Bruja Piruja. Capitulo 15. Lluís Fonts. Mery en el '77' .Route 46: La rebelión de las hamburguesas (parte 2)



"Nada nace sin Demorak.
Nada se propaga sin Rhyz.
Nada se conecta sin Theia.
Nada perdura sin Thenorok." 

Antes de los nombres, del tiempo, incluso de la voluntad del sonido y la palabra, existía la oscuridad.
No como mal, ni como ausencia, sino como un océano de inmensidad. En ella reposaba Strixursaat, el origen biológico-espiritual de toda existencia. 

La Oscuridad, celosa y caprichosa, la guardaba sin intención de compartirla. Consciente de que todo lo valioso se pudre si se expone demasiado pronto: la ley de Thenorok.

Pero la Luz, curiosa e inquieta, quería averiguar qué ocultaba la Oscuridad.
La luz  hizo un gesto en forma de treta o argucia. Un truco, y la oscuridad, por un instante, abrió los ojos y el valioso alijo brilló con los primeros rayos de una estrella.
La semilla recibió luz.
Y germinó: Demorak.
No como un árbol recto.
No como algo ordenado.
Creció hacia arriba y creció hacia abajo, todo al unísono y al mismo tiempo.

De las raíces del tronco hacia el cielo.
De las raíces del tronco hacia la tierra.”


De las raíces hacia la luz brotaron hojas y flores perladas, cuyas esporas se esparcieron por toda la oscuridad: Theia.

 
De las raíces del tronco hacia abajo brotaron hojas y flores autóctonas del abismo. De sus esporas, (Makuyaj) ,  nació la fuerza y voluntad del crecimiento: Rhyz.

Las esporas de la luz buscaron a las de la oscuridad. No por voluntad. Sino por afinidad y destino.
Entonces la oscuridad comprendió la traición de su hermana, y la luz rompió el árbol por el tronco. De la tala enfurecida, las fibras se desgarraron y la unión del resto de las esporas quedó errante para siempre.

Del tocón del árbol talado surgió Velerauk, el poder absoluto de todas las cosas: el tiempo.

En ese instante, la oscuridad caprichosa y egoísta creyó ser merecedora de aquella nueva semilla. Quiso tomarla, poseerla, hacerla suya y esconderla para toda la eternidad en el abismo.

Pero la oscuridad no poseía extremidades, y toda intención de cogerla fue inútil.
No pudo.
No tenía manos.
o simplemente, no estaba preparada. 

La luz, al ver que todo intento por parte de su hermana por robar Velerauk acababa en fracaso, quiso tomarla, pero yampoco pudo.

Y así, las esporas de luz y las esporas de Makuyaj se perdieron en la inmensidad para toda la eternidad.


(Grimorio de las Strix. Volumen III — Profecía de las Cardelias)
Niska Cree



***

Prairie Moon Diner — 8:17 a. m.

Earl tenía el comedor tomado.
Una mano señalando mesas, la otra limpiándose en el delantal sin mirar, la voz disparando órdenes en todas direcciones como si el local fuera una redacción en pleno cierre de edición.
—¡Percy! Esa mesa de la ventana quiere café, no un tratado filosófico.
—¡No, no, no! Ahí no se sienta nadie más, que ya están apretados.
—¡Buenos días, caballeros! Ahora mismo les atendemos.
—¡Ojo con ese crío, que va directo al futbolín otra vez!

El Prairie Moon hervía. 
El murmullo de conversaciones, el tintinear de platos, el siseo de la plancha… todo formaba una sola masa sonora, espesa, viva. 
Por la radio, colgada sobre la estantería de refrescos, sonaba una canción que Earl apenas escuchaba, pero que llevaba ahí desde siempre. Algo de Creedence “ Bad Moon Rising" (Una luna mala asomando por el horizonte)

Entonces entró el hombre delgado.
Vestía chaqueta de pana marrón, camisa clara, gafas de pasta. Tenía el aire exacto de alguien que pasa demasiado tiempo explicando cosas a gente que no quiere escucharlas.

