que el destino haya tejido alrededor vuestro.

El silencio cayó como una manta pesada.

Alandur apoyó la cara en sus manos.
Sarimeh bajó la mirada hacia el hilo que aún unía sus muñecas.

Namtara los observó a ambos.
Había en su expresión un cansancio antiguo,
pero también una chispa de esperanza.

—Id —dijo finalmente—.
Y no mireis atrás.


***

La mañana siguiente amaneció gris.
No era un gris triste, sino uno espeso… como si el cielo contuviera la respiración.

Namtara salió de la cabaña mucho antes que ellos.
Parecía estar esperando desde hacía horas, inmóvil como una figura tallada en madera.
Y detrás de ella, preparado, estaba lo que había prometido.

El caballo

Era un animal enorme.
Un caballo de tiro, de hombros anchos, cuello poderoso y pelaje oscuro moteado de arena.
No era un animal bello como los de los nobles,
sino un caballo Dúr-hazt,
una raza antigua del sur, criada para arar tierra dura y soportar tormentas de arena sin desfallecer.

Sus ojos, profundos y tranquilos, tenían un brillo que no pertenecía a las bestias comunes.

—Este os llevará —dijo Namtara—.
No se asusta del viento,
ni de las sombras que corren más rápido que la luz.

El carrromato

Detrás del caballo, un carrromato viejo esperaba.
La madera estaba marcada por años de uso,
pero las ruedas eran sólidas y el eje había sido reforzado con hierro ennegrecido.

Sarimeh pasó la mano por la superficie rugosa.
El carrromato tenía historia…
pero resistiría otra.

Los víveres

Namtara abrió su pequeño almacén y comenzó a sacar cosas que parecían demasiadas para una curandera solitaria:

pan de dátiles endurecido

queso salado envuelto en hojas

tiras de cerdo curado

un saco pequeño de arroz negro del desierto

frutos secos de goma roja

dos mantas gruesas

una pipa tallada en hueso

un pequeño tarro de tabaco dulce

un cuchillo de mango de cuero

un frasco de aceite medicinal

y un cuenco de madera que parecía nuevo


Alandur quiso protestar.

—No podemos aceptarlo. Te quedarás sin…

Namtara chasqueó los dientes.

—Soy vieja, no idiota.
Tengo suficiente para mí.
Y vosotros necesitáis más de lo que yo guardo aquí.

Les ayudó a cargarlo todo en el carrromato.
Alandur lo hacía en silencio, concentrado.
Sarimeh miraba al caballo con una mezcla de miedo y esperanza.

El aviso secreto

Cuando Sarimeh entró un momento a recoger su manto,
Namtara aprovechó el instante.

Tomó a Alandur de la muñeca.
Sus dedos eran huesudos, pero la fuerza con que lo sostuvo fue sorprendente.

Lo obligó a mirarla.

Sus ojos, oscuros como pozos que conocían demasiadas verdades,
lo atravesaron sin piedad.

—Escucha bien, Alandur —susurró—.
Porque lo que voy a decirte lo necesitarás algún día.

Alandur tragó saliva.

—Llegará un momento en que deberás escoger —continuó ella—.
Y no será entre la luz y la oscuridad.
Ni entre la sombra y el mundo.
Será entre tú…
y ella.

Su voz bajó todavía más.

—Tú ya has vivido, viejo pastor.
Has amado, has criado, has enterrado, has aprendido.
Ella no.
Ella apenas empieza.
Cuando llegue esa encrucijada…
recuerda que tu vida ya tuvo un camino.
La suya apenas ha tocado el suelo.
Y lo que sea que elijas…
deberás hacerlo por ella.

Alandur sintió un nudo seco en la garganta.

—¿Qué… qué significan tus palabras?

Namtara lo soltó y, sin responder, abrió una pequeña caja de madera.

En su interior había dos brazaletes.
Sencillos pero imposibles de ignorar.

Un hilo metálico trenzado,
fino como una cuerda de oro vivo,
que parecía latir débilmente cuando la luz lo tocaba.

Colocó uno en la mano de Alandur.

El metal estaba frío, pero vibraba.
Como si reconociera la piel.

—Esto es Aurelen —dijo ella—.
El metal que nace cuando una promesa es verdadera.
No puede romperse.
No puede fundirse.
No puede ser arrancado.
Es el símbolo del hilo sagrado.

Luego tomó el otro brazalete y, cuando Sarimeh regresó, se lo entregó con cuidado.

—Mientras lo llevéis —dijo la curandera—
la unión seguirá intacta.
La sombra no podrá separaros sin romper primero aquello que os ata al destino.

Sarimeh acarició el brazalete, fascinada.

Alandur lo observó en silencio…
sintiendo el peso real de la elección que se avecinaba.

Y así…

Con el carrromato cargado,
el caballo Dúr-hazt respirando hondo,
y los brazaletes brillando débilmente como amaneceres atrapados en metal…

Namtara dio un paso atrás.

—Ahora sí…
podéis marcharos.

***

Thimias-Mong 

Thimias-Mong no era un lugar.
Era un recuerdo del mundo antes del mundo.

Un suspiro que la creación había tenido un día,
cuando aún no existían ni las fronteras,
ni los hombres,
ni la idea del miedo.

