Belleflour. capitulo 27: Carol Duvalier y la dama sin rostro
"Las sombras que envuelven Bellefleur siempre han estado ahí, como guardianes silenciosos de secretos que se hunden más allá de lo imaginable. El viento que atraviesa sus pasillos, gélido y constante, parece murmurar en un idioma que pocos pueden comprender, susurros que se cuelan entre las paredes, como recuerdos atrapados en el tiempo. Pero aquella noche, el aire estaba más denso, pesado, como si toda la mansión contuviera el aliento.
Carol sintió el peso de esa atmósfera. Había recorrido esos pasillos antes, había sentido las sombras, pero nunca así. El cuadro de la Dama sin Rostro parecía mirarla, ese vacío donde debían estar los ojos ejercía una atracción innegable, tiraba de su mirada, de su alma. Y entonces, ocurrió: un movimiento en el borde de su visión, sutil, etéreo, como un leve parpadeo en la penumbra. Giró, y allí la vio.
Una figura flotaba entre las sombras, una mujer desprovista de rostro, su esencia misma era un vacío oscuro, un abismo. Era la Dama sin Rostro, la mujer atrapada en el cuadro, pero ahora era mucho más que un retrato en la pared. Era una presencia, un eco de algo que una vez había sido vida, esperanza… y luego condena. La desesperación impregnaba el aire a su alrededor, una tristeza tan profunda que parecía arrastrar consigo la oscuridad misma.
Carol sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo, un frío que calaba hasta los huesos, pero sus labios, como movidos por una fuerza invisible, formularon la pregunta:
—¿Por qué estás aquí?
No hubo respuesta. Al menos, no en palabras.
Lucilla, la sombra de la mujer atrapada entre mundos, comenzó a moverse hacia Carol, sus pasos apenas visibles, como si su figura se deslizara más allá de la realidad. Carol quiso retroceder, pero algo dentro de ella le impidió moverse. Y entonces, lo sintió. Un torrente de emociones y recuerdos inundó su mente. No eran palabras; eran sensaciones, fragmentos, imágenes que se incrustaban en su conciencia como si siempre hubieran estado allí, esperando ser recordados.
La primera visión fue de una niña, Lucilla, rodeada de mármol y oro, una niña noble de Roma, su mundo era un lugar de grandeza y poder. Carol sintió la grandeza de esa época, la solemnidad de los templos y el peso de las responsabilidades que recaían sobre esa pequeña figura de ojos oscuros y decididos. La niña creció rápidamente, y Carol experimentó en carne propia las dudas de Lucilla, el deber que pesaba sobre sus hombros y el secreto oscuro que su familia guardaba.
Y luego, vino el amor. El primer y único amor de Lucilla, un amor que Carol sintió tan vívido como si fuera suyo. Caius Marcellus, el guerrero de sombras y de manos marcadas por las batallas, con el que Lucilla compartió promesas y juramentos. Carol podía sentir las emociones crudas, puras, la mezcla de miedo y deseo, el ansia de eternidad que crecía en el pecho de Lucilla, que la empujaba a realizar el pacto prohibido, el pacto de Aqua et Cor. Fue en ese instante, cuando Lucilla juró amor eterno, que Carol sintió un peso caer en su propia alma. Como si aquella promesa hubiera sido hecha por ella misma.
La figura de Lucilla se mantuvo en silencio, pero Carol podía sentir su desesperación, podía ver las sombras de traición y desengaño que comenzaban a cercarla. Un grupo de figuras borrosas, las manipulaciones de la familia Roucheverneaux, y luego la escena desgarradora del sacrificio de Caius, muriendo en el intento de salvar a Lucilla, su alma atrapada en ese momento de sufrimiento eterno. Carol sintió como si una lanza traspasara su propio pecho, como si el dolor que había sentido Lucilla en ese momento fuese también suyo.
