Belleflour. Capitulo 30: Carol Duvalier y Etienne



"El salón principal de la mansión: en la sala de los espejos". Bellefleur estaba sumido en penumbras. Carol y Etienne, enfrentados en esa penumbra, parecían atrapados en una danza de sombras, sus miradas entrelazadas, cargadas de un peso que ninguno de los dos parecía dispuesto a cargar. El aire era espeso, denso con secretos antiguos y promesas no cumplidas, y todo en Bellefleur parecía contener la respiración, como si aguardara el desenlace de algo ineludible.

Carol cruzó los brazos, su cuerpo irradiando una mezcla de frustración y desconfianza.

Carol Duvalier: —No sé qué esperas de mí, Etienne. ¿De verdad crees que después de todo lo que ha pasado, voy a ayudarte? No entiendo nada de esto… ni por qué estoy aquí, ni por qué debería hacer algo por ti.

Etienne permanecía de espaldas, su figura proyectando una sombra larga y cansada hacia el fuego de la chimenea, su voz, apenas un murmullo, cargada de una tristeza infinita.

Etienne: —No te pido nada, Carol. No quiero que sientas… lo que no puedes sentir. —Hizo una pausa, apoyándose levemente en la repisa de la chimenea, sus hombros tensos, su voz apagada—. No espero que me entiendas. Solo quiero que te des cuenta de que esto no es solo sobre ti.

Carol lo miraba con una mezcla de incredulidad y enojo, y dejó escapar una risa amarga.

Carol Duvalier: —¡Por supuesto que no es solo sobre mí! —Exclamó, alzando la voz, sin poder contenerse—. ¡Pero tampoco es solo sobre ti! Me trajiste aquí, me encerraste en esta mansión. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Besar a un extraño que apenas conozco? ¿Unirme a este destino que no pedí?

Etienne finalmente se giró, y en su mirada se podía ver una chispa de dolor apenas contenido, sus ojos oscuros como pozos que habían visto demasiadas noches sin fin.

Etienne: —¿Crees que yo elegí esto? —Su voz tenía un filo que apenas lograba reprimir—. No soy ningún príncipe de cuento, Carol. —Dio un paso hacia ella, sus ojos atrapados entre el desprecio y la desesperación—. Mi existencia es una maldición. No espero que lo entiendas, pero cada alma en esta casa, cada uno de ellos, está atrapado igual que yo.

La rabia de Carol se mezclaba con una confusión dolorosa; la historia que Lucilla le había revelado, el rostro de Caius que era ahora el de Etienne… todo estaba trenzado en una maraña imposible de comprender.

Carol Duvalier: —No me lo pongas como si tú fueras la víctima. No después de lo que hiciste. —Apuntó hacia los retratos en las paredes, a las sombras que parecían escuchar su discusión—. Eres el carcelero de esta casa, Etienne. ¿O acaso me vas a decir que no lo eres? ¿Que no has estado manipulando todo esto desde el principio?

Etienne la miraba, sus labios apretados en una línea dura, y en su voz había un tono de cansancio y derrota.

Etienne: —No tienes idea de lo que dices. —Las palabras salieron con dureza—. No tengo el control de nada. Ni siquiera de mí mismo. —Su voz se quebró apenas, pero recuperó la compostura, respirando profundamente—. ¿De verdad crees que quería esto? Si pudiera cambiarlo, lo haría. Pero ahora no hay vuelta atrás, y… tú no estás aquí por casualidad.

La incredulidad y el desconcierto pintaban el rostro de Carol mientras daba un paso hacia atrás, mirándolo con una mezcla de rabia y algo que comenzaba a parecerse a la compasión.

Carol Duvalier: —¿Y qué se supone que significa eso? —Su mirada buscaba respuestas en la suya—. ¿Qué es lo que no me estás diciendo?

Etienne hizo una pausa, como si las palabras le quemaran en la boca antes de pronunciarlas, como si el peso de aquella verdad fuera algo que ni él mismo podía soportar.

Etienne: —Significa… que hay cosas que no puedes entender aún. —Apartó la mirada, y su tono era más bajo, casi un susurro—. Y aunque te lo explicara, no cambiaría nada. No soy yo quien te ha traído aquí, Carol. Esto es mucho más grande que nosotros.

La desesperación de Carol se filtraba en su tono, una mezcla de desafío y vulnerabilidad que rompía las barreras que había construido en torno a sí misma.

