Capitulo 22: El jardin Octario Parte 4. El palacio de los Deseos.


Año 1753

La tragedia que envolvía a la Mansión Bellefleur pronto se convirtió en una herida abierta en el corazón del Rey Luis XV. Cuando llegó a Levallon para encontrarse con su amante, Isabelle de la Tour, la escena que lo recibió le destrozó el alma. Allí, en el centro de los enigmáticos jardines, se encontraba una escultura de dos amantes, inmortalizados en mármol, en un beso eterno y trágico. Los rasgos inconfundibles de Isabelle lo atravesaron como una daga. A su lado, la figura masculina, Sebastián de Ávila, le recordó la traición que nunca vio venir.

El Rey, siempre envuelto en intrigas cortesanas y relaciones clandestinas, se sentía invulnerable al amor verdadero, pero la desaparición de Isabelle le hizo sentir el peso de su propio pecado. Esa escultura era más que una obra de arte: era un castigo, una prisión para el amor imposible de Isabelle y Sebastián, y el recordatorio de una historia que jamás debería haber existido.

En los días que siguieron, Luis XV cayó en una profunda depresión. El enigma de Bellefleur, el inexplicable destino de su amante y su amigo, lo consumió por completo. Ya no podía gobernar con la misma autoridad, y su energía, siempre alimentada por las mujeres y el placer, se desmoronaba. La corte notaba su decaimiento, pero solo la Reina, María Leszczyńska, comprendía la magnitud del golpe. No por amor, sino por el poder.

María, con su astucia característica, decidió que si algo podía devolverle la vitalidad al Rey, sería un lugar que pudiera simbolizar el lujo y la decadencia que siempre lo habían rodeado. Ordenó la renovación completa de la Mansión Bellefleur. No como una simple mansión, sino como un palacio dedicado a los placeres más refinados y ocultos de la aristocracia francesa. Sería el lugar donde el Rey podría encontrar distracción y donde la nobleza podría entregarse a sus más oscuros deseos. La mansión fue rebautizada como el Palais du Désir - el Palacio del Deseo.

Bellefleur, ahora transformada, se convirtió en el epicentro de la más alta sociedad. Las fiestas, bailes y banquetes que allí se celebraban eran legendarios. La aristocracia francesa acudía en masa, buscando el anonimato y la liberación de las rígidas normas de la corte. Se decía que en los jardines y los salones del Palacio del Deseo, no existía ley alguna que no fuera el placer.

La nobleza acudía con fervor, atraída por la promesa de anonimato y los secretos que las noches en Bellefleur prometían. Las habitaciones eran decoradas con esmero, las mesas siempre llenas de los mejores manjares, y los jardines diseñados para desatar los más profundos deseos de los invitados. Sin embargo, bajo esta opulenta fachada, las antiguas leyendas y los terrores nunca se fueron. Las tragedias del pasado parecían ocultarse bajo cada rincón.

En medio de esta fastuosa transformación, la protagonista de esta historia vivía en las sombras, Mathilde, la joven ayudante de cámara de la Duquesa de Montfort. Mathilde, una chica con síndrome de Down, era diferente a los nobles que desfilaban por el palacio, pero su bondad y sencillez la hacían querida por la Duquesa. Siempre leal, Mathilde cumplía con diligencia cada tarea asignada, aunque muchas veces los nobles la ignoraban, como si fuera invisible entre el esplendor del lugar.

Un día, durante una de las muchas fiestas que se celebraban en el Palacio, Mathilde notó a un hombre que no había visto antes. A diferencia de los otros hombres, que parecían vacíos en su exceso de vanidad, este era diferente. Alto, de cabello oscuro y ojos intensamente magnéticos, Etienne de Rochefor captaba la atención de todos. Las mujeres lo miraban con deseo, y los hombres con envidia. Pero había algo extraño en él. Siempre aparecía solo por las noches, y nunca se le veía a plena luz del día. A pesar de su encanto, había algo en su presencia que perturbaba a Mathilde, pero a la vez la atraía. Nadie sabía de dónde venía ni cómo había sido invitado a las exclusivas fiestas.