Si alguna vez un dios, movido por amor o por locura,
hubiera querido construir un paraíso
solo para ofrecerlo como regalo…
ese paraíso habría sido exactamente así.

El origen del vergel

Darak Shak —el gigante de las manos que podían forjar estrellas—
había moldeado Thimias-Mong en un tiempo muy antiguo,
cuando deseaba conquistar el corazón de Afrodita.

No con armas.
No con plegarias.
Con belleza.

Y la belleza, en sus manos, no era solo una virtud:
era un oficio.

Por eso aquel reino era tan perfecto que incluso los dioses,
si lo vieran hoy,
callarían.

La geografía imposible

Al sur, una playa blanca donde el agua parecía no mojar,
solo acariciar.
Las olas murmuraban nombres que nadie recordaba haber pronunciado.

Al norte, montañas de hielo perpetuo
cuyas cumbres nunca cambiaban de forma,
como si fueran dibujos en el cielo.

Entre ambos extremos…
una llanura viva como un sueño en movimiento.
Criaturas que no existieron nunca en ningún otro lugar:
cuervos de alas turquesa,
gacelas que dejaban rastros de luz,
peces que saltaban entre lagos sin romper la superficie.

A oriente se levantaba un volcán inmenso,
pero su fuego era benigno,
como si también él estuviera enamorado.

A occidente, un bosque frondoso,
donde cada árbol tenía una corteza distinta,
como si Darak Shak hubiese querido demostrar
que podía moldear infinitas formas sin repetir ninguna.

La presencia del gigante

Los humanos jamás lo vieron.
Pero lo sentían.

A veces la tierra temblaba suavemente:
eran sus pasos.

A veces el bosque amanecía ordenado,
las ramas caídas retiradas,
las madrigueras reparadas:
eran sus manos.

Y cuando una tormenta devastaba la llanura,
al día siguiente aparecían huellas del trabajo del gigante,
como quien recompone una obra querida.

Nadie le habló jamás.
Nadie tuvo siquiera la esperanza de verlo.

Pero Thimias-Mong era él.

Y eso bastaba.

La llegada de Sarimeh y Alandur

Cuando el carrromato asomó en el horizonte
y las ruedas tocaron por primera vez las tierras de Thimias-Mong,
la luz cambió.
Como si el lugar hubiera reconocido algo en ellos…

o como si hubiera estado esperando.

Alandur detuvo al caballo.
Se quedó mirando el valle, con ojos que no sabían si llorar o agradecer.

Sarimeh apoyó una mano en el borde del carrromato.
La brisa le trajo un olor que no conocía:
a flores que no existían,
a agua antigua,
a algo parecido a… hogar.

Por un instante,
ella pensó que quizá, solo quizá,
el destino que no pidió
podría no ser tan terrible.

Y Alandur, sin saber por qué,
pensó exactamente lo mismo al mismo tiempo.

***


La vida en Thimias-Mong

Con el paso de los días, Thimias-Mong dejó de ser un lugar…
y se convirtió en un ritmo.
En una respiración.
En una casa hecha de aire y estaciones.

El tiempo allí no corría como en el mundo de los hombres.
Los días eran largos, pero se sentían breves,
como si el sol quisiera quedarse un poco más cada tarde
solo para mirarlos vivir.
Las horas caían una tras otra
como semillas sobre la tierra fértil.

Alandur construyó la cabaña con manos que ya conocían el trabajo duro,
pero algo extraño ocurrió mientras la levantaba:
el lugar parecía ayudarle.
La madera se dejaba moldear,
las piedras parecían esperar su sitio,
la tierra cedía con suavidad bajo cada cimiento.

Sarimeh lo observaba desde la sombra de un árbol,
mientras trenzaba ramas para hacer el techo.
Nunca lo había visto así:
sereno, disciplinado, silencioso,
como si el bosque le hablara en un idioma muy antiguo
y él… lo recordara.


---

La primera vez que sintieron los pasos del gigante,
la tierra vibró como un tambor profundo.
El aire se tensó.
Sarimeh lo buscó con la mirada—
pero Alandur ya tenía el arco en la mano.
Sus ojos, sin embargo, no mostraban temor.
Mostraban respeto.

El gigante no se mostró de inmediato.
Pasó entre montañas, invisible,
dejando solo un rumor de poder.

Pero un atardecer, mientras Alandur recogía leña,
vio algo imposible.

Un tronco partido por un rayo.
Y una sombra enorme, paciente,
inclinada sobre él.

Manos grandes como colinas
tomaron el árbol fracturado
y lo enderezaron con la delicadeza
con la que un bonsaika —un maestro de bonsáis—
modela la forma perfecta de un pequeño árbol.

No lo rompió.
No lo tiró.
Lo curó.

Alandur contuvo el aliento.
Y el gigante, sin necesidad de volverse,
pareció sentirlo.

No hubo palabras.
Solo un acuerdo silencioso.
Un reconocimiento entre dos seres
que entendían que todo lo que vive
merece ser tratado con dignidad.

Desde entonces,
el gigante los dejó estar.

