Bruja Piruja. Capitulo 13. Lluís Fonts. Mery en el '77' .Route 46: Highway to Hell


“No todo lo que duerme está muerto.
No todo lo que calla está vacío.
Y no toda materia desea seguir siendo cosa.”

Los Sork

"...:En los pliegues más antiguos de las Strix se dice que el mundo fue engendrado
con manos y letras.

Cada signo, escrito o grabado en un material concreto, es un escudo, un arma o un silencio a perpetuidad.

Cada sílaba, en su canto sagrado, es la vibración del cuerpo como instrumento de aire,
una caja de resonancia que hace que cada célula de cada órgano vibre con una nota distinta y dispersa, hasta completar un pentagrama y, finalmente, convertirse en melodía sagrada. 

En la pronunciación, los órganos vibran,
la carne transmite a los huesos y estos lo transforman en energía vital: una fuerza que vuelve al cuerpo entero hasta alcanzar la gema de los dedos. La Makuyaj, o Magia, no fluye desde fuera, sino desde el interior físico de una Strix ( Athanor).

Lo roto se restaura, lo quebrado se recompone, y lo contaminado o tóxico se diluye
en la melodía pronunciada.

No son recitos.
Los nombres de los símbolos deben pronunciarse con convicción, sin miedo, ni mentira, con el corazón limpio y marcando el paso y el ritmo de la entonación, para que el poder fluya, eficaz y decisivo.

El objeto se deforma su propia biología: lo inanimado es animado.

El acto es íntimo, peligroso, agotador e irreversible. Provoca al destino, hiere al sino y constituye el objetivo. La luz es humillada y la oscuridad doblegada, para dar paso a la mentira y ocupar el lugar de la realidad.

Así nacieron los primeros Sork.
Entidades nacidas del deseo de una Athanor ( Strix), con el intención de cambiar la mentira en verdad. Para despertar el anhelo personal
para un propósito concreto: protegerse
y confrontar a la más peligrosa de las brujas,
la Domina Mantehia.

Los Sork no son, monstruos , ni espectros de alcoba para robar los sueños de hombres o mujeres de buen bien. Eso… eran cosas.

La materia no muere: se corrompe, se disuelve, se transforma y se le adhiere otro destino.

Pero el Sork, una vez nacido, no posee forma concreta, ni dueño, ni amo. Su único anfitrión,
su Sire, su Lord y su Señor es la fuerza más primitiva de la oscuridad…"

…”El hambre”.


(Libro de Tacmor — Volumen VII, folio 333 — Niska Cree)

***
Lluís Fonts (1997)

Vale, vale… antes de hablar del primer trabajo de nuestra querida Mery, tengo que contaros una historieta.

Una leyenda urbana.
De esas que empiezan con “no deberíamos estar aquí” y terminan con “¿por qué nadie escuchó al imbécil del asiento de atrás?”.
Década de los setenta.
Dakota del Norte. Estados Unidos.
Frío.
Nada y mucha más nada…
Una carretera tan recta que parece diseñada por un ingeniero con TOC, trauma infantil y cero sentido del humor.
La Ruta 46.


Una vía donde podías pisar el acelerador como si te persiguieran Hacienda, la CIA y tu ex… todo al mismo tiempo.
Nada de pasear a Miss Daisy.
Nada de llevar a mamá de compras.
Esto era carretera para malas decisiones.

Oficialmente, la asfaltaron en los años veinte gracias al contrabando de alcohol.
Porque, ya sabes: primero llega el vicio, luego el progreso. Extraoficialmente…Bueno.
Eso es otro tema. Y no es bonito…

En los mapas, la Ruta 46 aparece como una línea limpia. Recta. Inofensiva.
! JA!
Más larga de lo que debería ser una carretera secundaria.
Tan recta que el ojo pierde referencias.
Tan larga que el horizonte parece congelado.
Tan aburrida que empiezas a preguntarte si estás avanzando… o si el mundo te está troleando.

La leyenda cuenta que, en cierto tramo,
el horizonte se funde con la carretera…
y con el tiempo.

O sea: GPS existencial averiado.
La versión corta: la gente se perdía.
La larga empieza con la palabra “Proyecto”
y termina en Manhattan, con cadáveres emocionales por el camino: Camioneros, viajeros, …..etc. Flipados con exceso de confianza.

