Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV Asharim Tala ( Parte 14). Dhavar. (Parte 1)
Nemoshyne:
Son múltiples los rostros que se reflejan en las aguas negras de la laguna Estigia.
Algunos cansados, otros llorosos, otros desconcertados, y otros, curiosamente, aliviados por haber abandonado una vida colmada de sufrimiento.
Gestionar esos suspiros no es tarea sencilla.
Ordenarlos entre llantos y silencios exige respeto liminal.
No juzgo si lo vivido estuvo bien o mal.
Mi esencia es el agua, y como mi maestra me enseñó, no importa cuán turbio o claro llegue un reflejo. Lo único que importa es que la historia brote desde el centro de su verdadera magnitud: el anhelo del alma.
Que surja de la única voz que fue silenciada en vida.
La voz del corazón.
La auténtica.
La verdadera.
En esa verdad, todos —sin excepción—, sin importar su estatus existencial, dioses o mortales, condenados o malditos, amantes o envenenados por el odio, utilizan siempre las mismas palabras.
Dicen que no todas las historias nacen del fuego ni de la gloria.
Algunas emergen cuando el cuerpo se apaga
y el alma, cansada, se inclina sobre las aguas oscuras para mirarse por última vez.
En la laguna Estigia, donde el reflejo no miente,
los moribundos dejan caer aquello que no supieron decir en vida:
sus errores,
sus pactos,
sus nombres verdaderos.
Yo los escucho.
Porque el tiempo no avanza en línea recta,
y los destinos no se comprenden desde el comienzo,
sino desde el instante exacto en que alguien recuerda.
Hoy, las aguas me han mostrado a un hombre de manos firmes
y temblor contenido.
Un médico en un campamento levantado sobre arena antigua.
Un superviviente de un reino que ya no existe.
Así empieza su reflejo.
Así empieza esta memoria.
***
Dhavar .Parte 1
Reinado de Ciro I, rey de Persia
Darashgat. Campamento de Ramir ad Luan. Expedición a Asharim Tala
La carpa olía a hierro caliente, a resina y a sudor antiguo.
No era un olor desagradable. Para Dhavar resultaba casi tranquilizador. Significaba que el cuerpo había sido abierto… y que aún seguía vivo.
La herida ya estaba cerrada.
El hombre sobre la mesa respiraba con dificultad, pero respiraba. Miriam terminó de limpiar las manos de Dhavar con un paño húmedo, en silencio, como había aprendido a hacer. No habló hasta que el pulso se estabilizó y la tensión abandonó la carpa como un animal cansado.
Dhavar se sentó despacio.
Tenía más de cincuenta años. El cuerpo lo delataba, aunque su mirada seguía siendo precisa. Las manos, grandes y fuertes, temblaban apenas cuando descansaban. No durante el trabajo. Solo después.
Miriam lo observó un momento más de lo habitual.
Era una šakitu, una portadora de agua. Había aprendido a asistirle sin preguntar demasiado, pero aquella vez algo le pesaba en el pecho desde hacía rato.
—Maestro… —dijo al fin.
Dhavar alzó los ojos.
—¿Sí?
Miriam dudó. Luego habló de golpe, como si temiera arrepentirse.
—¿Cómo es posible que aprendieras todo esto…? —hizo un gesto vago hacia la mesa, los instrumentos, la sangre ya seca—. Quiero decir… con tu enfermedad. Con tus manos. ¿Cómo…?
No terminó la frase.
Dhavar no respondió de inmediato.
Miró sus propias manos. Las abrió. Las cerró. El temblor volvió, leve, casi respetuoso.
—No lo aprendí a pesar de esto —dijo por fin—.
Lo aprendí por esto.
Miriam frunció el ceño, confundida.
Dhavar respiró hondo. El murmullo del campamento entraba amortiguado por la tela de la carpa. Durante unos segundos pareció escuchar algo que no estaba allí.
Agua.
Piedra.
Gritos antiguos.
—Cuando Thal cayó… —comenzó—, el nuevo monarca hizo lo que hacen todos los hombres que creen que el poder puede fijarse para siempre.
Miriam se sentó frente a él sin darse cuenta.
—Convocó a los mejores artesanos del país. Escultores. Grabadores. Orfebres. —Una sombra de ironía cruzó el rostro de Dhavar—. Quería un sello oficial. Un rostro. Una marca con la que gobernar todo Ashkhar.
