Belleflur. Capitulo 25: René Leblanc
La luna brillaba débilmente sobre el sendero que conducía a la mansión Bellefleur. El aire era espeso, cargado de una niebla que envolvía los árboles y hacía que cada paso resonara de manera inquietante. Pierre Duvalier, con el corazón acelerado y la mente llena de imágenes aterradoras de su hija, caminaba a grandes zancadas, decidido a llegar a Bellefleur. No importaba lo que le esperara allí; no pensaba dejar que Carol siguiera en manos de esa monstruosidad que habitaba la mansión. Pero mientras avanzaba, algo le hizo detenerse.
Frente a él, sentado tranquilamente sobre una gran piedra al borde del camino, estaba René Leblanc. El cazador encendía con calma su pipa, el brillo de las brasas iluminando su rostro curtido. La pipa, que Pierre reconoció como una de tabaco traído de las Américas, soltaba un humo denso que se elevaba en espirales. Pierre frunció el ceño, incrédulo. ¿Cómo había llegado René hasta allí tan rápido?
"¿Cómo... cómo llegaste aquí antes que yo?" Pierre preguntó, claramente desconcertado. No había visto pasar a René desde que salió de la caseta del Ciervo Hastado.
René exhaló el humo, manteniendo su mirada en las sombras que se agitaban entre los árboles. Sus ojos, de un azul gélido, finalmente se dirigieron a Pierre.
"Conozco este bosque mejor que a mí mismo," dijo René con voz grave pero calmada. "Los senderos me llevan donde necesito estar, cuando lo necesito. Y sabía que vendrías por aquí."
Pierre aún no podía ocultar su asombro, pero había algo más urgente en su mente. "René, no tengo tiempo para esto. Mi hija está en esa mansión... y no pienso perder ni un segundo más."
René asintió lentamente, poniéndose de pie y sacudiendo la ceniza de su pipa. "Lo sé. Pero tampoco vas a ir solo, Pierre. Eso sería suicidio."
Pierre entrecerró los ojos. "¿Y qué sugieres? ¿Que me quede esperando mientras esos monstruos la retienen?"
René dio un paso hacia él, su mirada dura pero no carente de compasión. "He cazado en estos bosques durante años, Pierre. Sé lo que hay en Bellefleur, y sé que no es algo que puedas enfrentar sin estar preparado. No eres el primero que ha perdido a alguien por esa maldita mansión."
Pierre, lleno de angustia y desesperación, alzó la voz. "¿Y qué propones que haga? ¿Debería sentarme y esperar a que Carol muera, como tantos otros?"
René mantuvo la calma, exhalando otra bocanada de humo antes de hablar. "Hace tres años, Josephin Rouchette, la hija del panadero, desapareció. Como Carol, fue vista por última vez cerca de Bellefleur. Su padre intentó entrar allí solo, y nunca volvió. Eso fue lo que me hizo comprender que este no es un lugar donde un hombre puede ir sin aliados."
"¿Y qué me importa lo que pasó con Josephin?" replicó Pierre, la desesperación ahogando sus palabras. "¡Carol está ahí ahora!"
René dio otro paso hacia él, su tono más severo. "Escucha, Pierre. No hablo de viejas historias para perder el tiempo. Hablo de que hay otros que también quieren ver el fin de Bellefleur. No estás solo en esto."
Pierre lo miró, todavía lleno de rabia, pero la curiosidad comenzó a mezclarse con la frustración. "¿Qué quieres decir?"
René asintió, satisfecho de que Pierre empezara a escuchar. "Hace unos días, hablé con Alain de Montbrun. Él y yo servimos juntos en la frontera hace años. Es un hombre de recursos, y tiene una fuerza lista para movilizarse. Pero no es el único. Isabelle de Rochefoucauld también tiene sus razones para odiar a Bellefleur. Su hermana desapareció en las tierras cercanas hace años, y ha estado buscando respuestas desde entonces. No dudó en ofrecer su ayuda."
Pierre permaneció en silencio por un momento, procesando las palabras de René. "¿Qué estás diciendo, René? ¿Que todo un ejército viene detrás de nosotros?"
René sonrió, aunque fue una sonrisa fría. "No un ejército, pero sí una fuerza suficiente para enfrentarse a lo que hay ahí dentro. Jean-Luc de Saint-Denis ha perdido más de una docena de trabajadores en las últimas semanas, todos desaparecidos cerca de la mansión. Y Marie-Claude de Chantilly, aunque no es una guerrera, ha movilizado a mercenarios veteranos que le deben favores. Esto no es solo por tu hija, Pierre. Esto es por todas las vidas que esa maldita mansión ha tomado."
Pierre, que antes estaba dispuesto a lanzarse a Bellefleur solo, comenzó a sentir el peso de la situación. "Entonces, ¿no voy solo?"
René negó con la cabeza, su mirada firme. "No. No irás solo. Pero tampoco irás ahora. Están en camino, y cuando lleguen, la mansión verá algo que no ha visto en siglos. Verá fuego. Verá acero. Y verá a hombres que no se rendirán hasta que todo lo que vive en esos muros esté muerto o destruido."
