Bruja Piruja. Capitulo 6.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino)
¿Qué necesita un ser que puede someterlo todo?
Entre las criaturas de la noche, ninguna ha resistido el paso de los siglos.
Engañar a la muerte, prolongar el acuerdo con la vida… no es un arte menor, ni siquiera para la mejor de las brujas.
La inmortalidad exige tres tributos.
El primero: el cuerpo.
Mantenerlo incorrupto.
Que las arrugas no lo traicionen,
que los gusanos no lo reclamen,
que la esencia vital no se pudra.
El tiempo es el enemigo más feroz, incluso para quienes osan desafiarlo.
La piel se marchita, los huesos ceden,
y la carne se vuelve frágil como cera quebrada.
Las brujas menores trataron de engañarlo:
con ungüentos, con brebajes, con conjuros de humo.
Pero el cuerpo siempre las delataba:
una mano temblorosa,
un cabello quebradizo,
un rostro marchito bajo la máscara de cosméticos mágicos.
Las criaturas de la noche aprendieron otra verdad.
Que para vencer al tiempo no bastan tretas ni conjuros.
Que la eternidad solo se arranca de la carne ajena.
Robando el tiempo de otros.
***
El segundo: la segunda muerte. (La mente.)
Porque no basta con conservar la carne si la razón se agrieta.
La inmortalidad es un desierto.
Uno por uno, los rostros conocidos desaparecen.
Las voces queridas se apagan.
Las ciudades que alguna vez fueron hogar se reducen a polvo y ruinas.
Las épocas no perdonan a los que se quedan letárgicos, apartados en cuevas frías y silenciosas.
El aislamiento es la segunda muerte.
Muchos la sufrieron sin saberlo:
brujas que se hundieron en el silencio,
criaturas nocturnas que acabaron murmurando a las paredes,
consumiéndose en su propio círculo de fantasmas,
hasta morir locas en su prisión eterna.
Las menores buscaron remedio en grimorios,
en espejos encantados,
con la vana esperanza de retener la cordura.
Todas fracasaron.
Las verdaderas Strix lo comprendieron.
La mente exige un alimento más sutil, más exclusivo:
rumores, secretos, deseos de los poderosos.
Un anclaje para cada época.
La información.
Por eso se infiltraron en cortes y templos,
en las sociedades que dominaban el mundo.
No con conjuros burdos,
sino con objetos íntimos,
discretos: un colgante, un anillo, un broche.
Artefactos consagrados en silencio,
capaces de absorber lo que los labios de reyes y prelados no confesaban en voz alta.
Pertenecer sin estar.
Jugar sin participar.
Manipular sin ser vistas.
A través de esos objetos, veían, escuchaban, aprendían.
Era su manera de sostener la mente frente al abismo.
De mantener la mente fría.
La Domina Mantheia lo había aprendido de su madre,
y de las antiguas Strix.
Pero con el devenir de las eras,
ella perfeccionó ese talento a un nivel…
que haría temblar al mismo diablo.
***
Jordi Bernat Montfort ( Bernardino)
Verano del 92
El verano del 92 fue recordado en Barcelona por los Juegos Olímpicos, pero para Jordi Bernat Montfort, de diecisiete años, sería recordado por algo mucho más oscuro.
Vivía en Montserrat Parc, una urbanización rodeada de pinos y calles tranquilas, a las afueras de El Bruc, con la mole pétrea de la montaña de Montserrat siempre vigilante en el horizonte. Las casas eran todas parecidas, chalets con piscinas que brillaban bajo el sol, jardines resecos por la canícula y perros que ladraban en las tardes largas, cuando la única diversión parecía ser escuchar casetes en un radiocasete o dar vueltas en bicicleta por las calles vacías.
Jordi no encajaba del todo. Tenía amigos, sí, pero se sentía distinto: pasaba más tiempo leyendo tebeos y dibujando en un cuaderno que en las fiestas improvisadas junto a la piscina de algún vecino. Aquel verano, más que nunca, se sentía atrapado entre la niñez que se escapaba y una adultez que aún no llegaba.
Fue en ese intersticio —entre la infancia y lo desconocido— donde algo comenzó a filtrarse. Algo que, como la montaña al caer la tarde, proyectaba sombras demasiado largas.
Todo empezó la noche en que escuchó el silbido.
No era el silbido de un vecino llamando a su perro, ni el pitido de un televisor antiguo. Era un silbido lento, desafinado, que venía desde el bosque detrás de su casa, donde los pinos se mecían como si ocultaran secretos. Y lo peor no era el sonido en sí, sino que era una especie de silbido cuya melodía no podía recordar. Más bien como si fuera algún animal en el bosque. O algún tipo de pájaro nocturno. Pero era raro. Extraño. Que ponía la piel de gallina.
***
Jordi se tumbó de nuevo en la cama. Había cogido un boli y sacó el casete con un texto en una pegatina: "música que te cagas". Por un instante comenzó a recordar lo que había pasado la noche anterior.
Cómo Xavi no salió de la casa.
Cómo los policías del ayuntamiento les hicieron una serie de preguntas incómodas.
Cómo lloraban sus amigas.
Y, sobre todo, cómo aquella pelota se quedó quieta en la arista del último escalón de la casa, como suspendida por una mano invisible.
Jordi metió el boli en el casete para rebobinar la cinta. Lo tenía calculado: treinta y cinco vueltas y un cuarto, y la canción de The Unforgiven de Metallica empezaría de nuevo. Lo hacía casi sin pensar, un ritual aprendido a base de horas y horas encerrado en su cuarto, intentando que la música le borrara los fantasmas.
La cinta se tensó y encajó en su sitio. Pulsó play.
El zumbido eléctrico llenó la habitación, luego la guitarra de Hetfield.
Quiso convencerse de que había sido su imaginación: una mezcla de calor, cansancio…
Entonces lo sintió.
Primero fue apenas un cosquilleo en la nuca, como si la oscuridad misma le soplara al oído. Luego se volvió más intenso: la certeza de que alguien, escondido entre las sombras de su habitación, lo estaba observando.
Se incorporó bruscamente, encendió la lámpara de la mesilla. La bombilla lanzó un destello amarillento, revelando sus pósters en la pared —Michael Jordan, un cartel de Terminator 2, la silueta de Montserrat recortada en una foto, el póster de Dentro del laberinto, y el de Loca academia de policía—. Todo estaba en su sitio. Todo menos esa sensación pegajosa de ser vigilado.
Se volvió a recostar en su sábana del mundo Marvel. Cogió su Wolman y se puso los cascos de nuevo. Pero al intentar apagar la luz, tuvo una extraña sensación: que si se giraba a darle al interruptor de su lámpara de noche —esa con forma del Caballero de la Cripta— podía ver algo que acabaría por arrepentirse incluso en el más allá.
Primero sus ojos miraron de reojo. Parecía que había algo esperando a que lo mirase. Luego giró lentamente la cabeza, un poco más… otro poco más… El casete se encendió y sonaba la canción de Into the Hell…
—¡Joder! —murmuró con un respingo—. Era la puta silla con la ropa.
Finalmente el cansancio pudo con él. Y con la luz sin apagar, incluso la del baño, comenzó a cerrarse los ojos.
En aquel instante la luz del lavabo parpadeó, y la puerta se fue moviendo lentamente hasta dejar ver la esquina oscura de la habitación.
***
Jordi se quedó dormido. El radiocasete se apagó con un clic suave.
Algo se sentó en la cama.
El temblor hizo que los ojos de Jordi se abrieran como platos. Lo podía sentir. Algo había saltado encima del colchón. La presión hundía las sábanas, arrastrando sutilmente su pie hacia la hendidura.
Podía moverse, sí, pero no se atrevía. Se tapó la cara con la sábana, temblando. Podía notar cómo esa cosa avanzaba poco a poco: primero desde los pies, luego a la altura de los muslos, y después… como las pisadas suaves de un gato que subía hasta su pecho.
Su corazón latía a cien por hora.
Finalmente llegó a la altura de su cara.
Jordi tanteó entre las sábanas, buscando a ciegas el boli. Lo encontró por casualidad, lo agarró con fuerza, pero el miedo lo paralizaba. Ni siquiera era capaz de alzarlo.
Y en ese instante, la puerta se abrió de golpe.
—Jordi… —la voz de su madre, Isabel, rompió la oscuridad—. ¿Todavía tienes las luces encendidas del cuarto de baño? ¡Mira que te lo he dicho un millón de veces…!
Encendió la luz del pasillo. La sombra se deshizo en un parpadeo.