Carol Duvalier: —¿Más grande? ¿Qué es eso? ¿Una excusa? —Avanzó hacia él, sin poder evitar el temblor en su voz—. ¡Si todo esto es tan grande, si no eres tú el responsable, entonces dime quién lo es! ¿Quién me está usando como si fuera una pieza más en este juego?

Etienne desvió la mirada, su voz perdiendo la fuerza que había tenido, como si sus propias palabras se desvanecieran antes de llegar a ella.

Etienne: —No puedo explicarlo todo. Solo sé que tú… podrías cambiarlo. —Suspiró, su tono cansado, casi resignado—. Pero no te estoy pidiendo que lo hagas por mí.

La rabia de Carol comenzó a mezclarse con la tristeza, sus palabras llenas de sarcasmo y un toque de impotencia.

Carol Duvalier: —Claro, ¡porque no se trata de ti, ¿verdad?! —Lo miró intensamente, su frustración ardiendo en sus ojos—. Pero todo esto… todo lo que está pasando en esta maldita mansión parece girar a tu alrededor. ¿Y ahora esperas que lo cambie todo con un simple beso?

Etienne, al borde de perder el control, alzó la voz, su tono lleno de una mezcla de desesperación y amargura que se escapaba de su control.

Etienne: —¡No lo entiendes! —Sus palabras resonaron en el silencio, sus ojos fijos en los de Carol por primera vez—. ¡No es un simple beso! Es mucho más que eso. —Se detuvo, respirando agitadamente—. Tú… tú podrías salvarlos. Podrías salvar a todos los que están atrapados aquí, incluyéndome a mí. Pero no te estoy pidiendo que lo hagas por mí, Carol. ¡Ni siquiera sé si quiero ser salvado!

El silencio que siguió fue intenso, cargado de una tensión que parecía un abismo. Carol lo miró, sorprendida y al mismo tiempo furiosa.

Carol Duvalier: —¿Entonces por qué sigues insistiendo? ¿Qué demonios quieres que haga, Etienne? —Se acercó a él, su corazón latiendo rápidamente—. Dime, ¡porque no sé qué esperar! No sé qué hacer. No sé si debería… —Hizo una pausa, luchando con sus propios pensamientos—. Ni siquiera sé si quiero hacerlo.

Etienne bajó la mirada, y en su rostro se reflejaba una mezcla de vergüenza y resignación, como si aceptara una derrota que había sido suya desde hacía mucho tiempo.

Etienne: —Porque… porque no quiero que sufras lo mismo que yo. —Suspiró profundamente, su voz casi quebrada—. No te pido que me ames, Carol. No puedo esperar eso de ti. Pero sé que no mereces estar atrapada aquí. Y tampoco ellos. —Señaló hacia las sombras del salón, donde las almas atrapadas parecían esperar su propia liberación—. Si haces esto, al menos ellos podrán ser libres.

Carol, ahora más suave, pero aún confundida, lo miró con una mezcla de compasión y desconfianza.

Carol Duvalier: —¿Y tú? ¿Qué pasa contigo? ¿Qué quieres que haga contigo? —Su voz tembló ligeramente, llena de incertidumbre—. Si te beso… tú también quedarías libre, ¿no?

Etienne se apartó, con un suspiro resignado, su voz apenas un susurro.

Etienne: —Quizás. O quizás no. —Vaciló, su mirada perdida—. No sé si eso sería suficiente para mí. —Hizo una pausa larga, la voz impregnada de una tristeza inefable—. No estoy seguro de querer seguir existiendo, Carol.

Carol miró las sombras, y por un momento, algo dentro de ella cedió. Etienne recordó las palabras de Tamalfit, la historia de sacrificio, y entendió que esa noche tenía en sus manos el poder de cambiar el destino de Bellefleur.

"Porque a veces, lo que nos salva no es lo que damos, sino lo que decidimos dejar ir."

"Etienne respiraba con dificultad, el peso de sus palabras aún suspendido en el aire como una promesa rota. El recuerdo de Tamalfit —ese último sacrificio, ese acto de entrega absoluta— ardía en su memoria, y con un repentino estallido de rabia y desesperación, supo lo que debía hacer, aunque eso significara destruir la última esperanza que le quedaba.

Su voz, en un grito áspero y furioso, resonó en las paredes de Bellefleur, desgarrando el silencio y rompiendo la atmósfera densa y sombría que había aprisionado cada rincón de la mansión.

