Bruja Piruja. Capitulo 8. Marc Sánchez. Synkrasis.


Synkrasis 

Todo hilo forma parte del tejido en el gran tapiz del universo.
Desde su nacimiento hasta su transformación, el hilo del destino está trazado con un propósito concreto.

Existe un tejido invisible que enlaza destino, causalidad, azar y sincronía.
Un entramado que no pertenece al mundo tangible, pero del que dependen todos los acontecimientos.
Allí, en esa urdimbre silenciosa, se deciden los encuentros que parecen casuales, los giros improbables y las coincidencias inevitables.

Muchas culturas intuyeron este saber ancestral:
Los griegos lo rozaron a través del Metaxý, el ámbito intermedio donde ocurre el conocimiento liminal.
Los romanos lo nombraron en los fata, los hilos del destino tejidos por las Parcas, que ni siquiera los dioses podían romper.
En los grimorios renacentistas se hablaba de nudos celestes, configuraciones cósmicas precisas que permitían actuar para alterar el curso de los acontecimientos.
Incluso la cábala señala algo similar en el Shefa, el flujo, y en el Tzimtzum, la contracción divina que abre un espacio de acción en medio del todo.

Este saber no consiste en crear coincidencias, sino en verlas antes de que existan.
Ecante no fuerza el destino: lo lee, como si observara un tablero en una dimensión superior, donde universo y destino mueven sus piezas.
Cuando detecta la convergencia perfecta, se inserta en el instante exacto en que el nudo se forma, y allí toma lo que busca: el don.

Las Strix más antiguas llamaban a este conocimiento Synkrasis 
No es azar ni persecución directa.
Es la habilidad prohibida de anticipar el cruce donde todo se decide y cambia. 
Sin que nadie se dé cuenta.

***



Marc Sánchez


Después de aquella noche del 92, Marc nunca volvió a ser el mismo.
Mientras los demás intentaban seguir con sus vidas, él se deslizó hacia la oscuridad como si siempre hubiera estado esperándolo.
Primero fueron pequeños robos, luego asaltos más serios. Su nombre empezó a circular en los informes policiales como una sombra conocida, un fantasma de los callejones que aparecía donde menos se le esperaba.

Años más tarde, en un intento desesperado por aprovechar su talento para lo imposible, la policía le ofreció una salida: integrarse en un equipo especial de rescate de alta montaña en el Pirineo.
Necesitaban a alguien con sus habilidades, su sangre fría y su instinto de supervivencia.
Marc aceptó.
Y, por un tiempo, pareció redimirse.
En aquellas cumbres heladas, encontró un propósito distinto: salvar vidas en lugar de ponerlas en riesgo.

Pero el destino es cruel.
Un mal golpe en la rodilla durante una operación de rescate lo dejó discapacitado de por vida.
De un día para otro, el hombre que desafiaba tormentas y precipicios quedó confinado a una silla de ruedas, obligado a reinventarse en un mundo que nunca le había dado tregua.

En 1996, mientras otros lo daban por acabado, Marc buscó alternativas.
No podía correr, escalar ni colarse por rendijas como antes… pero su mente seguía intacta. Más aguda, incluso.
Dicen que cuando pierdes un sentido, el resto se potencia. En Marc, lo que se agudizó fue su instinto de orientación. No solo en la montaña: en la vida, en los negocios, en los movimientos ajenos. Era como si viera patrones donde otros solo veían números.

Así fue como se reinventó como bróker, apostando en la bolsa por empresas emergentes y sectores que nadie más se atrevía a tocar.
Al principio, fue un juego de supervivencia. Luego, una obsesión. Y, finalmente, un imperio.

De sus aciertos nació UMBLA Security, una de las compañías de seguros de vida más importantes de Barcelona.
Marc utilizó su talento natural para anticiparse al desastre, para detectar fallos, rutas de escape y oportunidades.
Su olfato para el riesgo era tan certero como lo había sido su instinto en las calles.
No necesitaba caminar para moverse en el tablero.
Se convirtió en un jugador silencioso, peligroso… y respetado.

