Bruja Piruja. Capitulo 12. Lluís Fonts. Mery
Tacmor
Dentro de las Strix nació una formación paralela: las Cardalis, en honor a la única bruja que logró confrontar a la suprema Domina Mantheia.
El mal no es una fuerza moral ni divina,
sino una acumulación de energía descompensada,
una vibración que se densifica hasta corromper lo que toca.
Según las Cardalis,
Tacmor, el Búho sin Rostro, no lucha contra el mal:
lo descompone, lo dispersa y lo purifica,
devolviendo sus partículas a su forma natural, limpia.
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Antes de que el tiempo tuviera nombre,
el mundo estaba lleno de vibraciones:
todo vivía, todo temblaba,
desde las montañas hasta las raíces más hondas del suelo.
Pero no todas las vibraciones eran puras.
Algunas se torcían, se volvían pesadas
y, con el paso del tiempo, se unían entre sí,
como pequeñas sombras que se atraen unas a otras.
Así nació el mal:
una masa de energía oscura formada por las vibraciones enfermas de la vida.
Las brujas dicen que, cuando esa oscuridad crece demasiado,
el mundo llama a Tacmor,
el Búho sin Rostro,
guardián de la pureza oculta en todas las cosas.
Tacmor no destruye el mal:
lo descompone.
Su poder se manifiesta en tres ondas que viajan en el silencio.
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Las Tres Ondas de Tacmor
La primera onda es la del Desconcierto.
Rompe la masa oscura del mal,
quebrando su unión y deshaciendo su forma.
La segunda onda es la del Retorno.
Toma las partículas negras liberadas
y las reparte por el mundo,
devolviendo cada una a su lugar de origen:
a la piedras, a las plantas, a los insectos y a todo el universo de lo que está compuesto el microcosmos de la naturaleza.
La tercera onda es la luz sobre la oscuridad.
Las partículas que volvieron a su origen vibran para purificar lo envenenado, lo intoxicado, lo maldecido. Purifica, limpia la memoria del odio y del rencor, y las transforma en vibraciones nuevas, más fuertes que antes, más resistentes a la cuaccion de la oscuridad.
El mal no desaparece. Pierde su poder, su egemonia y se transforma otra vez en vida.
Porque todo lo oscuro proviene de algo que fue luz, y solo Tacmor recuerda el camino de regreso.
***
Inspector Lluís Fonts:
Esto no es un informe.
Podría contar muchas anécdotas de ella… pero no sé por dónde empezar…
…Marisol Watts Cardelia.
Mery, para los amigos.
“Eh, tú”, para los gilipollas.
Toda su vida la dedicó a construir algo que, si lo escribo tal cual, me quitan la placa, el arma y probablemente me desnuden, me pongan un pañal y me den un cachete en el culo con un “¡listo!”, en algún centro institucional de problemas psicológicos.
Si tuviera que describirla…
Diría que es un ángel.
Pero no uno de esos que caen por error.
Si Mery fuera un puto ángel, su historia sería esta:
….que fue expulsada del cielo porque san Pedro le chuleó… y ella, ofendida, le soltó una hostia. Así que la mandaron derechita al jodido infierno. Y claro, un bombón así no puede derretirse sin más entre tantas llamas y privatizaciones…
Su novia.
Una princesa del asfalto con mala hostia.
Una jodida Harley-Davidson.
Una Sportster 883, blanca mate, con cromados.
….Mery saldría de las llamas sin mirar atrás,
con el dedo levantado a Cerbero y al puto diablo, con la misma calma con la que se enciende un cigarro.
!Oh, sí, nena!
¡Esa es mi chica!
Supongo que fue por la influencia de su madre.
O tal vez no…
La cuestión es que su infancia siempre fue…
bueno…
un poco diferente a la de las demás chicas de su edad.
Dakota del Norte, Estados Unidos
Invierno de 1967
La habitación era la típica de un bebé de finales de los años sesenta. Una cuna de barrotes de madera de haya, pintada de rosa,
y un móvil colgando del techo, hecho a mano por un abuelo que sabía de carpintería y quería a su manera.
