Habitación 333.📕 Día 5 (parte 3)
21:00 h
Institución Psiquiátrica San Rafael, Martorell (Barcelona)
Año 2020, en pleno confinamiento por COVID-19
El aire en el comedor del psiquiátrico era denso, impregnado de desinfectante y una ligera fragancia a comida recalentada. Leo Casamajor Gutiérrez estaba sentada en una de las mesas, rodeada de otros pacientes, pero se sentía como si estuviera en otro lugar.
Su mirada estaba fija en el vaso de agua delante de ella.
Las luces del techo reflejaban destellos en la superficie del líquido, pequeñas ondas imperceptibles causadas por el leve temblor de su mano.
Los sonidos a su alrededor se desvanecían.
Los murmullos de los demás internos, el tintineo de los cubiertos contra los platos de plástico, la voz monótona de la enfermera que pasaba lista... todo se volvía un eco lejano.
Su mente se hundió en un recuerdo.
Coma-ruga.
Un sol radiante iluminaba el agua cristalina del mar, reflejando destellos dorados sobre la arena fina. La brisa cálida traía consigo el aroma salado del Mediterráneo y el sonido rítmico de las olas rompiendo en la orilla.
Carlos Montiel García caminaba junto a ella, descalzo, con los pantalones arremangados hasta las rodillas. El agua helada del riachuelo que descendía del balneario les rodeaba los pies.
—Está helada —dijo Leo, estremeciéndose.
Carlos sonrió, disfrutando la sensación en la piel.
—¿Y qué esperabas? Esto viene del manantial, es agua termal natural.
Leo lo miró con una mezcla de diversión y tristeza.
El día era perfecto. Demasiado perfecto para la melancolía que pesaba en su pecho.
Carlos lo notó.
—¿Qué pasa, amor?
Ella no respondió de inmediato. Sus ojos vagaron hasta el horizonte, donde el cielo azul se fundía con el mar en una línea infinita.
—No puedo dejar de pensar en lo que dijo el médico.
Carlos suspiró y se detuvo, tomándola suavemente de la mano.
—Leo...
Ella cerró los ojos un instante, conteniendo las lágrimas.
—Siempre quise ser madre, Carlos. Desde que era niña... siempre imaginé tener una hija. No sé por qué, pero... siempre lo supe. Pero ahora...
La voz se le quebró.
Carlos la abrazó con fuerza, acariciándole el cabello con ternura.
—No pienses en eso ahora. No sabemos qué pasará en el futuro.
Leo se apartó un poco y lo miró a los ojos, con una mezcla de esperanza y miedo.
—Pero las probabilidades...
Carlos le acarició la mejilla con suavidad.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos conocimos?
Leo frunció el ceño, intentando recordar.
—Que siempre hay tiempo para todo —susurró.
Carlos asintió, con una sonrisa cálida.
—Exacto. No hay prisa. Pase lo que pase, lo enfrentaremos juntos.
Leo mordió su labio inferior, tratando de controlar el nudo en su garganta.
Carlos le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Qué te parece si dejamos de preocuparnos por un rato? Podemos ir a ver los tenderetes del paseo, darnos un buen chapuzón, pedir una paella en ese restaurante que dicen que es el mejor de la zona...
—¿Y luego? —preguntó Leo, con un atisbo de curiosidad en su voz.
Carlos sonrió con picardía.
—Luego vamos al cine.
Leo arqueó una ceja.
—¿Al cine? ¿Nos dará tiempo?
Carlos se rió y la besó en la frente.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para esto y mucho más.
Y en ese momento, Leo quiso creerle.
El sol brillaba sobre ellos, la brisa jugaba con su cabello, y por un instante, el mundo pareció estar en perfecta armonía.
Un parpadeo.
Un golpe de realidad.
—Señorita Casamajor.
La voz de la enfermera la sacó abruptamente del recuerdo.
