Bruja Piruja. Capitulo 19. Lluís Fonts. Mery en el '77' . Iron Horse Motorcycles ( parte 3)
Niska Cree:
Una Strix no es elegida.
Nadie lo es.
Simplemente hay cosas que… empiezan a formar parte de la vida.
Como ocurre con ciertos objetos.
Al principio no tienen nada de especial para el resto del mundo, pero despierta un interés sentimental para su acreedor:
Se colocan en una estantería,
pasan de mano en mano,
viven en su silencio, sin ser vistos por lo que son, hasta que un día, algo sucede.
No se rompen, es más profundo que eso.
No desaparecen, por qué eso sería un vacío para su portador y protegido.
Tampoco se mueve, ya que irrumpiría la norma entre mundos de lo inanimado y lo animado.
Solo permanece. Quieto y estático, como si nada importante hubiera ocurrido.
Y desde ese momento, todo ha cambiado.
Las Strix. No son elegidas, como lo sería un tronco de madera para luego ser un cuenco inofensivo y ornamental. Ellas son forjadas lentamente en la oscuridad como lo haría una crisálida de un gusano de seda, pero sin invernación y letargo.
Aquello que llevan dentro, debe despertar en pura realidad entre este mundo y el otro.
Como los objetos malditos,
que nunca se crean de la nada, y que son tocados por algo obligado, emotivo, intenso y transgresor, para luego ser otra cosa..
La maldición no se reconoce como tal al principio. Aquello que parece carácter, destino o emoción… no era solo eso. A los ojos de quien la padece, la realidad nunca es del todo fiable: aparece desplazada, se presenta alterada, y aunque no lo parezca, nada termina de encajar del todo.
Lo mismo ocurre con la magia.
O como las Strix solían decir… la Makuyaj.
Porque para ser una Strix, primero debe ser maldita y no padecer en la crisálida.
Si no…la Makuyaj, no funciona.
***
1977
Red Willow Creck
Iron Horse Motorcycles
El fluorescente del pasillo parpadeaba con un zumbido irregular, como un insecto atrapado dentro del cristal.
Sus ojos rojos ardían con una furia primitiva.
Un odio antiguo.Algo que no pertenecía a ese lugar… ni a ese tiempo.
Las bocas se abrían más de lo natural, desencajadas, dejando ver encías ennegrecidas y dientes amarillentos, astillados.
Un hilo espeso de saliva caía al suelo, gota a gota, formando pequeños charcos brillantes que reflejaban la luz enferma del techo.
El olor llegó después.
Dulzón. Podrido.
Como carne olvidada en verano.
El sonido de sus pasos llenó el pasillo.
Arrastrados. Torpes. Pero implacables.
No corrían. No lo necesitaban.
Mery reaccionó.
Se giró bruscamente y agarró el pomo del vestuario. Lo giró.
Nada.
—¡No… no, no, no…!
Forcejeó.
Tiró con desesperación, notando cómo el metal le resbalaba en la palma sudorosa.
Golpeó la puerta con el hombro.
Un golpe seco.
Otro más.
Cerrado.
—¡Ábrete! ¡Por favor!
Pero la puerta no cedía.
A su espalda, el sonido de la manada acercándose se volvió más claro. Más real.
Un gruñido bajo…Irregular.
Como si viniera de gargantas que ya no recordaban cómo emitir sonido humano.
El eco de uñas raspando el suelo.
Lento. Persistente. Como cuchillos romos sobre cemento.
Mery retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. El golpe le sacó el aire de los pulmones.
Un jadeo seco escapó de su garganta.
Se quedó allí, atrapada, con la mirada clavada en aquellas criaturas que avanzaban, cerrando el círculo.
Cada paso reducía la distancia.
Cada respiración suya parecía alimentarlas.
—¿Qué… qué está pasando…?
Solo el sonido húmedo de las babas cayendo.
Solo ese avance constante.