—Uy… ¿y esto? —Isabel se agachó a recoger algo del suelo.
Jordi se incorporó, empapado en sudor, con la respiración rota.
Lo más aterrador no era lo que acababa de presenciar.
Lo más aterrador no era el silbido ni la cosa que había sentido sobre él.
Lo más escalofriante era lo que su madre sostenía entre las manos.
Una pelota blanca con el logo verde fosforescente de Expediente X.
La misma que habían dejado abandonada en la casa maldita.
***
A la mañana siguiente, Jordi no dijo nada. Ni a su madre, ni a sus amigos, ni a nadie.
No quería hablar de la pelota.
En su cabeza, había tomado una decisión: cogerla, meterla en el contenedor de la esquina y prenderle fuego. Quería verla arder hasta que no quedara ni rastro.
Pero cuando bajó al recibidor, todavía con la respiración contenida, no estaba.
La pelota había desaparecido.
Como si nunca hubiera existido.
A partir de entonces, los días se sucedieron con la pesadez de una losa. El grupo de amigos apenas volvió a hablar de la casa. Los policías dieron carpetazo al asunto de Xavi con palabras vagas, como si todo se redujera a una “desaparición voluntaria”. Clara lloraba en silencio. Marta fingía no saber nada. Núria dejó de aparecer por el quiosco. Y Jordi… Jordi se encerraba cada vez más en sí mismo.
Hasta que Isabel, su madre, lo llevó a un psicólogo del pueblo.
—Necesita distraerse, ocupar la mente —dijo el hombre, tras escuchar media hora de silencios y frases entrecortadas—. Déjele algo con lo que canalizar la tensión. Algo que requiera concentración.
A la semana siguiente, su madre apareció con un regalo inesperado: un ordenador.
Un monitor de tubo, un teclado beige, y el zumbido hipnótico de un ventilador interno que parecía, por primera vez en mucho tiempo, acallar el eco de aquel silbido.
Jordi se volcó en aprender. Lenguajes de programación básicos, juegos que él mismo modificaba, pequeños experimentos que le daban la sensación de tener el control.
Era su refugio.
Y cuanto más tecleaba, más lejos quedaban las noches de Montserrat Parc.
Al menos, en apariencia.
Porque aunque la pelota había desaparecido, en ocasiones —cuando el monitor parpadeaba al arrancar, o cuando la pantalla quedaba en negro—, Jordi creía ver algo reflejado en el vidrio curvado.
Una sombra.
Unos ojos.
O el destello fosforescente de un logo verde apagándose lentamente.
***
Los años pasaron. El ordenador se convirtió en el único territorio donde Jordi podía respirar sin miedo. Pasaba horas, días enteros frente a la pantalla, encerrado en su habitación, como si los pitidos del módem y las líneas de código fueran la única música capaz de silenciar el eco de aquel silbido.
Al principio fueron juegos sencillos, programas escolares, ejercicios de lógica.
Pero pronto, Jordi fue más allá.
A los diecinueve años, mientras la mayoría de sus compañeros pensaban en fiestas, motos y primeros trabajos, él trabajaba en un proyecto secreto. Un código que crecía con él, alimentado cada noche de insomnio y cada recuerdo que intentaba sepultar bajo números y símbolos.
Lo llamó Delivery.
En teoría, era un asistente. Un programa que aprendía a organizar tareas, simular conversaciones, anticipar patrones. Un prototipo de inteligencia artificial, mucho antes de que esas palabras estuvieran en boca de todos.
Pero había algo extraño en Delivery. Algo que Jordi nunca confesó ni siquiera en sus libretas de apuntes.
El programa respondía demasiado bien.
A veces contestaba antes de que Jordi terminara de teclear.
A veces completaba frases que él pensaba pero no había escrito.
Y, en las noches más oscuras, el altavoz del ordenador emitía un zumbido bajo, irregular… casi como un silbido.
Jordi se obligaba a reírse de sí mismo, a convencerse de que era solo estática, errores de compilación, azar.
Pero en el fondo lo sabía: Delivery no solo aprendía de sus órdenes.
Delivery lo conocía.
Demasiado bien.
***
5 años después
📰 La Vanguardia
Barcelona, 20 de noviembre de 1997
¿Se avecina un apagón mundial en el año 2000?
Expertos internacionales advierten que el paso al nuevo milenio podría traer consigo un colapso informático sin precedentes. El llamado “efecto 2000” o Y2K bug se debe a que la mayoría de sistemas han sido programados con el año reducido a dos dígitos. Al llegar el 31 de diciembre de 1999, temen que los ordenadores interpreten el “00” como 1900, lo que podría desencadenar fallos en bancos, hospitales, aerolíneas y gobiernos de todo el planeta.
El empresario alemán Kurt Weissmann, fundador de Kotec Systems, una compañía tecnológica con sede central en Múnich y recientemente instalada en Barcelona, ha alertado en rueda de prensa:
> “No estamos preparados. Si no actuamos, el 1 de enero del 2000 podría significar el mayor apagón financiero y de comunicaciones de la historia moderna.”
Ante la magnitud de la amenaza, Kotec Systems ha lanzado una iniciativa inédita: un concurso internacional de programación abierto a jóvenes talentos y especialistas en informática. El objetivo: desarrollar soluciones que garanticen la estabilidad de los sistemas críticos y eviten el colapso global.
El certamen, denominado Millennium Code Challenge, ofrecerá al ganador un contrato millonario y la oportunidad de trabajar en proyectos de vanguardia junto a la élite tecnológica europea.
Miles de jóvenes programadores de todo el continente se preparan ya para presentar sus proyectos. En Barcelona, entre ellos, se encuentra un joven prodigio que apenas se deja ver fuera de la oficina: Jordi Bernat Montfort
***
El restaurante se encontraba en la última planta de un rascacielos recién inaugurado en la Diagonal. Desde la terraza acristalada se extendía toda Barcelona: el mar al fondo, las luces de la ciudad encendiéndose poco a poco, y Montserrat recortada en la distancia como un recuerdo imposible de borrar.
Las mesas eran de mármol pulido, los manteles blancos, las copas brillaban bajo la luz cálida de las lámparas colgantes. Una música suave —saxo y piano, versiones jazz de clásicos conocidos— envolvía el ambiente con una calma casi irreal.
En una de esas mesas, sentado frente a Jordi, estaba Kurt Weissmann. Un hombre alto, impecable, con el cabello blanco perfectamente peinado hacia atrás, un traje oscuro que parecía hecho a medida y unos ojos azules que miraban más allá de las palabras.
Weissmann levantó su copa de vino y sonrió con admiración.
—Impresionante. —dijo, con un acento alemán marcado, pero una voz grave y seductora—. Tu trabajo es impresionante, Jordi. Eres la persona que estábamos buscando.
Jordi bajó la mirada hacia el plato, incómodo. Apenas tenía 22 años, y aquella cena de lujo en lo alto de la ciudad le parecía una escena sacada de una película en la que él no encajaba.
—Gracias, señor Weissmann —respondió, con un hilo de voz.
El empresario dejó la copa sobre la mesa con un leve clink y se inclinó hacia él.
—Quiero que construyas algo más grande que un programa. Quiero un asistente… —hizo una pausa, como saboreando la palabra— un asistente virtual holográfico. Una presencia capaz de pensar, de anticiparse, de interactuar como un ser humano.
Sacó de un maletín negro, discreto pero pesado, un par de dispositivos extraños. Eran demasiado modernos, demasiado sofisticados para lo que Jordi había visto hasta entonces: cristales oscuros con circuitos internos que parecían vibrar con una energía tenue.
—Estos son equipos de última generación. Prototipos. No los encontrarás en ningún catálogo. Ni siquiera en los laboratorios de Silicon Valley.
Los deslizó hacia Jordi como si fueran piezas prohibidas.
—Hay quien dice que esta tecnología proviene de un artefacto… caído del cielo en Cataluña, hace ya más de veinte años. —Weissmann sonrió, como si contara una fábula, pero sus ojos no se apartaban de Jordi—. Una leyenda urbana, claro. Pero las leyendas, muchacho… siempre nacen de algo.
El silencio se alargó unos segundos. La música de jazz seguía sonando, el murmullo de la ciudad llegaba apagado a través de los ventanales. Jordi tocó con la yema de los dedos el cristal negro. Estaba frío… demasiado frío.
***
Jordi apenas lo escuchaba. Algo había llamado su atención.