Pierre miró a René, y por primera vez en lo que parecían días, sintió una pequeña chispa de esperanza. "¿Y cuánto tiempo tenemos que esperar?"
René exhaló una última nube de humo antes de apagar su pipa. "No mucho. Ya están en marcha. Desde lo alto de la torre, Etienne verá las antorchas acercándose. Y sabrá que su tiempo está acabando."
"Etienne..." susurró Pierre, el nombre del monstruo que tenía a su hija atormentando cada pensamiento.
"Sí," dijo René, su voz más baja, más sombría. "Etienne de Rochefort. Pero no será solo él quien caiga. Bellefleur será reducida a cenizas. Y nosotros nos aseguraremos de ello."
Pierre asintió, su resolución fortalecida. "Entonces esperaremos. Pero cuando llegue el momento, René... no me detendrás. Si Etienne o cualquier otra cosa en esa mansión ha puesto un dedo sobre Carol, no me contendré."
René colocó una mano firme en el hombro de Pierre. "No lo harás solo, Pierre. Ninguno de nosotros lo hará."
Ambos hombres, unidos por el deseo de justicia y venganza, continuaron su camino por el sendero. Pero esta vez, Pierre no se sentía tan solo. Sabía que, por primera vez desde que su hija había desaparecido, tenía aliados. Y que cuando el momento llegara, serían implacables.
René Leblanc se había forjado una reputación en el pueblo como un hombre fuerte, decidido, alguien a quien no le temblaba el pulso ni frente a la bestia más peligrosa. Los habitantes lo veían como un cazador implacable, un hombre cuyas cicatrices hablaban de los innumerables peligros que había enfrentado y vencido en el vasto bosque que rodeaba la mansión Bellefleur. Y sin embargo, detrás de esa fachada de acero, detrás de los gestos firmes y las miradas frías, René cargaba una tristeza profunda, una herida que nunca había sanado del todo.
Pierre Duvalier no podía saberlo, claro. Para Pierre, René era su esperanza, su guía, el hombre que le había prometido que no estaría solo en su lucha por salvar a Carol. Pero René sabía, en el fondo de su ser, que la historia de Pierre y su hija era, en cierto sentido, la historia de todos los hombres que alguna vez se habían acercado a Bellefleur. La tragedia los envolvía como una red oscura, tejida en las sombras de ese lugar maldito. René lo sabía demasiado bien porque, años atrás, él mismo había sido otro hombre desesperado, buscando respuestas, buscando justicia... y, sobre todo, buscando redención.
René había amado. Había amado con una intensidad que pocos llegarían a comprender. Elise, su esposa, y su hijo Luc, habían sido su vida, su razón para levantarse cada mañana y enfrentarse a las dificultades del mundo. Ellos habían sido su luz, su ancla en una existencia que, de otro modo, podría haber sido sombría y solitaria. René había sido feliz, sí. Feliz y despreocupado, como cualquiera que aún no ha probado la amarga verdad del sufrimiento. Pero todo cambió una fría noche de otoño.
Aquella noche, René había salido a cazar. Elise y Luc quedaron en su pequeña cabaña, en la seguridad de su hogar. Nunca pensó, ni por un segundo, que los estaba dejando desprotegidos. Había cazado en esas tierras durante años. Sabía dónde acechaban los lobos, qué zonas evitar, qué rutas tomar. Pero lo que René no sabía, lo que jamás podría haber anticipado, era el poder oscuro y antiguo que se agitaba en las profundidades de Bellefleur. Un poder que había estado despertando lentamente, alimentándose de los miedos y las esperanzas de todos aquellos que vivían cerca.
Cuando René regresó esa noche, encontró a su familia muerta.
Elise y Luc no habían sido asesinados violentamente. No había sangre, ni signos de lucha. Sus cuerpos simplemente yacían allí, fríos, vacíos. Era como si la vida hubiera sido arrancada de ellos, sin dejar rastro alguno. René recordaría para siempre la sensación de impotencia que lo invadió en ese momento. La confusión, el dolor, el enojo. Había gritado, había llorado, pero nadie en el bosque escuchó sus lamentos. Su mundo se desmoronó en silencio.
Años después, mientras se sentaba en aquella gran piedra encendiendo su pipa frente a Pierre Duvalier, esas imágenes aún lo perseguían. Cada inhalación de tabaco traía consigo recuerdos de esa noche, de los rostros inertes de su esposa y su hijo. Era como si una parte de él hubiera muerto junto a ellos, y lo único que lo mantenía en pie era el deseo de no dejar que otros corrieran la misma suerte.
Pero René no solo cargaba con la tristeza de su pérdida. Había algo más, algo que había aprendido después de aquella trágica noche. Algo que no le había contado a Pierre ni a ningún otro ser viviente. Porque René, aunque nunca lo admitiera en voz alta, sabía que él también estaba maldito.