Solo esos ojos.
Siempre esos ojos.
Más cerca…
Uno de ellos ladeó la cabeza. Demasiado.
El cuello crujió. Y aun así… seguía avanzando.
Mery giró la cabeza con desesperación, buscando una salida. Cualquier cosa. Sus dedos rozaron la pared. Pintura descascarillada. Humedad. Y entonces… lo sintió. Bajo su mano: un pomo.
Frío. Metálico. Sus dedos lo rodearon lentamente, como si temiera que desapareciera.
Sus ojos se abrieron de golpe al reconocerlo.
—¿¡El sótano!?
A su espalda, la manada se lanzó hacia ella.
Un estallido brutal cortó el aire.
Algo enorme reventó la puerta del lavabo, arrancándola de las bisagras como si fuera cartón. Astillas, metal y azulejos salieron despedidos. Dos de aquellas criaturas fueron arrolladas, sus cuerpos golpeando las paredes con un sonido blando, antinatural.
Todo el edificio tembló.
El impacto resonó en las tuberías, en el suelo, en los huesos.
Durante una fracción de segundo, incluso la manada dudó.
Las bisagras de la puerta del sótano cedieron con un chirrido desgarrador.
Mery no pensó. Actuó.
Giró el pomo.
Empujó.
Se lanzó dentro.
La puerta se cerró justo cuando algo chocaba contra ella desde el otro lado. Un golpe. Luego otro…y otro más … Uñas. Carne contra madera.
Mery cayó al suelo.
El aire le quemaba en los pulmones.
El lugar en el que había entrado no era exactamente el sótano. Era una especie de cámara intermedia. Un espacio de paso. Oscuro y estrecho.
De repente… demasiado silencio.
Solo su corazón disparado, como si quisiera escapar de su pecho.
Al otro lado…
El oso gris embestía sin descanso. Su masa golpeaba la estructura con una fuerza descomunal. Cada impacto hacía crujir la madera, vibrar los tornillos, temblar el marco.
Pero algo en el habitáculo… Algo en ese espacio de transición…contenía el impacto
de momento.
El animal gruñó. No era un sonido natural.
Había algo más dentro de él. Furia. Ira y Rabia. Todo junto, mezclado con una impotencia de no poder atrapar a su presa.
***
Mery empezó a retroceder.
Despacio.
Muy despacio.
Sin levantarse.
Agazapada, casi pegada al suelo, como si el frío del cemento pudiera esconderla, protegerla… absorberla. Como si, de alguna forma primitiva, su cuerpo entendiera que cuanto más pequeña fuera, menos visible sería.
El oso embestía la puerta con todas sus fuerzas.El suelo temblaba.
Mery sentía en las palmas de las manos cómo el cemento vibraba… cómo empezaba a resquebrajarse bajo la presión de los golpes.
De repente—Cesó.
El silencio cayó de golpe.
Y entonces lo vio. En la pequeña ventana circular de la puerta… el ojo de buey. Una mirada. Furiosa. Inquietante. Clavada en ella. Un soplido empañó el cristal. El vaho se extendió lentamente… cubriéndolo todo.
Pero aquella mirada… Era como si atravesara la condensación, como si la congelara desde dentro: La pupila, oscura,
profunda, antinatural.
Aquello… no era solo un oso gris,
y desde luego… no era un animal disecado.
Sus manos temblaban mientras buscaban apoyo detrás de ella. Pero esta vez no era el suelo. Era ella: El temblor nacía dentro, le recorría los brazos, el pecho, y las piernas...
Estaba aterrada.
El suelo estaba frío. Pero era un frío real.
Sólido. Y eso… le daba una falsa sensación de seguridad.
Su respiración era irregular, contenida a medias, como si incluso el aire pudiera delatarla. Entonces lo notó: Su piel desprotegida.
Bajó la mirada.
Su ropa… estaba al otro lado. Entre los escombros del lavabo. Donde todo había estallado. Demasiado lejos. Demasiado expuesta.