***
Strix. Programa inteligente 

📰 1. Noticia — Kotec Sistemes vende “Strix”

Barcelona. — La empresa tecnológica Kotec Sistemes, con sede en la Avinguda Diagonal, ha anunciado la venta de uno de sus activos más importantes: un software de inteligencia avanzada rebautizado como “Strix”, a un consorcio internacional cuya identidad no ha sido revelada oficialmente.

La operación se produce en medio de una profunda crisis económica para la compañía, tras el fracaso del ambicioso Proyecto Dellivery, presentado en su momento como una de las grandes apuestas tecnológicas de finales de los noventa.
Fuentes del mercado bursátil confirman que las acciones de Kotec han caído más de un 60 % en apenas tres semanas, arrastrando a varios inversores institucionales y provocando un efecto dominó en el sector tecnológico catalán.

Según fuentes cercanas a la dirección, el presidente de la compañía, Albert kurt Weissmann, habría negociado la venta de Strix de forma acelerada con el objetivo de recuperar parte del capital perdido.
El software, descrito por expertos como “una plataforma de sincronización biométrica y generación holográfica adelantada a su tiempo”, se habría vendido a través de intermediarios financieros, en una operación valorada en varios miles de millones de pesetas.

***
📰 2. Reacciones y sospechas

La noticia ha causado sorpresa entre analistas del sector, especialmente por el carácter reservado de la transacción.
Algunas voces críticas han señalado la falta de transparencia y han cuestionado la legalidad de la operación, ya que el software estaría parcialmente basado en desarrollos internos que aún no han sido patentados a nivel europeo.

Mientras tanto, Kotec Sistemes guarda silencio sobre la reciente muerte de Jordi Bernardino, uno de sus principales ingenieros vinculados al desarrollo original de la tecnología que daría origen a Strix.
Bernardino falleció el pasado lunes en circunstancias que aún están siendo investigadas por los Mossos d’Esquadra.

***


⚰️ 3. Funeral — Cementerio de Montjuïc (Barcelona)


EXT. CEMENTERIO DE MONTJUÏC – TARDE
La llovizna cae como un velo constante. Los paraguas negros parecen flotar entre lápidas oscuras. El cielo, de un gris plomizo, pesa sobre el lugar con un silencio espeso, casi mineral.

El entierro de JORDI BERNARDINO ha terminado. Los asistentes se dispersan entre charcos y tumbas, envueltos en murmullos apagados.

A un lado, apartado de todos, MARC SÁNCHEZ, en su silla de ruedas, observa la tumba abierta. Lleva un impermeable oscuro que se le pega al cuerpo como una segunda piel. No habla. No busca compañía. Su mirada es la de alguien que ve la escena desde fuera, como un extraño en su propia vida.

Unas pisadas firmes se aproximan, abriéndose paso entre el barro húmedo. Frente a él, una figura se detiene. Saca una placa con un gesto escueto.

INSPECTOR FONTS
(voz grave, directa)
— Marc Sánchez. Inspector Lluís Fonts, Mossos d’Esquadra. Necesito hablar contigo… ahora.

MARC
(alza la mirada, cansado, con fastidio contenido)
— Ya hablé con vosotros por teléfono.
(mira de reojo la tumba)
No es momento, inspector. Estoy en el funeral de mi amigo.

Un silencio prolongado.
La lluvia golpea el paraguas de Fonts y el impermeable de Marc con un ritmo hipnótico. Fonts no se aparta. No baja la mirada. Espera.

Cuando habla de nuevo, su tono cambia: se vuelve narrativo, casi íntimo, como si estuviera contando un secreto en mitad del cementerio.

***
INSPECTOR FONTS
(voz grave, directa)
— Marc Sánchez. Inspector Lluís Fonts, Mossos d’Esquadra. Necesito hablar contigo… ahora.

MARC
(alza la mirada, cansado, con fastidio contenido)
— Ya hablé con vosotros por teléfono.
(mira de reojo la tumba)
No es momento, inspector. Estoy en el funeral de mi amigo.