Una noche, mientras recogía las prendas de la Duquesa tras una fastuosa fiesta, Mathilde se detuvo en uno de los largos corredores del palacio. Era un lugar que evitaba siempre que podía. No solo por la quietud espeluznante que se apoderaba de ella allí, sino por un cuadro que colgaba en la pared. La Dama Sin Rostro. Aquella pintura siempre le había causado un temor irracional; la figura de una mujer con un vestido magnífico pero cuya cara estaba borrosa, desdibujada por completo. Los sirvientes hablaban en susurros sobre la pintura, sobre cómo los ojos de la dama cambiaban de lugar si te atrevías a mirarla durante mucho tiempo. Aunque la evitaba, esa noche sintió que no podía apartar la vista. Al pasar frente al cuadro, tuvo la sensación de que algo más la acompañaba en el pasillo.

De repente, el aire se volvió helado. Mathilde, temblorosa, miró hacia la pintura y, para su horror, notó que el cuerpo de la dama parecía haber girado hacia ella. La sensación de estar siendo observada era innegable. Apresuró el paso, intentando ignorar la inquietud que la envolvía. Pero, mientras se alejaba, un susurro apenas audible la detuvo.

La joven se quedó paralizada. El susurro provenía de detrás, del cuadro, o eso parecía. Giró la cabeza levemente, esperando no ver nada más que sombras. Pero cuando se atrevió a mirar, la figura de la dama sin rostro ya no estaba en la pintura.

Intentando huir de la angustia que la escena le había provocado, Mathilde se refugió en los jardines de la mansión, buscando aire fresco y tranquilidad. Allí, en medio de los macizos de rosas y setos recortados, las luces de las fiestas se apagaban en las sombras. Fue en ese momento cuando se topó con un hombre que no había visto antes. Alto, de cabello oscuro y porte imponente, Etienne de Rochefor era diferente a cualquier noble que ella hubiera conocido. Tenía un magnetismo que no podía explicarse fácilmente. Cada vez que sus ojos, profundos y oscuros, se posaban en alguien, parecía absorber todo su ser.

Etienne la observó con una sonrisa tranquila, distinta a las miradas de desprecio que Mathilde solía recibir de otros nobles. Había algo entre ellos, una conexión inexplicable. A partir de esa noche, Etienne y Mathilde comenzaron a verse a menudo. Paseaban por los jardines bajo la luz de la luna, siempre lejos de las fiestas ruidosas del palacio. Etienne le hablaba con suavidad, como si la comprendiera de una manera que nadie más lo hacía. A pesar de su creciente cercanía, cada vez que estaban juntos, Mathilde sentía un leve escalofrío en el aire, como si una sombra invisible los acompañara.

Las desapariciones en Bellefleur no tardaron en empezar de nuevo. Esta vez, no se trataba solo de los sirvientes. Los nobles que frecuentaban las fiestas comenzaron a notar la ausencia de algunos de los suyos. Una baronesa aquí, un marqués allá. Los rumores crecieron, pero las festividades continuaban, como si el placer que ofrecía el Palacio del Deseo fuera lo único que importaba.

Una noche, Mathilde fue enviada a las bodegas para buscar más vino para la fiesta. Las bodegas de Bellefleur eran famosas, ya que almacenaban los mejores barriles de la región desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, había algo en esos sótanos que siempre le había causado desconfianza. La oscuridad era casi palpable, y se decía que los barriles antiguos escondían más que solo vino. Al entrar en la bodega, el aire estaba cargado con un olor húmedo y opresivo. Encendió una lámpara y comenzó a caminar entre las enormes filas de barriles.

De repente, escuchó un crujido detrás de ella, y luego un murmullo, como si alguien estuviera susurrando desde lo profundo de las sombras. Se giró rápidamente, pero no vio a nadie. Siguió adelante, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, pero cuanto más avanzaba, más sentía que algo la seguía. Y entonces, lo vio: ojos rojos, observándola desde una esquina oscura de la bodega, llenos de rabia y hambre. Mathilde gritó y dejó caer la lámpara, pero en cuanto lo hizo, los ojos desaparecieron en la oscuridad.

Atormentada por los sucesos, Mathilde buscó a Etienne. Necesitaba respuestas. Sin embargo, cuando se lo encontró en los jardines aquella noche, notó algo distinto en él. Su mirada, aunque seguía siendo cálida, escondía algo más oscuro. Le contó lo que había visto en la bodega, y él la escuchó en silencio, sus ojos clavados en los suyos.