—Buenos días —dijo, educado—. Soy el profesor Evan Gibbs, del instituto de Minnesota. Venimos con un grupo de estudiantes, para desayunar… para no molestar, si es posible, donde le iría bien que nos colocáramos?

Earl miró por al exterior: se trataba de una clase de secundaria: unos treinta niños de doce y trece años corrían, gritaban, se empujaban, pisoteaban el jardín como si acabaran de descubrir la civilización y no les hubiera gustado.

Earl suspiró.
—Claro que sí, profesor. Suban al piso de arriba. Allí estarán… entretenidos.
Se giró hacia la cocina y alzó la voz sin molestarse en mirar la trampilla del suelo.
—¡—¡Mery! ¿Cómo llevas la carne? Aquí arriba esto empieza a parecer Woodstock pasado por los Rolling Stones… con fuegos artificiales.

Desde abajo, amortiguada por el metal y la distancia, llegó la respuesta.
—¡Ya subo! ¡Un segundo!

Earl miró el reloj.
—¡Ese “segundo” lleva veinte minutos! —gruñó—. Como esto siga así, voy a tener que servir el menú escrito en servilletas.

Los niños pasaron delante de él rumbo a la escalera. Algunos lo miraban con desconfianza. Otros con esa mezcla de curiosidad y desafío propia de la edad.
Uno se quedó atrás.
Primero sonrió y saludó levantando la mano derecha.

Earl le devolvió el gesto, sonriendo también.
Luego el crío se puso serio. Muy serio.
Cerró la mano despacio y dejó solo un dedo en pie. El del centro.

Earl lo observó un segundo.
Dejó de sonreír.
¿Me estás vacilando?
Era como si el chaval le estuviera diciendo, sin palabras: eh, gilipollas… que te jodan.

Entonces Earl respondió.
Alzó la mano y levantó tres dedos.
El niño lo miró, desconcertado.
¿Y eso qué significa?

Earl se agachó un poco y, en voz baja, le dijo:
—Un vaso de leche…
bajó un dedo,
—con dos tortas.

El crío parpadeó.
Y salió corriendo escaleras arriba con los demás.

Earl se enderezó.
— El Siguiente.

Earl se giró otra vez hacia el comedor.
—¡Percy! Las comandas no se escriben solas. Deja de interrogar a los clientes. Atiende las mesas dos y siete…
—y luego coge un látigo y sube arriba.
Arriba te espera Mogli y toda la selva.
Espero que tengas el testamento al día…
No quisiera que tus hermanos se peleen por una bicicleta.

***


En ese momento, desde el fondo del local, apareció Mery. Subía la escalera de caracol con la cuarta bandeja del día cargada de hamburguesas crudas ya formadas. Los brazos tensos. El gesto cansado. El delantal manchado. El olor a carne y especias subía con ella, adelantándose incluso a su llegada.
—¡Aquí estoy! —dijo sin aliento—. Ya subo lo que queda y me quedo arriba.

Earl la miró de arriba abajo un segundo. No dijo nada. Asintió.


****


La puerta del sótano chirrió.
Mery apareció en lo alto de la escalera de caracol con una bandeja entre las manos.
Era la cuarta bandeja.

 Estaba cansada, se notaba en los hombros y en la forma de sujetarla.

Las hamburguesas estaban alineadas, crudas aún, compactas, idénticas.

—Déjala ahí —dijo Earl sin mirarla, señalando la barra—. Ponte con JJ en la plancha y ayúdala con las comandas. Esto se ha llenado.

Mery dejó la bandeja con cuidado.
Le temblaron un poco las manos al soltarla.
—¿Bajo luego? —preguntó.

Earl la miró por fin, apenas un segundo.
—Luego vemos. Primero sobrevivimos a esto.

JJ era una chica de piel morena, cabello bien cuidado y uñas impecables. En su voz, el inglés tenía más de Florida que de Nueva York o California.
—¿Así que en la plancha…? —murmuró Mery, más para sí misma que para nadie.
JJ sonrió sin dejar de moverse.