Se abrazó a sí misma instintivamente, como si sus propios brazos pudieran sustituir lo que le faltaba. Su vestuario íntimo era lo único que la cubría ahora. Ridículo. Inútil y vulnerable.
Un golpe al otro lado de la puerta la hizo tensarse.
Uno.
Dos.
Tres.
El oso, seguía ahí. Empujando. Esperando...
Mery recordó....: El Prairie Moon Diner, el olor a grasa quemada, el neón rojo parpadeando en el cristal, la trituradora de carne, las hamburguesas y aquella cosa.
Recordó cómo había empezado todo. El caos, como si la sangre… hubiera sido la llave o la llamada....y luego— La explosión.
El fuego devorándolo todo.
Aquel monstruo… reducido a cenizas.
Sin dejar nada.
El presente volvió... el sonido, y los golpes.
La presión al otro lado.
Mery tragó saliva.
Miró hacia el otro lado lentamente.
Un pasillo de tránsito de unos 2 metros de longitud. Eran eternos, como si la puerta de salida hacia el sótano estuviera a 50 metros de distancia.
Dos metros… imposibles.
Tenía una oportunidad.
Lo sabía. Lo sentía. Pero su cuerpo…
No respondía. Era como si hubiera una desconexión, como si la orden no llegara nunca a sus músculos, como si algo dentro de ella… se negara. La sensación la golpeó con claridad brutal: Como tener un arma en las manos… y ser incapaz de apretar el gatillo.
Sus dedos se tensaron contra el suelo.
Sus piernas… Inmóviles. Tremolantes.
—Muévete… —susurró, apenas sin voz.
El corazón le latía con violencia, pero el resto de su cuerpo parecía atrapado en otra realidad más lenta, más densa.
Más pesada.
Otro golpe.
Otro más y otro más fuerte y
la puerta crujió.
El oso gruñó al otro lado.
Su cuerpo reaccionó. Sin permiso. Sin pensamiento. Se impulsó hacia atrás de forma torpe, desesperada, arrastrándose más que moviéndose.
Uno.
Dos.
El pasillo desapareció bajo ella. Sus manos resbalaron. Sus rodillas golpearon el suelo.
Pero llegó la puerta.
Agarró el pomo y lo giró. Mery se lanzó al otro lado. Giró sobre sí misma y cerró con violencia la puerta de salida.
Sus manos encontraron el candado.
Pesado. Tosco, como los que utilizan en los torneos en Texas para encerrar a las reses más bravas.
Lo encajó como pudo, con dedos torpes, casi sin mirar. Aún tremolantes...
—¡Prueba con esto, gilipollas!
***
Cuando Mery se giró, vio por fin aquel lugar.
Lo primero que le llamó la atención no fueron las paredes, ni los marcos, ni siquiera la luz, sino la moqueta roja que se extendía a sus pies como una lengua espesa y silenciosa, demasiado limpia para un lugar oculto tras una puerta forzada y unas escaleras que parecían llevar al subsuelo de un viejo taller. No era un rojo vulgar ni gastado, sino un rojo profundo, ceremonioso, casi teatral; el tipo de color que no se pone para pasar desapercibido, sino para imponer una atmósfera, para decirle a quien entra que ese espacio ha sido pensado, medido y preparado para causar una impresión determinada.
Mery alzó la vista muy despacio.
A ambos lados se abría una estancia extraña, difícil de encajar a la primera. No sabía si llamarlo habitación, pasillo o antesala, porque tenía algo de las tres cosas a la vez. Era lo bastante estrecho como para sentirse de tránsito, pero también demasiado elaborado, demasiado ornamentado, como para servir solo de paso. Daba la impresión de que aquel lugar no estaba hecho únicamente para conducir a otra parte, sino para detener al visitante, obligarlo a mirar, a leer, a entender algo antes de continuar.
