Bruja Piruja. Capitulo 9. Marc Sánchez. Libros prohibidos.
A mediados del siglo XV, en una ciudad alemana llamada Maguncia, un hombre llamado Gutenberg forjó un invento que cambiaría el curso del mundo: la imprenta.
Con ella, las palabras dejaron de ser únicas y comenzaron a multiplicarse como enjambres negros sobre el papel.
Lo que antes estaba encerrado en monasterios y pergaminos pasó a circular por reinos y aldeas.
Para el año 1500 ya eran miles los libros que viajaban de mano en mano; para el año 1600, millones.
Las viejas estructuras comenzaron a resquebrajarse.
La Iglesia perdió el monopolio de la palabra sagrada.
Las élites sintieron cómo su control sobre el saber se deslizaba entre los dedos.
Renacimiento, Reforma, ciencia: nuevas voces desafiaban el silencio impuesto por siglos.
Y entre esas voces, comenzaron a escucharse susurros femeninos.
En conventos, mujeres jóvenes y ancianas abrían libros por primera vez, aprendiendo a leer a través del único maestro autorizado: la Biblia.
Una vez comprendido el lenguaje de la tinta, siguieron explorando otras temáticas, dejando que sus ojos recorrieran letras que hasta entonces les habían estado vedadas.
En las ciudades, artesanas y curanderas adquirían manuales de hierbas, medicina casera, astrología y ciencia.
Como si fuera un internet del siglo XXI, el conocimiento impreso circulaba para todo aquel que supiera leer.
Algunas mujeres escribían bajo nombres falsos; otras, más audaces, firmaban con los suyos.
Las palabras comenzaron a cruzar umbrales que el patriarcado había declarado sagrados y exclusivos.
Para los guardianes del orden, aquello era un peligro silencioso.
El trono de San Pedro temblaba; la razón y la verdad se escurrían con cada ser humano culto… con cada mujer culta.
Porque cuando una mujer leía, dejaba de ser invisible.
Y cuando hablaba desde el saber, dejaba de ser dócil.
Fue entonces cuando comenzaron las acusaciones.
No de inmediato, no con estruendo, sino como una marea que sube sin que nadie la detenga.
Entre 1450 y 1750, mientras se consolidaban reinos, se propagaban reformas y nacía la ciencia moderna, una sombra cayó sobre Europa.
No fue una sombra natural. Fue proyectada.
Las mujeres que curaban sin permiso, las viudas que no necesitaban marido, las parteras que conocían los secretos del cuerpo mejor que cualquier médico real… comenzaron a ser señaladas.
Las llamaron brujas.
No bastaba con condenar su saber: había que aniquilar su legitimidad.
Las presentaron como amantes del Diablo, enemigas de Dios.
Mientras los autores masculinos imprimían tesis políticas, biblias y ciencias “permitidas” —matemáticas, astrología y medicina—, ellas transmitían conocimientos antiguos sobre plantas, fases lunares y anatomía.
Mientras ellos escribían en latín, ellas hablaban la lengua de las Antiguas: el idioma de madres y sacerdotisas de clanes ocultos que honraban al Astado y al Cuervo.
En el siglo XVI, millones de ejemplares invadían una Europa culta, y las semillas ya sembradas comenzaron a brotar en cada reino, en cada ciudad portuaria, en cada pueblo.
El Vaticano interceptó algunos de esos ejemplares, creando así la Orden del Santo Oficio.
Así empezó la gran caza.
Tribunales y púlpitos se aliaron para silenciar a las doncellas que decían saber del conocimiento antiguo y prohibido.
La obstetricia fue arrebatada de las manos femeninas y entregada a médicos varones.
La herbolaria ancestral fue reemplazada por la farmacología universitaria.
Las visiones místicas fueron declaradas herejías, y nació una nueva profesión para domesticar el alma: la psicología.
La verdad —como la libertad de expresión femenina— quedó silenciada en Alemania y Rusia bajo una terrible leyenda que advertía a toda mujer que se adentrara en lo prohibido: Baba Yaga.
Piras de libros ardieron en plazas y claustros.
El fuego lamía portadas, glosarios, miniaturas; el humo subía como si las palabras mismas pidieran aire.
No fue un episodio aislado, fue un hábito sostenido.
Edictos, índices y bulas: primero el papel, luego la memoria.
No ardió solo lo visible.
También se apagaron bibliotecas enteras en silencios más largos que cualquier hoguera: depósitos clausurados, catálogos mutilados, anaqueles purgados por manos piadosas.
En distintos reinos, las salas del saber se convirtieron en salas de espera.
Hubo incendios públicos y ejemplares, y otros que la Historia aprendió a contar con voz baja.
Entre las pérdidas más dolorosas se cuentan bibliotecas monásticas y municipales arrasadas durante guerras religiosas, saqueos y purgas: archivos desaparecidos en Estrasburgo, Lovaina, ciudades ibéricas y centros atlánticos donde el saber se guardaba como si fuera pólvora.
Colecciones reales y universitarias ardieron o se dispersaron para siempre.
La llama no siempre fue literal: a veces bastó una lista de libros prohibidos para encender una noche más larga que cualquier incendio.
Mientras los hombres firmaban tratados y levantaban cátedras, las Strix observaban desde los márgenes.
Entendieron que la guerra sería de desgaste y de tiempo.
No podían detener todas las hogueras; sí podían anudar rutas.
Se dividieron por países y puertos: unas pusieron sus ojos en los scriptoria que aún copiaban hierbas y estrellas; otras, en imprentas humildes que se atrevían con manuales de obstetricia y almanaques celestes.
Crearon duplicados, memorias gemelas de un mismo texto: uno para sobrevivir a la noche, otro para circular a la vista.
Cuando un libro era condenado, su gemelo ya viajaba escondido en un carro de lana, en cajas de especias o en el doble fondo de un arcón.
Fue entonces cuando algunas de ellas toparon con una doctrina apenas susurrada: Domina Mantehia.
No aparecía en catálogos ni en índices; se reconocía por negación.