—Mi nombre es Joana… o Janette —dijo—. Pero aquí me llaman JJ. No te preocupes, normalmente nosotras estamos en la barra. Hoy es excepcional. No ocurre muchas veces…



***

Prairie Moon Diner — 8:20 a. m.
Poco después llegó otro agente de seguros.
Más joven. De Dakota del Sur.
Se sentó en una de las mesas centrales, dejó el maletín a sus pies, sacó una libreta y empezó a escribir. No pidió nada.

Durante casi diez minutos.
Escribía despacio, concentrado, como si necesitara poner en orden primero sus propios pensamientos antes de permitir que el estómago opinara.

Pero entonces ocurrió lo inevitable.
El olor de aquellas hamburguesas recién hechas llegó hasta él. No de golpe. No como una bofetada. Más bien como algo que se filtra, que insiste, que termina por imponerse.

El agente de seguros, levantó la cabeza.
—Disculpe… —dijo, señalando con el bolígrafo—. ¿Ese plato combinado cómo se llama?

Earl respondió sin levantar la vista de la cocina y del comedor.
—Especial de la casa.

El agente cerró la libreta.
—Tráigame uno, por favor.

Casi al mismo tiempo, los Harlam alzaron la voz desde la barra.
—¡Tres especiales más!

Earl levantó una ceja, sin sorpresa.
Percy bajaba en ese momento del piso de arriba, con el pelo revuelto y la expresión de alguien que había sobrevivido a un ecosistema hostil.
—Jefe… —dijo, dejándole la comanda—. Fácil. Todos hamburguesas.

Earl la miró.
—¿Con patatas?

Percy negó con la cabeza.
—No, no. Solo hamburguesas. Y por favor… —bajó la voz— no me hagas subir otra vez.

Earl sonrió apenas. -¿ que raro…?-

***
Prairie Moon Diner — 8:25 a. m.

En ese momento, la puerta se abrió otra vez.
Eran militares que venían a desayunar.

Uno de ellos miró alrededor sin prisa, memorizando mesas, caras y salidas.

Otro se detuvo un segundo más de la cuenta junto al ventanal, observando la carretera acordonada.

El tercero era un poco más bajo que los demás.
—Buenos días —dijo el que parecía llevar la voz cantante—. Soy el sargento Emerhson. ¿Con quién debo hablar para realizar una comanda? Mis hombres y yo queremos desayunar.

Earl sonrió.
—Buenos días. Si quieren acompañarme…

Emerhson levantó una mano, educado pero firme.
—Disculpe, no me ha entendido bien. Mis hombres y yo comeremos fuera. —Inspiró hondo—. Huele delicioso. ¿Qué se está haciendo en la cocina?

Earl miró la plancha.
—¿Hamburguesas para todos, mi sargento?

—Afirmativo —respondió Emerhson—. Dejaré al cabo Smith. Cuando esté listo, nos lo trae.

Earl—Sin problema.—
No era una pregunta.
Era un trámite.

***
Prairie Moon Diner — 8:30 a. m.

La puerta se abrió de nuevo.
No sonó más fuerte que las anteriores.
No hizo falta.
Dos hombres entraron primero. Traje oscuro. Camisa clara. Corbata sobria. Gafas de sol pese a estar bajo techo. No miraron el comedor de inmediato. Avanzaron dos pasos y se detuvieron, como si esperaran algo.

Entonces entró ella.
Cabello corto, negro. Rostro afilado. Cuarenta y tantos. La chaqueta llevaba unas siglas cosidas con discreción quirúrgica: FBI.
No levantó la voz. No necesitó hacerlo.

La mujer se quitó las gafas despacio. Sus ojos recorrieron el local sin prisa: mesas, clientes, la escalera, la barra, la radio…
La agente se acercó a la barra, donde estaban los Harlam comiéndose la segunda tanda de hamburguesas.

Percy se acercó.
—Buenos días —dijo finalmente.
Su voz era neutra. No amable. No hostil. Más bien administrativa.

—Buenos días —respondió Percy, secándose las manos con el trapo de secar las tazas—. Café, supongo.

