Bruja Piruja. Capitulo 17. Lluís Fonts. Mery en el '77' . Iron Horse Motorcycles ( parte 1)
Durante siglos, ningún rey gobernó sin uno a su lado. Complicando la paz y la convivencia entre reinos. Y cuando eso ocurre, el mundo pierde la esperanza y se sumerge en una oscuridad sin precedentes.
Y cuando el mundo se vuelve inestable, las bases de las familias tiemblan: se quiebran las cosas que sostienen la sociedad, como
La justicia que pierde su sentido. O
El honor y el respeto que deja de ser una actitud formal y ética, para convertirse en herramienta de poder.
El conocimiento se pierde. El saber se torna confuso y manipulado, utilizado por los anfitriones del caos para mantener sus posiciones y dominar las libertades de los indefensos.
Los juramentos se olvidan. Las promesas se rompen a placer e humillación. "El nombre pierde personalidad y el cuerpo su precio" ( no rompas esa frase)
Y en ese vacío… los tiranos comienzan a prosperar. Paladines del ocaso, aquellos que, amparados por la oscuridad de esos tiempos, se aprovechan de los débiles y de los indefensos.
Así es como el mundo empieza a romperse.
No por una sola campaña, empresa o cruzada. Sino por la lenta pérdida de aquello que alguna vez se llamo humanidad.
La oscuridad, como todo lo que existe, tiene hambre...
...y jamás es saciada.
Interpretar el lenguaje del universo no fue suficiente. El poder que los Maguš creían comprender apenas podía contemplarse a través de una mirilla estrecha, rigurosa y limitada frente a la inmensidad de su verdad.
En las escuetas fisuras del saber, lo que alcanzaban a ver no bastaba.
Y cuando el poder exige más de lo que el conocimiento puede ofrecer, siempre aparece alguien dispuesto a abrir la fisura un poco más. Lo suficiente… para contemplarlo todo.
En aquellos tiempos de oscuridad, algunos Maguš dejaron de mirar únicamente lo aprendido. Comenzaron a observar más allá de aquella mirilla de lo oculto.
Porque si el universo era un tejido… entonces cada cosa que existía dentro de él debía conservar, aunque fuera en silencio, una pequeña parte de ese diseño.
Y en ese razonamiento, acertado o equivocado, los ojos de los Augures comenzaron a posarse en aquello que los hombres siempre habían considerado inerte: Las piedras, los metales y los objetos.
El conocimiento del idioma del universo ya no bastaba. Fue entonces cuando algunos comenzaron a estudiar algo distinto.
No el cielo… sino la materia.
Porque sospechaban que ciertos objetos podían conservar la huella de aquello que había ocurrido a su alrededor.
Con el tiempo, ese conocimiento recibiría muchos nombres. Algunos lo llamarían el secreto de transformar la materia. Pero el mundo acabaría recordándolo de una forma mucho más sencilla: el principio de la alquimia.
La alquimia antigua —sobre todo entre los siglos XIII y XVI— no se entendía como un simple intento de fabricar oro. Era el estudio de cómo se transforman las cosas dentro del orden del universo.
Algunos pensadores afirmaban que la materia conserva las influencias del mundo que la rodea. Que todo objeto contiene tres principios fundamentales: el cuerpo, que es la materia; el espíritu, que es el impulso que lo mueve; y la signatura, la huella de su historia y su propósito.
Los alquimistas también hablaban de correspondencias:
Decían, que lo que ocurre en el cielo influye en la tierra; Que lo que ocurre en la tierra deja huellas en la materia; Y que lo que ocurre en las personas también puede reflejarse en los objetos.
Por eso un alquimista no veía un objeto como una cosa inerte. Veía en él un fragmento del tejido del universo. Más extenso. Más profundo. Más poderoso.
A ese conocimiento algunos lo llamaron: La Piedra Filosofal
Las Strix, lo llamaban....
…Ur-Saat
***
En mi pueblo, los Cree, siempre hemos creído que el mundo es más grande de lo que los ojos pueden ver.
Mucho más grande.
Porque existe otro mundo…
uno que vive justo detrás de éste.
Un mundo invisible.
Un mundo antiguo.
Un lugar donde habitan las fuerzas que mueven todas las
cosas.
***
Nuestros ancianos solían decir que cada cosa tiene espíritu. Que todo posee una intención, un propósito dentro de un orden mayor. Un entramado vivo, lleno de caminos que se cruzan sin romperse, como el humo que asciende desde el fuego: cambiante de forma pero manteniendo su estructura y esencia.