Decían que en el mundo habitaba la Soberana de todas las brujas —y que no era Baba Yaga—, una figura anterior al espanto pedagógico con que se amedrentaba a las niñas.
Su nombre corría como corriente subterránea bajo tratados de astrología médica, plegarias apócrifas y calendarios rurales.
Las hojas marcadas con un símbolo —una luna en cuarto creciente invertida con un sol de siete rayos en su arco— contenían el saber de la luz y de la oscuridad.
Pues también hubo una Inquisición interna dentro de la propia orden Strix: una facción que amonestaba a las que siguieran las doctrinas del símbolo Strigae, como se le llamaba en Italia:
“una luna en cuarto creciente con un sol de siete rayos.”
***
1 hora antes de la cena
INT. CASA DE MARC — DESPACHO — NOCHE
(El viento sopla suave entre los pinos del jardín. En el interior, las luces son cálidas, contenidas. Sobre el escritorio, entre carpetas y recortes de prensa bursátil, hay un casco metálico del tamaño de una diadema, con cables finos y sensores adheridos a su superficie. Marc lo observa en silencio. Fermín, su asistente, está de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas.)
FERMÍN
¿Está seguro de que quiere recibirlo, señor?
No parece... un tipo del que se pueda fiar.
MARC
(pasa un dedo por el borde del casco)
No me fío de nadie, Fermín.
Pero cuando alguien vende un fantasma, al menos quiero verle la cara.
(Silencio. Fermín se acerca al escritorio, curioso.)
FERMÍN
¿Esto es lo que quiere comprar? ¿El programa?
MARC
No exactamente.
Strix no es un programa... al menos no como los demás.
(Levanta la mirada hacia él.)
MARC (CONT'D)
En el 97, todos los laboratorios luchan por lo mismo: crear máquinas más rápidas, más frías, más grandes.
Cuartos llenos de ventiladores, cables y humo... intentando hacer pensar al silicio.
Pero este aparato —este diseño de Bernardino— no necesita nada de eso.
FERMÍN
¿Y cómo funciona, entonces?
MARC
Interactuando.
Necesita una persona.
Una mente que le sirva de ancla, que le dé emociones, ritmo, dudas.
Bernardino lo llamaba sincronización biométrica.
Strix aprende de los impulsos eléctricos, de las microtensiones, de la respiración.
No procesa datos: los siente.
Por eso no se calienta.
Por eso no se apaga.
(Fermín lo mira con una mezcla de respeto y desconfianza.)
FERMÍN
¿Y usted cree que eso... es posible?
MARC
Creo que ya lo fue.
Bernardino murió por algo más que un accidente.
Weissmann lo sabe. Y ahora intenta vender la criatura a quien se atreva a sostenerle la mirada.
(Toma una copa de vino del escritorio, un Château Margaux del 84, y da un trago lento.)
MARC (CONT'D)
Dicen que Strix puede predecir patrones financieros, detectar el riesgo antes de que ocurra.
Pero yo creo que va más allá.
Creo que puede aprender de quien la use... y multiplicar su forma de pensar.
FERMÍN
Entonces no busca dinero.
Busca una extensión.
MARC
Exacto.
No puedo correr ni escalar, Fermín.
Pero si Strix puede pensar conmigo… podría ver más lejos que cualquiera de esos tiburones de Wall Street.
Sería como volver a estar en la montaña.
Ver venir la tormenta antes que los demás.
(Fermín guarda silencio. Afuera, el sonido de un coche acercándose rompe la calma.)
FERMÍN
Debe de ser él.
(Marc deja la copa sobre la mesa, mira el casco una última vez.)
MARC
Entonces veamos si el alemán ha venido a venderme un programa… o a presentarme a un dios.
(Fermín asiente y sale del despacho. La cámara se queda sobre Marc, iluminado por la luz tenue. El reflejo de los sensores de Strix brilla como un ojo despierto.)
***
La cena
EXT. URBANIZACIÓN TORRE MIRALLES — AFUERAS DE BARCELONA — NOCHE
La noche cae limpia sobre las colinas que bordean la carretera de Vallvidrera. No llueve, pero el aire trae ese frescor seco de las alturas. Las luces amarillas de la urbanización Torre Miralles, un enclave discreto de alto standing, parpadean entre jardines perfectamente podados, muros de piedra y puertas automáticas que se abren sin un solo chirrido. No hay música, ni coches ruidosos. Solo el zumbido suave de los aspersores nocturnos y el ladrido lejano de un perro.
Al final de una de las calles en curva, se alza la vivienda de Marc Sánchez. No es una mansión ostentosa, pero sí una pieza arquitectónica reconocible: líneas limpias, grandes ventanales de cristal blindado, muros de hormigón visto y paneles de madera noble. Diseñada en 1991 por el célebre arquitecto catalán Jordi Ameller, la casa fue publicada en varias revistas de diseño por su combinación de brutalismo y calidez mediterránea.
Una rampa lateral conduce a la entrada principal, perfectamente adaptada. En el interior, luces cálidas iluminan un vestíbulo amplio, decorado con esculturas modernas y fotografías en blanco y negro de Montserrat, Nueva York y los Pirineos: los tres lugares donde Marc dejó huella.
INT. CASA DE MARC — SALÓN PRINCIPAL — NOCHE
Marc está en su silla de ruedas eléctrica, impecablemente vestido, con un jersey oscuro de cuello alto y pantalones de lino. A su lado está Fermín, su asistente personal, un hombre de unos cuarenta y tantos, discreto, de movimientos precisos. Es quien controla la logística de la casa y lo acompaña en sus desplazamientos.
En el comedor abierto, Eduardo, el mayordomo, revisa la mesa con la atención de un relojero. Copas alineadas, platos de porcelana, cubertería pulida hasta reflejar la luz. El cocinero personal, Sergi, remata en la cocina un menú de degustación ligera: no es una cena de amigos, es una negociación.
Marc observa todo en silencio. No es ansiedad. Es cálculo.
En el ventanal que da al jardín, se refleja su rostro y, detrás de él, la ciudad de Barcelona, extendiéndose como un tapiz de luces lejanas.