Las paredes, pintadas de un ocre envejecido, absorbían la luz de una manera densa, casi aceitosa. No eran paredes lisas ni frías; tenían un acabado cálido, deliberadamente sobrio, como el interior de un club antiguo, de un despacho privado o del vestíbulo de un establecimiento que alguna vez quiso parecer distinguido. Sobre ese fondo ocre, la madera teñida de caoba de los marcos adquiría un brillo oscuro, elegante y severo. No había nada improvisado. Nada parecía colocado al azar.
Cada cuadro estaba alineado con una precisión casi obsesiva, guardando distancias exactas, alturas medidas, simetrías demasiado perfectas como para responder al simple gusto decorativo.
Y luego estaba la iluminación.
No venía de un solo punto, ni de una lámpara concreta, sino de varias fuentes ocultas o cuidadosamente situadas, como si todo el conjunto hubiera sido dispuesto para parecer más grande, más rico, más importante de lo que realmente era. A Mery le recordó al hall de un casino de Las Vegas; no por ostentoso, sino por esa manera específica de iluminar el espacio para que nada resulte del todo natural. Una luz dorada, cálida, casi acogedora, y al mismo tiempo profundamente artificial. Una luz pensada para tranquilizar, para seducir, para hacer olvidar la hora, el exterior, el tiempo real. Todo allí parecía envuelto por esa claridad amable que, cuanto más se miraba, más sospechosa resultaba.
Mery dio un paso más, con cautela. La música suave sonaba como si estuviera en el vestíbulo de un hotel, como si estuviera en el vestíbulo del Waldorf Astoria de la ciudad de Nueva York.
Sus pies descalzos por fin descansaban por aquella moqueta. Y la temperatura era ideal a pesar de estar en paños menores, ella se abrazaba a si misma. No por frío, sino por que aquel espacio no tenía nada que ver con un taller taxidermista, ¿o tal vez si?
Después del caos, los golpes, los gruñidos y la respiración desbocada, aquel silencio mullido le resultó casi ofensivo. Era un silencio trabajado, doméstico, controlado. Como si el lugar hubiera sido diseñado para impedir cualquier aspereza del mundo. Ni un crujido. Ni una corriente de aire. Ni el menor indicio de abandono. Aquello no olía a sótano. No olía a humedad ni a madera cerrada ni al polvo viejo de los lugares olvidados. Olía a limpieza. A conservación. A algo mantenido con una constancia meticulosa, casi reverencial.
Entonces empezó a fijarse en los cuadros.
Había diplomas, certificados, placas con membretes oficiales, documentos enmarcados con sellos, firmas y tipografías solemnes. Algunos estaban escritos en inglés, otros en francés. También los había en otros idiomas que Mery no supo identificar a primera vista. Lo desconcertante no era solo su cantidad, sino su variedad geográfica. A medida que avanzaba, los nombres de las ciudades y de las instituciones aparecían uno tras otro, componiendo por sí solos una especie de mapa de prestigio internacional: Nueva York, París, Londres, Toronto, Singapur, Tokio y Sidney...
Las palabras se repetían en los encabezados y en los sellos de lacre impresos, en membretes de museos, academias, sociedades naturalistas y casas de subastas privadas. No eran papeles colgados para adornar. Eran credenciales. Pruebas. Reconocimientos de un trabajo importante, validado por otros, admirado por muchos. Y en casi todos, una misma firma principal, un mismo nombre destacado con distintos tipos de letra pero idéntica presencia:
Thomas Mystapew Bearclaw.
Mery se detuvo ante uno de ellos.
No entendió todo el texto, pero sí lo suficiente. Mención honorífica. Conservación extraordinaria. Excelencia técnica. Exposición permanente. Otro hablaba de una pieza central cedida para una muestra itinerante entre Montreal y Nueva York. Otro, más abajo, mencionaba una colaboración con una institución europea dedicada al patrimonio natural.