Y en medio de todo eso, estamos nosotros, los seres humanos. No como dueños… sino como los encargados de que todo siga teniendo su función en el gran tapiz de la existencia.
La luz y la oscuridad, son como dos amantes destinados a no permanecer juntos, pero cuyos corazones laten al unísono, al mismo tiempo, en el mismo telar del mundo. Como el aire y el humo que se retuerce, se fragmenta y se vuelve a consolidar de nuevo manteniendo su esencia primogénita.
Dos fuerzas que la misma existencia le tiene vetada y que al mismo tiempo, mantienen el equilibrio de todo lo que existe.
Como la semilla que germina en la oscuridad del interior de la tierra, adaptándose, transformándose en silencio hasta el momento oportuno, y surgir hacia la luz para llevar al exterior lo que aprendió bajo la tierra.
Nuestros ancianos nos enseñaban, que incluso las cosas inanimadas, también tienen su lugar dentro del tejido. Como también lo son los maldecidos.
Que incluso los utensilios que cargamos en vida ya sea por fortuna o por maldición, forman parte de la historia individual y colectiva. Ya Que no existe un tiempo concreto y final, sino amplio y longevo . Por Que todo cambia y se transforma como la sangre que nutre y fluye por nuestra venas.
.
***
Mery frunció el ceño.
—Un momento… ¿me estás diciendo que se hundió? ¿Sin más? No tiene sentido…
Matrusca fue apagando su sonrisa mientras cosía la herida del antebrazo.—Encontró su destino, hija. Simplemente no lo comprendió.
Mery se quedó pensando.
—Sé de qué hablas…
Matrusca reaccionó, seria. —¡No! No lo sabes.
Y tampoco estás entendiendo el cuento.
Tú piensas que el destino del gigante era quedarse atrapado en la montaña por todo lo que hizo. Vuestra gente siempre piensa en lo mismo:
—castigo y recompensa…
—recompensa y castigo… ¿Crees que el gigante no tenía derecho a querer? ¿A desear? ¿Crees que el gigante era un error de la naturaleza? Estás muy equivocada, niña. El destino es el cordón umbilical de la existencia del individuo. Es menester que cada uno encuentre su camino. O el mundo podría sucumbir en el caos. La no existencia del gigante supondría un vacío en la estructura de todos. El gigante nunca debió encontrar “eso”.
Y ahora… todos estamos siendo absorbidos por un error. Lo siento, hija… me he dejado llevar por mis emociones.
Matrusca guardó silencio unos segundos, como si acabara de recordar algo antiguo.
Luego levantó la mirada hacia Mery.
—Los cuentos no nacen solos. A menudo representan lo que pudo ocurrir. Y cuando el poder entra en juego… la verdad se cubre con un manto de fantasía.
Hizo una pequeña pausa.
—Este cuento se basa en algo que ocurrió hace mucho tiempo. Aquí en Red Willow Creek. Mucho antes de que este lugar tuviera siquiera ese nombre.
Matrusca miró hacia la puerta de la tienda, como si pudiera ver más allá de las calles del pueblo. —Hablo de la época de los caminos de hierro… y de las serpientes de vapor.
**
Era el verano de 1883, cuando los hombres de la Canadian Pacific Railway comenzaron a medir las colinas de Cypress Hills.
Las máquinas de hierro cruzaban la llanura como si fueran gigantes: Arrastraban humo negro, sacudían la tierra bajo sus ruedas, rompían la pradera, cortaban los ríos. Atravesaban los territorios de las tribus como si todo aquello les perteneciera.
Matrusca levantó la mirada hacia Mery.
—Los hombres del ferrocarril habían oído hablar de algo que brillaba bajo estas montañas.
Plata.
O tal vez plomo. Nadie estaba del todo seguro.
Pero lo suficiente para despertar la codicia de los hombres.
Hizo una pausa breve.
—Un anciano Cree llamado Maskwa-Pimipahtâ, al que los colonos llamaban Running Bear, les habló de una colina: Los Cree la llamaban Manitow-Wâciy.
La colina del espíritu.
La tierra también tiene sus secretos. Los hombres del ferrocarril creyeron haber encontrado una mina de plata y comenzaron a excavar.
Excavaron durante días.
Luego semanas.
Cada vez más profundo.
Cada vez más cerca del brillo que imaginaban bajo la roca.
Matrusca se encogió ligeramente de hombros.
—Hasta que la montaña cedió.
Muchos hombres quedaron enterrados bajo tierra: ingenieros, obreros y capataces. Hombres que habían venido desde muy lejos siguiendo el hierro.