- No deberías haberte aventurado tan profundo en este lugar - dijo Etienne finalmente, con un tono suave pero inquietante.

- ¿Qué ocurre aquí, Etienne? - preguntó Mathilde, cada vez más asustada.

- Etienne, algo está mal aquí - dijo Mathilde, mirando directamente a los ojos oscuros del hombre. - Los sirvientes desaparecen, los nobles también. Yo misma he visto cosas que no comprendo. ¿Qué es lo que está pasando en este lugar?

Etienne la observó con una tristeza que no había mostrado antes. Parecía debatir internamente si debía hablarle con franqueza. Finalmente, se inclinó hacia ella, su voz apenas un susurro, cargada de advertencia:

- Mathilde, por favor, prométeme que no saldrás de los aposentos de la Duquesa Montfort durante la noche. Lo que ocurre en Bellefleur no es para almas tuya. Es un lugar que guarda secretos más oscuros de lo que puedes imaginar.

Mathilde sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo en la manera en que Etienne pronunció esas palabras la hizo comprender que estaba ante un peligro mayor de lo que podía haber imaginado. Quiso preguntar más, pero Etienne dio media vuelta, perdiéndose entre las sombras del jardín. Ella, frustrada y desconcertada, obedeció. A medida que regresaba a los aposentos de la Duquesa, algo dentro de ella comenzó a cambiar. Sentía una atracción por aquel hombre, por Etienne, una conexión que no podía explicarse. Sin embargo, los miedos y las advertencias pesaban más.

Mientras cruzaba el jardín, notó algo inquietante: los árboles y sus raíces parecían moverse, como si estuvieran vivos. Las ramas crujían con una fuerza inexplicable, y las raíces retorcidas parecían avanzar hacia ella, serpenteando bajo la tierra. Aceleró el paso, el corazón latiendo con fuerza. El miedo comenzaba a apoderarse de ella nuevamente.

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Las desapariciones en Bellefleur continuaron, y pronto no solo fueron los sirvientes quienes comenzaron a desaparecer. Algunos de los nobles que asistían a las fiestas también se esfumaban sin dejar rastro. Las celebraciones continuaban, pero el ambiente se volvía cada vez más tenso. La Duquesa Montfort y otros aristócratas comenzaron a murmurar entre ellos, preocupados por lo que podría estar ocurriendo en el Palacio del Deseo.

La tensión llegó a su punto máximo cuando la guardia al servicio del Rey Luis XV hizo una aparición inesperada en la mansión. El Rey, cada vez más paranoico, había comenzado a sospechar que su esposa, la Reina María Leszczyńska, estaba tramando algo. ¿Podría Bellefleur ser una trampa mortal? ¿Un castigo por su relación con Isabelle de la Tour, su antigua amante desaparecida?

La guardia se llevó a varios nobles de la mansión, incluyendo a algunos de los invitados más cercanos al Rey, con el fin de protegerlos. Luis XV, en su desesperación, ordenó que Bellefleur fuese investigada a fondo, pero lo que allí encontraron no se atrevieron a compartir con el resto de la corte. Aterrorizados por lo que parecían ser sombras que caminaban entre los muros y los misterios de la mansión, las fuerzas del Rey dejaron el lugar con prisas, abandonando a los sirvientes a su destino.

Los nobles, presas del pánico, se fueron rápidamente, dejando a Mathilde y al resto del servicio desamparados. Bellefleur, una vez más, se convertía en un lugar donde los secretos oscuros tomaban el control.

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En su búsqueda por proteger a Mathilde, la Duquesa de Montfort comenzó a notar cosas extrañas a su alrededor. La mansión estaba viva con una energía oscura que nunca había percibido antes. Preocupada por la desaparición de su sirvienta favorita, decidió salir de sus aposentos para buscarla. Al recorrer los pasillos, las luces de las velas parecían temblar más de lo normal, y una presencia invisible la seguía.

Mientras avanzaba, la Duquesa se detuvo en seco. Allí, en la penumbra del pasillo, vio algo que le heló la sangre: La Dama Sin Rostro, aquella figura borrosa que colgaba de uno de los muros, estaba de pie frente a ella. La Duquesa intentó retroceder, pero era demasiado tarde. La figura levantó una mano, y en un instante, un dolor intenso atravesó su rostro. Sintió cómo sus facciones desaparecían, borradas por completo, como si su identidad misma se desvaneciera.