Las casas viejas tienen sus propios hábitos.
Crujen. Respiran. Hacen esas cosas de casas muy antiguas…¿ me captais?
Mery estaba despierta en su camita, observando el móvil girar despacio, cuando algo dejó de encajar. No fue un ruido. Fue un cambio.
El móvil se detuvo. Una de las figuritas quedó girada hacia la esquina de la habitación, aunque no había corriente y nadie había pasado.
El reloj del gato negro, colgado frente a la cuna, seguía moviendo los ojos de un lado a otro.
Tac, tac, tac,... Y entonces! Los dos ojos quedaron fijos, mirando exactamente al mismo punto que la figurita del móvil. Es decir, hacia una esquina de la habitación.
Mery intentó respirar hondo. El aire se volvió espeso, como si la habitación hubiera decidido asfixiarla.
Los médicos, años después, dirían que era una cosa común. Que a veces los niños dejan de respirar dormidos. Que basta con cambiar la postura.
Pero Mery estaba despierta. Sus ojitos de bebe intentaban captar algo en la oscuridad..
La muñeca de trapo, una con una sonrisa inocente y sentada en la estantería, se inclinó apenas un poquito para observar lo que aquella esquina escondia.
Por un instante todo se detuvo, como si el tiempo se alargase. 1…, 2…, 3… , y
entonces algo cambió de nuevo.
El reloj volvió a moverse de nuevo.
Tac, tac, tac, tac….
El móvil empezó a girar otra vez,
como si nada hubiera pasado.
El aire regresó.
Había algo muy oscuro en aquella habitación.
Los episodios se repitieron.
Los médicos insistían en que aquella niña estaba sana.
Los padre de Mery, nunca estuvieron tranquilos.
Vale, pongámonos serios… solo un segundo.
Había algo muy oscuro en aquella habitación. Oscuro de verdad, no “me dejé el móvil sin batería”.
Los episodios se repetían, otra vez, otra vez, otra vez… como un mal reboot.
Los médicos, con su bata y su sonrisa de “hemos visto Grey’s Anatomy”, insistían en que la niña estaba perfectamente sana.
Spoiler: no lo estaba.
Y los padres de Mery… bueno, digamos que nunca volvieron a dormir tranquilos.
Y si tú estás tranquil@ ahora mismo, es que no estás prestando atención.
Desde aquel día —y créeme, he leído muchos informes y demasiados expedientes como para saber cuándo algo empieza mal—,
Mery desarrolló una afición bastante concreta por todo aquello que incomodaba a la gente normal: fantasmas, leyendas urbanas y preguntas que no hacen amigos.
Nada que tranquilizara a un terapeuta.
Nada que se pudiera archivar sin una nota al margen, un café doble y una mirada larga al calendario, pensando en la jubilación.
No lo digo yo.
Lo dice cualquiera que haya intentado seguirle el hilo más de cinco minutos sin perder la paciencia.
Su cabeza no estaba llena de unicornios.
Ni de arcoíris. Ni de planes a cinco años.
Tampoco de grandes ideas. Estaba llena de preguntas. Preguntas incómodas. De las que no vienen con folleto explicativo, porque si las haces en voz alta, alguien tiene que hacerse responsable. Y nadie quiere eso antes de los treinta. Ni después, si me apuras.
Y antes de que alguien se emocione y saque una bicicleta con luces, una sudadera ochentera y la música sintetizada a todo volumen, dejemos una cosa clara:
esto no es Stranger Things.
Aquí no hay niños adorables salvando el mundo. No hay nostalgia empaquetada al vacío. No hay adultos inútiles para que los críos parezcan héroes.
Sigamos, que me disperso.
Mientras algunas niñas se juntaban con otras niñas y hablaban de cosas importantes como… cosas
—secretos trascendentales, dramas del tamaño de una pegatina, risas que no llevaban a ningún sitio pero quedaban muy bien en grupo—, otras soñaban con ser princesas.