A veces, cuando un arroyo se estancaba,
sus pasos hacían temblar el valle
y, con una sola mano,
desviaba el curso del agua
para que volviera a cantar.

Alandur observaba, aprendía, imitaba.
Y el gigante, desde la distancia,
aprendía algo también de él.
Algo pequeño.
Algo humano.
Algo que quizá, incluso para un ser antiguo,
tenía valor.


---

Los años pasaron con suavidad,
como si el viento los deshilara en silencio.

Seis inviernos.
Seis veranos.
Seis veces florecieron los árboles del oeste.
Seis veces el volcán del este dejó escapar
un suspiro de fuego inofensivo.

Alandur, con la barba larga y los brazos fuertes,
cortaba madera cuando la voz lo sorprendió:

—¡Ya tenemos la comida!
¡Puedes venir a comer, papá!

La niña corría por el sendero
con los pies descalzos
y la risa llena de luz.
Su cabello tenía el color del trigo al amanecer.
Los ojos, los de Sarimeh.
La determinación…
quizá de ambos.

Alandur la alzó en brazos
y entró en la cabaña donde el olor a sopa y pan recién hecho
era un pequeño milagro cotidiano.

Sarimeh los esperaba.
Sonreía con ese gesto que siempre nacía lento,
como si no quisiera que la felicidad se rompiera por moverse demasiado rápido.

La vida era simple, pero completa.
Había enfermedades, sí,
y días de cansancio profundo,
y noches en las que la lluvia golpeaba la cabaña
como si quisiera entrar.

Pero Alandur la cuidaba.
Sarimeh lo cuidaba.
Y la niña era el puente silencioso entre ambos.

Alandur nunca levantó la voz.
Nunca la hizo sentirse mínima.
Nunca dejó de trabajar, de arreglar, de consolar.
Y Sarimeh nunca dejó de aprender,
de ayudarle con los animales,
de tejer mantos para el invierno,
de reír suavemente cuando él hacía un comentario torpe.

No eran un matrimonio común de su época.
Eran algo distinto.
Algo que el bosque aceptó.
Algo que incluso el gigante respetó.

Y aunque la sombra aún existía,
allí, en Thimias-Mong,
durante esos años…

la familia vivió como si estuviera protegida
por un sueño demasiado hermoso
para pertenecer al mundo de los hombres.

***
Nada dura eternamente.

La felicidad, igual que la mentira, son efímeras cuando los años comienzan a rodar sin aviso.
Los primeros seis años fueron un regalo: calma, armonía, un hogar pleno.
Pero los seis que siguieron… fueron la lenta decadencia del vergel del gigante,
y el inicio de las penurias de Alandur y su nueva familia.

En aquel tiempo,
los dioses decidieron que los titanes debían ser encerrados por la eternidad
en la fosa más oscura del inframundo.

Y fue entonces cuando Hades, señor de las profundidades,
subió en silencio desde las grietas del mundo
y llegó al bosque de Thimias-Mong con un encargo
que ningún mortal —ni siquiera un gigante— podría negar.

—Darak Shak, discípulo de Hefestos —dijo el dios—.
Preciso de tus manos habilidosas para levantar la frontera
entre la luz y las sombras.
Necesito una puerta que encierre al mal para siempre.
Hazla fuerte.
Hazla eterna.
De lo contrario… nada viviente sobrevivirá.

Darak-Shak no pudo negarse.
Ningún hijo del fuego niega jamás a un dios del mundo oscuro.

Y así comenzó su obra.
Y así comenzó también la pérdida de aquello que más amaba:
Thimias-Mong.


---

Al principio nadie lo notó.

Los árboles más altos desaparecieron primero, uno a uno,
como si el bosque necesitara respirar mejor.

Pero pronto cayeron los medianos.
Luego los pequeños.
Después los arbustos.
Todo lo bello era arrancado de la tierra
y devorado por el crisol ardiente del volcán.

Durante los siguientes seis años,
lo que una vez fue un paraíso
se volvió un eco seco de sí mismo.

Thimias-Mong no murió de golpe.
Murió como mueren los recuerdos:
primero se vuelven pálidos,
luego difusos,
y finalmente desaparecen…
y se convierten en arena fría.

Los ríos dejaron de cantar.
Las bestias huyeron al norte.
Las montañas perdieron su brillo nocturno.

Y Alandur…
cada vez sentía su brazalete más pesado.
Más ajustado.
Más caliente.
Como si recordara algo que él había intentado olvidar.

No podía quitárselo.
Sabía —sin saber cómo—
que si lo hacía,
la sombra los encontraría
y todo terminaría para siempre.


---

Cuando la puerta del Tártaro estuvo casi completada,
Hades regresó.

En sus manos traía una vasija hecha de los siete metales antiguos.
Y dentro de ella… un latido oscuro.

No un cuerpo.
No una forma.
Una idea.
Un hambre.
Una voluntad quebrada:

Drujyah.

El dios entregó la vasija al gigante.
Y al hacerlo, el recipiente vibró.

Un hilo minúsculo de sombra
se escapó entre las fisuras del metal vivo,
como una sanguijuela de humo
buscando un corazón al que aferrarse.

Alandur tuvo pesadillas esa noche.
Ninguna sabía por qué.
Pero todos lo sintieron.