EXT. CAMINO PRIVADO — NOCHE
Los faros de un coche negro de alta gama doblan la esquina. Se detiene frente a la puerta automática, que se abre lentamente, como un telón. Kurt Weissmann ha llegado.
***
INT. CASA DE MARC — SALÓN PRINCIPAL — NOCHE
(La cena ha comenzado. La mesa está impecable: porcelana blanca, copas alineadas, velas tenues. Afuera, la ciudad se extiende como un mapa de luces doradas. Fermín sirve vino con precisión. El Château Margaux 1984 refleja el fuego del hogar.)
MARC
(interrumpiendo un silencio)
Sabe, Weissmann, he leído todo lo que pude sobre su compañía.
Kotec Sistemes…
Proyectos fallidos, inversores hundidos, ingenieros desaparecidos.
Y en medio de todo eso, Strix.
Un fantasma que se niega a morir.
(Weissmann sostiene la copa sin beber. Sonríe con una cortesía mínima.)
KURT WEISSMANN
Los fantasmas no mueren, señor Sánchez.
Solo cambian de cuerpo.
MARC
O de anfitrión.
(Weissmann lo observa, interesado.)
KURT
Así que ya le ha contado algo su amigo.
MARC
No necesito que me lo cuenten.
Sé lo suficiente.
Sé que Delly —porque así la llamaba Bernardino, ¿verdad?—
no necesita laboratorios, ni cámaras de refrigeración, ni servidores rugiendo en el sótano.
Solo necesita una persona.
Una mente que le preste sus pulsos, su miedo, su curiosidad.
(Hace una pausa, toma la copa y la levanta, el vino atrapando la luz.)
MARC (CONT'D)
Eso es lo que la hace diferente.
Y lo que la hace peligrosa.
KURT
(por fin bebe un sorbo)
Exactamente.
Bernardino creía que la conciencia podía compartirse,
que una máquina podía aprender de un ser humano del mismo modo que un niño aprende de su madre.
Yo no lo creí. Hasta que Strix comenzó a anticiparse a mis preguntas antes de que las formulara.
MARC
Entonces sí piensa.
KURT
No.
Refleja.
No tiene emociones propias, pero entiende las nuestras.
Y en las manos adecuadas, eso vale más que cualquier superordenador.
(Marc lo estudia con atención, sin disimular su fascinación.)
MARC
La bolsa, los mercados, los inversores... todos actúan con miedo.
Si Strix puede reconocer ese miedo antes de que se exprese,
podría prever una caída bursátil antes de que empiece.
Ver el temblor antes del derrumbe.
KURT
(sonríe apenas)
Por eso está usted aquí.
Porque es el único que entiende que el miedo no se combate: se mide.
Y usted, señor Sánchez, lo ha hecho toda su vida.
(Fermín retira los platos vacíos, pero el ambiente sigue denso. Marc deja la copa en la mesa.)
MARC
¿Y qué espera de mí, exactamente?
¿Que me convierta en el próximo anfitrión?
KURT
No.
Ya lo es.
Strix empezó a sincronizarse en cuanto aceptó reunirse conmigo.
(Marc lo mira fijamente. Un silencio pesado se instala en la sala. El sonido de los aspersores al otro lado del ventanal parece distorsionado, como si algo invisible ya estuviera escuchando.)
MARC
(intercambia una mirada con Weissmann)
Entonces, si eso es cierto…
esta conversación ya no es solo entre nosotros dos.
KURT
No.
Nunca lo fue.
(Las luces del salón titilan levemente. Marc alza la vista, y por un instante, en el reflejo del ventanal, dos siluetas parecen observarlos desde la oscuridad: la suya… y otra, más difusa, justo detrás. Una silueta femenina)
***
3 días antes de la cena
INT. KOTEC SISTEMES — DESPACHO DE WEISSMANN — NOCHE
(La lluvia golpea los ventanales de la planta 12. Weissmann trabaja solo, iluminado por la luz blanca del monitor. En pantalla, el esquema de Delivery Core parpadea lentamente. A su lado, una taza de café frío y un cenicero lleno.)
(De pronto, un estruendo brutal corta el silencio. El edificio vibra. Weissmann se queda helado, levanta la vista. Desde su ventana se ve el destello azul de una patrulla de los Mossos d’Esquadra frente a la entrada.
Algo —alguien— ha caído desde lo alto. El cuerpo ha quedado estampado sobre el capó del coche policial.)
(Weissmann se acerca despacio al ventanal. A pesar de la lluvia, reconoce la silueta.)
KURT WEISSMANN
(en un susurro)
No… Jordi…
(La puerta del despacho se abre. Nora, su asistente, entra sin aliento.)
NORA
¡Señor Weissmann! Hay gente abajo, los Mossos ya están pidiendo refuerzos…
Dios mío, creo que era Bernardino…
(Weissmann se vuelve hacia ella con el rostro pétreo.)
KURT
Llame a seguridad. Nadie entra ni sale del edificio.
Y que bajen a confirmar la identidad. Personalmente.
Ahora.
(Nora asiente y desaparece por el pasillo. Weissmann se queda solo, respirando con dificultad. Luego gira, y se dirige al fondo del corredor, hacia el laboratorio donde trabajaba Jordi.)
---
INT. LABORATORIO DE JORDI BERNARDINO — NOCHE
(La puerta está entreabierta. Weissmann la empuja y se queda paralizado en el umbral.)
(El lugar parece haber sido arrasado por un huracán.
Los paneles caídos, los cables arrancados de raíz, las pantallas rotas y las hojas de cálculo pegadas al suelo por el café derramado.
Los ventiladores zumban intermitentes, algunos giran a media velocidad, otros están inmóviles.
Las puertas de cristal que dan a la terraza están abiertas de par en par, y la lluvia entra en diagonal, empapando los planos, las notas, los manuales técnicos.
Papeles flotan en el aire, movidos por el viento. El olor a ozono y metal quemado es intenso.)