Vestidos bonitos. Castillos grandes.
Y un príncipe azul que siempre llega tarde,
pero llega.
Otras aprendían pronto el arte de sonreír, asentir, cruzar las piernas y no levantar demasiado la voz.
Mery no.
Probó a encajar.
Cambió de aspecto más de una vez.
Ropa cuidada, como la de las chicas del instituto a finales de los setenta.
Luego camisetas deportivas con el nombre de la escuela a la espalda.
Intentos honestos de parecer otra.
No funcionó.
Las animadoras se lo dejaron claro una tarde cualquiera, en uno de esos corrillos elegantes que parecen inofensivos hasta que te das cuenta de que están afilados por dentro.
Después de eso, Mery dejó de intentarlo.
Se quedó con unos vaqueros gastados,
una chupa negra y la música demasiado alta para la hora que era: Canciones de Ramones
o de Led Zeppelin, sonando desde una habitación con la puerta cerrada, hablando de huir, de aguantar o de no pedir permiso.
No se le daban bien las conversaciones largas.
Ni los silencios compartidos.
Ni ese idioma invisible que parece que todo el mundo aprende menos tú.
Tampoco estudiar era lo suyo.
Sentarse quieta le costaba.
Fingir interés, más todavía.
Así que, cuando las opciones empezaron a agotarse, solo quedó una que no pedía demasiadas explicaciones.
El deporte.
No como vocación.
Como último refugio.
El rugby llegó casi por accidente.
Un comentario fuera de lugar.
Una risa de más.
—Eh, rarita. Si tanta gracia te hace, ¿por qué no vienes y lo demuestras?
El entrenador suspiró, miró el reloj y decidió que, total, tampoco pasaría nada por probar.
Fue un desastre.
Mery no era la más fuerte.
Ni la más rápida.
Ni la que mejor entendía el juego.
Recibía golpes.
Llegaba tarde.
Se levantaba con barro en la cara
y sin aplausos.
Desde la grada, las risas.
Pero algo no encajaba del todo.
Cada vez que caía, Mery se levantaba. Dolida.
Sin llorar. Sin pedir perdón.
Los chicos empezaron a notarlo.
Al principio, con incomodidad.
Después, con algo parecido al respeto.
Alguno incluso le tendió la mano.
Eso no gustó en la grada.
Y fue después, en un callejón sucio a dos manzanas de Iron Horse Motorcycles, junto a la State Route 12, en Raven’s Creek, cuando Mery entendió que no iba a formar parte de nada que necesitara permiso para existir.
No entraré en detalles.
Los expedientes nunca lo hacen.
Solo diré que salió de allí magullada
y con algo roto que no volvió a colocarse en su sitio.
Fue entonces cuando la vio.
Reflejada en el escaparate sucio de Iron Horse Motorcycles.
Blanca.
Cromada.
Esperando.
Una Harley-Davidson.
“ Harley Davison 885" cromada y de color blanco roto.”
Y aquello…
aquello sí fue amor a primera vista.
***
Mery se quedó mirando el escaparate.
Y no, no fue una revelación mística ni un rayo cayendo del cielo. Nada de destino escrito en llamas ni música épica de fondo. Fue más bien como cuando ves por primera vez una película de los ochenta y, sin saber por qué, algo dentro de ti hace clic.
Ese clic que no viene con subtítulos, pero que tu estómago entiende perfectamente.
El tipo de sensación que te dice:
“hoy es domingo por la tarde, no he hecho los deberes que tengo que presentar mañana en el cole”
y, justo después, sin transición alguna:
“me da igual”.
Aunque tu padre te cruja.
Aunque te quedes sin salir de casa el resto de tu vida como un puto presidiario hogareño.
Esa sensación.
Como cuando Marty McFly ve el DeLorean por primera vez y no piensa en paradojas temporales, ni en agujeros negros, ni en lo mal que va a acabar todo. Piensa: vale, esto es lo mío… y me voy a dar un rulo cuando Doctor Emmett Brown no mire.