Se inclinó un poco hacia delante.
—Porque un rey sin símbolo no es nadie. Solo un hombre con soldados.
Miriam escuchaba sin parpadear.
—Mi padre era uno de ellos —continuó Dhavar—. Un escultor. O eso decía. La bebida le había robado el pulso… y casi el nombre. Pero el encargo llegó igual. Un adelanto. Suficiente para salvar el taller. Suficiente para condenarnos.
Sus dedos se crisparon apenas.
—Él gastó el dinero. Yo me quedé con la deuda.
Miriam tragó saliva.
—Y cuando los cobradores vinieron… —Dhavar no levantó la voz— no preguntaron quién había aceptado el encargo. Preguntaron quién tenía manos útiles.
El silencio se volvió espeso.
—No sabían quién había hecho el sello —prosiguió—. Y el monarca tampoco lo supo nunca. Solo vio que funcionaba. Que su rostro quedaba perfecto en la cera, en el metal, en la arcilla.
Miró a Miriam por primera vez de verdad.
—Después de eso, nada volvió a ser igual.
Ella tardó unos segundos en encontrar la voz.
—¿Y… ahí empezó todo?
Dhavar asintió despacio.
—Ahí entendí que las manos no solo crean. También enseñan. —Hizo una pausa—. Y que el cuerpo humano… no es tan distinto de una escultura maltratada.
Se puso en pie con esfuerzo.
—Si quieres aprender, Miriam, no mires solo la herida —dijo mientras se acercaba a la entrada de la carpa—. Mira lo que la ha causado. Siempre.
Ella no respondió.
Afuera, el viento movía la lona con suavidad.
Y por primera vez, Miriam comprendió que aquel hombre no era solo un médico.
Era un superviviente de un mundo que ya no existía.
—¿Ashkhar? —preguntó entonces—. ¿Entonces… tú conoces estas tierras?
Dhavar se limpiaba las manos. Se quedó mirando un punto indeterminado.
Los recuerdos regresaron sin pedir permiso.
Daryam.
Lejana en el tiempo.
Finalmente respondió, sin volverse:
—Más de lo que puedas imaginar.
***
El pais Ashkhar
El bien más preciado de Ashkhar no eran las piedras preciosas de Samarqet,
situada al este, en las rutas que llevaban más allá del desierto.
Tampoco lo eran el cobre y el bronce de las minas de Ushkar,
en el noreste, cerca de las tierras altas que miraban hacia Anšan.
No lo eran las telas refinadas de la ciudad de Nereth,
levantada al noroeste, antes de las tierras abrasadas del Océano de Fuego.
Ni las especias y cereales de Bel-Atar,
al oeste, en la franja fértil que resistía el avance del Rig-e Azhdahâ.
Tampoco lo eran los vinos dulces de los viñedos de Ishkar-Len,
situados al noroeste, cerca del gran oasis de Khârbagh-e Gazhdud.
Ni la madera trabajada de Tal-Nesrah,
al norte, en las tierras que precedían a las Montañas Negras.
Ni siquiera las canteras de piedra de Emiria Alta,
en el este lejano, donde la tierra era dura y el rito gobernaba la vida.
El verdadero tesoro de todo Ashkhar
era el agua dulce y pura del reino de Thal,
situado en el centro del país.
Por eso, quien gobernara Thal
estaba destinado a convertirse, tarde o temprano,
en el primer regente de todo Ashkhar.
Lahira, reina de Thal, lo sabía.
Y por eso, tras el nacimiento de su séptima hija, Daryam,
concibió un plan para mantener la paz en el país.
No un plan de ejércitos,
sino de vínculos.
A cada una de sus hijas la preparó
para unir su destino al de uno de los reinos vecinos
que rodeaban a Thal.
La primera fue Ashena,
seria y responsable,
prometida al rey Bel-Samar de Samarqet,
el reino oriental.
Desde niña fue educada para comprender
el comercio de piedras preciosas
y las rutas que cruzaban el desierto hacia tierras lejanas.
La segunda, Mireth,
fue desposada con el rey Tarmuk de Ushkar,
en el noreste.
Aprendió el arte de la producción
y el comercio del cobre, el bronce y el hierro
que sostenían a ese reino minero.