Por algo la llamaban Rue of the Hell.
Pero, ¿por qué demonios era importante esa carretera? Porque la tierra roja de Dakota del Norte producía arcilla suficiente
para construir medio país.

Sí. Medio puñetero país.
Ladrillos que acabaron en barrios importantes de Long Island, en edificios emblemáticos de Manhattan —incluido algún hotel con fama de embrujado— y en miles de casas más inhóspitas de las que nadie habla.

Desde los años veinte hasta bien entrada la década de los sesenta, la industria del ladrillo fue el motor silencioso de la zona. Luego menguó. Se abrieron otras minas. Otras tierras. Otros nombres….

¿Que si se siguió comprando arcilla para fabricar ladrillos y objetos en Estados Unidos?
¡Por supuesto!
Solo hubo que cambiar las etiquetas de procedencia y…
listo.

Todo eso son historias, claro.
Leyendas urbanas de carretera.
Como esas historias que se cuentan en fiestas cuando el alcohol bueno ha muerto,
el malo está en coma y alguien decide que ha llegado su momento. El típico chaval que ve a la chica. Esa tia a la que todos quieren impresionar.
Y piensa: Ahora es cuando saco mi leyenda urbana de terror y me convierto en leyenda viva.
Entonces carraspea.
Pide silencio.
Y empieza a contar una historia muy intensa.
Muy intensa. Tan intensa que ni su propia sombra se la cree.

Tres minutos después, silencio incómodo.
Y de pronto… lluvia de vasos de plástico,
como si estuviéramos celebrando un ritual ancestral para expulsar idiotas.

 Vasos de plástico vacíos. Por supuesto.

Pero escucha bien esto:
Si alguien llega a Red Willow Creek
—spoiler: es un pueblo—
casi siempre es porque antes
ha pasado por la Recta del Infierno.

Y créeme…
nadie pasa por allí
sin perder algo por el camino.

***
El expediente de Marisol Watts Cardelia 

Verás… el FBI no me entregó el dosier por cooperación internacional,ni por amistad entre cuerpos,ni por espíritu de servicio.

Me lo dieron porque estaban hasta aquí de Marisol Watts Cardelia.
Hasta. Aquí.

Ese expediente tenía tantas cosas inexplicables que ríete tú de los casos de los Warren.

Había informes que parecían escritos por gente muy profesional hasta que, de repente,
empezaban a divagar como si alguien hubiera dejado una ouija abierta al lado de la máquina de café.
Carpetas enteras llenas de:
—incidentes imposibles,
—testimonios contradictorios,
—grabaciones que no encajaban,
—fotografías que no se podían explicar,
—y notas al margen del tipo:

—«Esto no puede ser real.»
(This can’t be real.)

—«Revisar el estado mental del redactor.»
(Check the mental state of the writer.)

Y mi favorita, subrayada tres veces y con un círculo rojo alrededor:
—«¿Quién demonios ha aprobado este informe?»
(Who the hell approved this report?)

Los documentos estaban tan llenos de tachones que parecía que los hubiera censurado Batman con un rotulador industrial negro.


Había páginas donde solo sobrevivían tres palabras y un grito silencioso de ayuda.
El dosier era tan largo,
tan caótico, tan absurdamente detallado,
que parecía más una trilogía épica que un archivo policial.

Ríete tú del Señor de los Anillos.
Aquello tenía prólogo, nudo, desenlace,
precuelas, secuelas
y escenas eliminadas.

Y lo peor es que todo era real.
O al menos…
todo había ocurrido.

El expediente era tan absurdo, tan inquietante y tan inabarcable, que en más de una ocasión alguien propuso seriamente meterlo en una cápsula, lanzarlo al espacio y pegarle una nota que dijera:
—«Suerte, extraterrestres.»

Porque aquello ya no era un problema policial.
Era un problema existencial.

Así que un buen día alguien en el FBI dijo:
—Mirad, chicos…
—yo ya no puedo más con esta mujer.
Silencio incómodo.
—¿Y si se lo pasamos al inspector español?
Otro silencio.
—Total… vive en el mismo país que ella.
—Que se coma él el marrón.
—Nosotros ya hemos perdido suficientes neuronas.

