Belleflour. Capitulo 33: El beso



"Las sombras habían comenzado a envolverlo, consumiéndolo, llevándose cada fragmento de lo que quedaba de su ser. Etienne sentía cómo su esencia se diluía, cómo su existencia se desvanecía, arrastrada hacia la nada. La figura de Céline, satisfecha con su triunfo, se deslizaba en la penumbra, como una sombra que retrocede tras haber consumado su venganza. Etienne ya no podía resistir más; sus fuerzas estaban agotadas, su alma casi perdida.

Y entonces, justo cuando el último hilo de su conciencia comenzaba a desvanecerse, se abrió la puerta.

Carol Duvalier había escuchado. Y con cada paso que la acercaba a él, la fuerza de esa decisión resonaba en su interior, movida por algo más profundo que el deber o el miedo. Era una decisión nacida de la comprensión, del sacrificio silencioso que había visto en Etienne y de la empatía que crecía en su corazón. A su alrededor, las sombras parecían retroceder, y en el aire había un extraño resplandor, como si la esperanza misma hubiera decidido acompañarla en ese último tramo.

Ella se acercó a él, el hombre caído que yacía a los pies de Bellefleur, atrapado entre el dolor y la resignación. Él era, en ese momento, apenas una sombra de lo que había sido, apenas un reflejo. Pero Carol, con una determinación suave y solemne, se arrodilló junto a él y levantó su rostro con ternura.

Etienne abrió los ojos, mirándola con una mezcla de asombro y tristeza. No podía entender por qué ella había vuelto, por qué había elegido quedarse cuando él había renunciado a su última esperanza. Pero en los ojos de Carol, encontró algo que lo llenó de un calor que ya había olvidado: compasión. Perdón. Y, tal vez, el amor más puro que un alma quebrada como la suya podría merecer.

Carol acercó sus labios a los de Etienne, y el beso fue extraño, entremezclado con el dolor de ambos y el peso de los años, de las promesas rotas y de las palabras nunca dichas. Fue un beso frágil, como una llama en medio de una tormenta, pero en ese instante, algo se desató en el aire a su alrededor.

La magia del perdón y la liberación comenzó a fluir, envolviendo a ambos en un resplandor suave y cálido, como si el tiempo mismo se hubiese detenido para presenciar el cumplimiento de una promesa. El pacto de Aqua et Cor, esa promesa hecha en otra vida, se despertó en ellos, y por primera vez, el ciclo interminable de sufrimiento comenzó a desmoronarse.

Una luz dorada envolvió el cuerpo de Etienne, cálida, reconfortante, como el primer rayo de sol después de una larga noche. Las sombras que lo habían devorado retrocedieron, y en el fondo, la figura de Céline se desvaneció, frustrada y furiosa, incapaz de sostener su poder en la presencia de aquella redención. La oscuridad misma se quebraba bajo el peso de ese acto puro, un acto de amor nacido no de la pasión o la posesión, sino de la empatía y la voluntad de ver el alma detrás de las sombras.

Etienne, mirándola, sintió algo que no había conocido en toda su existencia condenada: paz. Una paz que se filtraba en cada fibra de su ser, un alivio que curaba cada herida, cada cicatriz, cada recuerdo amargo. Sus ojos, por primera vez, no reflejaban tristeza ni resignación, sino gratitud.

Etienne: "Carol... no sé cómo agradecerte." —Su voz era apenas un susurro, temblorosa, llena de la emoción que no podía contener—. "Has... hecho lo imposible. Me has liberado."

Carol lo miró con suavidad, y una lágrima cayó por su mejilla mientras le sonreía.

Carol Duvalier: "No era solo por ti, Etienne. Era por todos nosotros."

Y entonces, en medio de la quietud de Bellefleur, con el resplandor suave envolviéndolos, Etienne comenzó a desvanecerse. Pero esta vez, no era un desvanecimiento de desesperación o derrota, sino uno de liberación, de transición hacia un lugar donde el dolor y la oscuridad ya no podrían alcanzarlo. Él, la figura maldita, el ser atrapado en la oscuridad, dejaba finalmente este mundo, pero no como un condenado, sino como un alma redimida.

El aire se llenó de una calma que ninguno de los dos había conocido antes. Carol se quedó de pie en el centro de Bellefleur, sintiendo cómo la mansión misma parecía desprenderse de la oscuridad que la había poseído por tanto tiempo. Los ecos de las almas atrapadas en sus paredes se desvanecieron, liberados uno por uno, llevados por la misma paz que había reclamado a Etienne.

Carol, por fin sola en aquella sala, sintió que su corazón latía con una ligereza nueva. La liberación de Etienne había transformado Bellefleur. Ahora, la mansión se había convertido en un lugar de redención, un santuario donde el dolor finalmente encontraba descanso.
Con una última mirada a la casa, Carol se despidió. Sabía que su propia vida sería distinta desde ese momento, porque había comprendido lo que significaba ver más allá de la oscuridad, de los errores y de las maldiciones. Sabía que su vida ahora tenía un propósito, un legado de paz que llevaba en su alma, y con cada paso que daba al salir de Bellefleur, sentía la presencia de Etienne, no como una sombra, sino como un recuerdo luminoso de redención."

                    ***Fin***

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