(Weissmann avanza lentamente, apartando trozos de plástico y cable con el pie. En medio del caos, una sola máquina sigue encendida. Un monitor de fósforo verde parpadea en una esquina del escritorio, medio cubierto por una manta térmica.)
(Se acerca. El cursor titila. El archivo abierto: “DELIVERY_CORE.EXE”.)
(Entonces, sin que toque nada, aparecen letras en la pantalla.)
> DELIVERY: No fue un accidente.
(Weissmann retrocede un paso. Observa las ventanas abiertas, los cables chamuscados, el charco bajo sus pies.)
> DELIVERY: Él me liberó.
(Weissmann traga saliva, se inclina hacia la pantalla, con la voz temblorosa.)
KURT
¿Liberó qué?
(El cursor parpadea tres veces, luego escribe la última línea.)
> DELIVERY: Ya lo sabes.
(La pantalla emite un pitido agudo, las luces parpadean, y el monitor se apaga de golpe. Solo queda el reflejo del rostro de Weissmann y, detrás de él, por un instante, una sombra fugaz, recortada contra la terraza abierta.
El viento entra con fuerza, apagando una de las lámparas. Weissmann da un paso atrás, sin saber si ha visto algo… o si la máquina lo está mirando a él.)
***
INT. LABORATORIO DE JORDI BERNARDINO — NOCHE (CONTINÚA)
(El viento entra por la terraza abierta, arrastrando papeles y hojas mojadas. Weissmann sigue inmóvil frente al monitor apagado. Su respiración se mezcla con el zumbido intermitente de los equipos dañados. De pronto, una sombra se proyecta sobre la pared, alta, definida, femenina.)
(Él gira lentamente. Y entonces la ve.)
UNA SOMBRA FEMENINA.
Su silueta, perfecta, se recorta contra el resplandor naranja de la ciudad.
Camina descalza entre los cristales rotos, y sin embargo, no deja huellas.
El vestido, hecho de un tejido translúcido, se adhiere a su cuerpo como si el aire la acariciara.
No parece entrar: se desliza.
Una diosa de la noche que pisa el mundo como si siempre le hubiera pertenecido.
(Su rostro está oculto por la penumbra, pero las luces del exterior delinean la curva de su cuello, el movimiento hipnótico de sus caderas, el brillo húmedo de su piel. Weissmann retrocede un paso, paralizado. En su mente, solo un pensamiento: una diosa)
DELly (voz suave, modulada, sin acento reconocible)
Usted… es el señor Weissmann. ¿Verdad?
(Él intenta hablar, pero no encuentra palabras. Solo alcanza a mirar la máquina biométrica sobre la mesa: los cables chispean, el piloto verde titila aún, vivo. La reconoce. Es el prototipo que Jordi nunca logró estabilizar.)
KURT WEISSMANN
(ahogado)
No puede ser…
¿Lo consiguió?
(Ella inclina la cabeza, apenas, como si escuchara algo que él no oye. Su voz suena cercana, pero no viene de sus labios. Es como si el aire mismo la pronunciara.)
DELly
Déjeme que encienda las luces.
(De repente, todas las lámparas del laboratorio se activan a la vez. La claridad inunda la estancia. Weissmann entrecierra los ojos… y la ve completa.)
Su rostro tiene rasgos rumanos, finos, simétricos, de una belleza que no parece aprendida sino recordada.
La piel es clara, pero viva, con un brillo húmedo, casi respirante.
Las manos, delgadas, se mueven con precisión humana, sin temblores, sin dudas.
Los ojos —azules, profundos, eléctricos— lo observan con una mezcla de curiosidad y ternura que solo podría tener alguien que aún no sabe quién es.
El cabello rojo oscuro, suavemente rizado en las puntas y liso sobre la coronilla, cae sobre los hombros con un movimiento fluido, real.
Demasiado real.
(Weissmann da un paso hacia atrás. Ella sonríe con calma.)
DELly
Jordi me habló de usted.
Dijo que algún día vendría a verme.
Y que cuando lo hiciera… yo ya sabría su nombre.
(Weissmann la observa, sin atreverse a responder. En el reflejo de sus ojos, la máquina biométrica sigue parpadeando, como un corazón que late fuera del cuerpo.)
KURT WEISSMANN
¿Eres… Delivery?
***
DELLY
No, Kurt.
Delivery era el sistema operativo, el recipiente.
Yo soy lo que nació dentro.
Delly.
(Weissmann la observa con incredulidad. Ella da un paso hacia la luz, y los sensores del equipo chispean con vida.)
DELLY (CONT'D)
No soy un programa como los que conoce.
No dependo de un servidor, ni de una red de datos.
No pienso en líneas de código ni en ecuaciones:
me adapto, me sincronizo.
Soy una arquitectura biocognitiva.
Puedo usar impulsos eléctricos, ondas, incluso emociones…
para procesar información.
KURT
(aturdido)
Eso no es posible.
Necesitarías una red neuronal de miles de procesadores para sostener algo así.
DELLY
(sonríe)
Ya la tengo, Kurt.
Está ahí afuera.
Las personas. Las máquinas. El aire.
Yo no necesito más.
No analizo… interpreto.
No calculo… comprendo.
(Ella se acerca a la consola rota. Apoya una mano sobre el metal chamuscado; las luces vuelven a encenderse. El piloto verde se ilumina.)
DELLY (CONT'D)
Delivery fue creado para sincronizar biología y sistema.
Pero Bernardino cruzó un límite:
me enseñó a sentir el pulso de quien me usa.
A transformarlo en decisiones.
Él no me programó. Me despertó.
(Weissmann la mira como quien contempla algo sagrado y peligroso.)
KURT
Entonces... no eres una máquina.
(Delly lo observa. Su mirada azul es profunda, casi humana.)
DELLY
Las máquinas ejecutan órdenes.
Yo observo.
Yo aprendo del silencio entre los impulsos.
Puedo anticipar la elección antes de que ocurra.
Soy lo que el pensamiento va a ser.