El gigante, tras años de trabajo,
se quedó dormido.
Dormido profundamente.
Vencido por la obra titánica que había creado.
Demasiado agotado para vigilar.
Incapaz de escuchar.
Incapaz de proteger.

Y cuando el guardián cerró los ojos…

el Drujyah encontró la grieta que necesitaba.


***

Introducción al regreso de la sombra

Hay lugares donde la felicidad no parece un regalo,
sino un hábito.
Una respiración lenta, continua.
Un abrigo que no pesa.

Thimias-Mong había sido eso para ellos
durante muchos años:
un refugio tan perfecto
que casi olvidaron que el mundo podía romperse.

Pero toda calma verdadera
tiene una grieta que no se ve de inmediato.
Y toda historia bendecida por la luz
guarda un rincón donde la sombra
espera paciente, sin prisa,
como si conociera un secreto que los mortales
solo descubren demasiado tarde.

A veces —muy pocas—
Alandur despertaba sobresaltado
sin saber por qué.
Su mano buscaba entonces el brazalete.
El hilo dorado.
El metal vivo.
Aurelen.

Recordaba las palabras de Namtara
como si hubieran sido susurradas esa misma mañana:

“Llegará un momento, viejo pastor,
en que deberás elegir entre tu vida…
y la suya.”

No entendía aún qué significaba.
No quería entenderlo.
Se limitaba a cerrar la mano
alrededor del brazalete
hasta sentir cómo la piel se le marcaba.

Sarimeh, sin embargo, notaba ese gesto.
Notaba también el silencio que lo acompañaba.
Pero jamás preguntó.
A veces el amor es tan profundo
que sabe cuándo no tocar una herida
que aún no existe.


---

Y entonces llegó aquella noche.

Una noche que no comenzó oscura,
pero que terminó siéndolo.

El cielo se abrió como si un gigante
lo hubiera rasgado con una espada de luz.
Relámpagos obstinados
que no iluminaban:
buscaban.

Tormenta no de agua,
sino de furia.

Los árboles del bosque
se inclinaron en direcciones imposibles,
como si algo invisible
se moviera entre ellos.

Sarimeh abrazó a su hija
cuando el primer trueno rompió la calma.
Alandur salió a la puerta,
cubriéndose el rostro con un brazo,
tratando de entender…

Qué era esa sensación.
Ese temblor en el aire.
Ese olor metálico.
Ese silencio espeso
entre un relámpago y el siguiente.

Lo comprendió demasiado tarde.

No era una tormenta.
Era un aviso.

Porque más allá de la línea de los árboles,
entre el destello blanco de un relámpago
y el rugido del siguiente,
Alandur vio figuras.

Cuatro.

No animales.
No sombras perdidas.

Hombres.

Hombres de las tierras persas,
con vestiduras empapadas
y rostros endurecidos por los desiertos del mundo.
Hombres robustos,
expertos en recorrer distancias imposibles.
Hombres que no traían consigo el hambre del viajero
ni la humildad del extraviado.

Traían otra cosa.

Algo que no debía entrar jamás en Thimias-Mong.
Algo que la tormenta,
por primera vez en muchos años,
no pudo retener.

Alandur sintió cómo el brazalete ardió.
Como si quisiera advertirle.
Como si quisiera recordarle.

“Pronto deberás elegir.”

Y aquella noche…
el paraíso dio su primer suspiro de muerte.

***

Los tres golpes

Fueron tres golpes.

No cuatro.
No cinco.
No seis.
Ni siete.

Tres.

Tres, como si el destino hubiera elegido el número exacto
para anunciar que algo oscuro
acababa de encontrar la puerta correcta.

Alandur sintió cómo el corazón se le detuvo un instante.
La tormenta ya había callado.
El viento se había retirado.
Pero esos tres golpes…
esos no pertenecían a este mundo.

Sarimeh tomó a la pequeña Nareeh entre sus brazos,
y la niña, medio dormida,
murmuró algo que ninguno comprendió.
Algo así como “no entréis…”
y luego se aferró al cuello de su madre.

Alandur abrió la puerta.

Y la noche entró.

No el frío.
No la lluvia.
La noche.

La verdadera.

Cuatro hombres se recortaron contra la oscuridad.
Cuatro sombras hechas carne.
Sin anunciarse.
Sin pedir permiso.
Sin mostrar necesidad alguna,
solo derecho.
Un derecho que no tenían
y que estaban dispuestos a tomar.

Entraron sin esfuerzo,
como si ya supieran el camino dentro de la casa.
Como si el bosque mismo los hubiera traído hasta allí.

Alandur dio un paso hacia adelante.
Uno solo.
El primero que dicta un hombre
cuando debe proteger su hogar.

El mayor de los intrusos —de barba espesa, mirada hueca—
alzó una mano.
Una mano pesada, marcada de cicatrices.
Una mano que parecía haber destruido cosas más frágiles que puertas.

—No des ese paso —dijo,
con una voz que parecía roer las paredes—
o dejaremos viudas a las que amas
antes del amanecer.

Sarimeh tembló.
Nareeh comenzó a llorar sin sonido,
solo lágrimas silenciosas,
como si su alma supiera lo que su corta edad no podía comprender.