Un silencio prolongado.
La lluvia golpea el paraguas de Fonts y el impermeable de Marc con un ritmo hipnótico. Fonts no se aparta. No baja la mirada. Espera.

Cuando habla de nuevo, su tono cambia: se vuelve narrativo, casi íntimo, como si estuviera contando un secreto en mitad del cementerio.

INSPECTOR FONTS
— Sé lo que sientes. Te entiendo…
De crío, mis padres me llevaban a un pueblo perdido de Ávila… San Esteban del Valle.
Nada de piscinas. Ni tiendas. Ni cine.
Solo trigo, cabras y aburrimiento.

(sonríe de lado, seco, sin alegría)
— Y, sin embargo, fueron los mejores veranos de mi vida.
No había líderes, ni mandones.
Solo éramos un puñado de chavales buscando cualquier excusa para sentirnos vivos.

MARC
(incomodo, arquea una ceja)
— Inspector… no entiendo qué tiene que ver esto con el funeral de Jordi.

Fonts se agacha hasta quedar a su altura. Lo mira fijo. No hay dureza en sus ojos, pero tampoco salida.


INSPECTOR FONTS
(voz baja, sin apartar la mirada)
— Los tres de siempre decidimos escondernos en “el bosque encantado”.
Así lo llamábamos… aunque no tenía nada de mágico.
El nombre venía por el color de la tierra: un tono claro, casi dorado, que ardía bajo los pies cuando íbamos descalzos.
Nuestros padres nos lo tenían prohibido: “No vayáis allí. De día es peligroso… y de noche, mucho más”.

(una breve pausa, como si viera el lugar en su memoria)
— Lo decían porque allí, hacía décadas, se revolvía la cal con la arena.
La cantera había funcionado en los años treinta, hasta que la Guerra Civil lo detuvo todo.
Con el tiempo, el sitio se cubrió de arbustos y árboles retorcidos; no eran grandes, pero bastaban para crear sombras, pasadizos, escondites.
Para nosotros, aquello era un bosque encantado… nuestro territorio secreto

INSPECTOR FONTS
(continúa, con una media sonrisa seca)
— Aquel sitio era nuestro guateque privado.
Allí bebíamos, fumábamos… y nos creíamos invisibles.
Cosas de chavales.

(una breve risa apagada)
— Recuerdo haber bebido tanto que vomité más de una vez en el claro de al lado.
Era un lugar raro… un círculo perfectamente liso, sin piedras ni ramas.
Allí tirábamos las botellas vacías y nos quedábamos mirando cómo se hundían, despacio, tragadas por la tierra como si fuera una boca.

(una sombra cruza su mirada)
— Esteban colocó una rama gruesa entre las piedras, a modo de señal.
Para que no olvidáramos que esa parte era peligrosa.

INSPECTOR FONTS
(continúa, con la mirada fija en un punto que ya no está en el cementerio, sino en el pasado)
— Recuerdo las linternas encendiéndose una tras otra.
Las puertas abriéndose de golpe.
La gente salía en pijama, con mantas sobre los hombros… y esa cara entre el susto y el sueño roto.

(la lluvia cae más fuerte; su voz se vuelve más baja)
— Las madres llamaban su nombre como si al repetirlo pudieran traerlo de vuelta.
“¡Carlitos!”… una y otra vez, rebotando entre las casas, perdiéndose en el campo oscuro.
Nadie entendía cómo había podido desaparecer tan rápido.

(una breve pausa, respira hondo)
— Cogimos faroles, linternas, cualquier cosa que alumbrara.
Fuimos hacia el bosque encantado, claro… todos sabíamos que si Carlitos había querido seguirnos alguna vez, ese sería el lugar.
La niebla se arrastraba por el suelo como una manta sucia.
El aire olía a cal húmeda y a tierra removida.

(la voz se tensa, casi imperceptiblemente)
— Caminábamos despacio, con cuidado de no pisar la zona blanda.
Las ramas crujían. Los perros ladraban a lo lejos.
Cada sombra parecía moverse.
Y en mitad de todo ese ruido… lo único que no se oía era a Carlitos.