Finalmente, Carol vio la última imagen, la más desgarradora de todas: Lucilla, capturada y llevada lejos, despojada de su rostro y de su identidad, su vida y belleza arrebatadas en un acto de venganza y odio. Carol experimentó la humillación, la desesperanza, el miedo, todo como si le perteneciera. Y luego, el cuadro, ese cuadro que encerró el espíritu de Lucilla, sellándola en un vacío eterno, una cárcel de tela y pintura que mantenía viva su tristeza y su condena, la obligaba a permanecer atrapada entre dos mundos.
Cuando las visiones finalmente comenzaron a desvanecerse, Carol volvió en sí, pero las emociones aún se arremolinaban en su interior, como olas rompiendo contra su conciencia. Lucilla seguía allí, su presencia apenas visible, y Carol, entre lágrimas, sintió que finalmente entendía.
La Dama sin Rostro, Lucilla, no podía liberarse. No mientras esa parte de su alma estuviera atrapada en el cuadro, y mientras Carol, su reencarnación, viviera sin comprender la verdadera historia que las unía.
Carol susurró, apenas audiblemente:
—Eres tú. Soy… yo.
Y, aunque Lucilla no tenía rostro, Carol sintió una especie de asentimiento, un entendimiento tácito. Lucilla necesitaba algo que solo Carol podía darle: la aceptación de ambas, la voluntad de integrar ese pasado y esa condena en su propia vida. Lucilla la miró, o eso pareció, y Carol supo que su tarea no era solo entender la historia, sino romper el ciclo, tomar la carga que Lucilla no había podido soltar. Solo al aceptar ambas sus destinos, Lucilla podría ser liberada de su prisión de sombras.
Y en ese momento, mientras la figura de Lucilla se desvanecía en la penumbra, Carol comprendió que, aunque esa noche en Bellefleur no traía respuestas fáciles, le había mostrado el camino para desatar el nudo que ambas compartían, para que la Dama sin Rostro encontrara finalmente su paz. Porque solo entonces, Lucilla y Carol serían, finalmente, una sola alma, completa y libre."
"Aún aturdida por la visión, Carol retrocedió un paso, tratando de entender lo que acababa de ver, lo que acababa de sentir. Las imágenes de Lucilla y Caius Marcellus se entrelazaban en su mente como recuerdos borrosos, pero dolorosamente vívidos, como si cada emoción, cada promesa y cada sacrificio fueran también parte de su propia historia. Y entonces, una verdad sombría y escalofriante comenzó a tomar forma en su mente. Las facciones de Caius… ese guerrero noble y trágico que había amado a Lucilla con cada fibra de su ser… Carol se dio cuenta de algo que le heló el alma: Caius Marcellus se parecía a Etienne de Rochefort.
Etienne, ese ser oscuro y maldito, era la reencarnación de Caius. Él era el mismo hombre que había sellado el pacto de Aqua et Cor con Lucilla, una promesa de amor eterno que trascendía el tiempo y el espacio. Pero, ¿cómo podía ser posible? Carol sentía un vértigo extraño, como si el suelo bajo sus pies se desvaneciera. La mezcla de odio y amor, de atracción y repulsión, giraban dentro de ella con la intensidad de una tormenta. Se preguntaba si acaso no lo había sabido siempre, si en el fondo de su alma, la conexión que sentía hacia Etienne era algo mucho más antiguo, mucho más profundo de lo que su mente le permitía recordar.
—No… no puede ser… —susurró, retrocediendo aún más. Pero una voz interior le gritaba que sí, que lo había sentido desde la primera vez que cruzó miradas con él, desde el primer roce de su presencia en Bellefleur. Esa repulsión, esa fascinación, eran los ecos de una vida pasada, de un amor condenado y de una promesa que aún buscaba cumplirse.
La Dama sin Rostro, la figura de Lucilla Flavia, se acercó a Carol, sus manos extendidas, como si con ese simple gesto pudiera alcanzar su comprensión. Y entonces, de aquel rostro vacío, sin ojos ni expresión alguna, comenzaron a brotar lágrimas. Lágrimas de una tristeza tan antigua, tan pesada, que parecían estar hechas de cenizas, del polvo de siglos de sufrimiento.
