Belleflur. Capitulo 24: Pierre Duvalier. El ciervo hastado.
Pierre Duvalier fue expulsado de la mansión Bellefleur una fría tarde de otoño, cuando las sombras ya comenzaban a alargarse y la niebla envolvía la propiedad como un manto silencioso. Se le veía nervioso, con los ojos desorbitados y el rostro desencajado, como si hubiera visto algo más allá de lo comprensible. Algo terrible. Y tal vez lo había hecho. Pero, como tantos otros antes que él, nadie le creyó."
La historia comienza poco después de que Pierre fue expulsado de la mansión. Su hija, Carol, había desaparecido. Él había intentado advertir a todos, había gritado sobre el peligro que la acechaba dentro de esos muros malditos, pero nadie había querido escuchar. Le tomaron por loco, por un hombre consumido por el dolor, incapaz de aceptar la verdad: que su hija había huido, que simplemente se había perdido en los vastos terrenos o, tal vez, había decidido escapar de una vida de obligaciones y secretos familiares. Pero Pierre sabía mejor.
Sabía que Carol estaba atrapada en Bellefleur, prisionera de un ser que no pertenecía a este mundo. Un monstruo, un demonio, como lo llamó más tarde. Ese monstruo, Etienne de Rochefort, que con su apariencia elegante y su porte aristocrático había engañado a todos, estaba detrás de la desaparición de su hija. Pierre lo había sentido en su piel, en el aire de la mansión, en las miradas vacías de aquellos que aún permanecían dentro, como almas atrapadas en un purgatorio eterno.
Tras su expulsión, Pierre se dirigió al único lugar donde pensó que alguien podría escucharlo: la caseta de los cazadores, conocida como El Ciervo Hastado. Un refugio a las afueras del bosque, donde los hombres del pueblo, rudos y curtidos por los elementos, se reunían para beber y contar historias. Si alguien iba a creerle, pensaba Pierre, serían ellos. Después de todo, estos hombres habían pasado incontables noches cazando en los bosques cercanos a Bellefleur, y conocían bien los rumores de lo que sucedía en esos terrenos. Si alguien podía comprender la oscuridad que se cernía sobre la mansión, serían ellos.
Cuando Pierre llegó a la caseta, el ambiente era espeso. El calor de la chimenea contrastaba con el frío que había traído consigo, pero no lo reconfortaba. Había una tensión en el aire, una sensación de aislamiento que le recordaba, de alguna manera, a la propia Bellefleur. Los cazadores, un grupo de hombres corpulentos, con rostros endurecidos por años de cacerías y trabajo en el campo, lo miraron con curiosidad al entrar, pero fue una curiosidad teñida de recelo. Pierre, a pesar de su reputación como un hombre trabajador y honesto, ahora cargaba consigo el estigma del hombre que había sido echado de Bellefleur. Y en este pequeño rincón del mundo, la mansión y sus misterios eran respetados, o al menos temidos.
—Carol está en peligro —dijo Pierre, su voz temblando, rota por el miedo y la desesperación. No perdió tiempo en explicaciones largas; sabía que no tenía margen para la duda—. Está atrapada en Bellefleur. Un monstruo la tiene.
Los hombres intercambiaron miradas antes de que uno de ellos, el más viejo y de mayor estatura, se riera en voz baja.
—¿Un monstruo, dices? —respondió, con una mueca irónica—. ¿Y por qué habría de atraparla un monstruo? ¿Se la llevó volando, como en las viejas historias?
La carcajada de los cazadores retumbó en la caseta, pero Pierre no retrocedió. Su angustia se volvía furia.
—¡Os lo digo en serio! —gritó, golpeando la mesa con un puño tembloroso—. No es un hombre, no como nosotros. Etienne de Rochefort es algo más. Algo oscuro. Lo vi en sus ojos, en la forma en que todos a su alrededor... cambian. ¡No envejece! ¡Vive en esa maldita mansión desde hace siglos!