Ella esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Para empezar…

En aquel instante, el olor de la hamburguesa que Billy Jou se estaba comiendo muy a gusto le llamó la atención a la agente del FBI. No recordaba qué iba a pedir. Aquel olor se había metido por las fosas nasales y había parasitado su mente. 
La agente habría pedido algo suave: unas tostadas, tal vez, o unos cereales integrales y un zumo de naranja. Pero su mente la hacía mirar cómo Billy Jou comía ese trozo de carne, que soltaba ese jugo indiscutible por los lados de la boca.
 Era asqueroso, sí… Pero, curiosamente, para la agente del FBI no lo era en absoluto.

Billy Jou dio otro mordisco.
No fue un gesto rápido ni torpe.
Fue lento. Seguro. Como quien sabe exactamente lo que está haciendo.
La carne cedió bajo los dientes sin resistencia. No se deshizo, no se rompió en fibras secas. Se entregó. Jugosa, caliente, con ese punto exacto en el que el interior sigue vivo y el exterior guarda el recuerdo del fuego.
Billy cerró los ojos un segundo. Apenas un segundo más de lo necesario, como si necesitara registrar la sensación antes de continuar.

Masticó despacio.
Cada movimiento parecía confirmar algo: que la sal estaba donde debía, que la grasa no sobraba, que el sabor no se agotaba en el primer segundo sino que crecía.
 Primero llegaba lo cálido. 
Luego lo profundo. 
Luego ese fondo persistente que no desaparece al tragar, sino que se queda, reclamando el siguiente bocado.

Era una hamburguesa que no se comía con prisa. Billy dejó escapar un sonido bajo, casi imperceptible, algo entre un suspiro y una aprobación. Como cuando pruebas algo que no esperabas y descubres que es mejor de lo que recuerdas haber comido nunca.

Se limpió los dedos en la servilleta sin mirar, volvió a sujetarla y dio otro mordisco, esta vez más grande.
El jugo resbaló por el pan, oscuro, brillante. No goteó: se quedó, impregnándolo todo. Cada bocado sabía completo, redondo, como si no hubiera sido improvisado, como si alguien hubiera sabido exactamente qué estaba haciendo al prepararla.

Billy masticaba y sonreía.
No pensaba en nada más.
No hablaba.
No miraba alrededor.

En ese momento, el mundo se reducía a dos cosas: la hamburguesa… y el siguiente mordisco.

Los hombres se sentaron sin preguntar, espalda recta, manos visibles. 
Uno de ellos —alto, mandíbula cuadrada— observaba la puerta. 
El otro —más ancho, mirada cansada— se quedó mirando cómo su jefa estaba demasiado pendiente de cómo estaba comiendo ese sujeto una de las comidas más asquerosas y despreciables.

Billy Jou mordía la hamburguesa sin prisa.
Desde fuera, la escena era difícil de sostener demasiado tiempo.
La carne no ofrecía resistencia. 
No había mordida limpia ni corte firme. 
Cada vez que Billy apretaba los dientes, el interior cedía como una masa blanda, deshecha, más cercana a una papilla caliente que a una hamburguesa hecha. 
El pan, empapado, se hundía bajo sus dedos, oscurecido por un jugo espeso que no era grasa del todo y tampoco salsa. Algo más turbio. Algo que se deslizaba.
Al morder, ese líquido le brotaba por la comisura de los labios y descendía lentamente por la barbilla. Billy no se limpiaba. Seguía masticando con una calma casi infantil, disfrutando. Cada movimiento de la mandíbula hacía que pequeños fragmentos de carne se desprendieran y cayeran al plato… o a la camisa.
El pan se deshacía.
La carne se desmoronaba.
Nada permanecía donde debía.
Parecía cruda. O peor: parecía mal definida.
Como si nunca hubiera llegado a ser una hamburguesa del todo.

El agente Keller lo vio entonces.
Se detuvo un segundo más de la cuenta mirando la escena. Vio cómo Billy inclinaba el plato para atrapar lo que se le escapaba, cómo recogía con los dedos trozos blandos y húmedos que se deslizaban entre ellos antes de llegar a la boca. El sonido era bajo, pastoso. No un crujido. No un mordisco. Un aplastamiento.