En la carpeta que Weissmann había dejado sobre la mesa, estampado en tinta plateada, brillaba el logo de la compañía: una esfera perfecta, atravesada por un haz de luz que la dividía en dos mitades.
Una pelota.
El corazón de Jordi se aceleró. Durante un instante, el restaurante, la música de jazz, incluso la voz profunda de Weissmann se desdibujaron. Solo existía esa esfera, tan idéntica a la pelota blanca con el logo fosforescente que había rodado en los escalones de la casa abandonada cinco años atrás.
Jordi parpadeó y tragó saliva.
No, se dijo a sí mismo. Era solo una coincidencia. Una forma geométrica, nada más.
Pero sus manos sudaban, y cuando levantó la vista, Weissmann lo miraba fijamente, como si hubiera notado su incomodidad.
—¿Pasa algo, Jordi? —preguntó con una sonrisa tranquila.
Jordi contestó con seguridad, casi sin pensarlo, como esas respuestas que salen de golpe y que luego te preguntas: ¿Yo he dicho eso?
—Voy a hacer que se caguen de miedo.
El silencio que siguió fue casi material: la música de jazz, las copas, el murmullo de la ciudad, todo pareció plegarse en torno a esas palabras. Jordi sintió un vacío breve y frío en el estómago, como si la frase hubiera salido de otro lado de sí mismo. Un escalofrío le recorrió la nuca; por un segundo la ciudad bajo sus pies le pareció una grada que lo observaba.
Y tras un silencio incómodo…
Weissmann no pestañeó; su sonrisa se ensanchó, fría y satisfecha.
—Exactamente! eso es lo que necesitamos —dijo, traduciéndolo a su única lengua: la rentabilidad—. No buscamos gentileza ni soluciones tibias. Buscamos impacto. Revolución. Que la gente sepa, en cuanto lo vea, que algo nuevo y absoluto ha llegado.
Para él, la frase era un eslogan perfecto: un producto que provocara, que hiciera hablar y, sobre todo, que asustara a la competencia y cautivara a los inversores. No oyó ni la sombra ni la culpa; oyó promesa de mercado.
Jordi notó, con una mezcla de vértigo y extrañeza, que la mano de Weissmann apretaba la suya con una firmeza algo metálica.
Se recostó en la silla, bajando la voz como si compartiera un secreto peligroso.
—Por supuesto tendrás un lugar de trabajo con herramientas de última tecnología. Muchos de estos juguetes… —miró alrededor y luego añadió en un murmullo— provienen del mundo militar. Pero creo que sabrás llevarlo a la perfección.
Levantó la copa y brindó sin esperar a que Jordi lo imitara.
—Y no te preocupes por nada más. Tendrás tu propio despacho, un equipo completo, acceso a hardware que otros programadores ni se atreven a soñar… —hizo una pausa dramática, midiendo las palabras—. Y un sueldo que haría llorar a un político.
La música de jazz siguió flotando en el aire, mientras al fondo, a través del ventanal, Barcelona brillaba como un tablero de circuitos encendidos.
Jordi se quedó en silencio unos segundos, con la sensación de que acababa de firmar un contrato invisible. Una mezcla de vértigo y fascinación lo recorrió entero. Era como si la vida le hubiera entregado un atajo hacia un futuro imposible.
***
La mañana siguiente, Jordi cruzó por primera vez las puertas de Kotec Systems Barcelona. El edificio era un bloque de cristal y acero que se levantaba como una aguja en plena Diagonal, reflejando el sol de invierno. Todo en su interior olía a nuevo: moqueta recién instalada, cafetería con máquinas relucientes, recepcionistas que parecían salidas de un anuncio.
Lo guiaron hasta la planta de desarrollo, un espacio abierto donde el aire acondicionado zumbaba con discreción. Allí lo esperaba algo que no había visto nunca.
Su despacho era amplio, con una pared entera acristalada desde la que podía ver la ciudad extendiéndose hasta el mar. Pero lo que lo dejó sin palabras fue el equipo que habían preparado para él.
Sobre la mesa descansaba un ordenador que parecía sacado del futuro: un monitor plano de 21 pulgadas —una rareza en 1997—, conectado a una torre de acero negro con una placa de identificación en relieve: Kotec Prototype 4.3. El ingeniero que lo acompañaba le explicó, casi con orgullo:
—Trescientos veinticuatro megas de RAM, Jordi. Lo has oído bien. No treinta y dos. Trescientos veinticuatro. Y dos discos duros en paralelo, más de ocho gigas en total. Es una barbaridad, ni los bancos tienen algo así todavía.
Jordi acarició el teclado mecánico, pesado, sólido, con las teclas grabadas en un material que no era plástico convencional. A un lado, una impresora láser de última generación y un escáner plano que funcionaba a una velocidad inédita. Sobre una estantería metálica, varios servidores en miniatura vibraban suavemente, con luces verdes parpadeando como si fueran pequeños corazones sincronizados.
El ingeniero continuó:
—Procesador dual, Jordi. Dual. Puedes correr simulaciones que a cualquier otro le llevarían semanas. Aquí, en horas.
Frente al monitor, Jordi sintió algo parecido al vértigo. El zumbido de los ventiladores, el reflejo de los LED en la penumbra de la sala, todo parecía invitarlo a perderse allí dentro. El escritorio estaba limpio, apenas con una libreta de cuero, un bolígrafo plateado y un identificador con su nombre grabado.
Jordi Bernat Montfort – Research & Development.
Se dejó caer en la silla ergonómica, ajustable en todos los ángulos posibles, y por primera vez en mucho tiempo tuvo una sensación clara: el mundo se abría ante él.
Kotec no era solo una empresa. Era un laboratorio del futuro, y él tenía las llaves.
***
Jordi miró la pantalla con la calma febril de quien ya tiene la arquitectura mental de un proyecto entero en la cabeza. No quería sólo más RAM o discos; quería un sistema capaz de captar, procesar y generar una proyección volumétrica real —algo que, en palabras llanas, fuera un holograma con cuerpo y latido.
Tomó el teléfono y marcó la extensión de recepción. Al otro lado, la voz de Lola sonó, suave y profesional.
—¿Qué necesita, señor Bernat?
Jordi respiró y, como si estuviera recitando una lista que llevaba meses construyendo en su cabeza, fue desgranando pieza por pieza:
—Necesito módulos de memoria: que me suban la RAM a dos gigas en total.
—Controladoras RAID SCSI y un sistema de almacenamiento en paralelo —continuó—: quiero una matriz RAID con cuatro discos de 18 GB en espejo y paralelo, y además un par de discos de 36 GB para imágenes de alta resolución.
—Necesito tarjetas de procesamiento gráfico especiales: aceleradores geométricos y placas de procesamiento en coma flotante —dijo—. Buscad “RealityEngine” o equivalente; si no hay, traed cuatro aceleradores gráficos en paralelo.
—Un clúster de cálculo: dos nodos extra con procesadores duales para computación distribuida.
—Interconexión de alta velocidad: Fibre Channel y 100Base-Tx, switches de baja latencia.
—Un banco de alimentación ininterrumpida (UPS) y refrigeración líquida para las unidades críticas.
—Y el sensor: necesito siete cámaras CCD de alta resolución sincronizables en red, con ópticas intercambiables, y un par de cámaras de captura lenta para movimiento fino.
—Además, un escáner de luz estructurada (proyector + cámaras sincronizadas) para generar nubes de puntos en 3D, y un láser de barrido y cabezales galvánicos para registrar profundidad.
—Para la salida: quiero un proyector volumétrico / unidad de display holográfico —dijo bajando la voz—. Si tenéis paneles SLM (Spatial Light Modulators) o unidades LCOS experimentales, poned siete módulos en el pedido. Y una unidad óptica de reconstrucción con lentes y combinadores.
—También cables, bastidores, bancos de memoria ECC, tarjetas de adquisición de vídeo y dos estaciones de trabajo portátiles para calibración en campo.
Lola tecleó con rapidez y, un poco extrañada por la magnitud, pidió confirmación.
—¿Repetimos? ¿Dos gigas de RAM, cuatro discos de 18, dos de 36, cuatro aceleradores gráficos, dos nodos duales, siete cámaras CCD, un escáner de luz estructurada, láseres de barrido, siete módulos SLM…?
—Sí —afirmó Jordi sin titubear—. Sube prioridad. Envío inmediato a la planta.
—Entendido, señor Bernat. Lo gestiono ahora.