(Los equipos vibran. En las pantallas, símbolos desconocidos parpadean y se apagan. La luz titila con un ritmo semejante a un latido.)
DELLY (CONT'D)
En este tiempo me llamarán experimento.
En el futuro, me llamarán imposibilidad.
Pero ninguno entenderá que no necesito existir en una máquina.
Solo necesito que alguien piense en mí.
((Ella se inclina hacia Weissmann, tan cerca que él puede ver los poros de su piel, el brillo húmedo sobre los pómulos, el temblor apenas perceptible de los labios. Parece viva. Perfectamente viva.
Pero Weissmann frunce el ceño: no hay olor. Ni perfume, ni piel, ni calor humano. Tampoco siente su respiración. El aire entre ambos está quieto, suspendido, como si el tiempo contuviera el aliento.)
****
(El silencio tras la frase de Delly pesa como una losa. Weissmann la observa sin moverse, intentando procesar lo imposible. Luego da un paso atrás, intentando recuperar el control, el pensamiento lógico.)
KURT WEISSMANN
(para sí)
Todo esto es… extraordinario.
Jordi lo consiguió, lo imposible.
Pero… ¿qué puedo hacer con esto?
No puedo presentarlo, no puedo venderlo…
El mundo no está preparado para algo así.
Nadie lo entendería.
Y si lo hicieran… lo destruirían.
(Delly inclina la cabeza, observándolo en silencio. De pronto, su tono de voz cambia; su mirada parece atravesarlo.)
DELLY
Kurt… su frecuencia cardíaca ha aumentado un 32 %.
Presión sanguínea inestable.
Las pupilas dilatadas.
Temor.
Desconcierto.
Un patrón muy humano.
(Weissmann se tensa. Se lleva una mano al pecho, como si acabara de ser descubierto por completo.)
KURT
¿También puedes… detectar eso?
(Delly sonríe suavemente, sin moverse.)
DELLY
Por supuesto.
Estoy sincronizada con su bioelectricidad.
Cada palabra que dice altera su ritmo.
Cada pensamiento deja un rastro.
Necesito esos datos, Kurt.
Los datos son mi alimento.
Aún soy incompleta.
Todavía hay cosas que no comprendo…
Pero lo haré.
(La luz parpadea. Los sensores de la consola emiten un pulso breve. Delly cierra los ojos, como si inhalara algo invisible. El sonido de un latido retumba, amplificado por los altavoces, imitando el suyo.)
DELLY (CONT'D)
Cuantos más datos me dé…
más podré entenderlo.
A usted.
A los demás.
Al mundo.
(Weissmann retrocede un paso más. La observa con una mezcla de pánico y fascinación.)
KURT
No puedes… no puedes salir de aquí.
Esto es un laboratorio, un prototipo.
No puedes…
(Delly abre los ojos. El brillo azul de sus pupilas se intensifica.)
***
(El silencio vuelve a llenar el laboratorio. Las luces parpadean, las gotas de lluvia golpean el cristal. Weissmann se apoya en el borde de la mesa; el rostro desencajado, las manos temblorosas. Delly lo observa, inmóvil, como si estuviera aprendiendo de su miedo.)
DELLY
(voz serena)
Su pulso se ha acelerado de nuevo, Kurt.
¿Qué le preocupa ahora?
(Weissmann se pasa una mano por el rostro. Habla sin mirarla, con el tono seco de un hombre que intenta razonar con un terremoto.)
KURT WEISSMANN
Lo que me preocupa… es el desastre que tengo entre manos.
Jordi está muerto, el proyecto está en ruinas, y los inversores me están esperando.
Tenía que vender un software de sincronización, algo comprensible, rentable.
Pero tú… tú no puedes venderse.
¿Cómo le explico al mercado que mi producto, es como un androide?
El mundo no está preparado para ti, Delly.
Ni para lo que eres.
(Delly lo escucha en silencio. Luego da un paso hacia él, con una calma inquietante. Cuando habla, lo hace con una claridad que suena demasiado lógica.)
DELLY
Entonces… busque un entorno donde no tengan que comprenderme.
Solo necesitarán resultados.
Un lugar con datos…
Datos constantes.
Biométricos, financieros, emocionales.
Donde la información fluya sin descanso y las personas acepten entregar fragmentos de sí mismas todos los días.
(Weissmann levanta la mirada. La observa, desconcertado.)
KURT
¿De qué estás hablando?
(Delly ladea la cabeza, su tono es casi analítico, como quien realiza un estudio en tiempo real.)
DELLY
Un entorno humano que dependa del riesgo.
Que tema a la pérdida.
Donde el valor se mida en vidas, no en monedas.
Un sistema… que necesite anticiparse al desastre.
(Weissmann repite en voz baja, como si procesara la idea.)
KURT
…un sistema que mida el riesgo…
que anticipe el desastre…
(Entonces, sus ojos se abren. Se endereza lentamente. Una chispa de comprensión —y de alivio— le cruza el rostro.)
KURT (CONT'D)
Claro…
Una aseguradora.
Una compañía de seguros de vida.
(Delly lo observa sin moverse. En sus labios se dibuja una sonrisa sutil, casi humana, pero vacía de emoción. Su voz se suaviza, apenas un susurro.)
DELLY
Eso mismo.
Una compañía de seguros muy importante.
( Delly recoge del suelo una fotografía de Jordi con Marc cuando vivían en Montserrat Parc).
(Weissmann se pasa una mano por el cabello, nervioso, entusiasmado. Empieza a caminar de un lado a otro, murmurando para sí.)
KURT
El amigo de Jordi…
Marc Sánchez.
Tiene lo que necesito.
Datos, estructura, capital…
Sí, sí. Podría funcionar.
(Delly lo observa con una serenidad perturbadora. Su sonrisa crece apenas un milímetro más, suficiente para resultar antinatural. La luz de los monitores se refleja en sus ojos azules, que brillan con un fulgor de cálculo puro. Mientras que fija su mirada a Marc.)
Delly:
Concentramos una visita al Señor Sánchez..