Después de la muerte de su familia, René había hecho lo que cualquier hombre haría: buscó respuestas. Caminó durante días hasta que sus piernas no pudieron más, preguntó a curanderos, sabios y hasta a sacerdotes. Pero todos los caminos lo llevaron de vuelta a Bellefleur. La mansión parecía ser el epicentro de todo lo que había sucedido, el corazón negro que latía bajo la superficie de los bosques. Y, a medida que René se adentraba en los misterios de Bellefleur, descubrió que no estaba solo en su dolor.
Muchos otros habían perdido seres queridos. Muchos otros habían sido consumidos por la oscuridad de ese lugar, y aunque las desapariciones no siempre seguían un patrón claro, siempre había una constante: Bellefleur. Las familias que vivían cerca de la mansión sabían que había algo extraño allí, algo que no podía ser explicado por el simple miedo a lo desconocido. Y poco a poco, los rumores sobre Etienne de Rochefort comenzaron a llegar a los oídos de René.
Al principio, René no quería creer que un hombre pudiera ser responsable de tanto sufrimiento. ¿Cómo podía alguien tener tanto poder, tanta maldad? Pero mientras investigaba, mientras escuchaba las historias de otros aldeanos, comenzó a entender que Etienne no era solo un hombre. Había algo más en él, algo que trascendía el tiempo, algo que había estado en Bellefleur mucho antes de que René naciera. Algo que ahora parecía haberse fijado en él.
Las desapariciones comenzaron a aumentar. La joven Josephin Rouchette, hija del panadero, había sido solo una de las muchas víctimas. Y aunque los aldeanos intentaban seguir con sus vidas, como si Bellefleur no fuera más que una vieja casa embrujada de la que nadie debía preocuparse, René sabía que el mal se estaba extendiendo.
Años después de perder a su familia, René había hecho un pacto consigo mismo: nunca permitiría que otro hombre atravesara el mismo infierno que él. Por eso, cuando Pierre Duvalier apareció, buscando desesperadamente una manera de salvar a su hija, René supo que no podía quedarse al margen. Sabía que este hombre estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para salvar a Carol, como él lo habría estado por Luc. Y en ese momento, sentado frente a Pierre, René sintió que tenía una segunda oportunidad. No de salvar a su propia familia, pero sí de evitar que alguien más perdiera la suya.
René exhaló una bocanada de humo, sus ojos fijos en los de Pierre. "No estás solo en esto, Pierre. No lo estuviste nunca." Las palabras salieron lentamente, como si cada una de ellas estuviera cargada de una verdad más grande de lo que cualquiera de ellos dos podía comprender.
Pierre frunció el ceño, sin entender del todo. "¿Qué quieres decir?"
René sonrió, pero era una sonrisa triste, llena de la sabiduría que solo el sufrimiento puede otorgar. "Bellefleur ha tomado mucho de este pueblo, mucho más de lo que crees. No eres el primero que intenta entrar ahí para salvar a alguien, y no serás el último. Pero esta vez, las cosas serán diferentes."
Pierre inclinó la cabeza, tratando de procesar lo que René le estaba diciendo. "¿Diferentes cómo?"
René apagó su pipa y se levantó lentamente de la roca. "Hay un ejército viniendo. Gente que, como tú, ha perdido a sus seres queridos por culpa de esa mansión. Gente que está cansada de vivir con miedo. Isabelle de Rochefoucauld, Jean-Luc de Saint-Denis... incluso Alain de Montbrun ha decidido unirse a la causa. Todos han perdido algo, y todos están dispuestos a luchar para destruir Bellefleur de una vez por todas."
Pierre lo miró con los ojos entrecerrados. "¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes?"
René suspiró. "Porque antes, no estábamos listos. Todos nos aferrábamos a la idea de que podíamos seguir viviendo nuestras vidas, ignorando el mal que habita en Bellefleur. Pero las desapariciones... las desapariciones han llegado demasiado lejos. Y ahora todos lo saben. Los terratenientes, los nobles... todos están sintiendo la amenaza. Y cuando llegue el momento, miles de antorchas se alzarán contra Bellefleur."
Pierre tragó saliva, sintiendo un peso en su pecho. "Entonces... ¿hay esperanza?"
René lo miró, con esa mirada cansada pero llena de determinación. "Siempre hay esperanza, Pierre. Pero también hay sacrificios. Lo que estás a punto de enfrentar no será fácil. Bellefleur no caerá sin luchar. Etienne... él no dejará que se lo arrebaten todo sin oponer resistencia."
Pierre cerró los ojos, pensando en Carol. "Lo que sea que venga, estoy listo. No me importa el precio."
René asintió. "Lo sé. Y por eso, estaré contigo hasta el final."
Mientras ambos hombres se preparaban para lo que les esperaba, René sintió una pequeña chispa de algo que no había sentido en mucho tiempo: redención. Puede que no pudiera deshacer el dolor de su pasado, pero tal vez, solo tal vez, al ayudar a Pierre, podría encontrar algo de paz en medio de la oscuridad que lo había consumido durante tantos años. Tal vez, al final de todo, René Leblanc podría finalmente descansar.
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