INSPECTOR FONTS
(la voz se vuelve más contenida, como si caminara sobre el recuerdo)
— Seguimos buscando hasta que la noche se volvió densa… como si el bosque nos tragara también a nosotros.
Pasaban los minutos, y no había ni rastro de Carlitos.
Solo la lluvia, el barro… y esa sensación asquerosa de que algo no encajaba.

Marc, que hasta ahora había mantenido la mirada en la tumba, alza lentamente los ojos.
Al principio es solo curiosidad… pero poco a poco su gesto cambia.
Sus cejas se fruncen. Su respiración se aquieta.
Está escuchando de verdad.

INSPECTOR FONTS
— A eso de las cinco de la mañana… se hizo el silencio.
Un silencio real. De esos que pesan en los oídos.
Las madres dejaron de gritar. Los perros callaron.
Ni el viento se movía.

(una pausa larga; la mirada perdida en el pasado)
— Natalia fue la primera en encontrarlo.
O, mejor dicho… en encontrar algo.
Una de sus zapatillas, cubierta de barro, justo al borde del claro.
Allí donde tirábamos las botellas y mirábamos cómo se hundían.

Marc se endereza ligeramente en la silla, sin darse cuenta.
Su atención ya no es defensiva. Es la de alguien que, por un instante, olvida el presente.

INSPECTOR FONTS
(la voz se endurece, casi un susurro)
— Los mayores nos apartaron. Formaron un cordón improvisado con faroles y linternas.
Todos sabían lo que significaba encontrar esa zapatilla ahí.
Entraron con cuerdas y palas…
Pero la cal húmeda no perdona.
Cuando cede, se traga todo.
Y cuando se endurece, es como si el suelo se cerrara por encima de ti.

(una respiración honda; la mirada se clava en Marc)
— Al amanecer… lo sacaron.
Cubierto de una costra blanca.
Frío. Rígido.
Como una estatua rota.

Marc parpadea lentamente. No dice nada, pero su mandíbula se tensa.
El cementerio parece haberse quedado sin sonido, salvo la lluvia.

INSPECTOR FONTS
(voz baja, seca)
— No hubo gritos. No hubo escenas.
Solo un silencio largo… como si el pueblo entero respirara por última vez.

***
Fonts deja que el recuerdo repose unos segundos. La lluvia cae más fuerte, como si subrayara el silencio.
Marc sigue mirándolo fijamente, sin pestañear, como si aún estuviera en aquel bosque que no ha visto jamás.

INSPECTOR FONTS
(inhala lentamente, como si soltara un nudo viejo)
— Después de aquello… nada volvió a ser igual.
Ni los veranos. Ni el pueblo.
Nos mirábamos distinto.
Como si todos lleváramos una parte de esa cal pegada por dentro.

(una leve sonrisa amarga)
— Pero entre nosotros, los que estuvimos allí aquella noche… pasó algo.
Un pacto. No de palabras grandes… sino de estar.
De hablarnos entre nosotros cuando nadie más lo hacía.
Nos contábamos lo que sentíamos, sin filtros.
Nos desahogábamos juntos.
Apoyábamos a Juan en todo momento… era su hermano. No podíamos dejarle solo.

(una pausa breve; la voz se vuelve más íntima)
— Durante años nos escribimos cartas, nos llamábamos cada noche, buscábamos cualquier excusa para no separarnos demasiado.
Y aún hoy… seguimos en contacto.
De vez en cuando volvemos a hablar de aquello.
Porque hay heridas que no cierran nunca.
Solo aprendes a convivir con ellas.


Marc se recuesta un poco hacia atrás, incómodo. Empieza a intuir a dónde va esto. Fonts lo nota… y no le da escapatoria.

INSPECTOR FONTS
(voz más firme, dando un paso adelante)
— Por eso, Marc… no lo entiendo.
(sonríe, con ironía amarga)
Lo intento, de verdad… pero no lo entiendo.
¿En serio?
Durante cinco putos años… ¡joder!
Ni una llamada.
Ni un reencuentro.
Ni una puta… ¡palabra!