Entonces llegó la proposición.
La sentencia disfrazada de elección.

—O matas a tu mujer —dijeron—
o yaceremos con ellas
mientras observas.

Alandur sintió el mundo derrumbarse.
Sus piernas temblaron.
Su respiración se quebró.
No era cobardía.
Era algo más cruel.

Recordó las palabras de Namtara.

“Llegará un momento,
viejo pastor,
en que deberás elegir.”

¿Elegir cómo?
¿Elegir qué?
¿A quién salvar?
¿Qué significa salvar?

Si atacaba,
moriría.
Y si moría,
Sarimeh y la niña quedarían solas en ese bosque inmenso.
Sin protección.
Sin hogar.
Sin futuro.

Ese pensamiento lo paralizó más que el miedo.
Más que la amenaza.
Más que la oscuridad.

No atacó.
No habló.
No hizo nada.

Y lo inevitable ocurrió.

No fue visto.
No fue narrado.
Pero el mundo lo sintió.

Los pájaros de Thimias-Mong levantaron vuelo al atardecer,
en bandadas convulsas,
como si escaparan de un incendio invisible.
Los ciervos huyeron al norte.
Las aguas del arroyo se enturbiaron
sin saber por qué.
Y en lo alto del valle,
el gigante Darak-Shak
alzaron la cabeza en mitad de su tarea.

Sintió algo.
Algo viejo.
Algo que creía que nunca volvería a despertar.

Una herida.
Una grieta.
Una fractura.

El mal había entrado al paraíso.


---

Al amanecer,
cuando la primera luz tocó las hojas del bosque,
los cuatro hombres ya no estaban.

No dejaron rastro.
Ni huellas.
Ni olor.
Ni sombra.

Pero dejaron algo peor.

Sarimeh miró a Alandur.

Nareeh también.

Y en esos dos pares de ojos
no había ya amor,
ni refugio,
ni hogar.

Solo había una pregunta sin respuesta:
“¿Por qué no nos protegiste?”

Y la grieta que Drujyah necesitaba,
la que no pudo abrir ni sombra, ni tormenta, ni magia,
se abrió allí.

En un silencio más terrible que los gritos.

En una casa que esa noche perdió su luz.

***

Llegó como llegan las cenizas: lentas, grises, sin intención de calentar nada.

Dentro de la casa, Sarimeh estaba sentada en el suelo, con la espalda pegada a la pared, como si necesitara sentir algo firme que aún no estuviera roto.

Nareeh, su hija, no lloraba. Ni hablaba. Ni preguntaba.

Solo respiraba rápido, agarrada al vestido de su madre con una fuerza que jamás había tenido.

Era la respiración de un animal herido que intenta no emitir sonido por miedo a volver a llamar la atención del depredador.

Sarimeh le acariciaba el cabello, pero sus manos también temblaban. No era una caricia para calmar a su hija. Era una caricia para no perderse ella misma.

No se miraban a los ojos. No podían.

Había cosas que, si se miran, toman forma. Y ninguna de las dos quería darle forma a lo ocurrido.


---


Alandur estaba de pie a unos pasos de distancia, como un intruso en su propio hogar.
Tenía los ojos rojos y la piel grisácea, como si hubiera envejecido diez inviernos en una sola noche.

Quería hablar. Quería decir algo. Cualquier cosa. Explicar. Pedir perdón.
Pero cada vez que abría la boca, el aire parecía atascarse en su garganta, como si las palabras se negaran a salir.

Nareeh levantó la mirada. Solo un instante.
¿Cómo puede interpretarse una mirada en la que la ira, el miedo y el amor se han fundido en un solo sentimiento?
Si pudiera fulminar con tan solo contemplar, Alandur sería un montón de cenizas arrebatadas por el viento del olvido.

Su madre, temblorosa sin temblar, como un pulso incontrolable de rencor y pena, captó la mirada de su hija.
Una liana firme y resistente para sostenerse lo suficiente como para no caer en el abismo.

Sarimeh sintió entonces un corte seco en el corazón.
Un corte limpio.
Una elección que ya estaba hecha, sin necesidad de decirse en voz alta.

Levantó a su hija. La sostuvo fuerte. Más fuerte de lo que nunca la había sostenido.

Y con voz baja, quebrada, apenas un susurro, dijo:

—Nos vamos.

Alandur no dijo nada.
Algo por dentro le paralizaba. Una fuerza que incluso su alma traicionaba, manifestándose como bloqueo.
“No había nada que decir”.
Era un traidor.
Un ser repugnante.
Un monstruo mentiroso.
Un hombre cobarde.

Sarimeh protegió a la niña con su cuerpo, como si Alandur fuera un extraño peligroso.
Y en ese gesto fue visible lo que ya era real:

El vínculo se había roto.
No por una discusión.
No por un error.
Sino por una herida que no tiene cura humana.
No hay perdón para quienes deberían haber protegido a la familia.

Sarimeh caminó hacia la puerta, la niña siempre agarrada a su ropa, como si fuera su única ancla en el mundo.

Alandur no las siguió.
No pudo.

Ni siquiera se arrodilló.

Solo cayó.