Y así, sin ceremonia, sin música solemne,
sin intercambio diplomático… me colocaron en las manos el mayor dolor de cabeza administrativo mundial de finales del siglo XX.
Porque Mery no era un caso. Era una anomalía persistente. Un error del sistema con piernas.
Un expediente que se negaba a cerrarse.

Y sinceramente… no creo que el FBI me lo diera para que lo investigara. Me lo dieron
para quitárselo de encima.

***

Prairie Moon Diner — 7:00 a. m.

Mery entró a trabajar aquel jueves a las siete en punto de la mañana.

Fue directa a su taquilla. En la parte interior de la puerta había una frase grabada con cuidado, junto a una fotografía arrancada de un catálogo de Harley-Davidson.

Una 885 cromada. Imposible de confundir.
Al lado, un beso de pintalabios rojo, ya un poco corrido.

“El trabajo de tu vida no es el que amas, sino el que te permite construir la vida que quieres.”

Debajo de la frase, alguien había dibujado una mano con el dedo índice levantado.
Alrededor, restos de otras frases tachadas, palabras corregidas, intentos fallidos.

Aquel galimatías en la parte trasera de la puerta era como los orígenes de las redes sociales, pero sin corazones y sin haters.

A Mery le costaba.Tenía miedo.
Se esforzaba en ser responsable, en cumplir como una buena esclava del mundo laboral de la década de los setenta. Y, aun así, de algún modo, sentía que estaba en el camino correcto…
Volvió a leer la frase…
—¡Los cojones!.

¿O tal vez quiso decir cojines?
Bueno. No exactamente.
Lo que Mery pensó en ese momento fue que los cojines de la mesa que hacía esquina seguían sin lavarse y que, si Earl volvía a sentarse allí, volvería a quejarse.
Como siempre.

***


Prairie Moon Diner — 7:03 a. m.


Earl ya estaba al teléfono cuando Mery terminó de ponerse el delantal.
—No, no me sirve —decía—. Me sirve lo que llega a tiempo.
(Pausa.)
No es mi problema que una vieja se haya caído en el paso de cebra con la compra de tres meses. He dicho que no. El martes no es a tiempo. El martes es una disculpa.
Sostenía el auricular entre el hombro y la oreja mientras miraba a Mery por encima de las gafas.
—¿Quién coño compra comida para tres meses? —añadió al teléfono—. ¿Qué pasa, que va a montar una barbacoa para la Super Bowl?

Se giró hacia ella sin tapar el micrófono.
—Eh, tú. Cuando termines con la barra, revisa las habitaciones cuatro y nueve.
Anoche vino una pareja de Illinois y unos salidos montaron una fiesta en la nueve.
Mery sopló.
—Ah, y otra cosa —continuó Earl—: no entres al lavabo sin mascarilla antigás.
Ayer mi suegra trajo albóndigas y el regalito ha embozado el váter.
Colgó sin despedirse. Encendió un puro. Marcó otra línea.
—Que te he dicho que no —dijo—. Quiero esa mercancía para ayer.
Mery pasó de nuevo por delante del despacho cargada con los productos de limpieza. Earl la siguió con la mirada.
—En serio, me está saliendo una almorrana que va a acabar con mi matrimonio tarde o temprano. Bendito sea el Señor.
Tapó el auricular un segundo.
—¡Percy! ¿Dónde está mi café?
Volvió al teléfono como si nada.

***
Prairie Moon Diner — 7:10 a. m. (Los Harlam)


Los Harlam siempre eran los primeros en desayunar.
Campesinos de Willow Creck. Trigo, cereales y girasol. La tierra les daba lo justo para seguir y lo suficiente para discutir por todo.

Entraron con el mono de trabajo puesto, cubiertos de suciedad seca y grasa vieja. No se lo quitaban para comer. Decían que hacerlo antes de terminar la jornada traía mala suerte, aunque la jornada acabara de empezar.

Eran tres: Walter, Billy Jou y Clift.
Billy Jou se sentó primero.
Billy Jou tenía un coeficiente intelectual más bajo que un taburete sin patas, pero una imaginación sorprendentemente activa para todo lo que no implicara trabajar.
—Hoy me apetece helado de vainilla con sirope de arce —dijo, como si pidiera lo más normal del mundo.