Fonts se inclina ligeramente, clavando la mirada en Marc.
La voz ya no es nostálgica: es un cuchillo envuelto en terciopelo mojado.

INSPECTOR FONTS
(baja la voz, con dureza seca)
— Tú eras el jodido líder, Marc.

(una pausa densa; las miradas quedan suspendidas en el aire)

— ¿Qué coño pasó en esa puta casa?

Marc no responde. Sus labios se aprietan.
La lluvia golpea su capucha y el paraguas del inspector con un ritmo irregular, como un corazón descompasado.
Luego, lentamente, respira hondo.

MARC
(cierra los ojos un segundo, luego los abre)
— Te lo contaré…(una breve pausa)... Fue en el verano del 92….


1992


MARC
— La masía está en Montserrat Parc, ¿sabe dónde?
Por la parte de atrás de la montaña, en El Bruc.
En un cruce.
Si tiras por un lado vas a Manresa, por el otro subes al monasterio.
Es una masía muy antigua… principios de 1900, más o menos.
Pertenecía a la familia Bonesvalls.
Lleva décadas abandonada. Muy dejada.
Pero aún está en pie.

(una pausa breve, lo observa para ver si sigue el hilo)

— Allí no ha pasado nunca nada raro.
No es una casa maldita ni nada por el estilo.
Lo único que hay es una leyenda tonta: la llaman “la casa de la bruja Piruja”.
Ya sabe… historias que se inventan los críos para asustarse entre ellos.
Alguna pareja aparca allí por las noches para montárselo en el coche, pero nada más.
Dicen que dentro aún quedan muebles antiguos, como si el tiempo se hubiese detenido.
Pero los que han entrado… nunca les ha pasado nada.

(una breve pausa; su tono cambia ligeramente, más serio)

— Inspector… ¿alguna vez se ha drogado?
No me mire así. Me refiero a esa sensación… cuando estás colocado, cuando el aire se vuelve espeso, los sonidos se amortiguan, y parece que el mundo va a otra velocidad.
Porque eso… eso fue exactamente lo que sentí la primera vez que me acerqué a esa masía.

(la mirada se endurece)
— No había bebido. No había fumado. Nada.
Pero, de repente, el camino se alargó, los colores se intensificaron y, al mismo tiempo, todo sonaba lejos.
Era como si estuviéramos allí… y no al mismo tiempo.
Y no era solo yo.
Todos sentimos lo mismo.

INSPECTOR FONTS
(asintiendo lentamente)
— Sí… sé lo que quieres decir.
Yo también he estado allí.
Y es cierto… el terreno hace pendiente, hacia abajo.
Para llegar a la masía hay que caminar cuesta abajo, no subir.

Marc gira la cabeza hacia él, sorprendido. Sus ojos se clavan en los del inspector.

MARC
— Exacto.
(una breve pausa, con intensidad contenida)
Pues imagínese, inspector… que en lugar de bajar, siente que está subiendo una loma empinada.
Como si cada paso pesara el doble.
Eso fue lo que sentimos todos.



(Fonts se queda unos segundos en silencio. En su rostro se dibuja una mezcla de extrañeza y reconocimiento. Recuerda los archivos de los interrogatorios de hace cinco años: todos los niños habían descrito exactamente lo mismo — “subir una loma”.)


MARC
— Íbamos caminando hacia la masía… jugando un poco entre nosotros, como críos.
Teníamos una pelota de esas de una serie famosa de la época.
Nos la íbamos pasando, pero… cada vez costaba más.
Como si los brazos pesaran, como si los pies se hundieran en una pendiente invisible.
La sensación era cada vez más rara.
No hacía falta hablarlo. Todos lo sentíamos.

(una breve pausa; recuerda con precisión)
— Xavi se la lanzó a Jordi… y Jordi no la cogió.
La pelota se coló dentro de la masía.
Estábamos justo en la entrada, a punto de anochecer.
Xavi dijo que iba a por ella y entró.
Al principio no le dimos importancia…
Pero tardó.
Y cuanto más tardaba, más nerviosos nos poníamos.
Núria empezó a llamarlo desde fuera.