Cuando la noticia llegó a los jefes del ferrocarril, los ingenieros de William Cornelius Van Horne cambiaron la ruta. Desviaron la línea hacia el sur. Desde entonces el ferrocarril nunca volvió a cruzar por aquel lugar.
***Matrusca guardó silencio un momento.
Luego habló con calma.
—Así es como nacen las historias. Los hombres recuerdan el hierro. La tierra recuerda al gigante.
Matrusca volvió a mirar a Mery.
—Y la tierra reclama siempre su lugar—.Luego levantó la mirada. —Puedo hacerte un favor.
—¿Un favor?
—Hablaré con mi marido—. Señaló hacia el escaparate donde estaba la Harley-Davidson.
—Esa moto nos costó mucho construirla. No es una Harley cualquiera.
Se acercó un poco más a la chica.
—Pero antes…— . Señaló hacia la trastienda.
—Quédate aquí.
Luego señaló el cabello de la chica.
—Ese pelo… también necesita un poco de orden.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Cuando regrese… podremos hablar.
Y quizá negociar algo.
Matrusca terminó de coser la herida del antebrazo de Mery. La aguja había entrado y salido de la piel varias veces, pero la adolescente apenas había sentido nada.
Tal vez la historia que le había contado había servido para distraerla. O tal vez había sido otra cosa.
Matrusca dejó la aguja sobre la mesa y limpió la sangre seca alrededor de la costura.
—Listo.
Observó la herida un momento más.
—Ahora necesitas limpiarte.
Se levantó y señaló hacia la trastienda.
—En la parte de atrás hay una ducha. Es grande… Thom la mandó hacer así porque es bastante corpulento.
Luego señaló otra puerta.
—Frente al lavabo verás un cuarto. Es donde Thom se cambia de ropa. Puedes coger uno de sus monos de trabajo… de los limpios, claro.
Mery asintió en silencio.
Matrusca sonrió con suavidad.
—No te preocupes. Solamente estamos tú, yo… y todos estos animales disecados escuchándolo todo.
Matrusca se dirigió a la puerta de salida, dejando a Mery sentada. Luego se giró y añadió, como si recordara algo importante:
—No quiero que bajes abajo. Ahí está el sótano —. Señaló el suelo con un gesto breve.
—Es donde Thom trabaja cuando los cazadores del condado le traen encargos para disecar.
La mujer caminó hacia la puerta de la tienda.
—Voy a echar un vistazo a la moto que has traído.
Matrusca levantó la mano.
—Ah, no necesito que me expliques de dónde ha salido… luego hablaremos. Ahora necesitas asearte o acabarás despertando a todos estos animales con tu olor—. Le guiñó un ojo.
Matrusca se levantó.
—No tardaré mucho—. Miró a Mery por última vez. —Cuando regrese… podremos hablar.
Y quizá negociar algo.
Dicho esto, la Cree se dirigió hacia la puerta de salida.
Matrusca era consciente de que aquella adolescente tenía algo que ver con lo que había pasado aquella mañana en el restaurante Prairie Moon Diner, en la ruta 46.
Aquella niña estaba asustada. Necesitaba ayuda. No solo socorrerla. En esa chica había algo diferente a las demás. Nadie se hubiera fijado en ese cuadro viejo. Pero si esta chica se había quedado mirándolo…¿ tal vez pudiera ser una de ellas…?
Matrusca frunció ligeramente el ceño.
No… imposible. Ellas dejaron de existir hace mucho tiempo. Además, era demasiado pronto para pensar algo así.
Aquel símbolo llevaba años colgado en esa pared… y nadie lo había mirado dos veces.
La mayoría de las personas ni siquiera lo veía.
Sus ojos se deslizaron un instante hacia el dibujo. El sol negro. Los pequeños ojos blancos. Observando. Esperando.
Luego volvió a mirar a Mery. Delicada. Frágil. A punto de romperse, como una flor en medio de un prado, sola e indefensa. Sin ningún tipo de protección.
Quizá solo era una coincidencia.
O quizá… todo lo que había aprendido durante todos estos años no servía para nada.
Los viajes por todo el mundo, buscando la verdad sobre las Strix. Sobre el credo de las Cardelias y la Domina Mantehia. Un viaje que solo le había devuelto los mismos cuentos de terror: fantasmas, leyendas urbanas inventadas por una sociedad que nunca entendió la verdadera esencia de las brujas.
Tan solo hubo un atisbo de esperanza cuando encontró aquel fragmento en Pompeya, en Italia: El símbolo de las Strix. Un emblema que, en estos tiempos, había perdido para siempre su poder.
Pero… ¿por qué esta niña había mirado dos veces ese símbolo?