Keller sintió un rechazo inmediato.
Aquello no era apetecible.
Era repulsivo.
Le costó entender cómo su jefa, la agente Crawford, permanecía quieta a su lado, observando la escena sin apartar la mirada. No con asco. No con alarma. Simplemente mirando.

Keller giró la cabeza.
En la mesa junto a la ventana, el matrimonio de ancianos comía lo mismo. La mujer sostenía la hamburguesa con las dos manos, inclinada hacia delante para que no le goteara sobre el abrigo.
 El hombre masticaba despacio, con el mismo gesto concentrado de Billy. En el mantel había manchas oscuras, irregulares, recientes.
Miró más allá.

Una bandeja subía por la escalera hacia el piso de arriba. Desde abajo, Keller creyó ver pequeños puntos negros revoloteando alrededor de la carne. No supo decir si eran moscas o simplemente su imaginación buscando una explicación. La bandeja desapareció escaleras arriba entre risas y golpes de niños.

El sonido de la masticación seguía allí.
Keller volvió a mirar a Billy Jou y pensó, con una claridad incómoda:
Eso no debería estar en un plato.
Y nadie debería estar disfrutándolo.
Y, sin embargo, lo estaban.

Keller masticaba chicle de menta desde hacía varias horas, y el sabor de ese chicle era más sensato que lo que pudiera ser aquella cosa llamada hamburguesa especial de la casa.

En ese momento, Percy estaba esperando lo que iba a decir la agente Helen Crawford.
—Agente especial Helen Crawford —dijo ella—. Estos son los agentes Robert Hensley y Thomas Keller.

Percy asintió.
—Hoy es un día poco habitual —respondió Crawford, mirando a Billy Jou—. Accidente en la Ruta 46. Convoy militar. Sustancias no declaradas. Mucha gente concentrada en un solo punto.

La agente Helen Crawford no podía quitar la mirada de aquella exquisita, deliciosa y jugosa hamburguesa que Billy Jou se estaba comiendo.
Luego levantó tres dedos.
—Tres hamburguesas como esa.
Keller se tragó el chicle de menta.

No solo eso.
Por alguna razón, el agente Keller comenzó a ver las cosas de otra manera.
Antes había sido el asco.
El rechazo inmediato.
La certeza de que aquello no debía existir.
Pero entonces ocurrió algo más simple. Más básico.
Olfateó.
No de forma consciente. 
No como quien decide prestar atención.
 El olor simplemente llegó. Se le metió en el pecho antes de que pudiera evitarlo. Un aroma denso, cálido, persistente, que no pedía permiso. 
Keller notó cómo el estómago se le contraía de golpe, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible.
Hambre.
Una hambre súbita, injustificada, casi violenta.
Parpadeó, desconcertado.
Volvió a mirar a Billy Jou.
Y algo había cambiado.

Aquella cosa que segundos antes le había parecido repugnante —esa masa blanda, ese jugo espeso deslizándose por el pan, esa carne que no se comportaba como debía— ahora se le antojaba distinta. No mejor definida. No más limpia.
Más deseable.

El brillo del jugo ya no le resultó turbio.
La textura pastosa dejó de parecerle incorrecta.
El modo en que Billy mordía, masticaba y tragaba ya no le provocaba rechazo.
Le provocaba envidia.
Keller sintió saliva acumulándose bajo la lengua. Notó el ácido subiendo en el estómago vacío. La lógica intentó intervenir, pero llegó tarde. El cuerpo ya había decidido.
Aquello que estaba viendo no era asqueroso.
Era apetitoso.
Y lo comprendió con una claridad inquietante: no había cambiado la hamburguesa.
Había cambiado él.

***


***
Earl llevaba años al frente del Prairie Moon.
Había visto modas pasar, recetas fracasar y clientes mentir con una sonrisa educada. Sabía distinguir cuándo algo funcionaba… y cuándo funcionaba demasiado.

Miró el comedor.
Mesas llenas.
Comandas repetidas.
El mismo plato una y otra vez.
—Especial de la casa.
—Otro especial.
—Tres más de lo mismo.
No era normal.
No en un sitio como aquel.
No con gente que había entrado por refugio, no por antojo.