La tercera princesa, Sahra,
se unió al monarca Irsakan de Nereth,
en el noroeste.
Fue instruida en el valor de las sedas importadas
y de las lanas procedentes de las tierras del norte.
Kelam, la cuarta,
fue prometida al rey Ashur-at de Bel-Atar,
el reino del oeste.
Allí aprendió a gestionar
los grandes almacenes de grano y especias
que alimentaban a Ashkhar.
La quinta hija, Yasmin,
creció entre los viñedos de Ishkar-Len,
al noroeste, cerca de los oasis.
Conoció el comercio del vino dulce
y, a los diecisiete años,
se convirtió en esposa del rey Mahalek.
La sexta princesa, Nehara,
fue entregada al rey Orvates de Tal-Nesrah,
en el norte.
Fue educada en el arte de la madera,
necesaria para la construcción de murallas,
casas señoriales
y edificios públicos en todo Ashkhar.
La séptima, Daryam…
Daryam era el dilema de la reina.
A sus diecisiete años,
ningún reino deseaba unir su destino al de una joven
cuyo ojo nunca había mirado el mundo como los demás.
Zahur, rey de Emiria Alta,
en el este lejano,
rechazó el matrimonio.
No quiso a una princesa
a la que consideraba incompleta.
Mientras Lahira insistía en que Daryam aprendiera
la industria de la piedra,
el corazón de la joven
pertenecía a la música
y a la danza.
Y eso, en Ashkhar,
era un problema.
Porque si los siete reinos no permanecían unidos,
la paz del país entero
quedaría en grave peligro.
***
La sala del trono de Thal estaba abierta al agua. No por ostentación, sino por costumbre. Desde los primeros gobernantes se había decidido que el murmullo constante de Thalíamesh acompañara toda decisión importante, como si el propio corazón de la ciudad escuchara y juzgara.
El trono estaba ocupado por Lahira.
No llevaba corona. Nunca la llevaba cuando hablaba en nombre del país. Vestía sobria, con telas claras, y las manos descansaban visibles sobre los apoyabrazos. En Thal, ocultar las manos durante una negociación se consideraba una forma de mentira.
El rey no estaba.
Había partidos diplomáticos que aún confiaban en la palabra escrita y los sellos antiguos. Aquella reunión, en cambio, exigía otra cosa.
Frente a ella se encontraba Šilhak-Teš.
Era un hombre que parecía tallado, no nacido.
Cincuenta años o más, imposible de precisar. La barba, espesa y oscura, le caía sobre el pecho como una extensión natural del torso. Su cuerpo era ancho, compacto, como si el tiempo no lo hubiera erosionado, sino compactado. Había en su porte algo que recordaba a las estepas lejanas, a hombres de Samarcanda y más allá, donde la guerra no era un suceso, sino un oficio heredado.
No se inclinó.
Tampoco desafió.
Simplemente habló.
—En Kuridam no conocemos los privilegios, mi señora.
Su voz era grave, seca, sin adornos. No buscaba agradar.
—Nuestro mundo siempre fue la guerra. Las escaramuzas entre clanes, el control de los caminos, la protección a sueldo de los comerciantes de los reinos vecinos. Eso es todo cuanto somos.
Hizo una breve pausa, no para esperar respuesta, sino para asegurarse de que cada palabra había caído en su lugar.
—No tengo viñedos. No tengo ganado suficiente para banquetes. No dispongo de especias, ni de piedras preciosas, ni de oro ni de plata. Kuridam no produce belleza. Produce hombres que saben sostener una lanza cuando otros la sueltan.
Algunos consejeros fruncieron el ceño. Lahira no.
—Entonces —continuó—, ¿qué podría ofreceros? ¿Qué podría ofrecer a Thal, si no tengo nada que Thal ya no posea?
Alzó ligeramente una mano, como quien presenta una respuesta inevitable.
—Solo una cosa que todo el país pueda aprovechar de Kuridam.
Dio un paso adelante. Uno solo.
—Permitidme vivir en esta ciudad. No como rey. No como huésped. Permitidme crear un sistema de ejército estable. No una horda, no mercenarios errantes, sino una fuerza que responda a una sola autoridad. Una fuerza capaz de mantener la calma en Thal… y en los reinos vecinos.