Los cazadores guardaron silencio por un momento. Todos sabían de los extraños rumores que circulaban sobre la familia Rochefort. Pero entre saber y aceptar, había un abismo difícil de cruzar. Era más fácil aferrarse a la realidad inmediata, a las explicaciones sencillas, que dejarse arrastrar por las leyendas y los miedos antiguos.
El cazador viejo, René, finalmente se inclinó hacia adelante, con una sonrisa incrédula pero un brillo de interés en sus ojos.
—Pierre, has trabajado demasiado. Lo sé. La pérdida de una hija puede hacer que un hombre vea cosas que no están ahí. Pero de ahí a creer que Etienne de Rochefort es un monstruo... Vamos, hombre, lo has visto cientos de veces. Es un aristócrata viejo, no un ser de otro mundo.
—Lo he visto, sí —insistió Pierre, más bajo, pero con una resolución inquebrantable—. Lo he visto consumir almas. Lo vi tomar a Josephin la hija del panadero. Y lo hará de nuevo con Carol si no hacemos algo.
La mención de Josephin hizo que algunos de los cazadores dejaran de reír. El recuerdo de la desaparición de la joven sirvienta hija del panadero aún flotaba en la atmósfera del pueblo, una herida no del todo cerrada desde hacé más de 50 años. Había ocurrido en circunstancias extrañas, y las habladurías sobre su conexión con la mansión Bellefleur no se habían apagado del todo. Nadie pudo entrar allí, Rene lo sabía muy bien. Fue quien lideró la búsqueda por todo el bosque. Las pistas siempre llevaban a ‘Bellefleur”.
Pero la mayoría de los hombres simplemente se encogieron de hombros. Eran cazadores, acostumbrados a enfrentar la brutalidad de la naturaleza, a ver la vida y la muerte en sus formas más crudas. Pero monstruos... los monstruos eran cosa de cuentos para niños.
—Vete a casa, Pierre —dijo René, ahora con un tono más suave—. Tu hija volverá. Probablemente se haya escapado. Es joven, y Bellefleur es un lugar... complicado.
Pierre sintió una oleada de rabia mezclada con impotencia. Se levantó, temblando de frustración.
—¡Ella no se ha escapado! —gritó—. ¡Está allí dentro! Y si no me creéis, será demasiado tarde cuando os deis cuenta. Bellefleur está maldita, y todos los que entren allí lo estarán también.
Pero nadie lo siguió cuando salió de la caseta. La risa se fue apagando lentamente a sus espaldas, y Pierre, con los hombros encorvados, caminó de vuelta hacia el camino. Mientras lo hacía, el aire frío de la noche le mordía la piel, pero nada comparado con el helado terror que le atenazaba el corazón.
Sabía que no volvería a ver a su hija si no actuaba por su cuenta. Nadie creía en él. Ni los cazadores, ni los habitantes del pueblo. Incluso los amigos más cercanos que alguna vez tuvo le habían dado la espalda. Estaba solo.
Pierre miró hacia la mansión Bellefleur, cuya silueta se alzaba en la distancia, sombría y amenazante bajo la luz de la luna. Sabía que debía regresar, que no podía abandonar a Carol. Pero también sabía que, si volvía allí solo, probablemente no volvería a salir. El monstruo, Etienne, era poderoso. Y su control sobre Bellefleur se extendía más allá de los límites de la propiedad.
Se detuvo en el borde del bosque, contemplando el sendero que llevaba de vuelta a Bellefleur, y tomó una decisión. Aunque el miedo casi lo paralizaba, no podía abandonar a su hija. Si nadie más lo ayudaba, tendría que enfrentarse al monstruo por sí mismo.
Con los dientes apretados y las manos temblorosas, Pierre Duvalier comenzó a caminar de regreso a Bellefleur. Sabía que sería su última batalla, pero también sabía que no podía permitir que el monstruo tuviera a Carol. Aunque le costara la vida, lucharía por salvarla de las garras de Etienne de Rochefort.
Y mientras avanzaba, el sonido de las risas apagadas de los cazadores en la caseta quedó atrás, como un eco distante.
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
Comentarios
Publicar un comentario