Cuando Mathilde finalmente la encontró, ya no era la Duquesa Montfort quien yacía en el suelo del pasillo, sino una sombra de lo que una vez fue. La Dama Sin Rostro la había reclamado, y ahora, el rostro facial de la Duquesa había desaparecido para siempre. 

Mathilde, aterrorizada, tropezaba torpemente con el mobiliario, hasta toparse con el cuadro maldito. Allí, en la pintura, la Duquesa Montfort aparecía, absorbida por la obra, con su rostro ahora parte de ese abismo sin forma, pues el rostro del personaje del cuadro de "Lucilla " poseía los mismos rasgos fácilales que su dueña la Duquesa Montfort.

En su desesperación, Mathilde corrió hacia el jardín, buscando a Etienne. Lo encontró de pie, en la misma esquina donde solían encontrarse, pero algo en él había cambiado. Su rostro estaba pálido, casi cadavérico, y sus ojos brillaban con una luz inhumana. Ella se detuvo en seco al comprender la verdad.

- Etienne, ¿qué eres tú? - preguntó, con la voz rota por el miedo.

Él la miró con una tristeza infinita, sabiendo que no había manera de ocultar lo que era. Un vampiro, una criatura condenada por la eternidad, un devorador de almas y cuerpos.

- Lo siento, Mathilde - susurró, dando un paso hacia ella. - No puedo evitarlo. No soy lo crees que soy.

Mathilde intentó retroceder, pero sus pies se negaban a moverse. Sabía que no podía escapar. Y Etienne mostró su verdadera naturaleza, que por primera vez en cientos de años actuó con una mezcla de dolor y arrepentimiento en sus ojos. Lo hizo con todo el respeto que la bestia interior pudiera proporcionarle: se inclinó hacia ella, evitando que las tinieblas pudieran intervenir y con una dulzura y calidez en el tacto para que dicho dolor fuera un beso de la muerte y no un simple, debastador y desgarrador mordisco. Al sentir el flujo de la vida de Mathilde en sus colmillos, el ansia y la desesperación hicieron salir al despiadado e implacable monstruo que Etienne llevaba dentro. Entonces la vida comenzó a abandonarla. Mientras sentía el último aliento escapar de sus labios, Mathilde comprendió que nunca hubo escapatoria en Bellefleur. La mansión la había reclamado como una víctima más. Y Etienne, jamás volvería a ser el mismo.

Con las desapariciones en aumento y los rumores creciendo, la Mansión Bellefleur fue cerrada definitivamente. Ningún noble, ni siquiera el más osado, se atrevió a regresar. El Palacio del Deseo quedó abandonado, y poco a poco, se convirtió en una leyenda oscura entre la aristocracia.

En la corte del Rey Delfín, todas las menciones de Levallon y Bellefleur fueron eliminadas de los registros. Los despachos reales nunca mencionaron lo ocurrido en la mansión, y cualquier evidencia de su existencia fue borrada de la historia.

Sin embargo, el tiempo pasó, y una noche, un visitante inesperado apareció en la corte de Luis XV. Etienne de Rochefor, en toda su imponente presencia, se presentó ante el Rey.

- Vengo a reclamar lo que es mío - dijo Etienne con una voz suave pero firme. - Bellefleur es mi propiedad, y a cambio de mantenerlo en silencio, solo pido que la dejen en paz. No más impuestos. No más visitas. Dejen que los malditos descansen.

Luis XV, temblando, aceptó sin pensarlo dos veces. No sabía si Etienne era una figura de carne y hueso o una aparición salida de sus peores pesadillas. Pero lo único que le importaba era que Bellefleur y sus horrores desaparecieran para siempre.

Así, la Mansión Bellefleur fue borrada de la historia, dejando a los muertos en paz, o al menos, eso es lo que la corte creyó.

Pero en las noches más oscuras, cuando el viento sopla fuerte sobre Levallon, algunos aún dicen que se pueden ver dos figuras inmóviles en el jardín, dos amantes de piedra, sellados para siempre en su abrazo eterno, esperando el día en que Bellefleur vuelva a despertar.

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