Prairie Moon Diner — 9:01 h a. m.

Earl frunció el ceño. Se limpió las manos en el delantal y observó cómo JJ sacaba otra tanda de hamburguesas de la plancha. Doradas por fuera. Humeantes. Exactas. Mery pasaba bandejas sin levantar la vista, cansada, concentrada.
—¿Qué demonios…? —murmuró.
No sonaba a preocupación.
Sonaba a orgullo desconfiado.

Se acercó a la plancha, cogió una espátula y apartó una hamburguesa recién hecha. La dejó en un plato limpio. Sin patatas. Sin acompañamiento. Solo la carne y el pan.
—A ver qué está pasando aquí —dijo para sí.

La levantó aquel trozo de carne.
Estaba caliente.
Olía… bien. Muy bien.
Demasiado bien.
Earl dudó un segundo. Lo justo para que su experiencia intentara decirle algo.

 Luego se encogió de hombros.
—Será que hoy han dado con el punto —se dijo.
Dio un mordisco.
No fue inmediato.
Primero fue el calor.
Luego la textura: firme, pero cediendo donde debía.
Después el sabor.

Earl se quedó quieto.
Masticó despacio.
Más despacio de lo habitual.
El ruido del comedor siguió ahí, pero se volvió lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Notó cómo la grasa se fundía sin empalagar, cómo la sal aparecía justo al final, cómo el sabor no se agotaba… sino que se abría.
Tragó.
Volvió a morder.
Esta vez más grande.
Earl cerró los ojos sin darse cuenta.
No pensó en clientes.
No pensó en cuentas.
No pensó en nada.
Era… jodidamente buena.
No la mejor hamburguesa que había hecho.
La mejor que había probado.
Y eso lo inquietó.

Abrió los ojos. Miró el plato. Miró la plancha. Miró a Mery, que en ese momento subía otra bandeja.
—¿Qué le estás poniendo a la carne? —preguntó, intentando que sonara casual.
Mery alzó la cabeza, sorprendida. —Lo de siempre —respondió—. Ajo, cebolla, sal, pimienta. Nada raro.

Earl asintió.
No dijo nada más.
Dio otro mordisco.
Y esta vez sonrió como un niño pequeño saboreando su comida favorita.

***
La sensación de estar limpio, perfumado y cómodo.
Sentía el calor del sol, no como algo agonizante, sino como un abrazo que te hace sentir querido y amado.
Y una fuerza empezó a crecerle dentro, in crescendo, hasta alcanzar un corazón que había sido débil… y volverlo fuerte, compacto, poderoso, como el de un toro.
Era como si estuviera listo para conquistar el mundo.
Al terminársela, antes de lo que esperaba, Earl sintió la necesidad de comer más.
Más carne.

Mery, que lo observaba desde la plancha, viéndolo disfrutar de algo que a ella le resultaba repulsivo, no lograba comprender qué estaba ocurriendo.

Y entonces es cuando ocurrió….

Prairie Moon Diner — 9:30 h

Mery no lo entendía.

Las comandas no paraban de llegar.
A esa hora los desayunos ya deberían haber cedido. El ritmo normal era ese.
Pero el Prairie Moon Diner se llenaba más y más. 
Y todos pedían lo mismo: “Hamburguesas”

Mery salió un momento por la puerta de atrás.
Necesitaba respirar aire puro. 
Solo un instante.
Agarró la manilla.
La giró.
La puerta no cedió.
Estaba cerrada.
No fue más que un segundo.

Suficiente para contemplar las caras de los comensales desde la ventana, desde ese ángulo torcido que permitía ver la barra y parte del comedor, las mesas pegadas a la cristalera que daba a la calle.

Los rostros no eran normales.
Había algo común en todos ellos.
Una tensión fija en la mandíbula.
Miradas demasiado concentradas.
La ansiedad muda de quien no piensa en terminar, sino en continuar.

No comían por hambre.
Comían como si detenerse no fuera una opción.