(su tono baja, evocando la imagen)
— Y entonces… la pelota salió.
Rodando despacio.
Bajó un escalón. Luego otro.
Y en el tercero… se quedó clavada en la arista. Quietísima.
Como si alguien… la hubiera parado.

(una pausa densa)
— Nos miramos. Nadie dijo nada.
Pero todos supimos que algo acababa de ocurrir.

MARC
— Las chicas fueron las primeras en reaccionar.
Núria se tapó la boca con las manos… tenía los ojos abiertos de par en par, a punto de llorar.
Carla dio unos pasos hacia atrás, como si el suelo quemara.
Marta le agarró del brazo con fuerza, casi tirando de ella.
— Vámonos, vámonos… — decía en voz baja, temblando.

(una breve pausa; su mirada se vuelve más intensa)
— Jordi también retrocedió. Tenía miedo. Se le notaba.
Pero yo… me quedé allí.
No sé si era miedo, o rabia… o las dos cosas.
Solo sé que no entendía nada.
Y no podía apartar la mirada de esa pelota, clavada como si alguien la sujetara.

(una respiración honda, recordando el instante)
— Había una azada allí, apoyada junto a la pared.
La cogí.
Y le di un golpe seco a la pelota.

(en ese momento baja la voz)
— Jordi me agarró del brazo, como queriendo frenarme.
Y justo entonces… vi cómo de la pelota salía un hilo fino de sangre.
Del centro.
Deslizándose despacio por la arista del escalón.

(una pausa densa)
— Nos quedamos todos… en silencio.
Sin saber si correr… o ni siquiera movernos.

MARC
(gesticula con las manos, como si intentara hacerle visualizar la escena)
— Imagínelo, inspector…
Una pelota tirada desde lo alto de unas escaleras interiores.
Bota una, dos veces…
Y por pura gravedad, sigue avanzando.
Siempre.
No hay misterio en eso.
Una pelota no se detiene a mitad de camino.
Lo único que puede pararla es algo físico.
Un pie. Un obstáculo. Una pared invisible.

(una breve pausa; su mirada se endurece)
— Pero allí… no había nada.
Nada que pudiera frenarla.
Y, sin embargo, la pelota se quedó clavada en la arista del tercer escalón.
Perfectamente inmóvil.
Como si alguien… la hubiera sostenido con dos dedos.

(una respiración contenida)
— Créame… aquello no tenía nada de normal.
Y en el momento en que se quedó quieta…

MARC
— En ese momento… todos echamos a correr.
Pero claro… el camino hacía pendiente hacia abajo.
Y nosotros corríamos… cuesta arriba.
O al menos, así lo sentíamos.
Cada paso pesaba como plomo.
Y cuanto más corríamos… más se alargaba el espacio.
Como si la salida nunca llegara.
Como si el camino se estirara bajo nuestros pies.

(una pausa breve; su voz se vuelve más tensa)
— Fue entonces cuando… algo se rompió en el grupo.
Núria empezó a gritar, a llorar como una loca.
Se arrodilló allí mismo, en mitad del camino, incapaz de seguir.
Marta trataba de levantarla, tirando de ella…
— Vámonos, vámonos de aquí — repetía sin parar.
Jordi, mientras tanto, gritaba hacia la casa.
— ¡Xavi! ¡Sal de ahí de una vez!
— ¡Xavi, estás ahí! ¡Sal!

(una breve pausa, bajando el tono)
— Y yo… yo no sabía qué hacer.
No podía moverme.
No podía pensar.

(ahora mira al inspector, con una mezcla de vacío y confusión)
— Y ahí… ahí es donde…
(una pausa larga)
No me acuerdo.

INSPECTOR FONTS
— ¿Qué sentiste cuando golpeaste la pelota?

MARC
(una pausa; baja la voz)
— Como si le hubiera dado a… una calabaza madura.
Al principio notas la superficie dura, firme…
Y luego, en el segundo exacto del impacto, algo cede por dentro.
No rebota. No se hunde del todo.
Solo sientes esa resistencia blanda, como si lo duro se quebrara y lo blando estuviera esperando debajo….