Carol sintió el peso de esas lágrimas en su propio pecho, un dolor que amenazaba con desbordarse. Sabía lo que Lucilla le estaba pidiendo, lo que ella necesitaba para liberarse de su maldición y de la oscuridad que había atrapado también a Caius, ahora reencarnado en Etienne. Pero no podía aceptar lo que aquello implicaba, lo que su propio corazón debía entender y abrir para que ese ciclo finalmente se cerrara.
—No puedo… no puedo amar a ese monstruo, —murmuró, el desprecio en su voz se entremezclaba con una extraña ternura. Etienne era un ser oscuro, un condenado, alguien que había causado dolor y sufrimiento, y sin embargo… Carol sentía algo en su interior que la empujaba hacia él. Algo tan confuso como inevitable, como si las partes más profundas de su alma recordaran una promesa que su mente no lograba comprender.
La Dama sin Rostro levantó una mano, sus dedos frágiles e incorpóreos, y aunque no tenía ojos, Carol podía sentir su súplica. Lucilla estaba allí, rogándole que viera más allá de lo evidente, que comprendiera el peso del amor eterno, de esa promesa que se había vuelto una prisión. Aunque no emitía palabras, su dolor se sentía en cada lágrima que caía de ese abismo vacío que era su rostro, en el silencio desgarrador de una condena que solo Carol podía deshacer.
—Por favor, —parecía decirle la sombra de Lucilla—, entiéndelo. Él fue mi amor, él fue mi vida. Fue… todo lo que siempre busqué y perdí. Y a través de las lágrimas, Carol entendió que aquella alma desesperada, aquella mujer atrapada en el limbo, no pedía redención solo para sí misma. Pedía que ella entendiera a Etienne, que viera más allá de la maldición, de las sombras que lo envolvían, y reconociera al hombre que aún permanecía en él, ese hombre que, en otra vida, había sido todo para Lucilla.
Carol cerró los ojos, confundida, desgarrada. Todo en su ser le gritaba que huyera, que rechazara esa súplica. Etienne era un monstruo, alguien que había perdido su humanidad, alguien a quien había aprendido a despreciar… y, sin embargo, sentía algo más. Una necesidad de acercarse, de entender, de tal vez, en lo profundo de su ser, salvarlo de la oscuridad que lo consumía. Era como si una parte de ella supiera que solo su amor podía romper el ciclo, que solo aceptando esa promesa hecha siglos atrás podrían ambos ser liberados.
—No… no puedo… no entiendo, —susurró Carol, su voz rota por el conflicto que la desgarraba desde adentro. ¿Cómo se supone que ame a alguien así? Pero una parte de ella, una parte profundamente enterrada en su alma, ya conocía la respuesta. Porque el amor verdadero no siempre es sencillo; a veces, es una prueba, una elección difícil, un acto de sacrificio.
La figura de Lucilla se mantuvo en silencio, pero sus lágrimas seguían cayendo. Carol sintió que esa imagen era un reflejo de su propio dolor, una verdad que ella aún no lograba aceptar. Sabía que podía hacerlo, que podía redimir a Lucilla, a Etienne, y a ella misma. Sabía que si lograba ver más allá de la monstruosidad de Etienne, si lograba tocar ese hombre que aún quedaba atrapado en las sombras, podría poner fin a la maldición que había desgarrado su alma en cada vida, en cada renacimiento.
Pero por ahora, la confusión y el miedo la retenían. Su corazón temblaba entre el odio y el amor, entre el deseo de escapar y la necesidad de redimir. Carol bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada vacía de Lucilla por más tiempo, atrapada en un conflicto tan profundo como su propia alma.
En ese silencio, en la oscuridad de Bellefleur, Carol comprendió que aquella noche no había respuestas, solo una promesa pendiente y una elección que, tarde o temprano, debía hacer."
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