Walter ni siquiera lo miró.
—No vas a comerte eso —dijo—. Necesitarás fuerzas para labrar el campo.
—¡Ya estamos igual que siempre! —saltó Clift—. Siempre mandando.

Walter levantó la vista, miró a Percy y alzó la mano izquierda mostrando tres dedos.
—Tres especiales.
Fin del debate.


El especial
(según el recuerdo de Fonts)

El “especial” del Prairie Moon no era exactamente comida.
Era una experiencia.
Una hamburguesa de carne —cerdo, ternera o algo que había pasado cerca de ambos— elaborada a mano, tal cual, sin que el agua ni el jabón interfirieran en el proceso creativo. Mezclada con las esencias de una nevera que a veces congelaba y a veces no, donde multitud de bacterias convivían como si celebraran el mayor festival de música del Medio Oeste.

Todo pasado por una plancha que jamás había conocido un estropajo. Ni de lejos.

Bacon seco y crujiente, como la suela de los zapatos de un vendedor ambulante recorriendo Willow Creck en pleno agosto.
Y para que semejante manjar pudiera deslizarse por el gaznate, un puré de patatas con la consistencia exacta de la bitushua recalentada en la cazuela de la yaya.
¿Espeso?
Por supuesto.
Más que el cemento.
Si se hubiera utilizado para alicatar, lo más probable es que ningún incendio hubiera conseguido jamás derribar el Prairie Moon Diner.
Para rematar ese desayuno equilibrado de campeones: dos huevos fritos.

***

Hasta aquí, todo era normal. Un delicioso día de trabajo, con su pequeña dosis de estrés, amor condicional por donde lo cogieras y un tanto de filosofía feng guarro propia del lugar. Grasa en las superficies, café recalentado y una calma construida a base de rutina.
Pero esto no comienza aquí.

A las 5:37 de esa mañana, un convoy tuvo un accidente en la Ruta 46. Se dirigía a tierra de nadie. Salió donde a nadie le importa.

El camión cisterna, un Kenworth T800, matrícula industrial y transporte especial, avanzaba escoltado por dos vehículos militares, uno abriendo paso y otro crrando la marcha: dos Humvee M1151, sin distintivos, pintura mate, luces apagadas. Entre ellos circulaba un sedán negro, discreto hasta la invisibilidad, un Chevrolet Impala de cristales tintados, de esos que no llaman la atención precisamente porque nadie quiere mirarlos.

Nadie supo explicar qué falló primero: si la dirección, el asfalto o el conductor… o si fue simplemente el impacto cegador de un diminuto asteroide que golpeó el Kenworth T800, haciéndolo volcar a escasos metros del Prairie Moon Diner.

6:00 a. m.
A las seis, el lugar ya estaba acordonado.
Policía Estatal de Dakota del Norte, refuerzos del estado vecino, una ambulancia y agentes federales trabajaban de forma coordinada alrededor del siniestro.

7:15 a. m.
A las siete y cuarto aparecieron los primeros helicópteros.

El ruido de las aspas sustituyó al silencio incómodo de la madrugada.
El ejército ya estaba allí también.

De vuelta al Prairie Moon
—Vaya la que se ha montado… —murmuró Billy Jou—. Hoy, Earl, va a ser un día memorable.
Todos se acercaron al ventanal.
Las luces de las unidades policiales seguían controlando un tráfico que no dejaba pasar ni un solo coche.

Earl observaba la escena en silencio.
No tenía problema con aquello. A menudo dormía en una de las habitaciones.
Pero no era eso lo que estaba calculando.

Percy se acercó al cristal.
—Guau… Todavía están ahí.
Earl miró a Percy. Luego a Mery.
Su expresión cambió apenas un grado.
Ahora lo comprendía.
No se trataba de una anciana en un paso de cebra.
No se trataba de retrasos.
No se trataba de excusas.
Aquel bloqueo significaba una sola cosa:
el suministro no iba a llegar.
Toda la carne que había pedido.
Todo el género fresco.
Todo lo imprescindible.