La palabra calma resonó más de lo que muchos esperaban.
—Ponedme a cargo —dijo— bajo el estandarte del ánfora de las aguas eternas. No bajo mi nombre. No bajo Kuridam. Bajo Thal.
Sus ojos se alzaron por primera vez hasta encontrarse con los de Lahira.
—Y Ashkhar será tan seguro como una tortuga de arena bajo su caparazón y con la furia de Narhesh ( la leyenda de un demonio de Darashgat) y con el respeto y honor del Gopat de Anatolia ( leyenda antigua de un ser mitad jaguar, mitad mujer y con alas de águila imperial. Leyenda típica del estandarte y heráldica del reino de Harzaban). Ningún reino se alzará sin saber que será contenido. Ninguna ruta será atacada sin respuesta. Ninguna rebelión crecerá sin ser sofocada antes de aprender a pronunciar su propio nombre.
El silencio se extendió por la sala.
Šilhak-Teš no había pedido tierras.
No había exigido tributos.
No había mencionado a la princesa.
Había hecho algo más peligroso.
Había ofrecido una solución tan lógica
que rechazarla parecía irresponsable.
Y mientras el agua seguía fluyendo tras el trono,
Lahira comprendió que aquella no era una propuesta de alianza,
sino la forma más limpia de entrar en el poder sin tomarlo por la fuerza.
***
Lahira permaneció en silencio durante un largo instante.
No miró al consejero.
No miró a Daryam.
No miró a los otros reyes.
Miró a Šilhak-Teš.
Y en ese mirar no hubo miedo, sino cálculo. El tipo de cálculo que solo hacen quienes saben que cada decisión deja cicatrices que no se ven desde el trono.
—He escuchado vuestras palabras —dijo al fin—. Todas.
Descendió un escalón del estrado. El murmullo del agua quedó a su espalda, como un testigo antiguo.
—Ashkhar necesita orden. Necesita caminos seguros, comercio estable y una fuerza que no se fracture al primer conflicto. Eso no lo negaré.
Šilhak-Teš no habló. Esperó.
—Accederé —continuó Lahira—. Pero no en vuestros términos. En los míos.
Alzó la mano, imponiendo silencio antes de que nadie reaccionara.
—Mi hija conservará para siempre el título de princesa de Thal. No será despojada de su nombre, ni de su linaje, ni de su lugar en la historia de esta ciudad.
Avanzó un paso más.
—Y ahora escucha con atención, caudillo de Kuridam.
Clavó los ojos en él.
—Si por designio del destino, por muerte o por herencia, mi hija o alguno de sus descendientes llegara a ocupar el trono de Thal… tú no serás rey.
La frase fue clara.
Irreversible.
—No portarás corona. No gobernarás esta ciudad como soberano. La sangre de Thal no se someterá a la espada.
El silencio era absoluto.
Šilhak-Teš inclinó la cabeza apenas.
—Acepto.
No preguntó.
No discutió.
No pidió aclaraciones.
La rapidez de su respuesta cruzó la sala como un viento frío.
Lahira lo observó un segundo más, como si buscara algo en su rostro. No encontró resistencia. Tampoco triunfo.
—Entonces queda así —dijo.
Hizo una señal.
Un sirviente se adelantó portando una pequeña caja de piedra. Lahira la abrió con sus propias manos. En su interior descansaba un anillo antiguo, sobrio, pesado, marcado con el símbolo del ánfora.
—Este no es un adorno —dijo—. Es un sello.
Tomó el anillo.
—Con él tendrás mando sobre el brazo militar de Ashkhar. Bajo este signo se convocarán tropas, se impartirán órdenes y se impondrá la ley. No en nombre de Kuridam. No en tu nombre.
Le sostuvo la mirada.
—En nombre de Thal.
Colocó el anillo en la mano de Šilhak-Teš.
En ese gesto no hubo ceremonia.
Solo función.
—Mientras lo portes —continuó—, responderás ante este símbolo. Si lo traicionas, tu autoridad morirá con él.
Šilhak-Teš cerró el puño lentamente alrededor del anillo.
—No necesito más —dijo.
Lahira se apartó.
No hubo aplausos.
No hubo júbilo.
Solo el sonido constante del agua.
En ese instante, sin proclamación ni sangre, el poder cambió de forma.
No pasó a otras manos.