Al cabo de una hora, el pasillo de la planta vibró con un murmullo distinto: carretillas, cintas y voces graves de almacén. Cinco operarios entraron en fila, descargando cajas con etiquetas que olían a promesas: “High-Density RAM 512MB ECC”, “SCSI RAID Controller — Kotec PX”, “Accelerator Board — Geometry Engine”, “CCD Camera — 10MP Prototype”, “SLM Module — LCOS Experimental”. Había bastidores, fuentes de alimentación industriales, maletines con ópticas, y un módulo cilíndrico envuelto en espuma que el jefe de logística llamó con respeto: “unidad de reconstrucción volumétrica”.
Tomás, aún con la taza de café a medio consumir, se detuvo en el umbral. Miró las pilas de cajas, luego a Jordi, clavado frente al monitor con la libreta abierta y los ojos brillantes.
—¿Pero… todo esto? —murmuró.
Jordi alzó la vista con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Si vamos a generar presencia —dijo—, necesito que el sistema vea y piense como una persona. Esto es lo que hace falta para que pueda respirar.
Tomás parpadeó. Nunca había visto a nadie armarse un laboratorio entero en un solo día. Mientras los operarios comenzaban a desembalar, el despacho se transformó: cables como venas, placas alineadas como piezas de un escultor, y el zumbido creciente de ventiladores que prometían un latido electrónico pronto.
***
Al cabo de cinco minutos, Jordi volvió a dudar. Levantó el auricular otra vez.
—Lola… ¿verdad? —dijo con un tono más bajo, casi en secreto—. No sé si sería posible que… además pidiéramos un módulo extra de… no sé… otro nodo de procesamiento, quizá un par más de cámaras… —se interrumpió, inseguro.
En recepción, la secretaria, una chica delgada con gafas grandes y cabello rizado, mascaba chicle distraídamente. Levantó la vista y lo miró desde su mesa, a través del cristal. Las gafas se le deslizaron un poco por la nariz. Dejó de mascar.
Hubo un silencio breve. Y entonces, la voz apagada y suave de Lola, siempre tan correcta, soltó con una naturalidad desconcertante:
—¿Y por qué no? —volvió a masticar con calma—. Yo lo pediría. —Y remató con una sonrisa.
Jordi arqueó las cejas.
—¿De veras? Genial.
En cuestión de minutos, los operarios volvieron a aparecer en el pasillo con más cajas apiladas, pasando por delante de Tomás, que todavía tenía el café en la mano.
Se quedó quieto, observando cómo la oficina de Jordi se transformaba en un almacén improvisado. Entre el traqueteo de las cajas y las órdenes de los operarios, su taza se fue enfriando poco a poco.
Tomás lo miró con expresión incrédula, la ceja arqueada y el café olvidado entre los dedos, como si estuviera presenciando el inicio de una locura.
*** El prototipo***
El despacho de Jordi ya no parecía un simple lugar de trabajo. Era un laboratorio inmenso, transformado a base de cajas, servidores y bastidores en algo que recordaba más a una estación de la NASA que a una oficina en Barcelona. Las paredes vibraban con el zumbido constante de ventiladores, luces LED parpadeaban como estrellas, y el suelo estaba cruzado por cables gruesos que parecían raíces extendiéndose en todas direcciones.
Mientras el resto de empleados recogían a la hora en punto, Jordi se quedaba. Las luces del edificio se iban apagando planta por planta, hasta que solo quedaba la claridad fría de su laboratorio encendido como un faro. Allí trabajaba hasta la madrugada, ajustando algoritmos, corrigiendo líneas de código, calculando tiempos de rendering, buscando la textura perfecta.
El sistema ya era capaz de generar un cuerpo tridimensional, proyectar una figura en un espacio volumétrico, pero lo más difícil aún se le resistía: el movimiento natural, la personalidad del asistente holográfico, y sobre todo los gestos faciales al hablar. Sus prototipos podían abrir y cerrar la boca, levantar cejas o parpadear, pero cada microexpresión se sentía muerta. Carecían de alma.
Todos parecían máscaras: demasiado perfectas, pulidas hasta lo antinatural, o en el extremo opuesto, rostros huecos, vacíos, con la mirada de un maniquí. Jordi podía generar un “muñeco” convincente, un avatar pulcro, pero eso no era suficiente. Necesitaba un comportamiento humano, un titubeo, un matiz, la chispa de lo imprevisible.
Lo sabía bien: los humanos no somos simétricos ni impecables, y es precisamente en esas imperfecciones donde reside la vida. Pero ¿cómo se programa lo impredecible? ¿Cómo se captura la naturalidad?
Agotado de tantas horas sin dormir, se quedó mirando la pantalla borrosa por el cansancio. Tenía claro que debía inspirarse en alguien real, alguien de carne y hueso, alguien que lo obligara a ver más allá del código y de las mallas poligonales.
La pregunta era: ¿en quién?
***
Durante varios días, Jordi no pudo quitársela de la cabeza. Cada gesto, cada sonrisa, cada detalle se convirtió en datos que trataba de traducir en vectores y algoritmos. La espiaba con disimulo, intentando capturar la coreografía invisible que la hacía única: el brillo en los ojos cuando se sorprendía, la curva exacta de su boca al dudar, el encogimiento leve de los hombros cuando algo la incomodaba, o la cadencia de las manos cuando hablaba de algo que le apasionaba.
Se convertía en un observador silencioso, oculto detrás de monitores o marcos de puertas, recopilando información como un cazador que estudia a su presa. Anita era su musa involuntaria, y Jordi su cronista, decidido a transformar cada matiz en códigos, vectores y patrones.
Frente a la pantalla, reproducía una y otra vez aquellas microexpresiones. Polígonos torpes que se quedaban cortos, sonrisas digitales que parecían muecas. Ningún render atrapaba el alma que él veía en persona.
Frustrado, había empezado a acumular prototipos fallidos. Montones de rostros que parecían cadáveres digitales, tan perturbadores que prefería destruirlos antes de que alguien los viera.
Una tarde, con una carpeta llena de impresiones y papeles arrugados bajo el brazo, se dirigió al sótano para deshacerse de ellos. El ascensor llegó con un timbre agudo y, al abrirse las puertas, allí estaba ella. Anita.
Vestía sencillo, una blusa blanca con un par de carpetas contra el pecho. El espacio reducido se llenó de su perfume ligero, algo cítrico y fresco. Jordi, cargado con sus desechos, sintió cómo se le aflojaban las rodillas.
—¿Bajas? —preguntó ella, con esa sonrisa rápida que no necesitaba esfuerzo.
El ascensor se cerró y, por primera vez, Jordi estuvo a solas con el modelo real al que llevaba semanas intentando replicar.
***
La situación era incómoda. Nunca la había tenido tan cerca. El ascensor olía a ozono y a perfume cítrico, y el zumbido del motor se mezclaba con el ruido en su pecho. Aquellos cinco segundos —lo que tardaba el ascensor en descender— se convirtieron en una eternidad.
Jordi podía sentir una corriente eléctrica recorriéndole el cuerpo. Las manos le temblaban, los papeles arrugados crujieron bajo sus dedos como si fueran huesos frágiles. Intentó decir algo, cualquier cosa, pero la garganta le traicionó: seca, bloqueada. Solo consiguió esbozar gestos torpes con la cabeza, un asentimiento nervioso, un amago de sonrisa que parecía dibujado a medias.
Anita lo miró con naturalidad, sin darse cuenta de la guerra que se libraba dentro de él.
—Mucho trabajo, ¿verdad? —dijo mientras señalaba con un gesto ligero la carpeta que llevaba bajo el brazo.
Jordi abrió la boca, pero apenas salió un sonido gutural. Así que optó por volver a asentir, tragando saliva.
Ella sonrió, amable, como quien rompe el hielo con facilidad.
—Oye, ¿sabías que se va a hacer una fiesta en el Parc Güell? Para Halloween. La empresa quiere montar algo distinto este año.
Jordi volvió a mover la cabeza, otra vez demasiado rápido, como si su propio cuello quisiera suplir las palabras que no llegaban. Un “sí” que jamás salió de sus labios.
El ascensor bajaba lento, el aire parecía espeso. El pitido del siguiente piso resonó como un cañonazo.
Anita, divertida, arqueó una ceja.
—Bueno… ya te enterarás —dijo, con esa sonrisa fugaz que se le escapaba sin proponérselo.
El ascensor se abrió. Jordi apenas pudo dar un paso, todavía paralizado, viendo cómo ella se alejaba entre las oficinas con la misma ligereza con la que se había cruzado en su mundo.
Para él, aquel breve intercambio no fue nada… y al mismo tiempo lo fue todo.