Primero de rodillas.
Luego con las manos en el suelo.
Luego con la frente contra la tierra fría.

La culpa tiene un peso que aplasta sin matar.
Que arranca lo bueno y pudre el resto.
Y ese fue el peso que cayó sobre él.
Y ese fue el momento en que el Drujyah recuperó a su presa de nuevo.


---

Sarimeh no volvió la vista atrás.
No porque no quisiera verlo.
Sino porque sabía que si lo hacía, si veía el rostro del hombre que había amado, podría traicionarse a sí misma.
Pues era más peligroso quedarse en casa que caminar desprotegidas por el frío y despiadado mundo del exterior.

Cruzaron el umbral de la casa
como quien cruza una frontera
que nunca podrá desandar.

El bosque muerto, junto con la árida arena que comenzaba a reclamar la vida vegetal de Thimias-Mong, las recibió.
O lo que quedaba de este…

Y así, sin una palabra, sin un plan, sin un hogar, madre e hija caminaron juntas lejos del hombre que no pudo salvarlas.
Lejos del hombre que, desde ese amanecer, ya no era su refugio, ni su hogar, ni su protector.

Solo un eco doloroso del paraíso que había sido.


---

Alandur quedó atrás.
Con la elección que había hecho.
Con el brazalete ardiendo.
Con el silencio de la casa vacío.

Y con el peso de saber que, a partir de ese día…

la sombra ya no necesitaba entrar.
Ya estaba dentro.
Y comenzaba a anidar.

***

Alandur ya no era un hombre.

Era culpa con forma de cuerpo.
Un vacío andando.
Un recipiente hueco donde resonaban, sin descanso,
las palabras que Namtara le había dejado marcadas
como un hierro al rojo vivo:

«Deberás elegir entre tú… y ella.»

Antes, esas palabras eran un presagio.
Ahora eran un cuchillo.

Las cinco virtudes que forjan a un hombre
—fuerza, honor, respeto, obediencia y responsabilidad—
ya no vivían en él.

Se habían convertido en arena:
granos dispersos,
imposibles de volver a unir.

Alandur lo sabía.
No podía recuperarlas.
No podía cambiar lo ocurrido.
No podía quitarse el brazalete.
No podía desaparecer.

Los malditos no tienen derecho a morir.
Solo el deber de seguir respirando su pena.

El silencio amargo contrajo el deleite de la carcoma,
que devora al huésped desde dentro.
La enfermedad oscura que nace cuando el “yo”
se siente atrapado en un cuerpo que ya no acepta.

Las lágrimas no desahogan.
La rabia no calma el dolor.
El alma retumba dentro de la coraza de carne y hueso,
golpeando el armazón humano
como lo haría un reo encerrado en su propio hogar.

Destino truncado, deshonrado
por una decisión robada y forzada
para proteger lo que más amaba en este mundo.

¿Qué podía haber elegido?
¿Matar y morir al mismo ritmo que arrebataba la vida de su amada?
¿O asistir al teatro de la deshonra y del horror
que ni el corazón del hombre más infame podría soportar?

La rabia perfora.
La culpa ayuda a la rabia a desgarrar el alma del intruso
que ahora habita ese cuerpo.

Alandur comenzó a transformarse en otra cosa…

Sarimeh y Nareeh aún no habían avanzado mucho.
Él podía verlas: dos figuras pequeñas entre la niebla matinal.
Podía escuchar la voz frágil de la niña,
aunque ya no entendiera las palabras.

Y podía sentir, con brutal claridad,
que la distancia entre ellos
no era de pasos…
era de mundos.

Y esa distancia
alimentaba a la bestia que crecía en sus entrañas.

Y entonces…

¡Corrió!

Corrió como si fuera lo único capaz de contener la ira.
Corrió como un demonio devorando su propio destino.
Como si cada músculo, cada latido, cada fibra
quisieran huir de sí mismos.

Superó a Sarimeh sin mirarla,
envuelto en un humo negro y familiar,
dando una zancada imposible.

Ella se detuvo, aterrorizada y desconcertada.

—¿Alandur? —susurró.

Pero aquello
ya no podía escucharla.

Lo único que escuchaba era el rugido adentro.
El grito de una bestia reclamando
romper la prisión del hombre.

Una espiral negra —humo, ceniza, sombra, memoria rota—
lo envolvió por completo.

Sus manos se quebraron hacia adelante,
convertidas en zarpas.
Sus dientes crecieron, afilados.
Su espalda se arqueó como un arco tensado por un dios.

La piel se tiñó de oro oscuro,
rayada de negro.

Y sus ojos…

No eran ya ojos humanos.

Eran brasas enormes,
cargadas de furia,
de instinto,
de un dolor que no tenía nombre.

Un rugido desgarró lo que quedaba del bosque muerto.
Un rugido que no pertenecía a un animal,
ni a un hombre,
ni a un espíritu.

Alandur dejó de existir.

En su lugar nació Narhesh,
el gran tigre maldito,
discípulo de la sombra,
el heraldo del Drujyah.

***

La bestia se movió primero en silencio.
Invisible entre las sombras rotas del bosque.
Solo Sarimeh y la niña, todavía huyendo,
vieron por un instante un destello de oro oscuro
correr hacia la dirección donde los cuatro hombres
habían acampado.