Se volvió algo distinto.
Y aunque nadie en la sala lo dijo en voz alta, todos lo sintieron:
Ashkhar había ganado un muro.
Y al mismo tiempo, había aceptado vivir a su sombra.
***
El poder no pertenece a los monarcas,
ni al pueblo,
ni siquiera a los dioses.
Eso es lo que los escribas suelen olvidar en las epopeyas de los héroes antiguos que, en aquellos tiempos, cambiaron el rumbo de la humanidad. No fue la espada, ni la sangre, ni la voluntad divina lo que decidió el destino de los reinos.
Fue el símbolo.
Un anillo con el emblema de la casa de Thalíamesh —una ánfora grabada sobre lapislázuli— concentraba más autoridad que cualquier ejército. En él residía el mando. En él, la obediencia. En él, la ley.
Era el poder más absoluto que Šilhak-Teš podía obtener.
Cuando la reina Lahira lo colocó en su mano, su gesto fue firme, pero su mirada no. Hubo en sus ojos una inquietud contenida, casi imperceptible, al advertir lo que nacía en el rostro del caudillo: la sonrisa de un ladrón que acababa de apoderarse del mayor tesoro de Ashkhar.
No oro.
No tierras.
No reinos.
La libertad.
La sonrisa de Šilhak-Teš no fue discreta. Tampoco lo fueron sus intenciones.
No importaba el lecho matrimonial compartido con una joven de sangre noble.
No importaban las riquezas acumuladas por los siete reinos.
En su dedo índice portaba la llave de las armas, del poder judicial y del brazo militar de todo el país. Con ese sello podía convocar hombres, dictar castigos y abrir guerras.
Y con él, activó su primer deseo como esposo de Daryam.
Asediar cada flanco.
Medir cada frontera.
Doblegar cada grano de tierra que aún no respondiera a su mandato.
El comienzo fue Emiria Alta.
Mientras en Thal se celebraba el matrimonio, y las voces cantaban unión y estabilidad, los hombres de Kuridam avanzaban. Las puertas de Emiria Alta fueron franqueadas sin aviso. Desde las almenas, los defensores respondieron con flechas incendiarias, pero se enfrentaron a soldados curtidos en escaramuzas reales, no en ceremonias de guerra.
La resistencia fue breve.
La caída, total.
Cuando los recién casados fueron proclamados, Emiria Alta ya ardía.
Así, en un solo día, sin declaración formal ni ruptura visible del pacto, Šilhak-Teš pasó a ser muchas cosas a la vez:
Caudillo de Kuridam.
Rey de Emiria Alta.
Esposo de Daryam.
Y general supremo de las fuerzas armadas de Ashkhar.
No había tomado el poder por la fuerza.
Lo había recibido…
y lo había usado.
***
Nemoshyne:
La fuerza del bien.
Indiscutible.
Razón y verdad.
Justicia y libertad.
Así la nombran quienes creen poseerla.
Nada parece poder hacerse contra el tirano que se proclama custodio de la verdad absoluta. Porque cuando el bien cae en malas manos, no persuade: impone. No cuida: ordena. Y en su afán por corregir el mundo, rompe destinos que aún no habían aprendido a florecer.
He visto a muchos hablar en nombre del bien.
Pocos escuchar en su nombre.
Porque la naturaleza humana no es una línea recta ni un dogma puro. No avanza con estandartes inmaculados ni con palabras definitivas. El ser humano encuentra el bien de otras formas: torcidas, frágiles, a veces contradictorias.
A través del error.
Del cuerpo herido.
Del recuerdo que duele pero enseña.
No siempre es el héroe quien siembra justicia.
A veces es el superviviente.
A veces, el que aprende a no repetir.
Hay quienes creen que el pasado permanece quieto,
encerrado en ciudades derruidas y nombres olvidados.
Pero el pasado respira.
Camina.
Opera con manos cansadas bajo una lona desgastada.
Dhavar no recuerda para justificar.
Recuerda porque el cuerpo nunca olvida del todo
lo que la historia intentó enterrar.
Y mientras el viento sacude la carpa
y el agua vuelve a su cauce,
yo recojo este fragmento
antes de que se disuelva en el silencio.
Porque no todas las historias quieren ser contadas.
Algunas solo desean ser reconocidas.
¿No creen?
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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