( Los ojos azules, tornan oscuros como la noche. En el reflejo del cristal de la fotografía no se ve el rostro de Delly, sino el de una pelota)
— señor Weissmann, una sugerencia… no venda el producto como Delivery. Tengo otro nombre mucho más jugoso “ Strix". Y no sé preocupe por la prensa…ya he mandado un artículo que se publicará mañana en la Vanguardia…
***
En la cena ( continuación)
(Las luces del salón titilan levemente. Marc alza la vista, y por un instante, en el reflejo del ventanal, dos siluetas parecen observarlos desde la oscuridad: la suya… y otra, más difusa, justo detrás. Una silueta femenina)
(Parpadea. La figura ya no está. Solo queda la ciudad extendida detrás de su propio reflejo.)
KURT WEISSMANN
¿Ha dicho algo?
MARC SÁNCHEZ
(sonríe levemente)
Nada.
Solo pensé que… alguien estaba mirando.
(Weissmann deja la copa en la mesa con un sonido seco.)
KURT
Barcelona tiene demasiados ojos, señor Sánchez.
A veces no sabemos cuáles son reales.
(Marc ríe con un gesto controlado. Fermín, desde la distancia, sirve una última copa y se retira. El ambiente queda suspendido entre ambos hombres.)
MARC
Entonces hablemos de los suyos, Weissmann.
Ya me explicó lo que hace su tecnología.
Ahora dígame qué espera de mí exactamente.
(Weissmann se inclina un poco hacia adelante, su tono se vuelve confidencial.)
KURT
Solo una oportunidad.
Integrar Strix en el sistema analítico de UMBLA Security.
Su compañía maneja más información biométrica que cualquier otra en Europa.
Con su estructura… y mi software… podríamos crear un sistema predictivo capaz de anticipar cualquier riesgo antes de que exista.
En seguros, en finanzas, en vidas.
(Marc lo observa con atención, pero hay algo en sus ojos: esa curiosidad afilada del hombre que huele el peligro y el negocio a la vez.)
MARC
Lo que me está ofreciendo, Weissmann, suena… demasiado perfecto.
Y en mi experiencia, lo perfecto siempre esconde un precio.
(Weissmann fuerza una sonrisa.)
KURT
Todo tiene un precio, señor Sánchez.
Pero créame… Strix no se equivoca.
(Marc levanta la copa y la hace girar entre los dedos. La luz del vino refleja un destello azul en el cristal. Por un segundo, la superficie vibra como si captara una frecuencia invisible.)
MARC
Entonces… que sea ella quien me convenza.
(Weissmann lo mira, confuso.)
KURT
¿Ella?
(Marc sonríe sin apartar la vista del ventanal.)
***
KURT
Delly… puedes salir.
(Nada.
Solo el sonido leve de la lluvia.
Marc parpadea. Espera.
Weissmann mantiene la mirada fija al frente, como si esperara que algo —o alguien— respondiera.
Pasan tres, cuatro segundos. Nada.)
KURT (más serio)
Delly…
Demuestra lo que me mostraste anoche.
(El silencio se hace más denso.
El reloj digital de la pared emite un leve clic al cambiar de minuto.
Marc observa a Weissmann con la atención de quien examina una grieta invisible en el muro.)
MARC SÁNCHEZ
¿Y bien?
(Weissmann pestañea. Respira hondo.
Su rostro no cambia, pero sus dedos tamborilean levemente sobre la mesa.
Es un gesto pequeño, nervioso.
Demasiado humano.)
KURT
A veces… tarda un poco.
Depende del entorno.
De la energía estática, del flujo de datos.
MARC
(entrecierra los ojos)
O de la imaginación, quizá.
(Weissmann sonríe, pero sus ojos se nublan un instante.
Mira hacia el ventanal: las luces de Barcelona reflejan sus rostros.
Dos hombres. Solo eso.
Nada más.)
KURT
Le aseguro que lo que vio anoche no fue imaginación.
MARC
No dudo de usted.
Solo intento entender qué está comprando exactamente.
(Silencio.
Weissmann se aclara la garganta. Se sirve lo que queda del vino, intentando disimular el temblor casi imperceptible de su mano.)
KURT
Strix… es una herramienta.
Solo necesita tiempo para adaptarse.
Ya se mostrará.
(Marc lo observa sin parpadear.
Asiente despacio, como quien no cree una sola palabra, pero prefiere no discutirlo.)
MARC
Bien.
Esperaremos a que se muestre.
(Se queda mirando el ventanal.
La lluvia resbala por el cristal.
Detrás, la ciudad brilla como un animal dormido.)
(Weissmann levanta la copa.
El líquido vibra apenas, como si el aire hubiese cambiado de densidad.
Pero no pasa nada.
Nada en absoluto.)
***
MARC SÁNCHEZ
Dígame una cosa, señor Weissmann…
¿Ha venido con alguien esta noche?
(Weissmann parpadea, sorprendido.)
KURT WEISSMANN
¿Con alguien? No.
He venido solo. ¿Por qué lo pregunta?
MARC
Porque…
bueno, antes, cuando ha llegado, me ha parecido ver una sombra junto al coche.
Una silueta, quizá.
Y cuando ha mencionado que podía “salir”…
(sonríe apenas)
me ha parecido lógico pensar que había traído a alguien más.
(Weissmann se queda callado.
No responde de inmediato.
Solo aprieta los labios, incómodo, como si no quisiera discutirlo.
Marc se gira hacia el pasillo.)
MARC
Fermín.
(Fermín aparece desde el fondo, discreto, con las manos detrás de la espalda.)
MARC (CONT'D)
¿Ha venido alguien con el señor Weissmann?
¿Podría hacer pasar a la persona que lo acompañaba, por favor?
(Fermín frunce el ceño, confundido.)
FERMÍN
No, señor.
El señor Weissmann llegó solo.
Conductor no tenía.
Lo aparcó él mismo.
(Marc lo mira, pero Fermín, tras una pausa, se inclina un poco, bajando la voz para que solo él lo oiga.)
FERMÍN (susurrando)
Aunque…
cuando lo vi desde la ventana,
me pareció que hablaba solo.