Mery seguía mirando desde la ventana trasera.
Estaba asustada. No comprendía lo que estaba pasando. 

Billy Jou y sus hermanos, tenían el mismo comportamiento. Sus rostros daban miedo.

Los labios secos. La comisura húmeda. Un brillo espeso que no se limpiaba entre bocado y bocado. Billy no hablaba. No miraba a nadie. Solo bajaba la cabeza y seguía. Las venas de la mandíbula se le marcaban, al igual que las venas de las manos. Eran moradas, inflamadas , tensas y apunto de explotar.


La mujer de las bodas de oro —Jane— tenía la boca manchada. No se limpiaba.
Cada vez que tragaba, miraba el plato de su marido.
No con cariño.
Con cálculo.

Walter lo notó. Sonrió, incómodo.
Acercó su plato un poco más a sí mismo.
Ella dejó de sonreír.

En la mesa central, uno de los sanitarios, le quitaba la carne a su compañero sin pudor ni respeto. Con agresividad. Con los mismos síntomas que todos los que habían probado esa carne: ojos morados, venas marcadas en la mandíbula, cara y manos…

Mery tragó saliva.
Volvió hacia la plancha.

Earl estaba allí, comiendo su tercera hamburguesa. Con los ojos morados y las venas marcadas.

Mery retrocedió.
El nuevo Earl le asustaba.
No hablaba. No gritaba órdenes. No hacía comentarios. Tenía los ojos… raros. No inyectados en sangre. No enrojecidos. Era otra cosa. Un tono más oscuro alrededor, como si la piel hubiera perdido luz. Parpadeaba poco. Demasiado poco.


Mery intentaba encontrar a alguien con un poco de cordura y se dirigió a la plancha donde estaba JJ.

Los ojos de Mery se abrieron de par en par, al ver que JJ Masticaba rápido, sin pausa, como si el tiempo se le escapara. En el antebrazo, las venas comenzaban a marcarse con claridad, tensándose cada vez que apretaba la mano. La mandíbula se le movía de forma mecánica, constante.

Mery choco con la estantería con su espalda.
Estaba aterrada.

En aquel instante pudo ver a Percy escondido bajo la barra, gracias a un reflejo metálico de la nevera de acero inoxidable.

Percy estaba acurrucado.
Temblando.
Mery se acercó agachada hasta llegar a él.
Percy seguía temblando de miedo.
No sabía qué era lo que estaba pasando.
La forma en que agarraban la comida.
Ni siquiera bebían.
Las hamburguesas dejaron de llegar a las mesas y al piso de arriba.
En la barra, los hermanos Harlam comenzaron a mirarse raro.
Las pupilas de Billy Jou se dilataron al fijarse en las venas marcadas del voluminoso antebrazo de Clift.

Percy miró a Mery con los ojos hundidos, enrojecidos, a punto de romperse. —Mery…
pronto se acabarán las hamburguesas.

Mery tragó saliva.

***

Prairie Moon Diner — 9:45 h a. m.

El aire bajo la barra era espeso.
Olía a detergente, a metal húmedo y a cerveza. Mery inspiró despacio.

Algo ocurri en el comedor. No eran gritos. Aquello era otra cosa. Golpes secos. Arrastres.
El sonido de un cuerpo chocando contra una mesa. El tintinear de un plato cayendo y rompiéndose en algún punto del comedor.
Un mueble desplazado con torpeza. Después, silencio…. Y otra vez ruido.

Mery apretó los dientes.
Apretó la mano de Percy.
—No podemos correr —susurró—.
Ni escondernos mucho más.

Debajo de la barra, el espacio se hacía cada vez más claustrofóbico.
Como el chute de ganado en los Stockyards de Texas, por donde las reses avanzan de una en una. Sin vuelta atrás.

Un único carril de ida en vida, y un habitáculo compartido de regreso.
La espera del animal —Mery lo recordaba— era peor que el golpe: una tortura muda entre el instinto que intuye el final y la ilusión imposible de un prado donde vivir los últimos días; no tan distinto al ser humano, dividido entre el deseo y la fría realidad de la vida.