…Un hilo de sangre se deslizó por la pelota.
Bajó lentamente, dibujando un aro perfecto en el suelo, justo en el punto donde estaba apoyada.

INSPECTOR FONTS
(se incorpora un poco, cortante)
— Un momento… ¿me estás diciendo que dentro había sangre?

(Fonts se queda en silencio unos segundos. La mirada se le vacía por dentro. Un recuerdo regresa, nítido.)

FLASHBACK — 1997, MASÍA BONESVALLS
La noche estaba húmeda y los focos policiales bañaban la fachada desconchada.
La pelota de Expediente X reposaba en el borde del escalón, perfectamente equilibrada, como si el tiempo la hubiese dejado suspendida.
Fonts masticaba un chicle, mirando el peldaño vacío después de que la embolsaran.
No había huellas, ni polvo movido, ni fibras.
Nada.
Solo un círculo oscuro allí donde la pelota había estado apoyada.

Sin avisar a nadie, Fonts sacó un cuchillo y raspó la madera con precisión, guardando la muestra como si fuese oro.
No creía en fantasmas.
Pero aquello… aquello no era normal.

REGRESO AL PRESENTE — CEMENTERIO
Fonts se queda mirando a Marc con una mezcla de sorpresa y escalofrío.
No le interrumpe. Lo deja seguir.

MARC
— Las chicas lloraban. Gritaban. Yo intentaba calmarlas mientras discutíamos si entrar o no en la casa.
Y entonces…
(una pausa breve; su voz baja, tensa)

— …el polvo del suelo se movía.
(Fonts siente un nudo en la garganta. Recuerda el informe de laboratorio: 3.000 años, cromosomas XX, la pelota desaparecida del almacén. Y ahora Marc le está contando exactamente lo mismo que él vio cinco años después. No solo eso: Lluís, el inspector, se da cuenta de que si el polvo se movía… eso significaba que debajo había una estancia.)

INSPECTOR FONTS
(se endereza, con súbita atención técnica)
— Espera un momento, Marc.
Has dicho que… el polvo se movía.

(se acerca un poco, serio)
— ¿Cómo exactamente?
¿Era por el aire? ¿Por vuestros pasos?
¿O parecía que venía… de abajo?

MARC
(frunce el ceño, intentando recordar)
— No… no era por nosotros.
No estábamos moviéndonos.
Era como si…
(gesticula con las manos, buscando la imagen)
Como si algo respirara debajo del suelo.
El polvo se levantaba… en ondas pequeñas, muy finas, casi imperceptibles.
Como cuando pasa un metro por debajo de la acera…
pero allí no había nada.

(Fonts lo observa fijamente. La idea encaja: si el polvo se movía en ondas ascendentes, es porque debajo hay una estancia oculta, una cavidad. El recuerdo de la masía y la pelota de hace cinco años se entrelazan con la confesión de Marc. Algo encaja. Y no le gusta nada.)

(Fonts mira discretamente el reloj. El gesto no es impaciente: es calculado.)

MARC
— Inspector… todavía hay más. Déjeme explicarle…

FONTS
(levantando una mano, cortante pero sin brusquedad)
— Con esto ya es suficiente, Marc. Muchas gracias.
Estaremos en contacto.

MARC
(confuso)
— Pero… inspector, no he terminado.

(Fonts se gira. Lleva el cigarro entre los dedos desde hace rato, jugueteando con él como quien lucha contra un hábito. Suspira. Finalmente, lo enciende. Da una calada lenta. El humo se mezcla con la llovizna.)

FONTS
(con voz baja, firme, casi como si hablara consigo mismo)
— No todo lo que no sabemos explicar son fantasmas.
A veces… los demonios son personas muy reales.
No hay que temer a los muertos, Marc.
Hay que temer a los vivos.

(Se aleja bajo la lluvia, el humo del cigarro siguiéndolo como una sombra.)


***

© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.


















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