Belleflour:Capitulo 29: Lucilla Flavia y Carol Duvalier
La historia de Lucilla Flavia y Carol Duvalier es una compleja red de destino, maldiciones y almas entrelazadas, una historia que desafía las leyes del tiempo y del espacio, un eco de un amor y una promesa rota que se perpetúa vida tras vida. Lucilla y Carol son la misma alma, atrapada en un ciclo de reencarnación debido al pacto de Aqua et Cor. Pero para entender cómo ambas existen al mismo tiempo, debemos explorar la naturaleza de la maldición de Lucilla y cómo su esencia quedó atrapada en el retrato, esperando por generaciones a que alguien pudiera liberar su espíritu.
Lucilla Flavia, en su vida como noble romana, selló el pacto de Aqua et Cor con Caius Marcellus, jurando que, sin importar lo que sucediera, sus almas se reencontrarían en otra vida. Sin embargo, como sabemos, el pacto no fue completamente puro; las dudas, las manipulaciones de la familia Roucheverneaux y las sombras de traiciones no declaradas contaminaron aquella promesa. Y así, en lugar de ser liberada en el ciclo natural de la muerte y el renacimiento, Lucilla quedó atrapada en una especie de limbo, un estado entre el mundo de los vivos y el más allá.
Al morir, la familia Flavia, intentando preservar su poder y legado, atrapó el espíritu de Lucilla en un retrato, creando la Dama sin Rostro. Su imagen desfigurada y velada fue pintada como símbolo de su sacrificio, y su alma se convirtió en una guardiana atrapada entre dos mundos, una vigilante que debía proteger los secretos de la familia Flavia y, de alguna manera, el pacto que ella misma había realizado. Este acto de capturar su esencia en el cuadro la mantuvo viva, pero de forma incompleta. El alma de Lucilla estaba dividida: una parte atrapada en el cuadro, incapaz de pasar al más allá, y otra, un fragmento de su ser, reencarnándose una y otra vez, con la esperanza de algún día liberarse de la carga que el pacto le impuso.
Y así, a lo largo de los siglos, Lucilla renació en diferentes épocas, en diferentes cuerpos, llevando consigo una sensación de anhelo y vacío que jamás lograba llenar. Cada reencarnación era un intento del pacto de completarse, de permitirle vivir plenamente y liberarse del ciclo de dolor. Pero el cuadro, esa trampa creada por su propia familia, mantenía siempre una parte de ella atrapada en el limbo, esperando el momento adecuado para liberarse.
Carol Duvalier, en el tiempo presente, es la última reencarnación de Lucilla Flavia, la encarnación de esa misma alma, cargando consigo las cicatrices de una historia que no recuerda completamente. Carol y Lucilla comparten la misma esencia, pero al coexistir, ambas se encuentran atrapadas en un ciclo incompleto. Carol siente una atracción inexplicable hacia el cuadro, una especie de conexión profunda, de vacío y nostalgia que la persigue cada vez que sus ojos se encuentran con la figura velada de la Dama sin Rostro. Sin entender completamente el motivo, Carol es atraída por esa pintura porque allí yace parte de su propio espíritu, fragmentado, esperando ser liberado.
El cuadro y la presencia de Carol en el mismo tiempo y lugar son una paradoja creada por el pacto de Aqua et Cor. Mientras el espíritu de Lucilla sigue atado al cuadro, Carol, como reencarnación de su alma, es una manifestación incompleta, alguien que ha heredado las emociones, los anhelos y los recuerdos velados de Lucilla, pero sin comprender su origen. Para que Carol pueda ser plenamente ella misma y liberarse de esa sensación de vacío, de una vida incompleta, necesita enfrentar el cuadro y entender la historia de la Dama sin Rostro. Solo al reconocer y aceptar su vínculo con Lucilla, Carol puede integrar esas dos partes de su ser, completando finalmente el ciclo y, quizás, rompiendo la maldición que ha perseguido su alma desde aquella noche en que Lucilla y Caius sellaron el pacto.
De esta manera, Lucilla y Carol existen en el mismo tiempo: dos manifestaciones de una misma alma, dividida por el pacto y el cuadro que la encierra. Carol, al reconocer la verdad y liberar el espíritu de Lucilla del retrato, tiene el poder de romper el ciclo, de completar el pacto y liberar su esencia de la maldición que la ha atado vida tras vida.
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