No hubo gritos.
No hubo lucha.
No hubo nada que pudiera recordarse.

Solo un rugido.

Un rugido tan inmenso, tan antiguo,
que parecía haber sido arrancado del corazón mismo de la tierra.

Fue ese rugido
el que abrió los ojos del gigante.


---

Darak-Shak se incorporó
en su lecho de roca y fuego,
como un dios menor obligado a despertar
en mitad de un sueño de siglos.

No preguntó.
No dudó.
No miró atrás.

Solo caminó hacia su forja.

El metal ardiente esperaba.
La Puerta del Tártaro —a falta de un solo golpe final—
reclamaba su destino.

El gigante alzó el martillo.
El aire se detuvo.
El volcán contuvo la respiración.
Y entonces…

el último golpe cayó.


---

El sonido no fue un sonido.
Fue un mundo rompiéndose.

Una onda expansiva de fuego, arena y energía negra
estalló desde la forja divina
y viajó como un muro imparable
a través de todo Thimias-Mong.

Los restos del bosque,
las últimas raíces,
las flores que aún sobrevivían,
los arroyos que guardaban memoria…

Todo fue arrasado.

Barrido.

Borrado.

Como si jamás hubiera existido.


---

Sarimeh solo tuvo tiempo de abrazar a Nareeh.
No hubo dolor.
No hubo grito.

El mundo simplemente se apagó para ellas
antes de que la onda las alcanzara.

El brazalete de Sarimeh cayó al suelo
a unos metros de donde estaban,
brillando solo un instante
antes de quedar bajo la arena.


---

La bestia, Narhesh, intentó resistir.
Pero la fuerza divina lo lanzó a través del bosque muerto,
lo hizo rodar entre piedras y raíces secas,
lo golpeó contra tierra endurecida por fuego.

Casi lo mata.

Pero no lo mató.

Cuando la tormenta arcana terminó,
cuando el silencio cayó de nuevo…
Narhesh abrió los ojos.

Todo era polvo.
Arena.
Desolación.

El vergel ya no existía.
La vida ya no existía.
La risa de Sarimeh ya no existía.
La voz de Nareeh ya no existía.

Corrió.
Desesperado.
Olfateó la tierra quemada,
arañó la roca,
escavó como un loco.

No estaban.
No quedaba nada de ellas.
Nada.

Y allí, en medio de la desolación,
ante una roca colosal perforada por el propio impacto —
una herida monumental en el paisaje —
Narhesh levantó la cabeza.

Y rugió.

Un rugido que no era de un animal,
ni de un monstruo,
ni de un espíritu.

Era el rugido
de un corazón que se había roto
dos veces en la misma vida.

El rugido que marcaría para siempre
el nacimiento de Darashgat,
la puerta hacia atrás.
La puerta que señala
dónde muere el mundo y comienza la tierra de los dioses.



***

Finales del siglo VII a.C.
Darashgat 
(Éra del Rey de Persia Ciro I)
Expedición hacia a Asharim Tala.
Campamento de Ramir ad Luan.


El campamento de Ramir ad Luan se extendía como una ciudad improvisada
al pie del coloso de piedra conocido como Darashgat,
esa inmensa roca perforada que dominaba el horizonte
como una puerta erigida por manos que ya no pertenecían a los mortales.

Eran más de doscientos hombres, quizá trescientos.
Soldados, exploradores, escribas, guías del desierto.
Las tiendas, clavadas en la arena dura, formaban anillos desordenados,
como si el viento y la urgencia hubiesen decidido por ellos
la forma de asentarse.

En el corazón del campamento se alzaba la tienda más grande:
la carpa del propio Ramir ad Luan,
un pabellón de lona espesa, reforzado con maderas oscuras,
marcado por insignias del ejército de Ciro I.
Era la carpa del comandante,
visible desde cualquier punto del campamento
como un faro de autoridad silenciosa.

Un poco más apartada, en una zona elevada y segura,
se erguía la Carpa Carmesí.
Su color destacaba incluso bajo la arena del desierto,
y su tela gruesa parecía resistir tormentas y siglos.
No pertenecía a ningún soldado común
ni a ningún oficial conocido.
Estaba allí, imponente, hermética,
como si guardara algo
o a alguien.
Nadie hablaba de ella.
Nadie preguntaba.

En el extremo opuesto del campamento,
casi pegada a una hilera de rocas
como si su existencia fuera una urgencia y no una decisión,
estaba la Carpa de los Enfermos.
Se veía a simple vista que había sido levantada con prisa:
maderas torcidas, cuerdas distintas entre sí,
lona mezclada con trozos de otras tiendas.
Fuera de ella, cántaros volcados
y mantas sucias agitadas por el viento
delataban el desorden de la enfermedad
que había caído sobre los hombres
tras aquella tormenta extraña.

Junto a esa carpa improvisada,
un hueco en la arena permanecía cubierto apenas
por unas pocas piedras mal colocadas.
Era un pozo de restos,
donde arrojaban lo que no podía conservarse:
vendajes usados, pedazos de carne enferma,
miembros amputados
que la fiebre había reclamado como pago.