Leo pestañeó y se encontró de nuevo en el comedor del psiquiátrico.
El vaso de agua estaba allí, intacto.
La enfermera la miraba con expresión neutra, sosteniendo una bandeja con pequeños vasos de plástico llenos de pastillas.
—Es hora de su medicación.
Leo sintió un escalofrío.
—¡No quiero! ¡Déjame en paz! —gritó una voz infantil desde el otro extremo del comedor.
Leo giró la cabeza con esfuerzo y vio a una niña acurrucada en un rincón, abrazando sus rodillas. Su cabello desordenado le cubría parte del rostro, pero alcanzó a ver sus ojos grandes y aterrados. Una enfermera intentaba que comiera, pero la niña se encogía cada vez más, como si quisiera desaparecer.
—Tienes que comer —insistía la enfermera, visiblemente frustrada—. No puedes seguir así.
Leo desvió la vista hacia su mesa y notó un pequeño trozo de pan sobrante en su bandeja. Lo tomó con las manos y, sin pensarlo demasiado, comenzó a presionarlo entre sus dedos, moldeándolo. Mientras caminaba hacia la niña, sus yemas trabajaban la masa, formando sin darse cuenta una pequeña figurilla con brazos, piernas y una cabeza algo desproporcionada.
Se arrodilló frente a la niña, que ni siquiera levantó la mirada.
—Hola —dijo Leo en voz baja.
Silencio.
La niña siguió escondida en su caparazón, ignorándola.
Leo suspiró y miró la figurilla de pan en su mano. Contra todo pronóstico, le había salido bastante bien. Tan bien que incluso le pareció simpática. Movió ligeramente los dedos para hacer que el muñeco "saltara" en el aire y aterrizara en su otra palma.
Entonces, cambió su voz a un tono más agudo y animado.
—¡Hola! Soy el Capitán Miga, y estoy perdido.
La niña movió levemente la cabeza.
Leo continuó, haciendo que la figurilla caminara con pequeños saltos sobre su mano.
—Necesito ayuda. Estoy en un mundo extraño y no encuentro a mi tripulación.
La niña, sin levantar la mirada, murmuró:
—No sé dónde están.
Leo sonrió con suavidad.
—Tal vez si comemos algo podamos pensar mejor y encontrar una solución.
La niña no respondió, pero sus ojos se posaron por un instante en la pequeña figura de pan.
Leo aprovechó el momento y partió un pequeño trozo del muñeco, ofreciéndoselo.
—Podemos compartir. Tú un pedacito, yo otro. Así el Capitán Miga no se sentirá solo.
La niña frunció el ceño, como si estuviera librando una batalla interna. Sus manitas se tensaron alrededor de sus rodillas.
—No tengo hambre —susurró.
Leo no insistió.
—Está bien. Pero más tarde, cuando sientas ese cosquilleo en la barriga… ya sabes, ese que hace "grrr" y parece que un monstruo vive dentro de ti… no tendrás nada para llevarte a la boca. ¿Y si el Capitán Miga te deja un poco de su ración para cuando tengas hambre?
La niña levantó la mirada por primera vez.
Se quedó observando la figurilla. Luego a Leo.
Y lentamente, sin decir nada, estiró una mano y tomó el pedazo de pan.
Leo no sonrió, no celebró. Solo le dejó el resto de la figurilla sobre la bandeja y se levantó, dándole espacio.
Apenas dio unos pasos cuando escuchó un murmullo suave.
—Me llamo… Nora.
Leo se detuvo.
Giró la cabeza con una sonrisa ligera, genuina.
—Encantada de conocerte, Nora.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro de ella no estaba roto del todo.
Leo regresó a su mesa con pasos lentos. Aún sentía el eco de la interacción con Nora en su mente. Algo en aquella niña la había conmovido de un modo que no esperaba.
Sara, la enfermera, le sonrió con calidez y se inclinó un poco hacia ella.