No porque lo entienda.
Sino porque encaja.
O como cuando en The Last Starfighter el chaval se pasa media vida jugando a una recreativa cutre… y resulta que no estaba perdiendo el tiempo, sino entrenando para algo mucho más grande, más peligroso y claramente fuera de su liga.
Sorpresa: nadie le preguntó si quería alistarse.
Eso mismo le pasó a Mery.
La Harley blanca y cromada no parecía una moto expuesta. Parecía una pieza mal colocada del mundo. Como si alguien hubiera montado el decorado con prisas y se le hubiera colado algo importante en el plano equivocado.
Y lo peor no era que llamara la atención.
Lo peor era que no llamaba a todo el mundo.
Llamaba a ella.
Mery no pensó: qué moto tan guapa.
Pensó: esto me está reconociendo.
Como si la Harley hubiera sido construida con un molde invisible que coincidía exactamente con sus grietas. Con su mala tarde. Con sus nudillos doloridos. Con esa sensación constante de estar fuera de sitio.
Como si un ángel de la guarda criado con La casa de la pradera hubiera dicho de pronto:
—Basta.
A tu destino le vamos a poner clase… y rock and roll.
No era amor.
Era el dedo índice levantado al puto sino.
No era deseo.
Era necesidad.
Como cuando en Footloose alguien empieza a bailar en un pueblo que se estaba desintegrando de aburrimiento.
Era esa fascinación peligrosa que te da cuando sabes que algo no es para ti…
y aun así coges una revista, un ordenador y te construyes un Tamagotchi a tamaño real con forma de mujer explosiva.
Porque negarlo nunca ha sido tu fuerte.
Y lo jodido es que la moto no hacía nada.
No rugía.
No brillaba de más.
No prometía aventuras.
Simplemente estaba ahí.
Blanca.
Cromada.
Esperando, como esperan las cosas que saben que el tiempo juega a su favor.
Y Mery, sin darse cuenta, sonrió un poco.
No una sonrisa feliz.
Una sonrisa de compromiso.
No importaba el coste.
En ese instante supo, por primera vez, que esa moto era para ella.
…Lo sé.
No tengo ni idea de si pasó exactamente así.
Pero lo que sí sé es esto:
esa princesa con mala hostia necesitaba caña.
Y Mery tenía para dar y regalar.
***
Prairie Moon Diner
En Dakota del Norte, en 1977, eso era casi un rito de paso.
El sitio se llamaba Prairie Moon Diner: neones cansados, café interminable y una clientela que no venía a comer… venía a olvidar.
Y ahora pausa un momento.
Porque aquí es donde normalmente el narrador serio se calla.
Yo no.
—No lo digo yo —aclaro antes de que alguien se ponga exquisito—.
Lo dice su expediente policial del estado de Dakota.
Texto literal: “Negocio siniestro total.”
Sí.
TOTAL.
Por no hablar de las cien hectáreas calcinadas, del humo visible a kilómetros y del momento exacto en que aquello dejó de ser un incendio y pasó a ser un problema federal.
Tan grave que, en 1977, Jimmy Carter tuvo que autorizar el envío de militares para contener aquel puto infierno.
Y aquí viene la parte divertida —si tu idea de diversión es el terror administrativo—:
el informe no se cerró ahí.
Tan grave fue todo que, años después, cuando Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca,
el expediente seguía clasificado.
Spoiler rápido, que sé que tienes prisa:
una única superviviente.
Oh.
Sí.
Marisol Watts Cardelia.Nuestra Mery.
Lo siento por el nombre. Idea del escritor.
No me mires así.
¿Marisol Watts?
Joder! y a todo esto ¿A quién se le ocurre ponerle Marisol ?
¿Que qué pasó exactamente en el Prairie Moon Diner?
Hmm…
Llama a un globo.
Pide palomitas.
Y siéntate bien.
Porque lo que viene ahora no cabe en un solo libro.
Esto da para una trilogía…
y algún informe clasificado.
Esto va para largo.
***
© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
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