Belleflur. Capitulo 23: Carol Duvalier y Etienne
La atmósfera en la Mansión Bellefleur se había vuelto densa, casi irrespirable. Carol Duvalier sentía el peso de los muros sobre sus hombros, como si la propia casa intentara aplastarla bajo el abrumador poder de Etienne de Rochefort. Sabía que él era la causa de todo. Cada sombra, cada susurro a medianoche, cada espíritu que vagaba por los pasillos no era sino una extensión de su influencia maldita. La mansión había sido un lugar de elegancia en tiempos pasados, pero ahora era una prisión. Carol lo sentía en lo más profundo de su ser.
"Es él", murmuraba una y otra vez, sin cesar, mientras recorría los pasillos oscuros, mirando de reojo, esperando ver su figura esbelta aparecer de repente, como siempre lo hacía, con una elegancia que solo escondía su verdadero rostro. Etienne. El nombre por sí solo le provocaba un escalofrío.
Carol no estaba sola en su condena. Los fantasmas que habitaban la mansión, esas almas atrapadas en un purgatorio interminable, no la dejaban en paz. Ellos también le susurraban el mismo nombre. Ellos también sabían quién había sido el responsable de su sufrimiento. "Rochefort..." decían sus voces quebradas, una cacofonía que llenaba cada rincón de la casa. Etienne, el oscuro juez, el titiritero invisible que movía los hilos del destino. Cada uno de ellos había sido víctima de su poder. Cada uno había sido una pieza sacrificada en su tablero macabro.
Etienne no solo robaba vidas; arrancaba algo más profundo, algo irremplazable, y lo dejaba suspendido en el vacío.
Para Etienne, la muerte de Mathilde había sido una de tantas. Pero esa vez, algo diferente lo había recorrido. Fue como si, por un breve instante, la eternidad que cargaba sobre sus hombros pesara demasiado, como si su inmortalidad misma hubiera comenzado a fracturarse bajo el peso de una culpabilidad que nunca antes había reconocido. No era solo un monstruo de carne y hueso; era un ser atrapado en un ciclo interminable de responsabilidad y castigo. Cada vida que tomaba, cada alma que condenaba, era un eco que lo empujaba más cerca de su propia decadencia.
Desde ese día, había comenzado a notar las grietas en su fachada impenetrable. Había algo profundamente irónico en la inmortalidad de Etienne de Rochefort: vivir por siempre no significaba vivir sin dolor. En cada instante, su corazón latía con una presión insoportable, un peso que le recordaba su verdadera naturaleza. No importaba cuántos siglos pasaran, no importaba cuántas vidas tomara o dejara pasar, siempre estaba ahí, el envenenamiento lento de su alma. No era su vida lo que estaba en juego, sino algo mucho más complejo: la finitud emocional de un hombre que había dejado de ser humano hacía mucho tiempo.
Esa noche, Carol se encontraba sola en el salón principal de la mansión, rodeada de estatuas que parecían observarla con ojos de piedra. La oscuridad envolvía todo, solo rota por la luz tenue de las velas que titilaban como si también temieran lo que estaba por venir. Entonces lo sintió. Esa presencia inconfundible que hacía que el aire se volviera más frío, más pesado. Etienne estaba allí.
Apareció, emergiendo de las sombras con esa calma hipnótica que siempre lo acompañaba. Su rostro era un lienzo de mármol, cincelado con precisión inhumana. Sus ojos oscuros la perforaban, como si intentaran extraerle los secretos más profundos. Carol lo miró con una mezcla de miedo y desafío. No podía seguir callada. No esta vez.
—¿Cuántos más, Etienne? —su voz era apenas un susurro, quebrada por el miedo y el resentimiento—. ¿Cuántas vidas más tienes que tomar antes de que sea suficiente?
Etienne no respondió de inmediato. Sus ojos, tan profundos como el vacío, la contemplaron con una mezcla de curiosidad y algo más, algo que Carol no podía discernir. Él sabía que ella tenía razón. Lo había sabido durante mucho tiempo, pero lo que Carol no comprendía era que él no buscaba más poder, no más almas para devorar. Había algo más oscuro en su deseo, algo más profundo. La búsqueda de un propósito que ya no estaba seguro de poder alcanzar.
—No es tan simple —respondió con su tono suave, casi melódico, pero que escondía la amenaza latente de un juicio implacable—. No es el poder lo que me mueve, Carol. Nunca lo ha sido.
Ella se acercó a él, temblando pero decidida, su rostro marcado por la desesperación.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó con furia—. ¿Qué más podrías querer, después de todo lo que has arrebatado?
Por un instante, los ojos de Etienne se suavizaron. No por compasión, sino por algo más parecido al cansancio, como si las verdades que él guardaba en su pecho fueran demasiado pesadas incluso para él.
—Algo que está más allá de lo que puedas comprender —susurró—. Algo que ni siquiera yo he encontrado todavía.
Carol lo miró, perpleja. Podía sentir la verdad en sus palabras, pero también la oscura contradicción de su existencia. Etienne de Rochefort, el inmortal, el ser rodeado de leyendas y temido por los vivos y los muertos, seguía buscando, como si, a pesar de su inmortalidad, estuviera condenado a una existencia incompleta.
—Tus pecados te alcanzarán —dijo Carol, con voz firme—. Lo sabes, ¿verdad?
Etienne asintió ligeramente, pero sus ojos, tan antiguos como la propia mansión, mostraron algo que Carol jamás había visto en él antes: una chispa de vulnerabilidad. Y en ese momento, la condena que pesaba sobre ambos quedó suspendida, no resuelta, pero inevitable.
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