Había fechas de años distintos, separadas entre sí por décadas, y, sin embargo, el nombre se mantenía constante, firme, repetido una y otra vez como una marca de autoridad.
Pero no eran los diplomas lo que más perturbaba. Eran las fotografías.
Estaban intercaladas entre los certificados como ventanas hacia una vida pública minuciosamente documentada. La mayoría en blanco y negro, algunas con un contraste tan marcado que las figuras parecían más recortes que personas reales. En todas aparecía el mismo hombre: alto, serio, de presencia contenida, con ese tipo de porte que no necesita imponerse porque ya ha sido reconocido demasiadas veces.
Thomas, de pómulos anchos, piel cobriza y cabello negro, liso y peinado hacia atrás con una pulcritud severa, no sonreía casi nunca. A veces apenas esbozaba una línea seca en la boca. Otras, miraba a cámara con una serenidad distante, como si para él la fotografía no fuera un recuerdo, sino un trámite.
En una de ellas posaba junto a un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros frente a la fachada de una institución londinense. El edificio, de piedra victoriana, se elevaba detrás de ellos con una solemnidad gris, y a un lado de la imagen podía distinguirse parte de una escalinata, una farola de hierro forjado y las letras grabadas del museo. A sus pies, sobre una peana, se alzaba un zorro plateado en actitud de alerta, con el cuerpo tenso y la cabeza girada ligeramente hacia un punto fuera del encuadre. La composición era impecable. Tan impecable que resultaba antinatural. El animal no parecía reposar en una postura representada, sino haber sido detenido a mitad de un impulso.
Otra fotografía mostraba a Thomas en Japón.
Aquella llamó especialmente la atención de Mery porque el fondo era reconocible incluso para alguien que nunca había estado allí. Un gran torii se levantaba sobre el agua en calma, recortado contra un cielo pálido y una línea de colinas lejanas. El santuario de Itsukushima. Había visto imágenes en revistas o en televisión. Recordaba haber escuchado que era un lugar sagrado, un umbral, una frontera simbólica entre el mundo visible y algo más antiguo. Thomas aparecía de pie junto a un ciervo. No un ejemplar cualquiera, sino uno de una elegancia casi irreal, de cuello alzado y extremidades finas, como si la ligereza de su cuerpo estuviera a punto de romperse. La fotografía parecía tomada para un catálogo o una presentación institucional. Sin embargo, cuanto más la miraba Mery, más incómoda se sentía. La postura era demasiado perfecta. El equilibrio, demasiado exacto. Y en los ojos del animal había una quietud excesiva, una ausencia de titubeo que no transmitía paz, sino otra cosa.
No vida.
Tampoco muerte.
Algo peor: permanencia.
Siguió avanzando.
En otra imagen, tomada en Canadá, Thomas aparecía en una gran sala con techos altos y vitrinas de cristal. A su lado se erguía un alce monumental, con una cornamenta abierta como ramas secas contra el aire. Había varias personas alrededor, algunas con ropas de gala, otras con bata o con acreditaciones al cuello. Todos sonreían con una satisfacción visible, como quien posa ante un logro excepcional. Thomas, en cambio, mantenía una calma extraña. Una mano descansaba sobre el lomo del animal con una familiaridad que no parecía afectuosa, sino posesiva. Como si no lo estuviera mostrando, sino reteniendo.
Más abajo, casi al nivel de su hombro, había otra fotografía procedente de China. Esta vez el fondo mostraba una sala amplia, con paneles de madera oscura y caracteres verticales en una cartela lateral. En el centro, sobre una roca artificial cuidadosamente construida, un leopardo de las nieves parecía avanzar con una elegancia suspendida, el cuerpo en una tensión silenciosa, la cola cayendo con una naturalidad tan exacta que Mery sintió un estremecimiento. Todo en aquella imagen parecía admirable. Todo estaba perfectamente ejecutado. Y, precisamente por eso, resultaba inquietante. Nada se había salido de sitio. Nada fallaba. Nada temblaba. Era una perfección sin respiración.