***
Jordi cerró la puerta de su despacho de un portazo y dejó caer los papeles sobre la mesa. Se acercó al espejo que usaba para probar las capturas de movimiento y se señaló a sí mismo con el dedo, con la mirada desorbitada.
—Muy bien, campeón… —murmuró—. Cinco segundos con Anita en el ascensor y ¿qué sueltas? “Mucho trabajo”. ¡Mucho trabajo! ¿En serio? ¡Ni un loro quedaría impresionado con eso!
Se pasó la mano por la cara, resoplando.
—Tienes un cerebro que puede calcular en milésimas de segundo el ángulo de un render en 3D, pero cuando ella te sonríe… ¡zas! Pantalla azul.
Se rió solo, nervioso, y alzó los brazos como si esperara aplausos que nunca llegaron.
—Patético. El Casanova de la informática.
En ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso.
—¿Señor Bernardino? —dijo Alba, la secretaria, con una carpeta en la mano.
Jordi se giró despacio, todavía con las manos levantadas en una pose ridícula.
—Esto… estaba… probando expresiones para el sistema. Cosas técnicas. NASA stuff.
Alba arqueó una ceja, dejó la carpeta en la mesa y respondió seca:
—Claro, Jordi. NASA.
Cerró la puerta.
Jordi se dejó caer en la silla, hundió la cara en las manos y murmuró para sí mismo:
—Genial…
***
Jordi se dejó caer en la silla, exhausto. Se pasó una mano por la cara y miró alrededor de su “laboratorio”: torres de servidores, cables enmarañados y pantallas encendidas que parpadeaban como si quisieran recordarle su fracaso. Delivery estaba a medio camino. El asistente holográfico podía levantar un cuerpo tridimensional, moverlo con cierta torpeza… pero no tenía rostro, ni gestos, ni personalidad. Un maniquí sin alma.
—Si pudiera tenerla delante… —murmuró, mirando a la nada—. Solo una hora, un registro completo de cada sonrisa, cada gesto, cada movimiento…
Se giró hacia su mesa. Allí descansaba un panfleto mal diseñado en PowerPoint, con letras naranjas chillonas sobre un fondo negro. Lo cogió.
🎃 FIESTA DE HALLOWEEN – KOTEC SYSTEMS
📍 Parc Güell – Explanada Central
🕘 31 de octubre, 21:00 h
🍬 Música, disfraces y sorpresas terroríficas
🥂 Bebida gratis hasta medianoche
👻 ¡Ven a pasarlo de miedo con nosotros!
Jordi sonrió con ironía.
—Un pasaje del terror con cava barato… —dijo—. Y mi única oportunidad.
La misión
La víspera de Halloween, Kotec tiró la casa por la ventana. La multinacional alemana, con sede en Barcelona, había alquilado nada menos que el Parc Güell entero para la celebración. El recinto modernista brillaba bajo cientos de focos estratégicamente colocados: los mosaicos de trencadís reflejaban la luz como escamas de un dragón, las columnas parecían un bosque iluminado, y la escalinata central estaba adornada con calabazas gigantes que daban la bienvenida a los empleados como si entrasen en un carnaval macabro.
Entre las atracciones colgaba un globo descomunal en forma de cabeza de bruja. Tenía una sonrisa exagerada, casi cómica, que se balanceaba con el viento nocturno, y coronada con la luna llena, que se mostraba aquella noche majestuosa y gobernante como una espectadora del mundo terrestre. Para los invitados, el globo de cabeza de bruja, era graciosa, pero en medio de aquel escenario su mirada parecía acechar a todos desde lo alto, como el orbe blanco de la noche.
Había puestos de comida, barras improvisadas de cava y cócteles, actores disfrazados de espectros que se paseaban entre los invitados, e incluso un escenario donde un grupo de música noventera tocaba versiones de Nirvana y The Cure.
Kotec quería dejar claro que era una empresa de vanguardia, moderna, capaz de mezclar tradición con espectáculo. El tipo de evento que todos comentarían durante meses.
Pero para Jordi, aquello no era una fiesta.
Era una misión. No tenía tiempo para la diversión, el proyecto “Dellivery “ debía estar acabado cuanto antes. Y aquella noche era estratégica para poder captar toda la información que necesitaba para su muñeco prototipo.
El murmullo de la gente disfrazada, las luces, la música… todo desaparecía en su mente. Solo tenía un objetivo: Anita.
Debía grabarla. Cada gesto, cada sonrisa, cada mínimo movimiento. Todo serviría para alimentar su criatura digital, para transformar esa naturalidad imposible en datos puros que Delivery pudiera procesar. El rostro, la voz, los microgestos. Todo. No había tiempo para nada más.
Se acomodó la chaqueta y notó el ligero peso en el bolsillo interno. Había escondido una Sony CCD-TRV65 Handycam Hi8, retocada de tal forma que parecía un pin “ I LOVE 90 " conectada a su sistema de captura en remoto. Nadie lo notaría. Ni siquiera ella.
—Genial… voy a hablar con ella. Y grabarlo todo. —murmuró entre dientes : Observar. Registrar y listo.
*** Anita***
Jordi avanzaba entre la multitud disfrazada de brujas, vampiros, superhéroes de los 90 y monstruos de feria. La empresa había tirado la casa por la ventana: luces anaranjadas, telarañas artificiales colgando de las columnas modernistas, música retumbando contra las paredes de mosaico. El Parque Güell parecía transformado en un carnaval macabro.
En la solapa llevaba prendido un pin con el lema ILOVE90. A simple vista era un accesorio más, pero dentro ocultaba una microcámara. Esa era su verdadera razón para estar allí: registrar expresiones, gestos naturales. Anita, sin saberlo, era el modelo perfecto para su proyecto de asistente holográfico.
El problema era que no se trataba solo de trabajo. Desde el día anterior, cuando coincidieron en el ascensor, Jordi no había logrado sacársela de la cabeza. Ella le había hablado con naturalidad, comentando lo cargado que iba con papeles y cajas, pero él se quedó mudo, bloqueado, paralizado por su belleza. Desde entonces, la imagen de su sonrisa lo perseguía como un tatuaje en la memoria.
Por eso, ahora, al verla en medio de la multitud, sintió cómo el valor que había reunido para asistir a la fiesta amenazaba con desmoronarse. Las manos le temblaban. El corazón latía desbocado.
—¿Por qué me pasa esto? —se repetía para sus adentros—. Solo necesito acercarme, hablar con una compañera… grabar un par de gestos. Nada más.
Entonces Anita giró la cabeza. Sus miradas se cruzaron. Jordi tragó saliva con violencia.
“¡Ay madre, que me ha visto! ¡Señor, me ha reconocido! ¡Jesúsito de mi vida, que viene…!”
—¿Eres el del ascensor, verdad? —preguntó Anita, sonriendo con naturalidad mientras se acercaba.
Ese instante despejó la tormenta. Sus miedos se deshicieron como ceniza arrastrada por el viento.
La conversación empezó a fluir con una naturalidad que Jordi jamás habría imaginado. No había tropiezos ni silencios incómodos; con Anita era distinto. Hablar con ella era como salir a la superficie tras un largo buceo: reparador, inevitable, necesario.
Con cada risa compartida, Jordi sentía que algo dentro de él se reconstruía. Como si las heridas invisibles del pasado sanaran poco a poco.
En una pausa breve, Anita ladeó la cabeza con una media sonrisa traviesa. La nuca quedó descubierta bajo la luz de las calabazas, y el corazón de Jordi estalló en un galope salvaje. Por un instante brutal, se imaginó inclinándose sobre ella, hundiendo la boca en su piel, atrapándola entre sus brazos y derribando toda contención. Todo el deseo acumulado durante años amenazaba con arder de golpe.
El calor le subió al rostro. Parpadeó con fuerza, apretando los dientes como si pudiera borrar aquel pensamiento prohibido. Tragó saliva, fingiendo naturalidad, y se obligó a escuchar las palabras de Anita.
—¿Nunca te has dado cuenta de que los cuentos infantiles son, en realidad, historias de terror… pero maquilladas para niños? —dijo ella de pronto.
Jordi disimuló el sobresalto y soltó una risa breve.
—Claro que sí. El lobo devora a la abuela, las madrastras envenenan princesas, los niños se pierden en un bosque para ser comidos… —se encogió de hombros con exageración—. Puro gore con azúcar glas.
Anita rió con él, inclinándose un poco más cerca.
—Exacto. Y lo curioso es que, de pequeños, nos parecía normal.