—¡Perdón! —dijo Mery—. Si alguien entra, ¿qué le digo?
Matrusca tenía la mano en el pomo.
—Todos me conocen por mi nombre, “Matrusca”, la mujer del jefe indio.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero si alguien pregunta, di que Niska te ha dejado a cargo de la tienda por un momento. Si dices eso, sabrán que eres de confianza.
Sonrió ligeramente.
—Niska es mi nombre Cree—. Hizo una pausa más larga. —Y en todo Willow Creek saben que Niska es mi verdadera identidad…y Matrusca solo es mi apodo.
***
Mery atravesó la trastienda.
El cuarto de baño era más grande de lo que esperaba.La ducha ocupaba casi toda una esquina de la habitación. Amplia. Con azulejos blancos y un desagüe metálico en el centro del suelo.
Tal vez Matrusca tenía razón.
Thom debía de ser un hombre grande.
Mery ajustó la puerta del lavabo sin cerrarla del todo.
Se desnudó y se metió dentro.
Un momento después, el agua comenzó a caer.
Detrás de la cortina de plástico translúcido solo se veía la silueta esbelta de la adolescente mientras se duchaba.
En la tienda todo permanecía en silencio.
El zorro disecado seguía en su estante.
La serpiente de cascabel, enrollada sobre la repisa.
El tejón.
El búho.
El águila con las alas ligeramente abiertas.
Todos inmóviles, como estatuas.
El espacio estaba lleno de un silencio espeso, donde solo se escuchaba el sonido del agua caliente resbalando por el cuerpo de Mery.
Desde el mostrador podía verse, a través de la ranura de la puerta mal cerrada del baño, la silueta difusa de la joven detrás de la cortina de la ducha.
El plástico translúcido temblaba suavemente con el peso del agua que resbalaba por él.
La figura de Mery se movía al otro lado, borrosa entre el vapor caliente, apenas una sombra viva entre las manchas de luz que se filtraban desde la tienda.
El agua caía constante, deslizándose por su cabello, por los hombros, siguiendo el contorno de su cuerpo antes de perderse en el suelo de azulejos.
Allí dentro, aislada por el vapor y el sonido del agua, parecía completamente ajena al mundo exterior: sola, indefensa y libre.
Como si el mundo entero hubiera quedado suspendido, sin aliento, al otro lado de aquella cortina.
***
El vapor llenó el pequeño cuarto.
El agua caliente corría por su herida cosida recientemente.
Una gota, surco el antebrazo, resbalando por la piel hasta caer al suelo.
El agua y el jabón la diluyeron lentamente.
La mancha roja comenzó a deslizarse hacia el desagüe.
Durante un largo instante no ocurrió nada.
Luego… uno de los ojos del zorro se movió.
Giró apenas unos milímetros. Como si mirara hacia la trastienda.
Después lo hizo la serpiente.
Luego el búho.
Uno a uno.
Todos los ojos se fueron orientando lentamente hacia la misma dirección:
La ducha.
Incluso el cuadro En la pared, el dibujo del sol negro seguía colgado donde siempre. Los pequeños ojos blancos dentro del círculo oscuro permanecían quietos. Durante unos segundos. Luego… uno de ellos se movió.
Después otro.
Y otro más.
Hasta que todos los diminutos ojos comenzaron a girar hacia la misma dirección.
dónde Mery se estaba duchando.
En un rincón, el enorme oso disecado seguía inmóvil. Sus ojos de vidrio también miraban ahora hacia la trastienda. Entonces… el pecho del oso se hundió apenas. Un leve crujido recorrió la piel endurecida del animal. Y de su garganta seca escapó un sonido áspero, como una respiración olvidada...
***
El agua corría hacia el centro del suelo.
La sangre diluida giró lentamente sobre el metal, arrastrada por el remolino del desagüe, hasta desaparecer por la rejilla.
Durante unos segundos solo quedó el sonido constante del agua cayendo.
Luego el hilo rojizo descendió por el interior del tubo, perdiéndose entre los viejos conductos que serpenteaban bajo la tienda.
Bajo el suelo de Iron Horse Motorcycles, el agua siguió su camino por tuberías antiguas, manchadas de óxido y cal.
Cada vez más abajo.
Donde la luz nunca llegaba. En algún punto de aquella red de tuberías, el conducto se abría hacia un vacío más profundo. El agua caía allí con un goteo lento y constante.
El grifo se cerró.
Y en la oscuridad… una última gota se formó en el borde del metal.
Durante un segundo pareció quedarse suspendida.
Una gota de sangre.
A punto de caer en el abismo.
***
© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
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