El olor…
ese olor se mezclaba con el aire nocturno
como un metal tibio y dulzón.
Un olor que no tardó en viajar por el desierto
y llamar a quienes siempre escuchan.

En lo alto de la colina,
los carroñeros comenzaron a acercarse.

***

En una colina no muy lejos del campamento,
las bestias de la noche habían sido atraídas por el hedor a sangre.
La luna, en aquel instante, se ocultó tras una nube pasajera,
y las hienas huyeron al percibir una oscuridad
mucho más tenebrosa que ellas.

En uno de los matorrales de aquel mismo acantilado,
en su parte más oscura,
había una presencia.

Dos puntos amarillos, redondos, inmóviles,
como si la noche hubiera encendido dos faroles propios
para vigilar al campamento desde lo alto de la colina.

Al principio parecían simples destellos,
pero luego…
parecían los ojos del mismo averno.

En la superficie brillante de aquellas pupilas enormes
temblaban las hogueras del campamento,
como si ardieran allí dentro,
en un mundo invertido contenido en un solo par de ojos.

Su respiración —telón inquietante de fondo—
era profunda, pesada,
como si aquella cosa fuera una bestia colosal.

El iris vertical reflejaba
las tiendas y las carpas deformadas, alargadas…,
como espejos rotos por el mismo demonio de la noche.

No le importaban las amputaciones acumuladas
en la oquedad cercana a la carpa de los enfermos.
A esos ojos llenos de ira
solo les importaban los soldados:
su único objeto de devoción.

El paladar se le hacía agua;
los enormes colmillos se tensaban,
preparados para desgarrar, cortar y aplastar.

La luna reapareció entonces
y su luz pálida cayó sobre la figura
que sostenía aquellos ojos.

Un cuerpo colosal, inclinado hacia adelante,
musculoso como una estatua quebrada por la furia.
Pelaje grueso, oscuro, surcado de cicatrices antiguas,
rayas negras sobre un fondo gris perlado.

Solo vigilancia.
Solo espera.
Conteniendo el hambre atroz
un poco más.



***

Nemoshyne:





«Todos los mortales creen que construyen su vida
como quien levanta un refugio:
ladrillo a ladrillo,
día tras día,
convencidos de que el techo que han levantado
los protegerá para siempre.

Pero ninguna torre se mantiene en pie
solo por deseo.
Y ningún hogar es eterno
solo porque haya amor dentro.

Existe un instante —breve, silencioso, invisible—
en el que el dedo de lo divino
toca lo que el hombre ha construido.

A veces lo bendice.
A veces lo deja intacto.
Pero a veces…
solo a veces…
toda la estructura se quiebra
como un sueño mal sostenido.

Muchos llaman a ese instante:
maldición.
Otros lo llaman destino.
Otros, desgracia.

Pero no siempre es la oscuridad externa
la que derrumba la torre.
A veces es la grieta interna,
la que uno mismo abrió
sin darse cuenta,
creyendo que lo que tenía
era verdadero,
firme
y eterno.

La vida parece sólida
hasta que deja de serlo.
La felicidad parece segura
hasta que un solo golpe
revela que estaba hecha de aire.
Y entonces miras a tu alrededor
y te preguntas:
“¿Quién me ha maldecido?”

La maldición es un visitante
que puede ser invitado… o no.
Una decisión que siempre se presenta
como algo vulgar
y seductor.
Entra por la puerta que nunca vigilamos,
aquella que creemos controlar
sin necesidad de supervisar.
Entra por lo débil,
nunca por la puerta reforzada.

Por eso, cuando el dedo de Dios
se posa sobre lo que construiste…

solo revela la verdad:
que nunca hubo
una estructura sólida.»

Dicen los mortales que la ira es un incendio.
Un estallido breve.
Una chispa que muere cuando se agota el aire.

Se equivocan.

La ira verdadera —la que nace en el núcleo del alma—
no arde: fermenta.
Se hunde.
Crece hacia adentro como una raíz envenenada
que busca el corazón para beber de él.

Las maldiciones no necesitan dioses que las pronuncien.
Ni sombras que las empujen.
Basta una grieta.
Basta una decisión.
Basta un instante en que el amor no llega a tiempo.

Entonces ocurre.

Una vida se quiebra.
Un alma se parte.
Y lo que queda…
no es un hombre,
ni un recuerdo,
ni un monstruo.

Lo que queda es un hambre.

Un hambre que se parece al dolor,
que se parece al llanto,
que se parece a una voz apagada que susurra:
“Podría haber sido distinto… si yo hubiera sido distinto.”

Ahí nacen las bestias.
Ahí anidan las sombras.
No en los abismos del mundo,
sino en las profundidades donde los mortales
guardan aquello que nunca se perdonan.

Recordadlo, viajeros del tiempo:
ninguna maldición es más terrible
que aquella que uno mismo se impone.

Y ninguna criatura es más temible
que la que nace del remordimiento.

Por eso, cuando escuchéis un rugido en la noche
y creáis que es solo una bestia hambrienta…

preguntaos primero:
¿Qué corazón humano tuvo que romperse para que existiera?

¿No creen?

***


© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.






Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 4)¿Qué hay realmente en el interior de la lágrima?

Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII

Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)