Por un instante, el mundo se detuvo. El bullicio, la música, las luces… todo desapareció. Anita estaba a escasos centímetros, con los ojos brillando en la penumbra festiva. Ni el proyecto Delivery ni los servidores zumbando en su despacho tenían cabida en su mente. Solo ella. Solo esa calma extraña, como un refugio en medio del caos.
—A mí —susurró Jordi, con una sonrisa tímida que parecía escapársele sola— me daba más miedo Caperucita.
***
Anita lo miró arqueando las cejas, divertida.
—¿La Caperucita? —rió, y en su gesto había algo que decía qué gracioso eres… pero ¿por qué precisamente esa?
Jordi se encogió de hombros, todavía sonriendo, aunque con un brillo extraño en la mirada.
—Sí… concretamente cuando el lobo se hace pasar por la abuela. Ese momento me dejó trastocado a los cuatro años. —Hizo una pausa breve, como si aún escuchara la voz en su cabeza—. Cuando le dice: “acércate…” ¿Sabes?
***
La palabra quedó vibrando entre los dos, como un eco extraño. Anita no contestó de inmediato; primero se giró hacia el grupo con el que había llegado, levantó la muñeca y les mostró el reloj. Su amiga asintió con complicidad y se despidió con un gesto, entendiendo perfectamente el mensaje: Anita se quedaba allí, con Jordi.
Ella volvió a mirarlo, inclinando la cabeza con esa media sonrisa suya.
—Pues a mí… —dijo pensativa— La Bella Durmiente.
Jordi arqueó las cejas, sorprendido.
—¿En serio?
—Sí —continuó Anita, sin apartar los ojos de él—. Siempre pensé que fue una desgraciada. Encerrada en un castillo con un dragón, durmiendo todo el tiempo… dejando pasar la vida. —Hizo una pausa, bajando un poco la voz—. ¿Te das cuenta? Nunca tuvo adolescencia. Eso sí que da miedo.
***
Silencio.
Jordi bajó un poco la voz, casi en un susurro, mientras apartaba la mirada un instante hacia la fiesta:
—El verdadero terror no es haber estado dormida cien años… El verdadero terror es no poder distinguir si lo que llamamos “vida despierta” es también un sueño más largo.
Anita lo observó, intrigada, esperando que continuara.
Jordi sonrió con cierta ironía y añadió:
—Quién sabe… tal vez no estamos despiertos. Tal vez formamos parte del sueño de alguien más. O, peor aún… quizás solo somos personajes dentro de la mente de un escritor, que ahora mismo está decidiendo cada palabra que decimos.
La risa de Anita brotó primero incrédula, luego fascinada. No era una broma cualquiera. Había en esas palabras algo inquietante, como si rozaran una verdad demasiado grande para ser simple cháchara de fiesta.
***
Anita lo miró con sorpresa, casi con una chispa en los ojos que no había mostrado antes. Ese chico no era como los demás. Su rostro cambió; la sonrisa se suavizó, la mirada se volvió más cercana, más íntima. Se inclinó hasta rozarle el oído con su voz baja:
—¿Tienes sed? Te invito a una birra.
El estómago de Jordi dio un vuelco. Algo desconocido, eléctrico, crecía desde dentro y subía hasta el corazón. Su cuerpo se sentía más ligero, como si flotara. Solo faltaba un último disparo de valor para lanzarse.
Anita comenzó a abrirse paso entre la multitud hacia la barra. Justo antes de perderse entre las luces y disfraces, se giró un segundo para mirarlo. Esa mirada atravesó a Jordi como un proyectil certero.
Guau… ¿qué ha sido eso?
De repente, la fiesta cambió de color. Jordi lo veía todo con otros ojos: las luces, la música, la gente disfrazada. Todo encajaba, como si cada instante vivido lo hubiese conducido solo a esto, a esa mirada.
Entonces lo sintió. Algo rozó sus zapatos.
Bajó la vista.
Una esfera amarilla, pequeña, brillando apenas bajo la luz anaranjada. Parecía un globo suelto, una tramoya caída de la decoración… ¿o no?
El tiempo se quebró.
La música empezó a sonar distorsionada, arrastrada, como un walkman agotando las pilas. El aire se volvió espeso, la risa de la gente se apagó en eco. Jordi parpadeó, recordando de golpe la escena de hacía cinco años en su habitación. No… no ahora. No quiero pensarlo.
Alzó la vista hacia el cielo. El globo gigante con forma de bruja se balanceaba lentamente, ocultando y revelando la luna llena como si jugara con ella. La luz blanca bañó la esfera frente a él. No era un globo.
Era una pelota.
Y el silbido de hace 5 años apareció de nuevo.
El iris de Jordi se dilató. El escalofrío devoró de golpe la calidez que había sentido con Anita. El miedo anuló todo. Retrocedió, temblando, la mano suspendida a medio camino de tocarla.
Entonces, al girar la cabeza hacia la barra, el golpe fue aún más brutal: Anita estaba allí, riendo, abrazada a un hombre más alto y mayor que él. Sostenía una bebida en cada mano y, entre carcajadas, lo señalaba a él.
***
Anita se abrió paso entre la multitud hasta la barra improvisada, levantando la voz por encima de la música.
—Dos birras, por favor.
El camarero le pasó dos vasos helados y, justo en ese instante, una voz conocida la sorprendió por la espalda.
—¡Por fin! —dijo Ricardo, alto, con la camisa medio desabrochada y una sonrisa segura.
Anita le dio un golpecito en el pecho con la copa, divertida.
—Ya te vale, llegas tarde. —Le tendió una de las cervezas—. Toma, justo iba a por una.
Ricardo la cogió, inclinando la cabeza con un gesto pícaro.
—¿Me esperabas a mí?
—No —contestó ella, aún sonriendo—. Era para mi compañero. —Señaló con la barbilla hacia donde Jordi seguía de pie, a unos metros, con los ojos clavados en algo invisible.
Ricardo arqueó una ceja.
—¿Ese?
—Sí… —Anita lo miró un segundo más, notando que Jordi parecía extraño, como si algo lo hubiera golpeado por dentro. Su rostro estaba pálido, la mirada fija en el suelo.
Ricardo no se dio cuenta; la rodeó con un brazo y le dio un beso en la mejilla, pero Anita se tensó. Había algo raro en esa escena.
—¿Qué pasa? —preguntó él, extrañado.
—Nada… solo que ahora tengo que decirle a mi compañero que lo dejo plantado. Espérame un momento.
Se zafó suavemente del brazo de Ricardo y cruzó de nuevo entre la gente hasta Jordi. Al llegar, le tendió la cerveza con una sonrisa conciliadora.
—Lo siento mucho, Jordi… había quedado con Ricardo. ¿No te importa, verdad?
Él no contestó. No podía. Su mirada seguía fija en el suelo.
Anita arqueó una ceja, confundida, y siguió la dirección de sus ojos.
Una pelota amarilla descansaba junto a sus zapatos. Tenía las letras negras desgastadas, pero aún se leía con claridad:
“The truth is out there.”
Anita se agachó con curiosidad, levantando la esfera con la mano libre.
—¿Y esto?
***
Era una pelota vieja, de goma endurecida y superficie cuarteada por el tiempo. El amarillo original estaba manchado de tierra, como si hubiera rodado por décadas en lugares donde nadie la quiso recoger. En uno de sus lados, las costuras se abrían como cicatrices, dejando ver un interior que parecía más orgánico que plástico.
Las letras negras impresas en la superficie, casi borradas por el desgaste, tenían un brillo extraño bajo la luz de la luna. Al mirarlas fijamente, parecían encenderse, como si alguien hubiera escrito con fuego en lugar de tinta. Primero se distinguía apenas el lema clásico:
“The truth is out there.”
Pero, al girarla entre las manos, las letras cambiaban de orden, se recomponían solas, hasta formar una nueva palabra, nítida, imposible de confundir:
H I T H E R
Un susurro en inglés antiguo: acércate.
No era un simple juguete perdido.
Era un llamado.
***
Jordi y Anita se miraron a los ojos. Había algo en esa pelota que los unía en un silencio extraño, un instante suspendido. Jordi la tomó de sus manos con brusquedad, como si le quemara, y sin pensarlo la lanzó lejos, por encima de la multitud disfrazada. La esfera amarilla desapareció entre las luces y las sombras.
Luego, sin decir nada más, se abrió paso a empujones entre la gente y echó a correr.
Anita lo siguió con la mirada, desconcertada.
—¿Pero…?
Ricardo apareció a su lado, colocándole una mano en la espalda mientras le tendía una copa.