Había más.
Un lobo junto a una comitiva francesa en una exposición temporal.
Un oso negro en una sala canadiense presidida por una bandera provincial.
Un búho nival en una vitrina de cristal iluminada desde abajo, como si fuera una reliquia sagrada.
Un puma, un caribú, un cuervo de proporciones magníficas, un lince con las orejas erguidas y la mirada fija en una nada que parecía continuar fuera del marco.
En todas las imágenes se repetía una sensación muy concreta que Mery no sabía cómo nombrar.
No era miedo.
No exactamente.
Tampoco admiración, aunque la técnica, fuera cual fuera, era innegablemente asombrosa.
Era otra cosa.
La impresión de que aquellos cuerpos no habían sido preparados para ser vistos, sino para ser conservados en un instante del que no se les permitía salir. Como si Thomas no trabajara con formas, sino con interrupciones. Como si tomara algo que pertenecía al flujo natural del tiempo y lo obligara a quedarse quieto para siempre.
Mery tragó saliva.
Volvió a mirar los diplomas, luego las fotografías, luego otra vez el nombre repetido en distintas placas.
Thomas Mystapew Bearclaw.
Ya no sonaba solo a un hombre.
Sonaba a autoridad.
A doctrina.
A alguien que había conseguido convertir su oficio en una sala de homenajes.
Y, sin embargo, cuanto más contemplaba aquel lugar, menos le parecía una galería de prestigio y más una antesala diseñada para imponer respeto. O para advertir. Era como si todo estuviera colocado no solo para exhibir reconocimiento, sino para dejar claro que, más allá de esa puerta, no empezaba un taller corriente, sino el territorio privado de alguien que llevaba años perfeccionando una relación muy concreta con la inmovilidad, el silencio y la permanencia.
Mery dio otro paso, casi sin darse cuenta.
La moqueta amortiguó el movimiento.
La luz dorada siguió cayendo sobre los marcos de caoba.
Y el nombre de Thomas, repetido una y otra vez a su alrededor, empezó a pesar en el aire como si también él formara parte de la decoración, no escrito en papel, sino suspendido allí, vigilándolo todo.
Siguió caminando hasta llegar a la puerta.
Una puerta doble, como las del hall de un hotel.
Mery la cruzó.
Y entonces comprendió que lo que había detrás no pertenecía al mismo mundo que aquella antesala.
***
Mery cruzó la puerta.
Y el aire cambió.
No fue el olor. Ni la temperatura.
Fue otra cosa. Más densa. Más presente.
Alzó la vista. Y entonces lo vio…
El espacio se abría ante ella con una amplitud inesperada, mucho mayor de lo que el exterior del edificio permitía imaginar. No era un sótano. No podía serlo. Aquello tenía proporciones de sala de exposición, de galería privada, de lugar diseñado para ser contemplado… no ocultado.
La luz seguía siendo cálida, controlada, pero aquí caía con mayor claridad, revelando formas que, al principio, Mery no supo ordenar del todo. Había cuerpos, distribuidos por toda la sala con una precisión casi escenográfica.
Una anaconda de dimensiones imposibles reposaba enroscada sobre una estructura de madera oscura, el cuerpo describiendo curvas perfectas, como si aún conservara la tensión de un movimiento interrumpido.
Más allá, un cocodrilo emergía de una recreación de terreno húmedo, la boca ligeramente abierta, mostrando una hilera de dientes afilados en una mueca que no parecía agresiva… sino detenida.
Un tigre, de pelaje denso y perfectamente definido, parecía avanzar desde una plataforma elevada, con el peso del cuerpo desplazado hacia una de las patas delanteras, como si el siguiente paso hubiera quedado suspendido en el tiempo.