—Lo has hecho muy bien —susurró con un tono suave, casi orgulloso—. Se lo comunicaré al doctor. Tal vez con esto puedas… recuperar un poco más de autonomía.
Leo asintió con un gesto distraído. Tomó el vaso de agua y las pastillas con los dedos. Iba a metérselas en la boca cuando un sonido extraño la hizo detenerse.
Un murmullo gutural, bajo, casi un gruñido.
Vino desde la mesa de Nora.
Leo frunció el ceño y giró lentamente la cabeza.
La niña estaba encorvada sobre su bandeja, sosteniendo algo en sus manos. Algo que no era el Capitán Miga.
Había amasado otro muñeco con la miga del pan.
Pero este… no tenía nada de simpático.
Era retorcido, con extremidades más largas de lo normal y una boca abierta en un rictus antinatural, llena de dientes desiguales. Sus ojos eran solo dos hendiduras vacías, como si hubieran sido perforadas a la fuerza.
Y Nora le susurraba.
Pero no con su voz.
Lo que salió de su boca fue un gruñido áspero, cavernoso, algo que no pertenecía a la garganta de una niña.
—El Capitán Miga… ha sido devorado.
Leo sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral.
Sus dedos temblaron sobre las pastillas.
Los ojos de la niña, antes apagados y distantes, ahora brillaban con un reflejo extraño, como si algo dentro de ella estuviera observando a través de su piel.
Y el muñeco de pan en sus manos…
No era solo una figura deformada.
Se parecía demasiado a los esbirros que Leo había visto en sus visiones.
Los mismos que acechaban en la oscuridad.
El aire a su alrededor pareció volverse más pesado.
Leo sintió cómo su respiración se volvía superficial.
Sara, ajena a lo que estaba ocurriendo, le tocó el hombro con suavidad.
—Leo, ¿estás bien?
Pero Leo no podía responder.
Porque en ese instante, Nora levantó la cabeza, y su sonrisa no era la de una niña.
Era algo más.
---
El aire se volvió denso.
Leo no podía apartar la mirada de Nora.
La niña seguía sonriendo, sus dedos aferrados al grotesco muñeco de pan.
Algo no estaba bien.
Algo no era normal.
Leo sintió un escalofrío treparle por la nuca, como si el ambiente se hubiera cargado de electricidad estática.
Y entonces, una voz susurró dentro de su cabeza.
No una voz humana.
No una voz suya.
Era Orión.
—No te tomes las pastillas.
El tiempo pareció detenerse.
Leo sintió cómo el frío se extendía por su pecho.
Sus dedos, aún sosteniendo las pastillas, temblaron.
Sara, que estaba a su lado, frunció el ceño.
—Leo, ¿qué pasa? —preguntó en voz baja.
Leo no respondió.
Seguía observando a Nora.
Sara dirigió la mirada a la niña y suspiró con tristeza.
—Está así desde que llegó —murmuró—. Perdió a sus padres hace apenas unos días. Murieron por COVID en la misma noche… No tiene a nadie más.
Leo sintió una presión en el pecho.
Sara volvió a centrar su atención en ella.
—Vamos, tómate la medicación. Lo que hiciste con ella fue un gran paso. Estoy segura de que el doctor lo tendrá en cuenta.
Leo bajó la vista a las pastillas en su mano.
Las miró como si fueran una sentencia.
Y entonces, con una expresión neutra, se las llevó a la boca.
Sara asintió con satisfacción cuando Leo bebió un sorbo de agua.
Pero Leo no tragó.
Las pastillas quedaron ocultas bajo su lengua.
El agua bajó por su garganta, pero la medicina seguía en su boca.
Sara le sonrió.
—Bien hecho.
Leo le devolvió una sonrisa forzada.
Pero en su interior, su cuerpo seguía en alerta.
Sabía que algo estaba mal.
Muy, muy mal.
Y que, cuando llegara la hora de dormir…
Lo descubriría.
***
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