Luego, al final—
Un solo impacto.
¡Zashh!
Sentencia aplicada con exactitud. Sin nervios. Sin compasión.

Mery lo sabía. Recordó una vez, de niña, en Fort Worth.

1973 — Texas
Fort Worth Stockyards Rodeo

Desde la barandilla de madera, con las manos aferradas al listón áspero, apenas veía la arena del rodeo.

El público gritaba, reía, golpeaba las botas contra las gradas metálicas.

Pero ella no miraba el espectáculo.
Se había acercado a la zona de clasificación del ganado, donde los rancheros separaban a los animales: unos para el rodeo, otros para el matadero.

Miraba el chute.
La ternera avanzó hasta detenerse justo frente a ella. Era hermosa: pelaje claro, entre beige y marrones brillantes, con manchas blancas en el pecho y otra en la mejilla derecha. Cálida, viva… daban ganas de abrazarla.

Demasiado viva para aquel lugar.
Cuando Mery sostuvo su mirada, sintió algo que no supo nombrar entonces:
una tristeza profunda y rendida, como la de las olas del mar cuando alcanzan la orilla y se doblegan, sumisas, para fundirse en la arena.


No era miedo. Era aceptación.

La ternera, no forcejeó. No retrocedió.
Bajó la cabeza y aguardó su destino.

La pequeña Mery sintió un golpe en el estómago. Una mezcla de tristeza profunda y rabia que no comprendió por entonces.

***
Mery era pequeña y no lo entendió.
Pero ahora, bajo aquella barra, comprendía perfectamente esa mirada… y la conexión.

***

Sabía que no quedaba mucho.
En aquella mirada había rabia.
Indignación. La traición de una vida prometida y nunca cumplida. Ahora lo entendía.

La ternera supo que era comida.
Mery y Percy sentían que estaban en la misma situación que el gato en la caja de Schrödinger: Seguían con vida, pero tal vez ya estaban a punto de morir.

El fregadero goteaba despacio.
Una gota cada pocos segundos.
Marcando un tiempo que no ayudaba a tranquilizarse. El metal frío rozaba la espalda de Mery.

Percy tenía las rodillas encogidas hasta el pecho, los brazos rodeándolas con tanta fuerza que empezaban a dolerle.

Ninguno hablaba.
Intentaban mantenerse en un silencio sepulcral. Por suerte, la barra estaba bien adherida al suelo. Hormigón armado. Percy había ayudado a colocar los hierros junto a Earl hace dos años. Earl quería una barra firme. Que no se moviera.

Algo la empujó. La unión entre el suelo y la estructura comenzó a agrietarse. 

¡De repente! por el lado izquierdo, aparecieron unos pies calzados con zapatos de mujer.
Como si alguien se hubiera caído. Mery y Percy pensaron lo peor. Una sombra fue cubriendo lentamente esas piernas, desde las rodillas hasta las espinillas.

Los ojos de Percy se dilataron al máximo.
Aquello no era una mano humana. Fuera lo que fuese, agarró las piernas, ( Eso era lo que esperaban: Que las arrastrara hacia dentro.)
Que desaparecieran. Pero no fue así.

La mano —con las falanges alargadas— se detuvo. Entonces se escuchó una respiración. Una nariz olisqueando. Luego otra…y otra….y otra…

Mery sintió un peso enorme sobre la barra.
Como si una multitud se hubiera subido de golpe encima. No podía más. Las piernas le ardían. El sudor le empapaba la espalda. El corazón le latía tan rápido que solo pensaba una cosa: Que se acabe ya. Que sea lo que tenga que ser.

Entonces ocurrió: Babas. Comenzaron a gotear desde arriba. Lentas. Espesas. Cayeron justo donde ellos estaban escondidos. Las sombras se acumularon. Avanzaban juntas, superpuestas. Como la presencia de un tornado. Como una tormenta perfecta concentrada en un solo punto. El aire se volvió denso. Irrespirable.

Y en el momento del máximo clímax—
¡Poooom!!
Un golpe seco resonó desde el piso de arriba.
Algo había caído.

Mery abrió los ojos de golpe.
—Los niños…

***

© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
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