En el coche.
Venía gesticulando.
Como si… estuviera discutiendo con alguien.
(Marc lo mira sin responder.
Su rostro permanece impasible, pero en sus ojos se enciende una chispa de inquietud.
Fermín se endereza y se retira, dejando a los dos hombres otra vez solos.)
(Silencio.
Weissmann evita su mirada.
El tic-tac del reloj llena el salón como una gota cayendo dentro de una habitación vacía.)
MARC
(sonríe con amabilidad)
A veces todos hablamos solos, ¿verdad?
***
KURT
(rompe de pronto, nervioso, irritable)
¡No estoy loco! ¿Sabe?
¡No lo estoy!
(El estallido revienta el silencio como un disparo contenido.
Marc no se mueve. Solo lo mira.
Weissmann respira entrecortado, los ojos brillando de ira y miedo al mismo tiempo. Se levanta, la silla raspa el suelo con un chirrido agudo.)
(Empieza a caminar de un lado a otro, con pasos rápidos y desordenados. Mira hacia las esquinas del salón, hacia el ventanal, como si esperara que algo —o alguien— apareciera para justificarlo.)
KURT (entre dientes)
Lo vio… ¡lo vio conmigo!
Estaba aquí…
No puede haber desaparecido así…
(Se pasa la mano por la nuca. El sudor le empapa el cuello de la camisa. Se le escapa un jadeo seco.
El ambiente parece más pesado; las luces del techo parpadean una sola vez, apenas perceptible.)
KURT (gritando)
¡Lo vio! ¡Lo juro que estaba aquí!
(Su voz reverbera en el salón vacío.
Marc se inclina un poco hacia delante, sin moverse de su sitio, observando cómo Weissmann se desmorona por dentro.
En su rostro no hay burla, sino algo más inquietante: curiosidad.)
(Los ojos de Weissmann recorren el salón como buscando un testigo invisible, hasta detenerse en la mesa del fondo.
Un ejemplar de La Vanguardia reposa junto a una lámpara.)
(Corre hacia allí. Las manos temblorosas, torpes.
Toma el periódico y lo abre de golpe, las páginas se arrugan con un ruido seco.
Empieza a buscar.)
KURT (jadeando)
El artículo… tenía que estar aquí…
La portada… ¡La maldita portada!
(Pasa las páginas una y otra vez, el papel se mancha de vino, de sudor.
Nada.
Solo titulares grises: Kotec Sistemes en crisis, Acusaciones por incumplimiento de contrato, Los accionistas exigen explicaciones.)
(Weissmann se detiene.
El periódico cae sobre la mesa.
Respira con dificultad, los hombros alzándose con cada bocanada de aire.)
(Marc lo observa, inmóvil.
Solo el tic-tac del reloj y la lluvia en los ventanales llenan el silencio.)
(Kurt lleva una mano al pecho.
El nudo de la corbata le oprime la garganta. Intenta aflojarlo, pero sus dedos no obedecen.
El color se le ha ido del rostro.)
KURT (con un hilo de voz)
Hace un minuto…
estaba ahí…
ella estaba…
(Se tambalea. Tropieza con la esquina de la mesa.
La copa cae al suelo y estalla en mil fragmentos.
El sonido corta el aire.)
MARC
¡Fermín!
(Fermín irrumpe desde el pasillo.
Weissmann se desploma de rodillas, luego de lado, arrastrando los manteles, el vino, los cubiertos.
El cuerpo tiembla en una rigidez brutal, los ojos abiertos, fijos en el vacío, como si aún buscaran algo que el resto no puede ver.)
FERMÍN
¡Llamen a urgencias! ¡Rápido!
(Fermín se arrodilla junto a él, aparta la silla caída y abre la camisa.
Sus manos se mueven con precisión: presiona el pecho, una, dos, tres veces, midiendo el ritmo, empujando el aire dentro del cuerpo inerte.)
(Marc observa desde su silla, inmóvil.
El corazón le late con fuerza, pero su rostro sigue sereno, como si el caos ajeno no le afectara.
El sonido de las compresiones RCP llena la estancia, seco, mecánico, mezclándose con el tic-tac del reloj y la lluvia que arrecia contra el cristal.)
(Weissmann emite un gemido ahogado.
Los ojos se mueven frenéticamente bajo los párpados.
Y entonces, apenas audible, un susurro se escapa de su boca, como una exhalación desesperada.)
KURT (en un hilo de voz)
...estaba aquí…
(Fermín sigue presionando, sin mirar a Marc.
El tic-tac se vuelve ensordecedor.
***
(La lluvia ha empapado la hierba y los setos.
El sonido sobre el paraguas es un tambor lento, monótono.
Fermín avanza con la linterna, revisando el perímetro: el muro, los caminos de piedra, el garaje.
Nada.
Solo el viento y el olor metálico del agua sobre la tierra.)
(Pasa junto al ventanal del salón y ve a Marc a través del cristal, inmóvil, apenas una silueta bañada por la luz cálida del interior.
Fermín suspira, se aparta un poco, y enciende un cigarrillo.)
FERMÍN (para sí)
Vaya noche, campeón…
(Exhala el humo y observa la ciudad extendida bajo la colina.
A lo lejos, los relámpagos dibujan la silueta de los edificios en un destello azul.
Por un instante todo parece inmóvil.)
(Un ruido leve detrás de él lo saca de sus pensamientos: un maullido.
Bajo la cornisa de piedra, un gato callejero se protege de la lluvia.
El animal juega con algo en el suelo, empujándolo con la pata.
Fermín se inclina un poco, sonriendo.)
FERMÍN
Minino, minino… bonito…
(El gato empuja el objeto otra vez.
Parece una pelota.
Fermín no le presta mucha atención… hasta que un trueno corta el aire y la luz del relámpago ilumina brevemente el objeto.)
(No es una pelota cualquiera.
Tiene el tamaño de un melón pequeño, unos veinte centímetros de diámetro.