Aquella mañana acababa de convertirse en un infierno logístico.
—No me mires así —se defendió Percy—. Yo no he hecho nada.
Earl no respondió.
Miró otra vez la carretera.
Y entonces sonrió.
—¿Sabes qué provoca un atasco en la Ruta 46?
Nadie contestó.
—Muchos coches.

Se giró hacia Mery.
—¿Y qué traen los coches?
Mery tardó un segundo.
—Personas.
—Exacto.

Earl ya estaba haciendo cuentas.
—Percy, tú quédate en la barra.
Mery, ven conmigo.

Cogió su chaqueta.
—Vamos a preparar algo para que toda esa gente no se quede sin comer.
Y en su voz no había preocupación.
Había oportunidad.

***

Prairie Moon Diner — 7:38 a. m.

En un diner de carretera, cuando la carretera se rompe, el diner se convierte en refugio.
Y eso significaba que, tarde o temprano, toda aquella gente iba a querer desayunar.

Earl no lo pensó dos veces. Su gesto fue inmediato, casi automático. Sabía lo que tenía que hacer.

Apagó el puro en la pica y cruzó la cocina hasta una estantería metálica cargada de platos y fuentes.
—Ayúdame —dijo.

Mery se acercó. Antes de empujar, tuvo que retirar varios platos para que no se estrellaran contra el suelo. Los fue apilando con cuidado, uno a uno, escuchando el tintineo de la loza y el zumbido constante del extractor sobre sus cabezas. Luego apoyó el hombro en el lateral de la estantería.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Earl le guiñó un ojo.
—Un plan B.
—¿Un qué?
—Un buen empresario debe tener siempre uno. Y si es listo, también un C y un D.

Empujaron.
La estantería cedió con un chirrido leve, como si algo oxidado despertara a regañadientes. Se desplazó unos centímetros… y entonces Mery vio el borde.

Una placa metálica encajada en el suelo, del tamaño de una puerta estrecha, con un asa abatible. No era una trampilla cualquiera: estaba integrada en las baldosas como si hubiese estado allí desde siempre y, al mismo tiempo, como si no debiera existir.

Earl agarró el asa y tiró.
El metal se levantó con esfuerzo, exhalando un aliento frío desde abajo. No era vapor. No se veía nada. Solo una escalera de caracol descendiendo hacia una oscuridad compacta.

Earl encendió su zippo.
Era viejo. Pesado. Cromado en otro tiempo, ahora mate por el uso. En la tapa llevaba grabada una calavera diminuta atravesada por dos llaves cruzadas. Un símbolo discreto, casi borrado, de esos que solo reconocen quienes saben qué buscar. La llama brotó con un chasquido seco y estable, como si aquel encendedor no aceptara la duda.

La luz temblorosa reveló los primeros escalones: metal cubierto de polvo rojizo, la tierra de Dakota adherida a cada superficie.
—Cuando bajas lo suficiente —dijo mientras iniciaba el descenso—, dejas de pensar como un empresario… y vuelves a pensar como un cazador.

Mery lo siguió.
El olor era repugnante.
La sensación, claustrofóbica.
En cada peldaño, Mery sentía que se introducía en un mundo extraño, ajeno, inseguro. Se giraba una y otra vez hacia la luz de arriba, como si necesitara ser abrazada por aquella luminiscencia artificial. El frío calaba. Se filtraba en la piel, en los huesos, en la duda.
Se aferró al brazo de su jefe sin darse cuenta.
—Desde siempre —continuó Earl—, los cazadores han necesitado dos cosas fundamentales. Una: la caza. La otra: un lugar donde almacenarla.
Cuando llegaron abajo, encendió la luz general.

El espacio se reveló de golpe.
No era una simple bodega. Era un nivel completo, amplio, dividido en zonas, como si alguien hubiera planificado allí una existencia paralela.
A un lado, estanterías con botellas alineadas con un orden casi obsesivo: la bodega personal de Earl. Vinos guardados como promesas. A otro, cajas, herramientas, bidones vacíos. Más allá, una sala cerrada por una puerta metálica ennegrecida, con restos de hollín en los bordes.

—Esto se construyó tras el crack de Nueva York del veintitrés —dijo—. Y justo cuando la ley seca convirtió el alcohol en una forma elegante de delito. La comida escaseaba. La gente hacía lo que podía para sobrevivir.
Se puso en marcha otra vez.