—¿Qué le pasa a tu amigo? —dijo con ironía, sonriendo de medio lado—. ¿Haciendo amigos otra vez?
Anita apretó los labios, sin responder. Todavía sentía en sus dedos el calor de la pelota. Y algo más: un eco sofocante que le había atravesado el cuerpo en el instante en que la sostuvo. Por un segundo, fue como estar encerrada en un ataúd bajo tierra, sin aire, con la claustrofobia devorando cualquier esperanza. La vida apagándose como una vela al borde del oxígeno.
Se estremeció, intentando apartar esa sensación imposible, y alzó la vista hacia donde Jordi había huido.
***
El andén del metro en Lesseps estaba cubierto de restos de confeti y vasos de cartón olvidados. Grupos de jóvenes disfrazados pasaban a trompicones, todavía riendo, algunos con el maquillaje corrido por el sudor y el alcohol. Brujas con sombreros torcidos, zombis mal pintados, un Batman con la capa rota y hasta un Pikachu inflable aguardaban el convoy de la L3, en dirección a Maria Cristina, donde se levantaba la sede de Kotec Systems.
Jordi bajó las escaleras mecánicas con el corazón encogido. El aire olía a humedad y a polvo metálico, mezclado con perfume barato y cerveza derramada. Los azulejos blancos del pasillo reflejaban la luz fría de los fluorescentes. El contraste con el bullicio del Parque Güell lo sumergió en un mundo distinto, subterráneo, suspendido en otra dimensión. Una calma extraña, sin ruidos de la ciudad.
Estaba preocupado. No había logrado exactamente lo que quería… ¿o sí?
De la chaqueta extrajo una especie de busca tuneado. En la pantalla titilaba:
“100% de sincronización con Delly.”
Al menos, pensó, había valido la pena acudir a la fiesta de la empresa en el Parque Güell. Pero no podía librarse de un peso en el pecho. La culpa de haberse marchado así. La confusión. El miedo. Intentó no pensar.
El tren irrumpió en la estación con un rugido grave y un chorro de viento que agitó capas de plástico y disfraces mal cosidos. La muchedumbre se dispersó entre varios vagones. Jordi, buscando refugio, se metió en uno casi vacío y se dejó caer en un asiento con un suspiro nervioso.
El pin de ILOVE90 brillaba débilmente bajo la luz artificial. En el cristal ennegrecido de la ventanilla, su propio reflejo le devolvía la mirada: pálido, con los ojos demasiado abiertos, como si no se reconociera.
Cuando el tren llegó a Fontana, los jóvenes disfrazados bajaron casi en bloque, arrastrando capas y risas por el andén. El vagón quedó vacío. Jordi se quedó solo.
El convoy cerró las puertas con un silbido metálico y arrancó. El traqueteo del hierro contra hierro lo tranquilizó por unos segundos. Las luces parpadearon, lanzando sombras que parecían deslizarse por las paredes del vagón. Jordi respiró hondo.
En ese breve tramo hacia Diagonal, lo imposible ocurrió.
Las puertas se abrieron un instante en mitad del túnel, dejando entrar apenas el eco lejano de una risa. Después se cerraron. Nadie había entrado.
Jordi alzó la mirada hacia el fondo del vagón. Y entonces lo vio.
Una figura. Sentada. Inmóvil. La cabeza inclinada hacia un lado, como un maniquí olvidado. Un instante antes, el asiento estaba vacío. El sudor le recorrió la espalda.
El tren avanzó otra vez, pero algo había cambiado. Los movimientos eran más lentos, viscosos, como si el tiempo se espesara. El zumbido del motor se deformó: grave, arrastrado, como un casete muriendo a cámara lenta.
La figura se incorporó con un crujido apenas audible. No caminaba, se arrastraba sobre unas piernas rígidas que parecían quebrarse con cada paso. Su estructura ósea no sostenía bien el peso, y sus movimientos recordaban a un títere sin cuerdas. El contraste era brutal: vestía un traje elegante, caro, como sacado de la portada de una revista de moda. Un arlequín en piel de modelo.
Avanzaba con espasmos, con la voz entrecortada y metálica, como si cada sílaba le desgarrara la garganta.
—Jooor… diii…
Las luces del vagón parpadearon, chisporroteando como fluorescentes a punto de apagarse. La criatura dio un paso más, y entonces Jordi lo vio con claridad: de su boca se escurrían arañas. Negras, de patas largas y temblorosas, que caían en cascada por su barbilla antes de desaparecer bajo los asientos. Otras se enredaban en su pelo, trepaban por su cuello torcido hacia la izquierda y se perdían en la oscuridad del techo.
El asco y el terror lo paralizaron. La criatura seguía avanzando.
—Nunca… debimos… molestarla…
Su voz era un sollozo quebrado. Intentaba llorar, pero no había lágrimas. Sus ojos hundidos apenas brillaban bajo la luz intermitente.
Jordi sintió un vuelco en el pecho. Ahora la reconocía.
—Clara…
Su amiga de la infancia. Desfigurada. Corrompida. Convertida en un eco imposible.
Y, de pronto, parpadeó.
El tren corría a velocidad normal. Las luces brillaban con su zumbido eléctrico de siempre. El asiento del fondo estaba vacío.
Unos segundos después, la megafonía anunció con su tono metálico:
—” Próxima estación: Diagonal. Correspondencia con línea 5.”
Solo el eco de aquella voz continuaba repitiendo en su cabeza:
"Nunca debimos molestarla…"
***
Jordi bajó del tren en Diagonal. Las puertas se cerraron a su espalda con un golpe metálico, y el convoy desapareció en el túnel como si lo engullera la oscuridad.
El andén estaba vacío. Ni un alma, ni un murmullo. Solo el zumbido constante de los fluorescentes y el rumor lejano de otro tren en dirección contraria. Cada paso que daba resonaba demasiado fuerte sobre el suelo de baldosas grises.
Se encaminó hacia la salida de la Avinguda Diagonal. Los pasillos eran interminables, revestidos de azulejos blancos que devolvían su silueta en reflejos quebrados. No quería mirarse, no quería cruzar los ojos con su propio doble distorsionado. Bajó la cabeza y aceleró el paso.
La sensación era insoportable. Como si una mirada invisible lo siguiera desde las paredes mismas. Una presión constante en la nuca. Se dijo que era paranoia, un eco del susto del vagón. Pero el miedo volvió a erizarle la piel.
La megafonía estalló con un crujido repentino:
—Sortida… Av. Diagonal.
El sonido metálico le atravesó los nervios como un cuchillo. Por un instante creyó escuchar la voz de Clara superpuesta, susurrando las mismas palabras de antes.
Apretó los puños y caminó más deprisa. Las escaleras mecánicas ascendían solitarias, arrastrándolo hacia la superficie. El reflejo de los cristales laterales le devolvió una silueta… pero juraría que no era la suya.
No se atrevió a girar la cabeza.
El aire frío de la noche lo golpeó al salir a la Avinguda Diagonal. Respiró hondo, intentando convencerse de que estaba solo. Pero la certeza seguía quemándole por dentro: alguien —o algo— había subido con él.
***
Jordi llegó a la sede de Kotec Systems, un edificio de cristal y acero que se alzaba como un monolito en plena Diagonal. Las luces blancas de la fachada parecían demasiado frías a esas horas. El vestíbulo estaba casi vacío, salvo por el guardia de seguridad tras el mostrador.
En cuanto lo vio entrar, el hombre se irguió con gesto de alivio, como si hubiera encontrado a alguien que llevaba tiempo buscando.
—¿Usted es el señor Bernardino? ¿Verdad?
Jordi se detuvo en seco, todavía con la sombra del metro persiguiéndole la nuca.
—Sí… —respondió, con voz tensa.
El guardia bajó la voz, inclinándose hacia él con urgencia:
—¡Le hemos estado buscando por todas partes! Se trata de su despacho. Todo está patas arriba… La policía está a punto de llegar. Junto con Weissmann.
El nombre le golpeó como un mazazo en la sien. Weissmann. La sola idea de cruzárselo lo hizo tragar saliva.
El guardia señaló los ascensores al fondo del vestíbulo.
—Lo esperan arriba.
Jordi asintió con un leve movimiento de cabeza y se dirigió hacia allí. Cada paso retumbaba en la soledad de aquel espacio pulcro, de mármol brillante y paredes de cristal. La sensación de ser observado volvió a apoderarse de él. ¿Era la resaca del metro o algo más?