Etienne: "¡Carol Duvalier es libre! ¿Me oís? ¡Libre! ¡Ya no pertenece a esta condenada mansión, a esta maldición que nos atrapa a todos!"

Su voz reverberó como un eco, resonando en cada sala vacía, en cada pasillo oscuro, como si los muros mismos lo absorbieran, como si Bellefleur tomara nota de su decisión, y a la vez, la desafiara. Etienne alzó la mirada al techo, su expresión una mezcla de furia y dolor, de una tristeza tan antigua como los secretos que guardaba la casa. Sus palabras eran tanto una liberación como una despedida, una orden y una súplica, y, por un momento, fue difícil distinguir si estaba hablando a Bellefleur o a la misma oscuridad que había invadido su propia alma.

Etienne: "¡Déjadme en paz! ¡Dejadme a mí y a ella en paz! Ella ya no es vuestra, nunca más…"

Carol lo miraba con asombro y confusión, sintiendo cómo las palabras de Etienne envolvían la atmósfera a su alrededor, como si un vínculo invisible entre ella y la mansión comenzara a desvanecerse. Algo dentro de ella se rompía, una liberación suave y desconcertante, como si una red invisible, una trampa tejida en sombras, comenzara a soltarse, liberándola.

Pero en el rostro de Etienne, Carol vio algo que la detuvo, una especie de resignación terrible, como si en el mismo instante en que había pronunciado su libertad, él también se hubiera condenado. Un relámpago de comprensión la atravesó, y sintió el dolor de aquella decisión, un dolor tan profundo que apenas lograba sostenerle la mirada.

Etienne: "Lo único que podría haberlo cambiado todo…" —murmuró, más para sí mismo, mientras su voz perdía la fuerza—, lo acabo de perder."

Carol notó cómo sus hombros caían, la dureza y la furia cediendo a una desesperanza fría, desoladora. En un solo gesto, Etienne había renunciado a la última posibilidad de romper su maldición, de hallar la paz que tanto había buscado. Porque al liberar a Carol, al renunciar a la única persona que aún podía salvarlo, había destruido su única oportunidad de redención.

Los ojos de Carol se llenaron de lágrimas, pero no era tristeza por ella misma, sino por él, por ese hombre atrapado en su propia oscuridad, en una mansión que nunca dejaría de reclamar su alma. Quiso hablar, quiso decir algo, pero las palabras se atoraban en su garganta. Ella era libre… y esa libertad, en el mismo instante en que la sentía, se convertía en un eco de la condena de Etienne.

Él levantó la mirada, y en esos ojos que habían conocido el paso de los siglos, Carol vio la aceptación de su propio destino, el peso de una vida llena de errores y de deseos incumplidos, de promesas que jamás podrían cumplirse. Las sombras parecían acercarse a él, reclamándolo como uno de los suyos, abrazándolo en su abrazo oscuro.

Carol Duvalier: "Etienne… no tienes que hacer esto." —su voz era un susurro, lleno de una compasión inesperada.

Él la miró, sus ojos llenos de un amor resignado, un amor que sabía que nunca podría ser correspondido.

Etienne: "Tienes que irte, Carol. No mereces este lugar… no mereces esta maldición. Yo… ya he hecho mi elección."

Ella lo miró una última vez, y en ese momento, comprendió que Etienne había entregado lo único que le quedaba: la esperanza de un amor redentor. Con ese sacrificio, él había sellado su propia condena, abrazando la oscuridad de Bellefleur para que ella pudiera ser libre.

Carol Duvalier: "Etienne…"

Pero antes de que pudiera decir algo más, él levantó una mano, como una despedida, como un gesto final de un amor condenado. Carol sintió una presión en su pecho, un peso de tristeza y dolor que nunca se borraría, pero dio un paso atrás, el primer paso hacia su propia libertad.

Y mientras la puerta de Bellefleur se abría para ella, dejándola salir al mundo exterior, Etienne se quedó solo en el salón, en el corazón de su propia oscuridad, sabiendo que había dejado ir lo único que podía haberlo salvado.

La mansión Bellefleur volvió a sumirse en silencio, y mientras las sombras cerraban el espacio a su alrededor, Etienne se hundió en su propia soledad, su último sacrificio sellado para siempre."


***
© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública o transformación, total o parcial, de esta obra por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa y por escrito del autor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 4)¿Qué hay realmente en el interior de la lágrima?

Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII

Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)