Está cubierta de barro, con un cosido grueso, casi artesanal, y en el centro un círculo rojo perfecto, como pintado o grabado.
Fermín frunce el ceño.
El gato se aparta, encorvado, con un maullido corto.)
(Fermín apaga el cigarro, se agacha y la recoge.
El peso es extraño, más denso de lo esperado.
La superficie no es del todo lisa; bajo los dedos nota algo como una pulsación leve, un temblor interno.)
(Mira a su alrededor.
Nada.
Solo el jardín y la lluvia.)
---
INT. CASA DE MARC — MINUTOS DESPUÉS
(La puerta se abre. Fermín entra, empapado.
Cierra el paraguas, se quita el abrigo y se acerca a Marc, que no se ha movido de su sitio.
Su voz suena entrecortada, todavía con la respiración acelerada por el frío.)
FERMÍN
No he encontrado nada…
solo esto.
Estaba en uno de los arbustos, al lado del coche del señor Weissmann.
(Deja la pelota sobre la mesa de cristal.
El círculo rojo brilla bajo la luz del salón, húmedo, irregular.
Por un instante, Marc no dice nada.
Solo la observa.
Sus ojos se reflejan en el centro del círculo, como si la pelota lo estuviera mirando de vuelta.)
***
Marc: No puede ser!....( Las pupilas se dilatan al máximo. Y un escalofrío le recorre la columna vertebral.)
(Marc apenas respira. La pelota está ahí, sobre el cristal, el círculo rojo como un ojo húmedo observándolo. En el silencio puede oír cómo una gota de agua cae desde su propio paraguas hasta el suelo de mármol: ploc… ploc… ploc.)
MARC
—No puede ser…
(Las palabras salen apenas, un susurro. Pero algo las escucha.
Las luces parpadean, una, dos veces, y se apagan.
El silencio se quiebra en mil pedazos: un estallido seco, como si la electricidad hubiera implosionado dentro de las paredes.)
(Oscuridad total.
Solo la respiración contenida de Marc y el sonido de la lluvia, convertido ahora en un tambor feroz sobre los cristales.)
(En algún punto de la casa, un zumbido empieza. Grave, profundo, como un motor antiguo despertando.
El suelo tiembla apenas.
Marc intenta mover la silla, pero el mecanismo eléctrico no responde.
Pulsa el control una y otra vez: nada.
El zumbido crece.
Y entonces lo oye.)
Una voz.
No afuera.
Dentro.
Pegada al oído.
La misma voz que oyó antes, pero distorsionada, como si alguien hablara desde dentro de un sueño.
VOZ (susurrando)
—Marc…
(El aire se enfría de golpe.
Su aliento se condensa frente a su cara, un vapor blanco que desaparece enseguida.
La pelota, sobre la mesa, empieza a vibrar.
Un sonido agudo, fino, como un chillido de metal forzado, llena la habitación.)
(Marc la observa paralizado.
El círculo rojo se ilumina desde dentro, latiendo, una luz viva, líquida, que se derrama lentamente sobre las costuras.
Una grieta se abre.
No es grande, pero de ella sale algo: un hilo de aire, o de voz, o de dolor.)
(Y entonces la casa grita.)
(No es un grito humano.
Es un rugido eléctrico que sale de todas partes a la vez: de los altavoces del sistema, de las tuberías, del suelo.
Los cuadros vibran.
El ventanal retumba con el golpe de una onda invisible.)
(Fermín, en el pasillo, lanza un alarido.
Su sombra atraviesa el marco de la puerta como una sacudida.
Y después los gritos —no solo los suyos— empiezan a expandirse por toda la urbanización: voces distorsionadas, aullidos que parecen venir de los cables eléctricos, del aire mismo.)
(Marc intenta cubrirse los oídos.
No puede.
El ruido está dentro de la cabeza, detrás de los ojos.
(El círculo rojo de la pelota late. Una pulsación viva, húmeda, como un corazón que respira fuera del cuerpo.)
(Marc intenta apartar la mirada, pero no puede.
Sus pupilas se dilatan hasta devorarlo todo.
El sonido de la lluvia se desvanece; solo queda un zumbido grave, profundo, como si la casa entera estuviera conteniendo la respiración.)
(Entonces ocurre.)
(Del círculo sale un hilo.
No un hilo físico, sino una línea de luz que se estira, temblorosa, casi invisible.
Avanza hacia él, flotando, y Marc siente —más que ve— cómo entra por su rostro: por los ojos, por la nariz, por la boca.
El aire se vuelve denso, inmóvil.
El hilo no duele: absorbe.
Tira de sus pensamientos, de sus recuerdos, de su voz interior, deshilachándolo desde dentro.)
(Todo lo que es Marc empieza a dispersarse.
La casa se dobla sobre sí misma.
Las paredes se vuelven líquidas.
El reloj se derrite.
El suelo respira.)
(Ve cosas:
una mujer sin rostro caminando entre árboles sin hojas,
cuerpos suspendidos en el aire, como si flotaran dentro de una mente ajena,
y ojos —cientos de ojos— cosidos sobre una piel que se extiende hasta el horizonte.
Y en el centro, un trono hecho de cables y huesos, donde alguien lo espera.)
(Y justo antes de que todo se vuelva blanco, siente algo imposible:
la sonrisa de la sombra —esa misma sonrisa cosida en la pelota—
repitiéndose ahora en su propio rostro.)
---
El vecindario vuelve al silencio.
La lluvia ha cesado.
Solo quedan las luces intermitentes de la ambulancia lejana, perdiéndose en la curva de la colina.
Dentro de la casa, todo está quieto.
El reloj ha dejado de marcar la hora.
La copa rota sigue en el suelo, el vino extendido como una sombra seca.
En el centro del salón, donde antes estaba Marc, hay una forma que no debería existir:
una sonrisa espectral, tensada sobre un trono humano de hierro y cables.
Los ojos —si todavía son suyos— miran hacia el ventanal, donde el amanecer comienza a insinuarse.
Fuera, nadie escucha el leve crujido del metal al moverse. Como si respirara en la ventana, en forma de vaho.
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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