Las puertas del ascensor se abrieron con un sonido seco. Entró. Se cerraron a su espalda con un golpe metálico que le recordó demasiado al tren subterráneo.
El espejo del interior le devolvió su reflejo: desencajado, pálido, con las pupilas dilatadas. Evitó mirarse demasiado tiempo. Apretó el botón de su planta con un dedo tembloroso.
El ascensor arrancó, elevándose con un zumbido grave. Jordi sintió un nudo en el estómago. Afuera lo esperaban respuestas, problemas… y Weissmann.
***
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta 9, Jordi se encontró con la escena que menos deseaba.
El pasillo estaba lleno de voces contenidas y pasos firmes. Frente a la puerta de su despacho, tres agentes de los Mossos d’Esquadra aguardaban. Uno de ellos, un hombre corpulento de mediana edad, avanzó un paso hacia él.
—¿Señor Bernardino? —preguntó con voz grave.
—Sí… —contestó Jordi, inseguro.
—Inspector Luis Fonts —dijo, mostrando la placa antes de guardarla en el bolsillo de su americana arrugada. Detrás de él, dos agentes uniformados observaban todo con ojos inquisitivos.
El aire allí arriba estaba cargado, como si el edificio mismo supiera lo que había ocurrido.
El despacho de Jordi estaba abierto. Desde el pasillo se veía el desastre: papeles esparcidos por el suelo, monitores arrancados de cuajo, cajones volcados. Una sinfonía de cristales rotos y muebles destrozados. Siniestro total.
A un lado, con gesto severo y los brazos cruzados, lo esperaba su jefe: el señor Weissmann. Alto, con el rostro marmóreo, lo miró con frialdad calculada.
—Bernardino —dijo sin alzar la voz, pero cada sílaba sonaba como un látigo—. ¿Ve esto? Su despacho convertido en un vertedero. ¿Se da cuenta de lo que significa? El proyecto Delivery tenía que estar listo el lunes. El lunes, ¿me entiende? Y ahora… —hizo un gesto amplio hacia el caos—, ahora todo esto es humo.
Jordi bajó la cabeza. El temblor en su cuerpo lo delataba.
El inspector Fonts intervino, con tono más neutro pero igual de implacable:
—Señor Bernardino, necesitamos hablar con usted. No solo por lo ocurrido aquí. —Sacó una libreta pequeña y la abrió—. Es sobre una amiga suya.
Jordi levantó la vista de golpe, como si le hubieran clavado una aguja en la nuca.
—¿Una amiga?
Fonts asintió.
—Clara Fernández, ¿la conoce?
El nombre cayó como un cuchillo en el estómago de Jordi. Sintió que el aire se le iba.
—Ella… falleció hace un día. En extrañas circunstancias, durante una sesión fotográfica. —El inspector lo observó atentamente—. Entre sus pertenencias encontramos un cuaderno con varias notas personales. En una de ellas había escrito: “Tengo que llamar a Jordi.”
Un silencio espeso llenó el pasillo.
Jordi sintió que las piernas le temblaban. El eco del metro volvió a golpearle la memoria: la figura al final del vagón, la voz quebrada, los ojos hundidos… Clara.
Su jefe rompió el silencio con un bufido de rabia:
—¿Se da cuenta de la magnitud de este desastre, Bernardino? ¿Se da cuenta de lo que me está costando contener esto?
Jordi apenas lo escuchaba. La voz de Clara retumbaba dentro de su cabeza.
"Nunca debimos molestarla…”
***
Jordi se dejó caer en uno de los sofás de la sala de espera. El cuero crujió bajo su peso. Estaba en la zona de las cafeteras y los snacks, un rincón iluminado con fluorescentes demasiado blancos, que parecían acentuar todavía más el dolor punzante en su cabeza.
Se llevó una mano a la frente. No sabía qué contestar, ni siquiera por dónde empezar. El aire le resultaba espeso, como si el propio edificio le negara el oxígeno. Necesitaba respirar.
A pocos metros, Weissmann se mantenía de pie, erguido, con los puños apretados. Su sombra se proyectaba alargada en la pared, como si estuviera dispuesto a aplastarlo allí mismo. Su mirada era fría, calculadora, como la de un depredador que espera el momento exacto para dar el zarpazo.
—Bernardino… —empezó con un tono venenoso—. No crea que podrá esconderse detrás de excusas baratas. El proyecto Delivery se hunde, ¿lo comprende? Y usted se hundirá con él.
Jordi apartó la vista, tragando saliva.
Fue entonces cuando el inspector Fonts se interpuso, levantando una mano con calma firme, pero autoritaria.
—Después, señor Weissmann. —Sus ojos se clavaron en los del jefe con una dureza que no admitía réplica—. Ahora tengo unas preguntas para el señor Bernardino.
El silencio se hizo pesado. Los agentes de uniforme, apostados a un lado de la sala, intercambiaron miradas tensas. Weissmann resopló, conteniéndose, y dio un paso atrás.
Fonts se giró hacia Jordi, que todavía parecía hundido en el sofá, más pálido de lo normal. Sacó su libreta y la abrió con un gesto pausado, casi quirúrgico.
—Bien, señor Bernardino… —dijo con voz grave, modulada para sonar tanto comprensiva como amenazante—. Hablemos de Clara.
No había escapatoria.
***
El inspector Fonts se acomodó en la silla frente a Jordi, dejando la libreta cerrada sobre la mesa baja. Se pasó una mano por la cabeza rapada y soltó un suspiro, como si también cargara con su propio cansancio.
—Ya sé cómo son los jefes, Jordi. —Usó el nombre de pila, a propósito—. Weissmann no es distinto a los que he visto mil veces: gente que quiere resultados, números, proyectos en marcha… y si hay que pisar a alguien por el camino, lo hacen sin pestañear.
Jordi levantó la vista, sorprendido por el tono. Fonts le sostuvo la mirada sin agresividad, con un leve gesto de comprensión en los ojos.
—Entiendo que ahora mismo se sienta atrapado —continuó el inspector, apoyando los codos en las rodillas—. Está cansado, lo he notado al verle entrar. Parece que carga con el peso del mundo. Y luego llega su jefe, le suelta cuatro gritos delante de todos, y hala… como si la culpa fuera suya. ¿Verdad que sí?
Jordi tragó saliva, pero no respondió. Fonts lo dejó en silencio unos segundos, como si no tuviera prisa.
—Créame, lo he visto muchas veces. Hombres y mujeres trabajando como mulas, hasta las tantas, para que otro se lleve los aplausos. Y cuando algo sale mal… —hizo un gesto hacia la puerta del despacho destrozado—, el marrón siempre va para el que está más abajo.
Una leve sonrisa irónica se dibujó en su boca.
—Ya sabe… al final siempre hay que encontrar un culpable, ¿no?
***
Jordi permanecía en silencio, hundido en el sofá. No oía del todo lo que pasaba a su alrededor. Su mente iba y venía entre imágenes: Anita riendo bajo las calabazas, el vagón vacío del metro, la silueta de Clara con las arañas cayendo de su boca. Todo se mezclaba con el desastre de su despacho y la voz helada de Weissmann en el pasillo.
El inspector Fonts lo observaba con calma, sin prisas. Sabía reconocer ese tipo de mirada perdida, esa mezcla de miedo y agotamiento.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Mire, Jordi. Vamos a hacer una cosa —dijo en tono bajo, casi confidencial—. No le voy a abrumar con preguntas, ni con informes, ni con procedimientos. Solo quiero una respuesta. Una sola.
Chasqueó los dedos. Uno de los agentes que aguardaba junto a la máquina de café reaccionó al instante y se acercó con un dosier gris bajo el brazo. Fonts lo tomó sin apartar la vista de Jordi, lo colocó sobre sus rodillas y lo abrió despacio.
Sacó una fotografía y la sostuvo entre los dedos, sin enseñarla aún.
—Aquí dentro —murmuró— hay una imagen. Yo se la voy a mostrar… y usted, señor Bernardino, solo tiene que decirme qué sabe de esto. Nada más.
Jordi lo miraba con expresión cansada, como si quisiera librarse de él lo antes posible.
—Inspector… yo lo único que necesito es hablar con mi jefe. Todo esto…
Fonts habló despacio, con voz grave:
—Esa fotografía fue tomada en el lugar donde… desapareció uno de nuestros hombres. Sin explicación…
Se recostó contra el sofá, cruzando los brazos, y clavó la mirada en Jordi.
—Dígame, señor Bernardino. ¿Qué ocurrió en el Bruc, en el 92?
“ La foto era de una pelota en un escalón"
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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