Mery avanzó despacio. El silencio era absoluto. Demasiado. No había el menor rastro de deterioro. Ni polvo. Ni grietas. Ni desgaste.
Nada en aquel lugar parecía haber sido abandonado. Más bien al contrario.
Todo estaba… mantenido. Cuidado. Conservado.
Su mirada siguió recorriendo la sala.
Un águila, con las alas parcialmente abiertas, dominaba una zona elevada, como si hubiera sido capturada en el instante previo al despegue.
Un puma, más abajo, permanecía agazapado sobre una roca, con los músculos tensos bajo la piel, la cabeza baja y los ojos fijos en un punto invisible.
Un león, majestuoso, ocupaba el centro de otra sección, con la melena perfectamente dispuesta, cada mechón en su lugar, como si el tiempo hubiera decidido respetarlo más que al resto del mundo.
Mery frunció el ceño. Algo no encajaba. No era la cantidad. Ni la variedad. Era la sensación.
Todos estaban en movimiento. Y, sin embargo… ninguno se movía.
Siguió avanzando. Entonces los vio. Más pequeños. Mucho más. Distribuidos en vitrinas de cristal, iluminadas con una precisión casi quirúrgica. Insectos. Filas enteras de ellos.
Escarabajos de caparazón oscuro y brillante, cuyas superficies reflejaban la luz como metal pulido.
Escorpiones de tonos amarillentos, con las colas arqueadas en una tensión inmóvil.
Arañas de proporciones inquietantes, con patas extendidas que proyectaban sombras finas y alargadas sobre el fondo de las vitrinas.
Algunos eran reconocibles. Otros… no tanto.
Mery se acercó un poco más.
Había algo extraño en cómo estaban dispuestos. No parecían simples muestras.
Ni colecciones ordenadas por especie o procedencia. Había combinaciones.
Agrupaciones que no respondían a ninguna lógica evidente. Como si alguien hubiera intentado relacionarlos…
de otra manera.
Mery sintió un leve escalofrío.
Sin darse cuenta, apoyó el antebrazo en una de las vitrinas. El cristal estaba frío y limpio.
No notó la pequeña presión de la herida.
Ni la fina línea de sangre que quedó marcada sobre la superficie. Desvió la mirada.
Volvió a los cuerpos grandes. A los animales. A sus posturas. A sus ojos. Y entonces lo comprendió… No era solo que estuvieran bien conservados. Era que ninguno parecía haber llegado allí después de terminar su ciclo natural. Había en todos ellos una interrupción.
Un corte limpio en algo que debía continuar.
Como si el instante en el que existían hubiera sido retenido… y fijado allí. Para siempre.
Mery tragó saliva. El silencio seguía siendo absoluto. Pero ya no resultaba calmado.
Ahora…pesaba.
Al final del recorrido, separado del resto, había una zona distinta. No un despacho como tal.
Algo más contenido. Más personal. Un lugar de trabajo. Un archivador. Todo en su sitio.
Como si alguien acabara de levantarse…
y fuera a volver en cualquier momento.
Mery se acercó. Carpetas, dosieres, y
documentos organizados con una precisión casi obsesiva.
Uno de ellos estaba encima de la mesa de caoba. Le llamó la atención. No supo decir por qué, tan solo… destacaba:
“Awiyasak”
Debajo, un nombre:
Eileen O’Rourke
Mery frunció el ceño. No entendía qué era.
Pero tampoco podía ignorarlo.
Tenía frío, y cuando se giró, vio un perchero de madera de esos antiguos de los años 40, en el ,tres monos blancos.
Mery cogió un mono de trabajo, pensando en que al menos se sentiría arropada.
Se lo puso.
Se sentó en el sillón.
Y empezó a leer.
***
En la sala, nada se movía. Nada cambiaba.
Todo permanecía estático y silencioso.
Excepto… una cosa.
En la vitrina donde Mery se había apoyado,
la pata de un escorpión…
…comenzó… a moverse.
***
© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
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