—Desde aquí hasta la frontera canadiense, pasando por Montana, Dakota del Norte y los bosques del norte de Minnesota, se tendieron rutas que no aparecían en los mapas. Contrabando. Carne. Alcohol. Personas. Inmigrantes. Supervivencia.
No dijo nada más.

Al fondo, tras una abertura más oscura, estaba la zona que Mery no esperaba.
El olor la golpeó antes de que lo viera.
No era carne podrida. No exactamente. Era algo más ambiguo y más antiguo: sangre seca, grasa rancia, cuero húmedo. Un olor animal que se quedaba en el paladar aunque no abrieras la boca.

Mery avanzó despacio.
Había mesas de acero con canaletas. Ganchos. Cubetas. Una sierra de hueso. Cuchillos largos y cortos, de hoja curva, de los que no se usan en una cocina normal. Una picadora industrial con restos resecos en los bordes. Y marcas en la superficie: cortes viejos, señales de trabajo repetido.
Pero lo que la detuvo fue el congelador principal.

Era enorme. Industrial. Del tipo que se utiliza para conservar carne vacuna en canales completas.
Dentro, piezas colgadas en garfios. Carne envuelta en bolsas transparentes, semitranslúcidas, que les daban una apariencia inquietantemente humana.
Como cuerpos suspendidos en un limbo helado.
O tal vez no.
Parecían cuerpos de animal.
Pero algunos no tanto.

Mery sintió un nudo en el estómago.
—Earl… —susurró, sin saber exactamente qué estaba preguntando.
—Un buen empresario debe disponer siempre de un plan B, C o D —respondió él, con una sonrisa seca.

Desde arriba llegó el grito de Percy:
—¡Daos prisa! ¡Está empezando a entrar gente!

Earl señaló la trituradora.
Era una máquina industrial enorme, de hierro oscuro, con tolvas abiertas como fauces y cuchillas internas capaces de triturar cualquier cosa que entrara en ellas. Un artefacto salido de una pesadilla mecánica, vibrando con una vida propia.
—Coge la carne y llévala allí.
Mery abrió los ojos.
—¿Sola?
—No te preocupes —dijo Earl, con calma—. Esa bestia tiene más años que tú y que yo juntos. Puede con tendones, huesos y lo que le eches. Pero la carne está limpia. No te dará problemas. Cuando termines, sube y ve encendiendo la plancha.
Mery tragó saliva.

No le asustaba la idea de la carne.
Le asustaba lo bien montado que estaba todo para convertir un animal en comida sin que el mundo de arriba se enterara.
Aun así, sin pensarlo dos veces, cogió la primera bolsa.

Al abrir el congelador, el aire helado salió de golpe. Una bocanada que Mery sintió en la cara y en las manos. No vio humo. No vio vapor. Pero tuvo la sensación clara —casi física— de que algo había escapado con ese frío, algo demasiado ligero para dejar rastro y demasiado real para ignorarlo.
Dentro, bloques de carne congelada. Mucha. Kilos y kilos.
—Con esto alimentaremos a todos —dijo Earl, sin emoción.

Mery se puso los guantes.
Y entonces empezó el trabajo: sacar, colocar, separar, triturar, preparar.
La carne golpeaba la mesa como un peso mudo. El metal devolvía el sonido con una frialdad clínica. La trituradora rugía como un animal encerrado. El tiempo, allí abajo, parecía ir más despacio.

Arriba, el Prairie Moon se llenaba.
Gente atrapada en la caravana. Conductores exhaustos. Familias con niños inquietos. Ropa húmeda por la lluvia reciente. Maletas abandonadas en el suelo. Nervios. Cansancio. Frustración.
Y hambre.

Arriba los esperaban bocas hambrientas.
Y abajo, mientras Mery trabajaba sin cesar, el calor del pequeño crematorio encendido para descongelar envolvía la estancia con una tibieza primitiva, casi reconfortante, como un fuego de tierra en medio del invierno.

Frío y calor.
Sangre y metal.
Rutina y necesidad.
Y en ese equilibrio imposible, sin que nadie pudiera saberlo todavía, algo acababa de despertar en el instante exacto en que la carne empezó a calentarse.

***


© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
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